El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
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lunes, 12 de abril de 2021

Don Sánchez

El proceso es sencillo: primero sopla el viendo haciendo sonar las hojas de los árboles. Después todos los pájaros vuelan para refugiarse tras las ramas y se quedan quietos y en silencio. A continuación la gente, salvo algún despistado, corre a las casas y suspiran aliviados cuando están bajo techo. En ese momento comienza el siguiente acto con o sin trueno: comienzan a caer gotas de agua del tamaño de un garbanzo poco a poco, aumentando la velocidad hasta que resulta imposible contarlas y el estruendo sobre los tejados es tal que cesan las palabras y la música y todo se vuelve una película de cine mudo. Justo cuando las gotas alcanza su velocidad máxima las puertas se cierran con un tremendo portazo y las hojas de las ventanas comienzan a golpearse como si estuvieran dando palmadas en un baile frenético. Luego viento sopla huracanado, despeina todos los árboles y doblega a las palmeras y finalmente aparece Don Sánchez.

Es parte del juego mágico de la lluvia en la selva, o quizá producto de un barómetro estropeado. Nunca lo sabré. Sólo se que cuando el aguacero torrencial está a punto de arrancar de cuajo los árboles y el tejado, entonces, llega Don Sánchez. Llega a paso lento, abriéndose camino entre la lluvia, calado hasta los huesos, con un celular en una mano y la otra en su rostro, apartándose el agua que cae a chorro para poder ver la pantalla y llamar a alguien para que baje y le ayude a descargar los bultos que trae en el balde de su camioneta.

Alguien valiente sale a su encuentro, sin paraguas, porque se necesitan las dos manos, para saludar a Don Sánchez y para descargar rápidamente todos los bultos antes de que se convierta en pedazos de un cake borracho. Primero hay que soltar el plástico que tapa el balde sin que se vuele hacia los cielos, luego hay que cargar frenéticamente los cartones hasta un lugar seco. Cuando los cartones ya están a salvo y los demás bien mojados, calados como Don Sánchez hasta los huesos, comienza el delicado y nervioso proceso de abrir todas las cajas de cartón y comprobar -evidentemente- que el cartón es permeable y se han mojado algunos productos.

No pasa nada, dice Don Sánchez, en el próximo viaje los repondrá; en el próximo aguacero los cambiará por otros nuevos que se volverán a mojar y comenzará de nuevo el proceso. Creo que a Don Sánchez le gusta trabajar en bucle. Él es así: baja de los andes, sólo cuando llueve, y nunca consigue entregar el cargamento en buenas condiciones. Tienta a la suerte, pero la suerte no se deja tentar. Ese es Don Sánchez, el incansable batallador contra los elementos atmosféricos, el hombre de los calendarios que huele a lluvia, de los termos que llegan llenos de agua, de los folletos de hojas pegadas y los tirajes interminables para cambiar los ejemplares mojados por unos secos que se mojan por el camino.

Don Sánchez. Me admira su paciencia, su humildad y su buen hacer, y su perseverancia. Don Sánchez que llega siempre con la lluvia, envuelto en el aguacero, y luego se va cuando amaina la tempestad dejando una funda o un canasto de frutas: un arcoiris.

lunes, 15 de febrero de 2021

MicroCoca # 15: El fantasma en la puerta

Cuando llegué a la oficina ella ya estaba allí, en el escritorio del fondo, con la mirada y la cara oculta tras la pantalla de la computadora portátil; no podría decir si buscando algo o escondiéndose.

Encendí la luz del despacho y dice un "buenos días". Con un gesto, alzó la mirada de la pantalla, como sorprendida por el repentino amanecer y contestó un tímido buenos días. La miré fijamente unos segundos y me senté en mi escritorio, pulsé el botón de encendido de mi computador y esperé los ya habituales 5 minutos para que arrancase del todo.

"La pasante..." pensé con cierta pena mientras aparecía los iconos del escritorio. Llegó apenas 10 días antes, un lunes de mañana sin avisar, como suele suceder con todo lo que llega de la mano de la señora burocracia, y fue un auténtico alivio: en los días en que las actividades aumentaban y se duplicaban, en que la lista de prioridades y la agenda de eventos aplazados crecía casi a cada hora, la pasante fue lo mejor que podría pasar: unos días de aprendizaje intensivo, y el resultado una persona más en el exiguo equipo. No sería perfecto, pero su ayuda era más que valiosa en los días de la locura amazónica que se avecinaban: miles de eventos para celebrar un día que iba a dejar exhausta a hasta a la misma pacha mama.

Y ahí estaba, concentrada en ese computador, empequeñeciéndose cada vez más.

- ¿Necesitas algo? - le dije.

- No, tranquilo, ya tengo todo... Estoy preparando para imprimir.

- Bueno, si necesitas algo, me dices, - conteste y me senté frente a mi computador, también preparándome para empequeñecerme y ser tragado por la pantalla y las tareas inacabables.

Estaba escribiendo algún correo a velocidad frenética, en total concentración psíquica, cuando sentí una presencia a mi derecha. Alcé la vista, miré a un lado y ahí estaba ella, como una sombra, mirándome, en silencio.

- ¿Necesitas algo? - le pregunté.

- Me dicen que tú tienes uno de los afiches, Alvarito.

Me encantan las pasantes que transmiten los mensajes literalmente, hasta con diminutivo. Sonreí, minimicé en la pantalla mis correos apurados, y me puse a buscar el afiche faltante. "Gracias", dijo ella unos minutos más tarde y volvió desaparecer tras la pantalla del portátil. Yo me encogí de hombros y regresé a mis correos urgentes, dándome cuenta que tenía que irme rápidamente a la biblioteca, a supervisar la lectura de la tarde, luego cruzar por el museo para organizar los turnos, y a continuación bajar por la sala temporal, donde el Mateo-que-no-tiene-pasante, fumaba nervioso y caminaba de un lado para otro. Miré por la ventana a la sala y pensé "Si no bajo ahora, este no muerde de COVID, pero lo mata el tabaco". 

Primero la biblioteca, el libro para esta tarde. "Revísenlo. No, no se peleen por leer todos de ese libro, que haya variedad. Revísenlo que ya vuelvo". De pronto esa extraña sensación, como si alguien me estuviese observando. Alce la cabeza del mar de libros, y allá, atravesando la puerta de la biblioteca, al fondo del pasillo, en el umbral de la puerta de cristal, estaba ella otra vez.  La miré un rato en silencio, parecía una imagen de una esas películas de terror japonesas, el aro, o Ju-on, y comencé a caminar lentamente hacia ella. Ella comenzó a caminar lentamente hacia mi. Ese rostro oculto por la mascarilla me ponía aún más nervioso. Nos encontramos a mitad del pasillo.

- ¿Buscabas algo?

- No. Estoy esperando a que me impriman las invitaciones. Están ocupados en la otra oficina. 

- Busquemos otra impresora.

- La copiadora de acá mancha.

"Sí, la copiadora de acá mancha, y suena como una matraca", pensé pero no lo dije. Suspiré y comencé la búsqueda de la impresora correcta acompañado de mi pasante fantasma. Digo la búsqueda porque si la impresora grande mancha las hojas, la impresora pequeña no tenía tinta y la impresora pequeña número dos, se tragaba las hojas de cinco en cinco, y claro, se empachaba y luego ya no quería imprimir más. Pobre impresora. Y pobre pasante y pobre yo y... 

- Mira, tendrás que imprimir de una en una. Ponte en esta otra compu, que no se porqué ahora no se enciende... Olvídalo. Usa mi computadora. Claro que tendrás que caminar un poquito porque está al fondo de la oficina. Pones una hoja, vas a la compu, le das imprimir, luego retiras la hoja y pones una nueva y... Olvídalo también. Vamos a ver quién te puede ayudar porque si no las invitaciones saldrán después del evento y así como que no sirve.

"Mierda de impresoras y mierda de técnico y ... ". Y mi querido co-curador, el que fuma, me mira nervioso desde el patio exterior con los ojos grandes no se si por el tabaco o la desesperación. Le contesto con la seña de "espera un rato", esa que ensayo todos los días por la noche cuando aparece el mudo en bicicleta que recoge arqueologías (si, sí, lo han leído bien) y me voy en busca de una ayudante de impresión. Cuando encuentro a alguien, dejo a la pasante lidiando con una impresora nostálgica que quiere ser multicopista (qué tiempos aquellos) y por fin bajo a la sala temporal.

- ¿Qué te parece? 

Madre mía del amor hermoso. La instalación de las lanzas indígenas parece un montaje dadaista. 

- Bueno... No es exactamente así... - comienzo a decirles.

- Es que como no bajabas, yo dije, buenos, probemos hasta que baje el Álvaro, pero ya cambiamos, que de museo tú entiendes, yo sólo ayudo, y si está un poco raro verdad, sí, ya vamos a cambiarlo...

Aún no sé como puede fumar, hablar, ponerse la mascarilla, subirse a la escalera, tomar fotos a las lanzas, y un etc. etc de cosas a la velocidad del rayo, pero él lo hace. Yo soy más lento -santa paciencia- y empiezo a desmotar la escultura móvil dadaista y empiezo a diseñar un montaje más lógico. Estoy enredado entre hilo naylon, hojas secas, y chambira, intentado darle forma a la exhibición cuando vuelvo a sentir esa presencia en el aire. No puede ser. No. Miro hacia abajo desde la escalera y allí está ella, mi pasante favorita, sería, muda, en la puerta de la sala temporal. Bajo y camino hacia ella.

- ¿Conseguiste imprimir?

- Sí. Necesito una guillotina... para cortar las invitaciones.

Menos mal que dijo para cortar las invitaciones. Empezaba a sentir un sudor frío en la nunca. Nunca más, nunca más vuelvo a ver esas películas japonesas, lo juro.

- Claro, coge la de la biblioteca, llévensela a la oficina y que te ayuden a cortar y meter todo en sobres. ¿Ya tienes los membretes?

- Aún no...

- Bueno, tranquila, poco a poco. --Camino con ella de vuelta a la oficina. Quiero revisar el taller de impresión y maquetado, los libros de la biblioteca y diez cosas más.

La bibliotecaria se ha pasado diez pueblos y ahora tiene lectores para diez días seguidos, pero mejor eso que nada, el taller de impresión funciona a las mil maravillas gracias a la pasante (que es lo mejor que nos ha pasado) y hasta la secretaria está tan emocionada que va a leer ¡El libro que yo he elegido! Miro el reloj. Todavía me da tiempo. Si me escapo 15 minutos, voy a casa por otro libro. Todo está en marcha. Todos caminando solitos. Las lanzas ya parecen lanzas, la gente ya viene a leer, las invitaciones ya mismo está siendo repartidas. Es la mía. Me voy 15 minutos.

- Alvarito.

No puede ser. Me paro en seco con un pie en la escalera del edificio, giro la cabeza lentamente y ahí esta ella, mi pasante favorita, seria, inexpresiva, casi en silencio, en el umbral de la puerta.

- Di... dime.

- Se bloqueó la computadora. Su usuario. Está con clave. Quiero imprimir los membretes.

Menos mal, respiro tranquilo y sonrío y voy a la oficina, y le pongo la clave y retomo a mi plan de escape. ¿Llegaré a casa? Practico mi saludo para mudos una vez más con la gente de la exposición y salgo disparado. 15 minutos de reloj más tarde estoy de regreso al museo, sonriente, cansado pero sonriente, con un ejemplar de La Jangada de Julio Verne, dispuesto a leer, a montar lanzas, a imprimir el mundo, a...

No puede ser. Ahí, ahí está. Justo en la puerta de exposiciones temporales. A punto de decir algo, buscando algo, esperando por algo. Me acerco lentamente otra vez, otra vez ella se acerca lentamente a mi.

- ¿Algún problema? - le digo.

- Ya acabe todo. Le di las invitaciones a Miguelito. Ya está todo. ¿Me quedo o me puedo ir? Me dicen que mañana es feriado...

Por primera vez la miro con calma a la cara. Está nerviosa, y cansada, creo que en algún momento de este día de locos estuvieron a punto de salírsele las lágrimas. Sonrío y maldito a esta pandemia y estas mascarillas que ocultan las sonrisas, esas que parece un abrazo y que dicen, "tranquila, descansa, y muchas gracias. Y perdón por haberte dejado sola en este lío tremendo, en todas estas prisas... no siempre somos así, pero hay días que este museo pierde el norte. Por suerte siempre conseguimos que aterrice bien, gracias por todo".

Le doy las gracias, y le digo que sí, que puede irse, y que mañana no tiene que venir, que puede participar en los eventos como público, que invite a las amigas, o a la familia. Que se cuide, que disfrute del carnaval después. Y se va, en silencio, igual que vino, mirando el celular como caminan todos los adolescentes de estos días, con ese miedo del primer trabajo o las primeras prácticas que todos alguna vez sentimos. La pasante. El fantasma en la puerta de ese día loco, que no se cómo comenzó pero que empieza a florecer gracias a los espíritus de la selva... Gracias Pacha Mama.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Vallea stipularis

- ¿Y ésta qué madera es?

El grupo sube las escaleras a hacía la segunda sala del museo y se para en el descanso, en algún peldaño y mira hacia abajo señalando el suelo. El el piso inferior sólo hay un montaje museográfico con cantos rodados y varias vasijas de cerámica. No hay ningún objeto de madera, salvo una "pseudo canoa" que daría para otra historia. Pregunta, evidentemente por la escalera, cuyos peldaños son de madera.

Yo respondo un tradicional "pues me disculpan pero no estoy seguro". Me han hecho esa pregunta cientos de veces y sigo sin averiguar la respuesta. A veces tengo la sensación de que la gente no tiene mucho interés en la arqueología pero le vuelven locos los árboles o la carpintería, porque muchas preguntas se refieren a el mobiliario o estructura del edificio. Quizá tenga que cambiar de especialización.

Lo digo en serio. El edificio es una preciosidad que combina armoniosamente vidrio, concreto, hierro y madera. Rubén y Pablo tenían creo más corazón de escultores que de arquitectos, y estaban enamorados del paisaje amazónico: además de incorporar maderas -autóctonas o no, nunca lo he averiguado- en el edificio, dejaron espacio para que la naturaleza fuera decorando el edificio y sembraron ellos mismos las primeras semillas alrededor de museo y en los patios interiores del mismo. "Los médicos entierran sus errores, los abogados los cubren con papeles y los arquitectos aconsejamos poner plantas", decía Frank Lloyd Wright. En este caso no habían ningún error, ninguna falla que tapar: todo estaba calculado y los árboles y plantas tenían su espacio preciso en el diseño y se armonizaban perfectamente con el edificio y el paisaje: era toda una labor de amor, un gesto de darle a la ciudad el oxígeno y el color que hombres de oro negro y codicia le habían negado.

Lo que Rubén y Pablo nunca hicieron fue dejarme un manual, un libro de instrucciones de esta parte del edificio: tenía planos arquitectónicos llenos de medidas milimétricas de cada tabla, perno o varilla, planos de las instalaciones eléctricas, sanitarias, del aire acondicionado o el sistema cerrado de cámaras de vigilancia, tenía incluso el proyecto museológico, pero en ningún lado había un plano de dijese: plantas y árboles. Y yo, que venía del otro lado del charco, de una tierra de castaños, robles, hayas, chopos y cerezos, y que nunca prestó mucha atención a su padre cuando caminaba por el bosque, se encontraba ahora perdido entre una exuberancia que no conocía ni comprendía.

- ¿Qué madera es esta?

Aún hoy me pongo nervioso cada vez que hacen esas preguntas, y, metido entre huesos y cerámica olvido preguntar a algún amigo los nombres de todos los seres vivos que pueblan mi museo y dan color a las urnas de los omaguas. Hay helechos, hay alguna planta de coca (hasta que algún descerebrado de narcóticos venga y nos diga que no podemos tener eso) hay maderas chonta, y no se cuantas maderas más y hay... preguntas que no se responder. 

- It's so wonderful! I didn't know there was such richness hiding in the jungle This ancient cultures are amazing! Look at those... funeral urns, aren't they? Yes. Incredible! Those human shaped urns with moon faces and... Excuse, WHICH TREE IS THIS?

- The tree??

- YES! Oh my God, I'm in LOVE. 

La turista norteamericana corría por uno de los puentes en el exterior del museo y se abalanzaba contra la barandilla, sacando la cámara de fotos y fotografiando un árbol de flores rosada en el patio de entrada.

- Take me a picture, please!! Don't you know the name of this TREE??

- I... Don Pedrito, ¡¿Cómo se llamaba este árbol?! - El conserje y jardinero y tantas otras cosas más, levantaba la vista y señalando el mismo árbol de flores rosadas aseveraba:

- ¿Éste de acá? Pues Quinceañera le dicen.

- No, el otro nombre, Don Pedrito.

- Pues no sé oiga, yo sé que Quinceañera le dicen.

- Ese debe ser un nombre popular; el científico, o el común.

- Pues mire yo no se de científico, pero de verdad que Quinceañera le dicen, ya voy a preguntar al ingeniero cuando venga... Oye Ramón ¿tú sabes cómo más le dicen a este árbol?

- Quinceañera le dicen.

- ¿Ve? Quinceañera.

- DON'T YOU KNOW THE NAME OF THE TREE?

La turista norteamericana, impaciente, se asomaba a mi lado y gritaba a un divertido conserje algo que él no entendía.

- They call it... -yo intentaba buscar las palabras, pero no las había- I don't know how to say it in English... They call it the "Sweet Sixteen Tree".

- THE SWEET SIXTEEN TREE! Oh my God. THE SWEET SIXTEEN TREE. Thank you!! Can you repeat the name in Spanish? I wanna learn it.

- Quinceañera.

- Qüinsieanera. Qüinsieanera. The Sweet Sixteen Tree. Thank you!!

La turista se despedía, saludaba loca de contenta según bajaba por la rampa hacia el malecón enamorada de un árbol de rosas flores en la entrada del museo, mientras yo miraba asombrado a un árbol, qué decir, realmente hermoso que tantas veces había pasado desapercibido en mi rutina diaria. "Gracias" pensé en idioma de árbol. Regresé a la oficina y apunté en un cuaderno "Quinceañera" junto a las palabras a buscar en internet en mi libreta.

Han pasado varias lunas y soles y lluvias desde aquel primer amor junto a la Quinceañera del museo. Tantos pétalos esparcidos por el aire como si éste buscase a su amor, tantas siestas y descansos bajo su sombra... Hasta que un técnico falto de romanticismo curó los hongos de la Quinceañera de cuajo. Pobre Quinceañera, pobre selva. Menos mal que los dioses mayas de la selva nunca descansan y lo sembradores de semillas siguen incansables repoblando destrozos. Hoy, como primera semilla, he buscado el "otro nombre de la Quinceañera" Sacha capulí, dice el internet. No me dice mucho, para mi siempre será la Quinceañera, The Sweet Sixteen Tree. Hoy mientras miro el patio vacío del museo con pena y cierta nostalgia, suena en mi cabeza aquella canción de Sam Cooke:

She was only sixteen, only sixteen
I loved her so.
But she was too young to fall in love
and I was too young to know...

martes, 24 de diciembre de 2019

Micrococa # 14: Teleconito

A Joseín Morán

- Hola veci.
- Veci.
- ¿Cuanto es la cola?
- 50 centavitos veci. ¿Se la destapo?
- Por favor. Vea, están dando el festival de navidad en el parque por el canal municipal. ¿Qué tal?
- De momento bien, veci.
- Jaja. Bueno esperemos que todo vaya bien hasta el final.
- Vah. Ya mismo sale el conito.
- ¿El conito?
- El conito, veci. Todo está bien hasta que sale el conito. Entonces se queda ahí y ya se acabó. A cambiar de canal hasta que se vaya el conito. Ya mismo sale, verá.
- El conito.
- Ya verá, ya mismo sale.
- Es un comercial.
- Es el conito ese. ¿No verá ud. el canal municipal?
- No tengo televisor. Todavía no me instalo del todo. Y digo yo, ¿por qué no cierra la tienda y se van un ratito al parque y ven en directo el programa? Está a dos cuadras de acá.
- Na, veci. Es muy para niños. Además hay que cuidar las ventas. ¿Quiere otra cola?
- Por favor. Y entonces ¿por qué lo ven? Cambien a ver si hay hay algún noticiero, o un partido, o una buena película.
- Na. No hay nada que merezca la pena a esta hora, pero ya mismo sale el conito y cambiamos.
- El conito. ¿pero qué es?
- Ay veci, el conito es el conito. Ya mismo sale. Está tardando hoy.
- Yo creo que es un invento suyo para tener a la gente acá tomando colas jaja. ¡Anda!
- Lo ve, el conito. 25 minutos y 34 segundos. ¡Gane ñaña, me debes 25 centavos! Ya podemos cambiar.
- ¡El conito!
- El conito veci. Ayer tardo 40 minutos, anteayer 21. Siempre apuesto con mi hermana, el que se acerca más al tiempo exacto se lleva la plata.
- Jajaja. ¡El canal municipal ahora incitando a las apuestas ilegales!
- Jajaja. Ud. se pasa veci. Sólo apostamos un centavo por minuto hasta que sale conito. Es un juego.
- Un juego lucrativo jajaja. ¿Y ahora?
- Pues a veces se va el conito y regresa la transmisión, otras se queda ahí tooooda la noche. Quién sabe.
- El conito. Todo un espectáculo oiga.
- Y que lo diga veci. ¿Otra cola?
- No, no. Ya me está enganchando ud. otra vez. Ya salió el conito. Mañana.
- Mañana pues. Si quiere apostemos.
- ¿Al conito?
- Al conito. A las 15:00. Ahí sintonizo y ya sabe.
- Pero si yo gano, no pago las colas.
- No abuse, veci, que es un juego pues.
- El conito.
- El conito.

***


- ¡Salió el conito! Quiero decir, se cortó. Déjame. -Un técnico entraba apurado en la sala de control del canal de tv.- A ver si lo arreglo. Llama al parque, me demoraré un rato.
- Ya le estoy diciendo, ya.
En el parque central un grinch deshilachado y con voz en off intentaba robarse la navidad delante de los transeúntes y del camarógrafo y del presentador de la televisión municipal, que ahora escuchaba con aire serio el audífono de su oreja derecha.
- "Pablo, que salió el conito."
- "Ok, lo paro. Paso a los caramelos. Me dices cuando estemos de nuevo en el aire."
El presentador da un paso al frente por encima del grinch que mira mudo la interrupción, y se dirigen al público.
- Bueno señoras y señores, niños y niñas, ¿qué creen, creen que se va a robar la navidad el grinch? Ahora lo vamos a saber, pero antes, nuestros auspiciantes nos va a obsequiar con una funda de caramelos para todos los niños...

- Coge los caramelos -una madre apura a su hijo-. Dale, que nos vamos a casa. Esto va para largo. Seguro que ya salió el conito.

lunes, 29 de julio de 2019

Micrococa # 13: The End

Tarde de sábado. Sale el sol al medio día, parece que al fin acabó la lluvia y quedas para dar un paseo por la tarde. Pero el clima amazónico de esta ciudad es tan impredecible que dos horas más tarde, según sales a la calle ves venir un ejército negro en el horizonte. Poco después el viento levanta hojas y hace sonar la campana de incendios en los árboles y comienza a caer un aguacero de gotas tan gordas y frías que calan hasta los huesos.

Nos atrapa en una minúscula marquesina -no da para soportal- que se hace aún más pequeña por la cantidad de gente que se refugia bajo ella. Hay vendedores ambulantes que guardan sus mantas de artesanías en el piso sin siquiera doblarlas o recogerlas, familias con niños en brazos, y gente que entra (y ya no sale, aunque lo intenta) de la puerta del edificio, una subdirección del Ministerio del Deporte que, vaya ud. a saber por qué, está abierta un sábado a las 5 y media de la tarde.

Nos animamos a participar en el esprint bajo la lluvia hasta el centro comercial aledaño. Entramos con la lluvia chorreándonos por el rostro y el corazón empapado y agitado. Varias personas se refugian en la puerta mirando resignados al cielo ahora pintado del color "gris de no voy a parar". La lluvia a traído más gente que nunca al centro comercial, vacío y lleno de juegos para niños y máquinas de juegos ruidosas. Empezamos a subir por el edificio, buscando matar el tiempo hasta que deje de llover, y pronto olemos el aroma del canguil recién hecho. ¡Claro, vámonos al cine! ¡Qué mejor que hacer en una tarde de lluvia! Apuramos el paso y llegamos al último piso, doblamos la esquina y nos quedamos con cara de pánfilos mirado a la boletería: Tras el mostrador están a la izquierda la ocupada máquina de canguil vomitado, a la derecha una chica con delantal y gorro que nos mira intrigada. Nosotros ahí parados, con el cuello estirado mirando una cartelera atónitos: está en blanco. No hay ninguna película anunciada, el fondo blanco sin luz está más plano que nunca, las luces de las carteleras están apagadas, y el pie de foto de "próximamente" nos anuncia el vacío. Alguien se acerca por la derecha y recoge un cubo de canguil. Nos damos la vuelta y todas la mesas del cine están ocupadas por personas que comen tranquilamente canguiĺ, hot-dogs,  m &m's y beben cola o cerveza, No hay película. Ya no hay. No se estropeó el proyector, no se fue la luz. Simplemente ya no hay. La gente camina por la sala, observa el río a lo lejos, observa la lluvia, pasea y come y charla y ríe con los amigos, todo es bulla y vida en el ambigú de un cine en que ya no hay películas.

¿Cómo empezó todo esto? El dueño decidió reformar el cine en otra cosa sin reformarlo? ¿O fue alguien que, aunque no hubiese película, subió y pidió una cajita de canguil sin más? ¿Fue él el que encendió la mecha y despertó el espíritu de comerciante del dueño del cine?

Salimos de nuestro asombro, caminamos lentamente por la repleta entrada y ambigú de un cine que ya no muestra películas, y visto lo visto, y si nada más que ver, sin una mesa libre para unirnos a la última moda cinéfila siquiera, comenzamos a bajar por las escalera. Nos despide la boca abierta a la nada de una enorme cartelera, vacía, de fondo blanco. No se trata de una retrospectiva de Kieslowski, no. Se trata del vacío blanco y absoluto en anuncio de nada, sazonado con canguil, colas y duces.

- ¿Te gustó el canguil?
- Estaba un poco salado.
- Si. La cola estaba genial. Habrá que volver a verla.
- Sí.
- A las 21:00, ¿será la hamburguesa o la pizza?
- Voy a preguntar. A ver si nos da tiempo de ir a pasear.
- Dale, yo mientras tanto voy al baño. Si es que es ahora, me gritas.
- Hecho, yo te aviso.

viernes, 3 de mayo de 2019

Micrococa # 12

Qué maravilloso es trabajar cuando nadie más trabaja. Hay una sensación de paz cuando uno ingresa a la oficina y ésta está en silencio, casi prístina, que empiezan a bullir en la cabeza miles de sueños de producción, creación, elaboración, de mil y un documentos, de mil y una actividades, todas con tanta efusión y adrenalina que no importan ni siquiera las horas extras: uno se quedaría trabajando así para siempre.

Ni siquiera hay nadie en el edificio, sólo el guarda y la señorita de limpieza ya guardando sus trastos y sacándose los guantes, mirándote porque le sonríes con una sonrisa aún más grande que a diario; mientras haces reverencia y saludas cortésmente con tu sombrero imaginario al reloj biométrico cuando éste contesta su "Gracias" habitual.

Caminas después por la oficina y te sientas en en tu silla giratoria y aprietas el boto de encendido de la computadora que parece nueva y sin estrenar, y te reclinas hacia atrás en la silla con los brazos cruzados en la nunca mientras se enciende. Falta el té encima de la mesa, pero seamos formales. Revisamos los oficios pendientes, los ordenamos con precisión milimétrica, cogemos el mouse, hacemos clic en documento nuevo, y restallamos nuestros dedos dispuestos a empezar.

Suena un mensaje en el celular. "Que sea un meme", piensas.
- "Lic., están en la oficina? Vengo a que me revise los textos."
Dudas entre decirle que sí o que no, y antes de contestar, llega otra línea que dice:
- "Estoy abajo".
Miras para un lado y luego para el otro, pero no ves ningún machete o similar para cortarle la cabeza al guarda, así que resignado, le llamas para que deje pasar a la de los textos sin revisar.

20 minutos después despides a la pasante en la puerta de la oficina y regresas al escritorio, te mesas el cabello, estiras los brazos como director de orquesta y con impecable precisión suenan dos golpes en la puerta como obertura de la obra. Te sientes como si fueses Von Karajan y unos zotes estuvieran raspando los violines.
Caminas hasta la puerta de la oficina y te encuentras con un tipo cargado una mochila y dos enormes cajas de herramientas, esperando con cara de despistado al otro lado del vidrio de la puerta. Si le pusieran una gorra parecería el hermano más alto de Super Mario.
 - Vengo a revisar las impresoras.
Tu sonrisa y ademán cortés al abrir la puerta se quedan aún más fingidos y petrificados. Cuando la comisura de los labios vuelve a su posición normal, articulas:
- ¿Las impresoras?
- Sí, mantenimiento de impresoras. - El tipo te da una tarjeta, que bien podría ser de la empresa de los Hnos. Mario. La miras y luego le miras él, directo a los ojos.
- ¿Hoy?
- Sí, está programado. - Saca una orden de trabajo colgada en un portapapeles plástico y te la muestra.
- Pero hoy es fiesta.
- Sí, pero está programado.
- Ya. Déjeme llamar al administrador. Hoy nadie trabaja. Yo no trabajo.

Desapareces de la escena con el celular en la oreja y vuelves a los pocos minutos.
- Ya viene el administrador. Espérelo acá. Yo no trabajo, estoy ahí al fondo, ¿sí?. Por... por cualquier cosa.
Señalas el fondo de la oficina y despareces en tu escritorio.

Comienzas por fin a escribir. Escuchas la voz de administrado hablar con el tipo de las impresoras, escuchas que dejan caer en el suelo las cajas de herramientas (si había algo frágil dentro de ellas ya está roto) y escuchas como encienden la impresora dañada, esa que hace un ruido infernal. "En algún lado están mis audífonos". Empieza a sonar Bach y vuelves al paraíso y sigues tecleando. De pronto notas como una presencia en el aire, apartas la cabeza del monitor y te encuentras con el administrador, vestido con uniforme de indor (camiseta, pantaloneta, botas de indor y hasta medias altas) tapando sonrientemente la luz que entra por la ventana. Te sacas cortésmente los audífonos y escuchas algo un poco menos melódico que los cellos de Bach:
- ¿Está trabajando?
- Algo mismo.
- Ya... Vino el técnico de las impresoras.
- ¿No me diga?
- Sí... yo estoy ocupado, afuera, así como ocupado. ¿Le importaría estar pendiente de él? Ya está trabajando, el técnico digo. Ya tiene todo. No se preocupe.
- Bueno, no se preocupe.

No te has vuelto a poner los audífonos cuando escuchas al administrador intercambiar saludos con la persona que trabaja en el departamento contiguo al tuyo. Risas. Saludos. Chistes sobre la impresora.
- ¡Hola!- - Una cara sonriente, la misma cara sonriente de todas las mañana de lunes a viernes, se asoma a por encima del panel que separa las estaciones de trabajo.
- ¿Ud. también trabaja?
- No, vengo por otras cosas. -contestó- ¿Y ud.?
- Yo... yo voy a la tienda a comprar un agua.

No fumas. Nunca has fumando. Pero de repente sienes la necesidad de fumar y estar un rato fuera del bendito edificio. La calle está desierta. No llueve. Tampoco hacia calor. Fin del programa meteorológico. Cruzas la calle y entras en la tienda de enfrente.
- ¿Tiene trago? -el vendedor te mira divertido- Olvídelo, cóbreme un agua mineral.

Cuando regresas a la oficina alguien está tarareando mientras trabaja, y el tipo de la impresora parece perder la paciencia agarrando el playo como si fuera un martillo. Ritual de emergencia: Te sientas, colocas bien la silla otra vez, colocas bien el monitor de la computadora otra vez, te pones los audífonos, coges el mouse con la mano derecha y...
- Disculpe. - Apartas de nuevo la cara del computador y te quedas mirando sin decir nada. - Disculpe. Se fue el internet. Debe ser que hoy no tampoco trabaja ji ji.

Respiras profundo. Miras el reloj. Son las 10:00 Aún faltan 7 emocionantes horas para la hora de salir...

jueves, 2 de mayo de 2019

Micrococa # 11: El día de fiesta que no era fiesta

Todo comenzó creo hace más o menos un mes, quizás algo más, cuando apresuradamente desde la gerencia se solicitó todas las actividades programadas para el mes de abril, con el fin de incluirlas todas en la agenda de las fiestas cantonales. "¿Todo abril?", pregunté. "Sí, sí, todo lo que tenga en abril." fue la respuesta indefinida.
Decidí no seguir con la réplica. Las fiestas son el día 30, martes, la fiesta debería empezar el fin de semana previo; exageradamente se podría estirar hasta el martes antes, pero ¿todo el mes de abril? ¿Qué tendrán que ver el Día de Libro, o el Día Nacional del Patrimonio Cultural, que también son en abril, con las fiestas del Cantón? ¿Qué tendrán que ver todas nuestras actividades, programas, conciertos, sesiones de cine, etc., que de desarrolla de manera habitual todas las semanas, todos los meses del año?

El resultado de todo el mes de abril fue una agenda, en forma de postal, en la que no había como escribir nada porque las letras, minúsculas por cierto, tan apretadas, ocupaban todo el reverso de la postal. Uno no sabía si empezar al leer por el principio, pues se iba a cansar leyendo tanto, o no leer y quedarse sólo con la foto e ir al museo a preguntar. Lo único indiscutible es que era un instrumento sin pérdida: ahí estaban todas las fechas, todas las actividades de abril. Todas así escritas de corrido. Parecía una maratón. Uno quedaba exhausto sólo de leerla.

Exhaustos quedamos todos: Cine todos los jueves y todos los sábados de abril. Conciertos o teatros todos los viernes de abril. Semana dedicada al Patrimonio Cultural, Día Nacional del Patrimonio Cultural lleno de visitas y juegos, semana de mediación y difusión de la literatura, Día del Libro dos veces porque así duplicado se fue en la agenda... Y al final, llegaron las fiestas. 29 y 30 de traca final, y el 1 de mayo para descansar.

Estábamos preparando los cohetes para el último día cuando empezaron a llegar los rumores y luego los decretos. "Se les informa que el 1º de mayo se celebrará el viernes día 3", dijo el Presidente de la Nación. Luego, para no quedarse corto, el alcalde o el gobernador, vaya usted a saber cuál de los dos, sacó otro decreto: "Se les informa que la festividad por el aniversario del Cantón, 30 de abril, se trasladará al jueves 2 de mayo". Toma ya. Fantástico feriado para irse a la playa, con la postal-agenda de fiestas de abanico, porque a eso quedó convertida con tanto cambio inesperado.

Nosotros claro, fieles a nuestra agenda, seguimos con las actividades de fiesta aunque ya no fuera fiesta: compromisos hay, visitas programadas hay, alguien vendrá, seguro. Y al alcalde también parece que se le atragantó tanto cambio: el 30 de abril, día de fiesta aunque ya no era fiesta, dijo que habría el desfile cívico y la sesión solemne: la ciudad amaneció con traca pirotécnica y todo el mundo, aunque ya no fuera fiesta, se echó a la calle, con bastoneras y tambores incluidos, al son de las bandas de de guerra. Los locales de negocios, abiertos porque ya no era fiesta, se vaciaban en el momento en el que el desfile pasa por delante de ellos, y en las oficinas, aquellos a los que les tocó quedarse hacían fiesta aunque no fuera fiesta mientras sus compañeros desfilaban por las calles de la ciudad.

Cuando llegó la tarde y acabó el día de fiesta que no era fiesta, nadie estaba seguro de si habían trabajado o no, los niños no sabían porqué se habían levantado para ir a clases en el día en que no había clases, y todos se iban a casa o al último concierto de las fiestas, aunque ya no era fiesta, para luego descansar porque tampoco se sabía a ciencia cierta si mañana el Día del Trabajo sería o no Día del Trabajo.

Así lo escribo, para que conste y quede registro, en este dos de mayo que debería ser día laboral pero que ya no lo es porque es fiesta.

sábado, 16 de junio de 2018

Micrococa # 10: Made in China

Estoy sentado en la oficina del museo y veo que me llaman con señas desesperadas por la ventana porque hay un tipo en bolería que solo habla inglés.

Resulta que es un chino, de última generación porque es alto y fuerte aunque un poco pasmado. Y viene cargado con una mochila tan alta como él llena de tantas tonteras que me hace pensar que la República Popular de China ahora es República Corporativa de China. Y el caso es que efectivamente el chino sólo habla chino y algo de inglés. Me lo encuentro en la puerta de la boletería del museo, buscando la entrada al mismo cargando un boleto del museo y una guía que dicen "Un voyage avec les Omaguas", comunicándose con muecas con el señor de la limpieza, y con dos tipos, taxista el uno, amigo del taxista el otro, que no hablan ni inglés ni chino pero que son bien vivos, y que se las han apañado para traer al chino al museo y supongo que esperan su recompensa.

Me dirijo a él con un "Welcome, may I help you" que más que tranquilizarle le sorprende. Continuo hablando y el tipo empieza a reaccionar. Me dice que es de china y que quiere entrar al museo, le acompaño, dejamos su descomunal mochila en consigna le cambio la guía de mano por una en inglés, y les digo al taxista y al primo del taxista que el chino les agradece y que con dos dólares van sobrados. Al pobre chino, que tiene que hacer tiempo hasta que venga un amigo suyo que está en la selva, le dejo en el museo, que por suerte tiene textos en inglés, y me despido diciéndole que debo ir a una entrevista en una emisora de radio. Se siente agradecido y se queda sonriente en el museo.

No creo que le pase nada, si ha conseguido llegar enterito hasta acá, nada le puede pasar en el museo. Yo soy el que me quedo sorprendido y anoto:
  • Grave que en la boletería no sepan inglés
  • Grave que piensen que en china hablan francés o equivoquen el francés con el chino.
  • Grave que no tengamos una hoja de ruta para estas situaciones.

Según bajo por la rampa del museo me topo con el guarda de seguridad que me mira como diciendo "el chino, ¿esta adentro?"

- Tranquilo, ya está todo arreglado -le digo al guardia- Ya le he explicado todo. Sólo ayúdenle en consigna con la maleta cuando acabe el recorrido. Eso, tengo un reclamo: Que no sepan inglés, pase ¿¿Pero que no sepan chino??

sábado, 26 de mayo de 2018

Un tipo extraño (Micrococa # 9)

Me suena el celular, no avanzo a contestar y cuando lo reviso veo que es un número desconocido. Le devuelvo la llamada. Es una costumbre reciente. La empresa no nos proporciona números institucionales de celular y en estos días de whatsapp nadie usa ya teléfonos convencionales.En este caso me dice algo así como número privado. Será alguna centralita. Unos minutos después vuelve a llamar el mismo número:

- ¿Con el licenciado...?
- Sí, con el mismo.
- ¿El que trabaja en el museo?
- Sí, ¿Con quién tengo el gusto?
- Mire soy [ininteligible] me dio un amigo su número. Verá yo tengo un objeto arqueológico. Quisiera hablar con ud.
- Sí, en el museo recogemos ese tipo de objetos, pero tendría que verlo antes claro.
- Yo voy. ¿Puedo ahora? Estoy en Coca, más tarde salgo de viaje, yo voy ahora si no le importa.
- Bueno, pero tendría que ser ahorita mismo, o si no a las 14:00 porque estoy saliendo a una reuniíon.
- Sí, sí, no me demoro ni diez minutos.

Y efectivamente, no había pasado ni diez minutos cuando escucho a una persona preguntar por mi en la puerta de la oficina. Aparece un joven de unos veintipocos, de piel blanca colorada por el calor y la excitación, va vestido de negro, pantalón negro, camisa negra, con esclava de metal o plata en la muñeca, algún anillo. Está muy nervioso y comienza a hablarme "a chorro y sin parar" de su objeto arqueológico.
- Miré si, ya le dije por teléfono que recogemos esos objetos, pero necesito verlo antes.
- Es muy pesado. 45 kilos. No lo podía traer, lo dejé en Tena. Yo soy de allí, lo encontré en Puyo, en la orilla de un río, con un amigo. Yo creo que lo arrastraba el agua, es grande...
- Bueno, ¿trajo alguna foto?

El tipo abre una cartera negra que trae con sigo y saca una impresión en papel de una foto distorsionada, En el pie de foto están las medidas y peso del objeto. En la foto no se observa gran cosa, sólo una mancha gris oscura que parece una gran piedra rectangular sobre la hierba.
- Es un pedazo de un árbol de piedra - Me dice el tipo.
- Entonces es un fósil, no es un objeto arqueológico. Siento decirle que no recogeos ese tipo objetos. Somos un museo arqueológico.
- No es...
- No.
- Ah... y tiene... Ahora entiendo, ¿Entonces seguro que no es antropológico?
- Arqueológico. No. Es un fósil. Ese tipo de objetos los estudia la geología.
- Geología.
- Sí.
- Es un objeto geo...
- Geológico, sí. Es un resto de una plata, un árbol, de hace miles, quizá millones de años. Anterior al hombre. Nosotros recogemos objetos arqueológicos, es decir objetos producidos por el ser humano en épocas, en este caso, anteriores al Descubrimiento de América, para que ud. me entienda. Lo que ha encontrado es muchísimo más antiguo. Es historia natural, no es campo de estudio de la arqueología.
- Historia natural, geología.
- Sí.
- ¡Ahora todo tiene sentido!

Le miro fijamente mientras el tipo pone cara de pensar. - Sí, todo tiene sentido - Me dice nervioso- Ahora entiendo, claro por eso el peso, el tamaño, lo que decían las webs. Sí, he revisado todas las páginas webs. Se lo que vale. En Europa está a 100 euros el kilo. ¿Sabe ud. a cuando está acá?
- No, no sé a cuanto está el kilo de árbol fosilizado. Tampoco le puedo decir si estos objetos se pueden vender y comprar o no. Los arqueológicos, desde luego no. Está prohibido por ley.
- Ah... Bueno... en internet hay precios.
- Sí, mercado negro, son webs ilegales, de tráfico ilegal de objetos, como cuando trafica con animales y especies. Está penado por ley, con carcel.
- Lo arqueológico.
- Sí, lo arqueológico.
- Y de lo... lo geológico, ¿no sabe?
- No, no le puedo dar información, no es mi campo de trabajo. Tendría que averiguar.
- Sí, precisamente eso, ¿Puede, puede averiguarme, esto... averiguarme done puedo averiguar....?
- Puedo escribir a Quito a algunas amistades. Preguntar si hay algún museo de historia natural en el país. No conozco.
- ¿Y ud, preguntaría por mí?¿Me puede dar algún dato?
- Deme unos días y yo le consigo el número de algún museo que recoja estos objetos. Deme su número de celular.
- Bueno, no tengo. Yo le llamaba desde una cabina... Pero yo regreso. ¿Cuándo será?
- Mire, no le puedo decir. ¿Tiene correo electrónico?
- Sí.

Con dificultad en el hombre escribe con caligrafía escolar una dirección de correo electrónico en un pedazo de papel.
- Listo, yo pregunto y le escribo con lo que averigüe. - Le digo.
- Ya, yo le llamo, tengo su número...
- De acuerdo, pero deme mínimo un par de días.
- Ya, ¿jueves está bien?
- Quizá, no se apure, yo le escribo.
- Gracia Licenciado. Una, una cosa más.
- Dígame.
- Bueno, verá, osea, cuando ud. pregunte, pregunte si compran. -El tipo se pone aún más nervioso- Porque yo, a verdad, quiero, quiero venderlo. Yo se cuánto vale, lo vi por internnet. Cuando pregunte, pregunte si compran.
- Mire eso depende de la legislación vigente. Yo le consigo el número de algunos museos y ud. les pregunta directamente.
- Bueno... Gracias... Y yo estoy dispuesto a darle comisión, porque soy justo.
- ¿Comisión?
- Por la venta, si me ayuda.

Ya no sé que decirle ni como explicarle. Creo que se ve que pierdo la paciencia. El tipo comienza a levantarse nervioso de la silla. Yo respiro profundo una vez más.
- Mire, yo llamo a Quito, me entero de que museos de historia natural hay y le doy el dato. Nada más.
- Ya, yo, yo le agradezco licenciado. Yo le llamo. ¿Sí?
- Bueno.
- Que tenga buen día
- Igualmente.
- A.. adiós.
- Adiós.
- No se olvide.
- No me olvido.
- Yo le llamo.
- Sí, yo tengo su correo, no se preocupe.
- Ya, pero yo le llamo.
- Bueno.
- Ya.

Ya. Por fin. Si no fuese por profesionalismo, ponía un letrero en la puerta que diga "huaqueros en la siguiente cuadra. ¿Por qué cada dos días tiene que llegar alguien vendiendo arqueología, piedras curiosas que se "ponen calientes los jueves por la noche" y que insisten e insisten una y otra vez aunque una repita continuamente que "es ilegal vender y comprar arqueología en Ecuador, le puede meter en la cárcel"? ¿Qué esperan conseguir con esas caras de "no puede ser que ud. tenga razón, está equivocado, dígame la verdad y hagamos negocio"?

Al final, el que se queda con cara de pánfilo y sin saber qué más decir soy yo. Supongo que el tipo acabará colocándole sus 45 kg. de árbol petrificado a alguien. Y luego se gastará todo el dinero del negocio negro en cerveza y volverá a pasar su triste existencia diaria esperando tropezarse con otra piedra curiosa que vender. Se caerá, pero descuiden que no se romperá la cabeza...

sábado, 20 de enero de 2018

Micrococa # 8

19.30 de la noche. Estoy acabando de cocinar la cena, sumido en la cadencia de la rutina y de la música del bar de enfrente. Mi mente está pendiente del guiso de carne molida en la sartén cuando un alzar de ojos hace que me olvide de la carne burbujeante, y mirada y pensamiento se fijen en la escena que veo justo al otro lado de la calle, en la puerta del bar-asadero: un auto de policía con las luces de la sirena encendidas se detiene justo en entrada del bar, baja el vidrio de la ventanilla del acompañante y recibe un paquete blanco de parte de un tipo de peso medio y aire despreocupado que se da automáticamente media vuelta y regresa al local mientras el auto de policía se aleja.

Miro mi reloj: las 19:38. La misma hora. El mismo lugar. El mismo día. Lunes y miércoles, un carro de policía llega al asadero, recibe un paquete y se lo lleva. Y yo, reprogramado para atrasar mi hora de la merienda a las siete y media de la tarde, para observar con ojos de detective privado, como James Steward en La Ventana Indiscreta, la escena del crimen.

La primera vez fueron las luces rojas y azules entrando a través de la ventana de mi cocina y dibujando curiosas y dalinescas sombras sobre el techo enlucido de blanco. "Alguna pelea o robo en el local", pensé. "El barrio se está poniendo peligroso"; y con la adrenalina del miedo a salir me quedé observando la escena en silencio. No hubo disparos, ni gritos, ni amenazas. Nadie subió a empellones al carro de la policía. Ninguna sirena escandalosa ahuyentó a los ladrones que debían ser perseguidos y atrapados. Sólo un vidrio que se baja en silencio, un paquete que sale del bar, una mano que lo recoge en la ventanilla del auto.

He estado tentando de grabar la escena, de bajar como quien no quiere nada y entrar en el bar y pedir una coca-cola y sentarme a observar la escena desde el otro ángulo, ese que me permitiría ver la cara al policía corrupto, al que imagino con rostro de matón y lentes de sol oscuras. Nunca lo hago. Prefiero quedarme en el papel del vecino anónimo y silencioso que espera el indicio inesperado que desvele el crimen que no va a denunciar. El lunes fue una unidad móvil de la policía la que se detuvo en la puerta del bar. Se escucharon unas risas. Yo corrí a la ventana urgido por la nueva y reveladora escena, pero no saqué nada más que unos minutos de misterio: el camión de la unidad móvil de policía en la acera de enfrente, y mi cena quemándose en el sartén.

Como hoy. Un olor a carne pegada sobre teflón me saca de repente de mi novela negra y me hace volver a mi vida culinaria mientras mi boca mustia un "mierda" y mi mano comienza a mover la sartén a la vez que busco un poco de agua y salsa de tomate. Cuando termino de apagar el incendio el carro de policía ha desaparecido. Un alijo más. Anoto la hora y la fecha en el calendario planificador de la pared de la cocina, y me siento en el sofá a mirar una película satisfecho después de mi episodio semanal de "corrupción policial".

Y así, van pasando ya dos meses. Dos meses de paquetes y autos de policía que vienen los lunes y los miércoles en torno a las 19:30. Dos meses de misterio y cenas quemadas en el sartén. Me arde la lengua. Tengo que contárselo a alguien. Me rindo. Yo sólo no puedo resolver el crimen.

- Oye sabes -le digo dos días más tarde a un amigo mientras almorzamos juntos- Sucede algo realmente inquietante en el bar que hay enfrente de mi casa. En el asadero ese. Todos los días, o bueno, casi todos, para un carro de policía y alguien sale del bar y le entrega un paquete blanco al chófer. Me tiene intrigado el asunto. ¡Imagínate! ¡Contrabando y corrupción, o narcotráfico, justo enfrente de mi casa! Y dura ya dos meses.

Mi amigo sonreía mientras me escuchaba.
- Sabes -dijo con aire tranquilo- El dueño del bar ese es además ingeniero informático. Les hace el mantenimiento de equipos en la policía. Lo del asadero es un segundo empelo, un dinerito extra, pero yo no lo llamaría corrupción. Y si además tienes amistad con los policías y todos los días van a comer a tu bar, pues te va muy, muy bien.
- ¿Quieres decir que...?
- Que llevas dos meses viendo como entregan platos para llevar en cajitas de corcho blanco.
Mi cara de bobo debía ser de lo más divertido, pues mi amigo sonreía burlonamente.
- Deja de leer tanto a Agatha Christie y Raymond Chandler, oye. Que se te está yendo la pinza. - Dijo mientras seguía comiendo.

Yo no podía creerle. No quería. No, no podía ser. Tenía que ser droga, o contrabando, o... ¿Cómo se atrevía a alguien a destrozarme así, con una explicación tan lógica y aplastante mi serie de policías favorita? ¡¡Como se podía chafar así una buena historia!!
Caminé de vuelta al trabajo con aire cabizbajo, derrotado. Toda la tarde estuve pendiente de mi reloj. Las cinco y media. Hora de marcar salida e irse a casa. En dos horas daría comienzo mi serie favorita. Sin cables, sin comerciales. Sólo sintonizando mi ventana.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Micrococa # 7

La escena del crimen: El rocío de la mañana, la cinta amarilla acordonando el parqueadero del museo, un árbol desgajado y uno de los bolardos de luz tirado por el piso con los cables fuera. Las marcas negras de una frenada. Al fondo, el parqueadero, un auto deportivo color azul con las puertas abiertas y alguien sentado en el puesto de conductor, vestido todavía con las ropas de la fiesta de la noche anterior, con cara de dormido - borracho - arrepentido. Junto a él, un policía con aire monótono revisando los papeles sin buscar nada especial, porque nada nuevo hay que encontrar. A un lado en la vereda, la gerente del museo y dos o tres trabajadores más, y media docena de curiosos.

- Sra... - El policía avanzó hasta la gerente con aire pensativo- Verá, el conductor de auto ha sido militar...
La gerente le miraba pensativa esperando el final de la explicación.
- Quiero decir que, verá, si le denuncian uds., va a tener serios problemas en el cuartel, en su carrera. Simplemente está un poco tomado, se durmió y no vio que se acaba la calle. Arreglen entre uds. Que pague los destrozos de la plaza, si les parece, claro.
- Bueno. Sí, le entiendo. Déjeme ver. No sé cuanto valen estas cosas... Y el árbol, bueno. El conserje está enfadado. Él cuida las plantas, sabe...

La gerente se reúne con su gente. Alguien llama por celular, en el otro extremo de la conexión un ingeniero eléctrico se limpia los restos de bolón y café y contesta la primera llamada de la mañana.
- ¿Una luminaria de la plaza? ¿Se dañó? ¿Cómo? Bueno esas luminarias valen 280 dólares cada una, más mano de obra... Digamos unos 350.

- Mire, nos dice el eléctrico que 350 - la gerente mira al policía y ambos miran al conductor del auto que sin mucha resignación empieza a contar el dinero en su billetera.
- 300 dólares ¿Está bien? Es todo lo que tengo.
Unos segundo de indecisión. Miradas entrecruzadas del público presente.
- Sí, sí.. Está bien.
- Entonces todo arreglado -El policía sacudió los hombros satisfecho de haber resuelto un incidente más-  Puede irse ud. Y cuidado no vuelva a pasar; la próxima vez no será tan fácil. Señora, buenos días.
Con un saludo a la gorra, el policía se despidió y se subió a su moto al tiempo que se escuchaba como se cerraba la puerta del auto deportivo y con un rugido de león-motor, el auto azul desparecía a la vuelta de la esquina. La gerente, con el fajo de billetes en la mano, clausuró la escena y se acercó lentamente hasta el conserje que aplicaba un vendaje de primeros auxilios al árbol.
- Mire, con esto arreglamos las luces hoy mismo. ¿Podrá?
- Chuta, las luces. Mire este pobre árbol.
- Sí, lo sé.
- Ya, ya ingeniera. Ahora voy y compro para arreglar las luminarias.
- Tenga acá tiene el dinero. Le ha de sobrar algo, creo. Traiga factura como siempre.
- ¿Tanto? ¿Para qué me  tanto? 20 dólares no más. Con eso compro unos pernos y unos cables y arreglado.
La gerente abrió los ojos y se puso del color rojo de la vergüenza.
- Ve.. veinte. ¿Sólo veinte?
- Claro, ingeniera. Vea, esto sólo está de volver a empernar y empatar los cables y listo - El conserje había caminado hacia el lugar del siniestro y parado el bolardo de luz en su lugar mientras sonreía y le quitaba el supuesto polvo con una mano.
- Bueno... Tenga, tenga 20 más. -Contesto la gerente abochornada...
- Bueno, ahí compro los focos si es que están quemados...

- ¿Y ahora? Qué vergüenza. Me dan ganas de devolverle la plata al pobre militar.
- ¿Pobre? Viene chumado, se duerme y nos desgracia un árbol y las luces de la vereda. Le está bien, para que aprenda. Y además no es la primera vez.
- Si por eso.
- ¿Por eso? ¿Qué quiere que pongamos un letrero gigante diciendo que no hay más calle y que frenen? Se llevarían el letrero por delante igual. Mejor deberíamos hacer cobrando a todos. Vea, ya es como el cuarto auto que se estrella en la plaza. Viene la policía, les denunciamos y fin. Nos toca pagar a nosotros los destrozos. Por una vez, que paguen los culpables.
- Bueno... Ya. Al menos tenemos ahora un poco de dinero para los desperfectos. Cuando regrese el conserje, dígale que venga a mi oficina para ver qué otras cosas necesitan reparación.
- ¿Y si mejor guardamos un fondo para eventualidades?
- ¿Un fondo? ¿Cómo un fondo?
- Bueno, para cosas más urgentes. Un fondo. Se puede ir reponiendo.
- Pero esto es algo fortuito.
- ¿Y si mañana se estrellase otro?
- ¡Pero qué dice!
- Bueno es algo fortuito.
- Ya, y entonces ponemos un letrero que diga: "estréllese en la plaza y pague. Contribuya al mantenimiento del malecón". ¡¡No diga tonteras!!
- Yo sólo digo que ahora...
- Calle, calle. Y cuando regrese el conserje, le hace subir mi oficina, por favor.

domingo, 2 de julio de 2017

Micrococa #5

- A mi no me convence.
- Ah, pero eso es porque a ud. no le gusta llevar uniforme.
- No, no me gusta llevarlo, me han educado sin uniforme, pero si hay que usarlo, lo usaré, así qué por favor elijamos un buen diseño. Mire ese logo, todo deformando. Tienen que reducir y agrandar las imágenes a escala, proporcionalmente, no las distorsionen que se ven feísimo.

Hago el mismo ejercicio otra vez. Ya no se cuántas veces lo he explicado. Abro el editor de textos y amplío la imagen de logotipo jalando con el mouse desde una de las esquinas.
- ¿Ven? Así no se distorsiona.
Me miran con cara de no ver la diferencia con el mal procedimiento al que están acostumbradas, o a no querer aprender las cosas bien.

Respiro profundo y miro de nuevo a la propuesta de diseño. Hemos pasado una hora eligiendo telas como si la sala de reuniones fuese un puesto del mercadillo de la esquina, eligiendo tipos de tela, hablando de mangas cortas y mangas largas, de botones y solapas, midiendo el tiro al pantalón, ... ¡Por fin tratamos en la empresa un asunto que hace opinar y manifestarse a todo el personal! ¡Por fin todos hablan, todos aportan, todos discuten! Comparada con las juntas para analizar presupuestos, crear y/o programar actividades, comparada con las silenciosas juntas de lluvia de ideas donde todos esperan a que alguien llueva para absorber pasivos la lluvia como esos árboles perennes de la selva que nunca cambian, esta reunión para definir cómo nos vestimos está siendo el éxito rotundo! En mi silencio interior mientras todos hablan sonrío y pienso que mejor haríamos cerrando el centro cultural y abriendo una empresa de pret-a-portet, o una corsetería.

Cuando despierto de mi desconexión interior veo que han elegido una combinación de colores feísima. Ni siquiera es combinación, porque esos colores con combinan, no pegan ni con cola. El detalle ya no es siquiera que no sigan la línea cromática institucional, no, el detalle es que no siguen ninguna línea y casi parecería el disfraz pintoresco y bufonesco de un niño de 5 años que se ha vestido solo. Vuelvo a respirar y les digo:
- Esos colores con combinan.
- Ud. siempre quiere usar los mismos.
- Habíamos hablado de mantener una cromática, una estética propia, de crear nuestra identidad. Tenemos un manual de imagen. Ya lo hemos socializado, ¿recuerdan?
- Bueno pero esto también se ve bonito.

Horror. Han dicho "se ve bonito". Se confirma lo de "para gustos hay colores". Y disgustos también, añadiría yo. Esa combinación da al ojo. Da mucho al ojo. Empiezo a ver y sentir las miradas de vergüenza cuando venga alguien de fuera y agache la cabeza al vernos vestir así. Quiero buscar la manera de reconducir todo a su cauce, así sea con un golpe dictatorial, pero ni soy dictador ni tengo la plena potestad. Decido ser diplomático y no herir susceptibilidades. Volvamos al rol didáctico del paciente maestro.
- Miren, hay colores primarios, y secundarios, ¿si? Y después están los colores complementarios, ¿ven? Estos dos sí combinan.
Rostros mudos y casi de enfado.
- ¿No se dan cuenta? -prosigo. Tienen que aprender a combinar los colores y las prendas para vestir (me muerdo la lengua casi para no decir "aprender a vestir") ¿A caso su madre nunca les enseño a combinar los calcetines y medias con el color de la blusa?

De nuevo un silencio incómodo en la sala. Les estudio el rostro e involuntariamente bajo la vista al piso: todo el mundo usa sandalias...

sábado, 10 de junio de 2017

Micrococa # 4

- ¿Le duele ahí?
- No.
- ¿Y ahí?
- Tampoco.
- Veamos si aquí... - El médico golpea con más fuerza.
- No, no no siento dolor.
- Déjeme probar con esto. Ahora, ¿siente algo de frío?
- No, no, nada especial.

El médico desaparece de la consulta con aire extraño. Miro al techo de la consulta y luego observo los árboles del patio interior a través de la ventana. Es un hospital construido hace por lo menos 20 años, y, digan lo que digan, se me hace mucho más humano que los hospitales de ahora. Los de ahora parecen cajas de plástico antisépticas con blanco manchado de colores en un intento fútil de suplir la presencia de árboles y plantas o de una arquitectura orgánica, humana.
- Mire, no se observa nada en el examen externo. ¿Desde cuando le duele, me dijo?
- Desde el lunes. Comenzó como una pequeña molestia pero ha ido aumentando. Anoche tuve que tomar un paracetamol para poder dormir.
- Desde el lunes. Hoy es jueves. 4 días. ¿Y ha tomado mucho paracetamol?
- No, sólo anoche. Hoy, como me venía al médico, decidí no tomar nada.
- ¿Paracetamol de 500?
- Sí, de 500.
- ¿Y ahora siente ese dolor?
- Sí, es un dolor sordo, me coge media cara hasta el ojo. Pero no me molesta cuando usted me toca. No siento nada a la presión, está ahí sin más.
- Ya. Bueno mire, para descartar otras posibilidades vamos a hacer una radiografía, ¿le parece?
- Por mi perfecto.

Cambiamos de sala y me toma la radiografía. Espero unos minutos mientras la revelan. Veo al doctor conversar con una enfermera o quizá sea otra doctora. Va y viene todo el tiempo. De pronto, entra otra persona vestida de blanco para hacerle firmar unos papeles. Por fin, se dirige a mi.
- Mire, en la radiografía no se observa nada.
- ¿Y entonces?
- Esperemos unos días, tome paracetamol cada 8 horas, como ha hecho anoche.
- ¿Eso es todo? ¿No tengo nada?
- Bueno... ¿En qué trabaja ud.?
- En el museo local.
- ¿Y es un trabajo cansado?
- No más que otros.
- Pero estos días, ¿está con más trabajo del habitual?
- Sí, quizá sí. Han sido 15 días de mucha actividad, y se viene más.
- Entonces puede ser estrés.
- Puede, pero no me siento cansado ni agobiado. Es bastante trabajo, pero son actividades que me gustan.
- Eso no excluye el estrés. Ud., ¿Vive solo?
- Sí,
- Claro, es soltero. Y tiene 35 me dijo.
- Sí.
- Y cuando sale del trabajo, ¿qué hace?
- Pues normalmente, si no tengo ningún compromiso, me voy a casa a descansar, o me voy a tomar una cerveza con los amigos, o a la emisora de radio, depende del día.
- Pero siempre llega a casa, solo...
- Sí...
- ... y duerme solo, y no tiene con quién hablar, con quien desestresarse
- Bueno...
- Ahí está su problema. ¿No lo ha pensado? Ud. necesita a alguien con quien vivir, con quien hablar por la noche, con quien desestresarse. Tampoco tiene hijos, ¿verdad?
- No, tampoco tengo hijos.
- ¿Y a qué espera? Imagínese. 35 años. ¡Cuando sus hijos estén en la universidad ud. ya estará con bastón!
- Osea, que mi dolor es causado por el estrés...
- Entre otras cosas, pero sí es un factor importante. Mire, siga con el paracetamol unos días más. Si le sigue doliendo, o si el dolor aumenta, venga a verme el lunes. Y piense en lo que le he dicho.

Conversación en la consulta de un dentista, Coca, Junio de 2017.

sábado, 18 de febrero de 2017

Micrococa # 3

- ¡Hola!
- ¡Hola! ¿Cómo vas?
Saludo a mi amiga Annie y la recibo con un abrazo de esos de "cuanto tiempo, vamos a ponernos al día", pero la invito a pasar al cine primero.
- ¿Ya ha empezado? ¿Y hay gente?
- Sí. - contesto casi con un susurro. - Voy a darle al play y apagar las luces.

Comienza la cinta. Música rock y créditos de una película ochentera, Demons, de Lamberto Bava. Terror ochentero adolescente lleno de sangre y vísceras para pasar la noche del jueves ¿Qué más se puede pedir, que aterrizar en una ciudad provinciana donde nunca pasa nada, justo el día que unos locos programan una película de terror gore en el cine-club? Bueno, se puede pedir también que coincida con el día del cierre de la campaña electoral, que la calle esté atestada de gente comiendo gratis en tarrinas de plástico, blandiendo banderitas al ritmo de la música y el discurso del cierre de un partido político que ha instalado su escenario en la misma calle del cine. Sí, se puede pedir eso, aunque quizá no sea muy sano...

Me siento en la oscuridad de la sala y saludo de nuevo a Annie divertido. Hay una docena de espectadores. La película comienza con los típicos chistes de cine de terror adolescente y va creando atmósfera. Y a la par que crea atmósfera y las primeras gotas de sangre en viscerales efectos especiales salpican la pantalla y nosotros soltamos la primeras risas, la sala se va llenado poco a poco de gente. Ruido de butacas una y otra vez. Miro alrededor y miro a mi amiga que sonríe divertida como diciendo "se están metiendo al cine los de la fiesta política de afuera". De pronto las butacas están llenas de gente de pueblo, campesinos, indígenas, con banderas, con comida, con niños. De pronto me incomodo. "Esto es una película gore, no es para niños". Pienso en levantarme y decirle al guardia que no deje entrar a esas familias con niños pero se que no va a funcionar, así que me relajo y disfruto de la función, la de la película y la de mi cine. La sala se está llenando y para mi sorpresa ¡la gente mira la película! Increíble pero la miran. La miran en silencio, como si miraran los dibujos de un test Rorschach, sin saber qué están viendo en esa extraña película plaga de demonios, adolescentes, sangre, gritos, todomezclado a ritmo de música heavy.

Un niño grita. Yo me siento responsable de los traumas causados en la mente de las futuras generaciones del 2017. Risas y más risas. Luego silencio. Y de pronto:
- ¡¡¡Por favor, los de Sapayurak, les están esperando!!!
Un tipo ha entrado gritando en el cine, levantado de golpe del asiento a todos los espectadores. O casi todos. Yo me aguanto las risas una vez más, intentando no romper el clima de "supuesta película de terror". Pero ya no hay remedio. El cine es parte del circo. La película se cuaja de sonrisas ya la par que los niños gritan cada vez que el demonio de turno araña a alguien, la gente entra y sale y unos pocos, seguimos sentados hasta el final, queremos saber en qué acaba la película y sobre todo, por lo menos yo, en qué acaba la función de hoy. Cuando termina, me levanto, hago las veces de improvisado portero, acomodador y conserje (todo estos están de campaña política), cierro el teatro, y busco a Annie, que sigue sonriendo divertida por el experimento sociológico que ha resultado esta última programación del cine-club.

La película se acabó. La bulla y la fiesta sigue. Mejor nos vamos a comer algo por ahí, antes de que nos empapelen con propaganda electoral. El cine queda a oscuras, y el guardia de seguridad, en medio del hall, solo y asustado observando a todos los otros demonios que deambulan por las calles al ritmo de la música y el cansancio y los eslóganes de fin de campaña. Si les rodasen y luego proyectasen la cinta, podrían ser la segunda parte de la película de hoy...

viernes, 3 de febrero de 2017

Micrococa # 2

Es miércoles por la noche, miércoles sin compromiso, miércoles en que puedo llegar a casa, sacarme el uniforme, pegarme una ducha, y dedicarme con tranquilidad a preparar una cena con un poco de cariño y amor propio.

El calor de la noche tropical me dice que una ensalada fresca de pasta es lo más adecuado para esta noche. Elijo un disco para empezar y comienzo a preparar los ingredientes al "ritmo de los santos" de Paul Simon. Mientras el agua comienza a bullir saco tomates, y comienzo a picarlos mientras mi cabeza organiza los ingredientes en el orden preciso y piensa en alguna cosa más. Entonces siento el pinchazo y observo como sobre la tabla de corta aparecen gotas de un rojo A - que nada tiene que ver con los tomates, al tiempo que suelto un improperio y me llevo cual acto reflejo el dedo a la boca. El corte es lo suficientemente profundo como para no cortar la hemorragia con saliva. Camino rápido por el apartamento unos segundos queriendo buscar algo que sé que no voy a encontrar, pues sé que no me he preocupado por comprar nada de botiquín salvo alguna pastilla para el dolor de cabeza. Finalmente, me lavo el dedo a chorro y me lo envuelto en papel higiénico y salgo al porche de la casa.

Mis vecinas tienen la puerta abierta y con un buenas noches sobre la marcha entro y pregunto:
- ¿Tienen alcohol? - Mi dedo acusador envuelto en papel de váter en mi mano izquierda empieza teñirse de rojo.
- Tenemos una cerveza-, me contesta una de ellas. Yo sonrío y levanto más el dedo.
- ¡Ah no! ¡Para eso no!

Nos miramos incrédulos y sin saber que hacer unos instantes y me despido camino de la farmacia en busca de algo con mayor grado alcohólico y quizás unas gasas... La cerveza, me la tomaré más tarde, sentado en el porche mirando a la noche y al vecindario y a mi pobre dedo vendado.

Micrococa # 1

- Mire, acá tiene el borrador de la agenda de exposiciones para el próximo año. Como habíamos conversado, una exposición cada dos meses aproximadamente, combinando unas de producción propia con otras externas.... Ha sido difícil conseguir artistas para el segundo semestre, por eso presento un borrador aún sin definir.

Enero – Febrero: Arte conceptual contemporáneo
Marzo – Abril: Historia urbanística de la ciudad
Mayo – Junio: Pintura indigenista.
Julio – Agosto: Artista local
Septiembre – Octubre: Artista foráneo
Noviembre – Diciembre: Artista local
- Hum... Sí, esta bien. ¿Artista foráneo?
- Sí, foráneo
- ¿Cómo foráneo?
- Foráneo.
- Ah... si... como....
- Guillermo Foráneo, ¿no le conoce?
- No.
- Sí, es un reconocido pintor manabita.
- Ah ya, chévere.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La cena antes de la última cena

Claudia había pasado toda la tarde afanosa por la cafetería, vistiendo con delicadeza las mesas, envolviendo cuidadosamente los cubiertos en elegantes servilletas, limpiando la más mínima mancha de la las brillantes copas, colocando los centros al milímetro mientras miraba el reloj controlando la hora y el pavo, bien borracho, que acaba de hornearse lentamente.
A las ocho menos diez, todo estaba listo. Cerro una vez más la puerta del horno, colgó con cuidado el paño en asa, y dio un último paseo por la cafetería. Todo estaba perfecto. La cafetería brillaba con luz propia, como los ojos de Claudia. Arregló las flores de un centro de mesa, y satisfecha avanzó hacia la puerta, corriendo la cinta que hacía de letrero de cerrado e invitó a los primeros invitados a ingresar, si lo deseaban.
- Creo que aún falta mucha gente. Vamos a esperar un poco. No llegan los jefes.

No importaba. Era normal hacerse desear un poco siempre. Sonriente, ingresó hasta la cocina, para pasar lista de nuevo a todo un ejército de canapés que esperaban en fila ser servidos como aperitivo. Veinte minutos después, cuando ya empezaba a ponerse un poco nerviosa, escuchó las voces y las risas. Poco a poco los invitados empezaron a entrar ocupando las distintas mesas tranquilamente.
- Pero así no está bien -una voz potente sobresaltó a Claudia-. No así no estamos todos juntos, no parece una cena de familia. ¡Hay que juntar las mesas, que no nos demos la espalda!
- ¡Ayuden por favor, compañeros, arreglemos esto rapidito!

Claudia salió intrigada hasta la barra, para encontrarse con un pelotón de desordenados decoradores de interiores moviendo las mesas y pegándolas las unas con las otras, mientras parte de los comensales permanecía divertido sentados en sus sillas, recién llegados a la función del circo.
- Así no, así no. En U, que sino se pierden muchos puestos.
- Es igual, si las mesas son redondas, se van a perder siempre dos puestos.
- No si alguien se sienta de ladito. Vamos, hagamos la U
Al poco la sala de la cafetería parecía recorrida por un sinuoso ciempiés de mantel rojo, sobre el que bailaban los centros y los cubiertos, y al que intentaban arrimarse los invitados arrastrando las sillas.
- Yo no quepo, oiga.
- Compañero no moleste, colabore.
- Y yo me he quedado sin mesa. ¿Me pongo el plato sobre las rodillas o qué?
- Yo  creo que lo mejor va a ser que saquemos un par de sillas y empecemos todos a correr alrededor a ver quien...
  - ¡Ya basta, compañeros! Son ustedes como niños! ¡Colaboren por favor! Esto no es una U. ¿Acaso no saben que es una U? -Con sus brazos extendidos, una de las compañeras-diseñadoras, se estiraba por encima del resto, dibujando algo parecido a una U con los brazos. - Hagan la U, y se sienta de a tres por mesa redonda, y así cabemos todos bien. A ver, usted compañerita, péguese al licen que no muerde. Ve qué bien.

El rostro de Claudia estaba cada vez más sombrío. Qué hacer. ¿Detenía el circo? ¿Pegaba un grito y les mandaba al carajo? No, ante todo, la compostura, no había que perder la compostura. Pacientemente, siguió esperando a que acabase la reubicación de las mesas. Por lo menos no habían roto nada, y el pavo aguantaba en su jugo; no por mucho tiempo, eso sí.
- Yo ya le dije que no cabíamos, compañera. Que somos muchos y así se pierden la mitad de los puestos.
- Bueno, calma. El conserje y el secretario, que bajen al auditorio a por la mesa grande y la ponemos en el otro extremo de la U.
- Entonces ya no es una U...
- ¡No joda compañero, que tenemos hambre!

Un silencio nervioso se apoderó de la sala mientras 3 o cuatro compañeros se iban a por la mesa. Entre medias, subidas en tacones y tapadas por pestaña extra largas, llegaron entre silbidos las últimas invitadas. Justo detrás, sudando, el conserje y el secretario acomodaba la pesadísima mesa de madera del auditorio, que a falta de más metros de mantel rojo, tuvo que quedarse desnuda al fondo de la cafetería, como vagón de tercera clase.
- Gracias, gracias compañeros. Bienvenidos y gracias por la espera...

Comenzaba el orden de la noche después del desorden, los discursos de autoridades y espontáneos. Una media hora más como mínimo. El reloj pasaba ya de las 9. Claudia decidió preparar los canapés sobre la barra para distribuirlos por las mesas en cuando el último discurso diera el pistoletazo de salida, y empezó a cortar el pavo en porciones. Mejor sería que estuviese un poco frío a que se convirtiese en suela de zapato dentro del horno.
Por suerte, no hubo muchos discursos, y con los aplausos, comenzó el desfile de camareros y platos entre las mesas, una carrera de obstáculos a través de una sinuosa U, intentado llevar el plato o la copa a los esquinados, o a los que -vaya ud. a saber como- habían quedado dentro de la U-, un vals de pavo y limonada, interrumpido por "perdón, cuidado con el codo, esa servilleta era mía, hagáchese un poquito, gracias", y el sudor de los camareros equilibristas que se se habrían paso con una mano desafiante a través de la espesura. En mitad del desfile llegaron las autoridades ausentes. Por suerte, les habían guardado puesto en la primera mesa, y sólo hubo que reorganizar el orden de servir los platos en las mesas y acelerar un poco porque los primeros ya vaciaban su plato mientras los últimos miraban con cara de hambre.

Eran las diez y media, más o menos, cuando el ruido de risas y cucharas decía que ya se había acabado de comer y que era mejor retirar poco a poco los platos. Aplausos y nuevos discursos, y más aplausos llenaron rápidamente el ambiente de la cafetería. No faltaron los aplausos y agradecimientos al servicio de cocina, y como era menester en todas las ilustres ocasiones, la velada terminó con concurso de cachos, para risas de unos, y quejas serias de otros "que no les veían ni pizca de gracia". Pero al final, todos rieron, todos disfrutaron, y se fueron a casa contentos, felices, con ganas de repetir el año que viene, con ganas de seguir siendo parte de la familia, cansados, pues se acercaba la media noche, pero con una mirada de complicidad, satisfacción y felicidad en su rostro.

A la salida, se organizaban los grupos para que todo el mundo llegase acompañado y a salvo a casa en una noche desierta de lunes. Unos reían los últimos chistes, otras se tomaban las últimas fotos de alfombra roja, otros paleaban unas posibles cervezas con las que dormir mejor. Arriba, en la cafetería, las luces permanecían prendidas, mientras las mesas se desvestían para irse a dormir, y los platos y cubiertos se pegan una buena ducha antes de meterse en la cama. Claudia suspiraba aliviada, mientras intentaba pasar página a la cena más loca que había servido en su vida de camarera, feliz, al fin y al cabo de servir a la gente, de dejarles con una sonrisa en la cara y quedarse ella con montón de humanas anécdotas llenas de sabor, para contar y volver a contar a los nietos.

sábado, 28 de noviembre de 2015

A ojo de águila.

- Vea, aquí lo tiene, éste es.

La imagen congelada de la cámara ojo de águila, impresa en blanco y negro, mostraba claramente a un muchachito de unos 8 años, de no más de metro veinte de altura, asomando la nariz por encima del borde del atril, y, disimuladamente, cogiendo el libro de visitas del museo.
- ¡El primer robo infraganti que registramos! -el técnico de seguridad estaba jubiloso, sentado en el cuarto de sistemas, señalando con orgullo la pantalla del sistema de cámaras de vigilancia de circuito cerrado - Ahí lo tiene, ¡zas!, cazado. Ayer, 8:40 a.m.

El director se rascaba el mentón pensativo. "Pues estamos buenos. Roban bolsos, motos, materiales de construcción en los aledaños del edificio, y el sistema nunca graba nada, y cuando lo hace, resulta que es el horrible crimen de un niñito de 8 años que se ha llevado el libro de visitas... Estamos buenos."
- Bueno, -dijo el director, volviendo de sus disquisiciones personales- esta claro, sí, aparentemente este peladito se llevó el libro; pero, antes de que nadie se lance a la caza y captura del ladrón, ¿quiere alguien contarme, cabalmente, qué sucedió ayer?

- Vea señor director. -el conserje, nervioso, comenzó su crónica- Yo estaba ayer de mañana observando cómo los niños ingresaban al edificio cuando, de pronto vi a uno que cargaba un libro igualitito a nuestro libro de visitas, que dicho sea de paso, no tiene nada de especial, es como un cuaderno más, usted sabe, y claro, pues yo pensé ¿y si el peladito se está llevando el libro de visitas? Porque usted ya sabe, uno no quiere ser mal pensado, pero estos pelatidos están llenos de malicia, y uno tiene que estar con mil ojos, y miré está vez así fue: me fui hasta el atril y el libro de visitas no estaba. Así que corrí detrás del pelado, pero con tanto niño en la puerta, no pude pasar, y se me perdió el peladito, oiga, porque así todos chiquitos y vestiditos de uniforme como que parecen todos iguales. Pero cómo yo vi al peladito con el cuaderno, y me quedé con la cara, le dije a la profesora, y ella dijo que iba a buscarlo, que esperase. Y en eso, usted me llamó para descargar las sillas plásticas, y ahí no se más. Se ve que la profesora no hizo nada.
- Osea, que ahora la culpa la tengo yo. -El director sonreía divertido-. Bueno, no se apuren, es chiste. No es tan complicado, vayan a la escuela y traigan el libro de visitas de vuelta, ¿no?
 - Sí señor director, eso hicimos, pero...
 - ¿Pero qué?
 - Pues que en el apuro de salir corriendo nos equivocamos de escuela.
 - ¿Cómo que se equivocaron de escuela?. Pero, ¡¿acaso no tienen un cronograma con las visitas?!
 - Si pero en el apuro por el libro nadie revisó, así que nos fuimos corriendo a la escuelita 12 de Octubre, porque estábamos convencidos de que era allí, pero resultó que no, y entonces recordamos que debía ser la 3 de Noviembre, pero tampoco, y como no cargábamos el cronograma, ya estábamos camino de la 10 de Agosto, pero está lejísimos y como ya era tarde volvimos al museo.
- Sí, -intervino la muchacha de información- llegaron sudadísimos, y con una cara de preocupación, y entonces yo les dije que porqué perdían el tiempo, que pidiesen en seguridad que revisen las cámaras, y así sabrían quién fue.
- Y eso hemos hecho.
- ¡¡Y para esto han perdido una mañana paseándose por todas las escuelas con nombre de fecha cívica!! -El director empezaba a perder la paciencia- En fin, no se hable más, cojan el carro y váyanse a la 10 de Agosto, hablen con la profesora, y traigan el bendito libro.
- Bueno, no es la 10 de Agosto. - El técnico de seguridad manipulaba con experticia el control de las cámaras.
- Que no es...
- Verá, señor director, si ampliamos un poco la imagen, y a pesar de que la foto está de lado y al niño le tapa casi todo el cuerpo el atril, acá se puede ver asomar un poquito claramente el sello de la escuela 6 de diciembre.
- Y, corroborándolo con el cronograma de visitas, esa es, mire: ayer vino la 6 de diciembre.
El director ya no sabía cómo mirarles.
- ¡En fin, cojan el carro y váyanse a la escuela a por el libro!
- Es que no hay carro.
- Que no hay...
- No, usted lo ha enviado a buscar los materiales para montar las carpas, recuerde.
- Virgen Santa. En fin. Ya. Dejémoslo ahí. Mañana, a primera hora, que si tendrán carro, se van y traen el libro. Punto.

El viernes, a primera hora, el conserje, el secretario y el  técnico de seguridad orgullosos y sonrientes, esperaban en la entrada del edificio con el preciado libro de visitas en sus manos.
- Aquí tiene Sr. Director.
- ¿Alguna novedad?
- Bueno, fuimos a la escuelita y el niño no estaba...
El director empezó a mirarles con los ojos desorbitados, temiendo la odisea que se acercaba.
- Pero la profesora nos dijo que una niñita era su hermana.
- Sí y la niñita dijo que sabía donde estaba el libro, y nos llevó a su casa, que era cerquita de la escuela, y ahí donde ella dijo estaba el libro. Intacto. Chequéelo usted mismo. Sólo hay una hoja suelta, pero esa ya estaba suelta antes de que lo robasen.

El director tomó el libro de visitas y ordenó a los tres trabajadores que siguiesen con sus tareas ordinarias. Caminó lentamente hacia el atril mientras ojeaba despreocupadamente el libro, y retiraba la hoja desprendida. En el atril, lo colocó con cuidado, pasó las páginas con delicadeza, y lo alisó suavemente en la última página escrita:

"El museo esta my vonito. Es lo mas lindo de la siudad.
Firmado
Susana
Rosa
Wendy
               PUTA
a mi tambien me gusto muxo el museo, y el que escribió puta fue el Johnny que es un malhablao y un maleducado."
(firma o garabato ilegible)

Aliviado después de la odisea, el director caminó hacia la oficina. Otra vez, parecía que las cosas se habían resuelto, todo volvía a la normalidad. El sistema de cámaras de circuito cerrado de televisión funcionaba, y el preciado libro de visitas, repleto de los invaluables comentarios de la sociedad y pieza esencial para justificar las visitas del museo, estaba de nuevo en su lugar.