El Quilotoa es el cráter de un volcán activo en los andes ecuatorianos cuyo interior alberga una de las hermosas lagunas que haya creado la naturaleza. El paisaje es realmente maravilloso: el color verde-azulado de sus aguas, los riscos dentelleados que rodean en cráter, junto con la vegetación que se mezcla con el gris de la roca y la tierra amarilla, hacen de la vista de la laguna algo especial. No es raro que el lugar sea objeto de multitud de leyendas y mitos y que atraiga a miles de turistas al año. Llegar hasta el páramo en que se encuentra, asomarse al mirador, dejarse atrapar por la magia y la belleza del paisaje es algo único. Después, descender el kilómetro y medio por la ladera hasta la laguna en el centro del cráter, donde uno, recuperado el aliento puede pasar, acampar, remar un rato en kayak y hacer senderismo si el corazón y los pulmones se lo permiten, es también una experiencia que merece la pena, pues además de estar en un sitio único y mágico está uno totalmente aislado del mundo convencional: hay algo mágico en estos rincones de los andes, lo reconozco. La subida de vuelta al borde cráter, eso sí, sacará el aire y todas las fuerzas a más de uno, pues subir de los 3.500 a los 3.800 metros por un empinado camino de arena durante más de un km. y medio no es para todo el mundo; no en vano los indígenas kichwa que viven del turismo en la laguna, ofrecen a los visitantes la posibilidad de subir a caballo.
Pero si de algo se me antoja el Quilotoa es además de oasis. Nadie llega a repostar ahí, no creo siquiera que sus aguas sean potables, pero en la desolación del páramo, el Quilotoa es un oasis para la vista y el alma. Uno se siente reconfortado realmente cuando llega y contempla el mágico paisaje.
Y es que llegar hasta allí es descorazonador. Después de dejar la bulliciosa ciudad de Latacunga, que, al margen del simpático centro colonial de la ciudad, se antoja como ciudad ruidosa, sucia y desordenada, uno comienza el ascenso hacia el páramo andino. La magia de los nombres en kichwa de los pueblos y parroquias se va tiñendo del amarillo de la escasa vegetación en forma de pasto que puebla estas alturas de la cordillera: altiplanos donde no crece otra cosa que este pasto, oradados por quebradas seas talladas por el viendo y por algún torrente turbio alguna vez al año, un cielo casi siempre plomizo salpicado por casas donde únicamente algún vecino con el rostro curtido parece inquerir al dios del tiempo sobre el significado de la vida en una larga, larga espera.
No me explico cómo alguien puede haber querido ir a vivir a los páramos de esta provincia ecuatoriana de Cotopaxi. Es desolador, descorazonador. Los colores apagados, los rostros ceñudos, los cuerpos pequeños cubiertos de sombreros y ponchos, casi como con miedo de mirar al cielo. La nada y el tiempo eterno esperando ¿qué? Y el frío, el viento helado, las noches heladas, el viento que corta las venas y que invita a escapar porque no hay dónde esconderse de él.
Los tours al Quilotoa son de ida y vuelta en el día. Sólo algunos valientes se atreven a quedarse en algunas de las hosterias que gracias al apoyo de algún proyecto de cooperación internacional al desarrollo se han construido en el pequeño pueblo de una docena de casas que vive al pie del mirador del volcán supongo que exclusivamente atendiendo a las decenas de turistas que cada día llegan hasta allí. Quedarse a dormir implica otra realidad. Una realidad que habla de los mochileros de diversas partes del mundo que han llegado hasta el páramo buscando el mito mágico del Quilotoa, pero también una realidad escrita en lenguas incáicas en los rostros y en los ponchos y en los andares de los kichwas del lugar; una realidad que al principio atrae y después inquieta, convirtiendo las hosterias en un fenómeno sociológico o antropológico más, o en un inquietante misterio para los que se quedan a contar las estrellas sobre el Quilotoa y acaban contando también los minutos.
Es como si años de sometimiento colonial y postcolonial aún tuviesen aprisionados a los indígenas del lugar, como si la fuerza de los andes y el páramo ejerciese una fuerza especial sobre ellos: los proyectos turísticos han ejercido cierto intento de liberación -de conversión al mundo occidental- pero continua la picaresca, el rebusque, el vivir al día que se mezcla entre las nuevas formas adquiridas y una tradición que supongo guardan de puertas a dentro de sus ponchos y que los jóvenes, vestidos con el sincretismo de sombrero de alpaka y ipod ya no entienden.
Cuando a la mañana siguiente la lluvia despierta el cuarto ya frío con las últimas ascuas de la estufa apagadas, y hace que la ropa húmeda se pegue al cuerpo caliente, una inercia lenta le hace a uno levantarse y caminar: hacia afuera, hacia abajo, hacia la carretera y el bus que conduce lejos del páramo, hacia ese lugar donde los colores apagados se teñirán quizá no de color, pero sí por lo menos del ruido y el bullicio de un mundo que con todos sus contrastes nos acompaña y nos rompe esa sensación tan apabullante de soledad y vacío andino.
Volveré al Quilotoa, estoy seguro. Volveré a buscarme en la magia del reflejo en sus aguas en ese lugar idílico, diamante tallado en medio de los andes; y volveré a preguntarme también que esconden esos rostros curtidos escondidos entre sombreros y ponchos: qué anhelan, qué esperan, que buscan en el horizonte vacío del páramo.
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
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jueves, 31 de agosto de 2017
domingo, 27 de agosto de 2017
Baños de Agua Santa
El nombre casi lo dice todo. Casi. "Baños, un pedacito de Cielo", reza la publicidad en una compañía de buses, y en otros carteles turísticos, aunque a veces escriban cielo también con minúscula. A mi, eslóganes pseudo-turísticos, pseudo-religiosos a parte, lo que me atraía era la fotografía del enclave montañoso -esa ciudad enclavada en ese imponente valle- y la fama del lugar, y, finalmente, después de pasar como fantasma en bus por sus calles oscuras varias veces, siempre rumbo a otros lugares, me lancé a conocerlo.
Como hombre casi amazónico que soy, decidí hacer el camino a la inversa de aquellos primeros colonos que descendían los ríos hacia el oriente, hacia la amazonía, y comencé a remontarlos, que es lo natural para los que vivimos al este de los Andes. La carretera que lleva del Coca a Tena y de ahí a Puyo muestra el típico paisaje amazónico, que varía levemente según nos acercamos a la sierra, pero el verdadero cambio se produce cuando, dejado atrás esa puerta al oriente que es la casi siempre nublada ciudad de Puyo (tenía que hacer honor a su nombre, Puyo, del kichwa phuyu, nube, nublado) la orografía del terreno cambia totalmente, el río Pastaza y sus afluentes se encajonan -se encañonan- y la carretera se torna una sinuosa y aventurera ruta tallada en la roca andina hasta llegar a Baños, esa ciudad con historia escrita una y mil veces, situada en un angosto valle flanqueado por el imponente volcán Tunguarahua a un lado y el cañón del río Pastaza al otro. Un enclave especial que permite unir virtudes del este y de los andes, de la naturaleza, y de lo divino, como rezan los carteles publicitarios.
Y es que Baños es una pequeña ciudad que vive volcada al turismo: sus calles céntricas -y no tan céntricas- están pobladas casi exclusivamente por agencias de turismo que venden las riquezas naturales del lugar, bares y restaurantes dispuestos a seducir al turista nacional y extranjero, y hoteles y hosterías para todos los gustos, sin olvidar miles de tiendas de artesanías y suvenirs, todas ellas clónicas las unas de las otras, algo que bien merecería un artículo específico en este blog. Pero sigamos paseando por Baños y sus dos "cielos".
Baños. Tunguarahua. El lugar al que acuden cientos, seguramente miles de turistas extranjeros -y nacionales-, a disfrutar de sus caminatas por la montaña, descubriendo impresionantes cascadas y otros enclaves sorprendentes tallados por la mano de la naturaleza, a colgarse de tarabitas y atravesar barrancos y cañones, descender los rápidos de los ríos, o subirse a lo más alto para columpiarse colgado del cielo mientras el Tungurahua, siempre activo asoma amenazante entre las nubes, y, si uno tiene suerte, lanza algún escupitajo.
Baños. De Agua Santa. Lugar donde afloran varias fuentes naturales de aguas termales, para muchos bondad de la mama Tungurahua, para otros, del Cielo y de la Virgen de Baños que protege a los fieles de desgracias y de enfermedades incurables. Por unos y otros, las piscinas de aguas termales están siempre llenas, y la basílica construida con negra piedra volcánica acoge a fieles y deja fiel testimonio de los milagros.
Baños, sin duda un lugar donde uno puede ir y pasar unos días dejándose cuidar de los dos cielos, con mayúsculas y con minúsculas, un lugar donde pasear y descansar y soñar quizá con irse a vivir alguna vez. Y es que, como curioso historiador que soy, no pude sino preguntarme por la vida -y vidas- de esta ciudad mientras paseaba por sus calles. Me intrigaba que la basílica fuese de construcción tan reciente (primera mitad del siglo XX) y me intrigaba también su parque central, bastante remodelado pero que dejaba ver a sus costados algo de su pasado: una casa consistorial con aires de palacio escondiendo en su interior los muros derruidos de una vieja iglesia. Misterios para un turista curioso que por defecto profesional quería saber más, algo más que las calles no contaban.
Fue primero al levantarme el segundo día y salir al pasillo de la hostería donde me encontraba alojado. Ahí, a lo largo del pasillo colgaban cuadros con viejas fotos en blanco y negro de baños: una corrida de toros en el parque central, todavía plaza de polvo y piedra de pueblo entonces, y al lado del municipio, el templo viejo. Imágenes de los primeros puentes, de antiguas cascadas, de procesiones y de desfiles de autoridades. Me fascinaron esas fotos del baños antiguo. Y sin embargo, por fuera, nada. Nadie contaba al turista más que el día a día de la ciudad.
El segundo descubrimiento sucedió al entrar en la basílica. Nada especial o que no me esperara de la misma, salvo un curioso letrero que rezaba "museo" y que añadía: "mantos de la Virgen, arqueología, animales disecados", así todojunto. Después de tragar saliva y pedir perdón a mi musa Clío, compré religiosamente las entrada y entré al museo. Sabía lo que me esperaba: el típico museo decimonónico: una serie de cuartos repletos de los artículos, cachivaches y enseres curiosos que algún coleccionista curioso o ilustrado fue guardando y depositando en un lugar que luego bautizaron como museo. Que a fecha del 2017 todavía existan lugares así, y que se atrevan a seguir llamándolos museos es una aberración, un despropósito a ojos de la ciencia, de la historia, de la museología y de la cultura, pero también un ejemplo de lo mucho que falta todavía por trabajar "con y para la gente, por el respeto que se merecen".
Caminé por el museo sin mucho detalle, temeroso de enfadarme y no prestar atención al que estaba buscando, pero mi ojo crítico que fue guiado, y después de los mantos de la virgen, del cuarto de los horrores -una sala en la que convivían apolillados animales disecados, viejos magnetófonos, gramolas, máquinas de escribir, y juguetes de hojalata-, llegué a la sala de arqueología. Para mi desánimo resultó ser una colección de objetos prehispánicos de la sierra, recogidos por un religioso aficionado a la arqueología y que, contaban por enésima vez las glorias del pasado prehispánico del Ecuador, el poblamiento de América y el resto del discurso al uso, con las falencias al uso y los vacíos habituales, pero nada, nada, de la historia de la ciudad, del pasado colonial o prehispánico de Baños.
Desilusionado, salí al claustro del museo perdiendo la vista entre las columnas y la balaustrada para toparme con fotos en blanco y negro vistiendo disimuladamente las columnas: acá y allá estampas, como las que adornaban las paredes de la hostería, del baños antiguo, de ese baños de principios del siglo XX: romerías, procesiones, fiestas... , el templo viejo "¡destruido por el terremoto de 1926!", la cascada "¡que hizo desaparecer una erupción del volcán Tungurahua!". De pronto todo empezaba a cobrar sentido. No encontré mucho más, pero de regreso a casa y a las autopistas de la información, comencé a revisar las pocas reseñas históricas de Baños que pude hallar para encontrarme con el terrible misterio de su pasado: un pasado borrado una y otra vez por terremotos y erupciones volcánicas.
Y es que Baños es eso: una ciudad tantas veces destruida por las fuerzas de la naturaleza que sus habitantes parecen haber decidido vivir un continuo presente, sin importarles lo que fueron, y conscientes de lo que vendrá: un nueva nueva erupción, una nueva evacuación de la ciudad, una nueva reconstrucción de la vida después en torno a las cenizas y las aguas termales y las saludables virtudes de su clima templado. Ellos viven el día a día, ofrecen las virtudes de su lugar: las aguas, las caminatas, el rafting, las cascadas, las hosterías para descansar, los restaurantes y las artesanías. Algún rato el Tungurahua volverá a toser y vomitar y sus ríos ardientes se lo llevarán todo, borrarán unas cascadas y tallarán otras, y los escombros de los edificios caídos serán barridos y en su lugar se alzarán otros, otros que hablarán de hoy; el ayer quedará relegado a un puñado de fotografías salvadas de la lava para satisfacer a algunos curiosos y adornar algunas paredes.
Baños siempre ha estado ahí, aunque haya pocas huellas de su pasado. Sólo tienen acercarse y sentirla latir...
Como hombre casi amazónico que soy, decidí hacer el camino a la inversa de aquellos primeros colonos que descendían los ríos hacia el oriente, hacia la amazonía, y comencé a remontarlos, que es lo natural para los que vivimos al este de los Andes. La carretera que lleva del Coca a Tena y de ahí a Puyo muestra el típico paisaje amazónico, que varía levemente según nos acercamos a la sierra, pero el verdadero cambio se produce cuando, dejado atrás esa puerta al oriente que es la casi siempre nublada ciudad de Puyo (tenía que hacer honor a su nombre, Puyo, del kichwa phuyu, nube, nublado) la orografía del terreno cambia totalmente, el río Pastaza y sus afluentes se encajonan -se encañonan- y la carretera se torna una sinuosa y aventurera ruta tallada en la roca andina hasta llegar a Baños, esa ciudad con historia escrita una y mil veces, situada en un angosto valle flanqueado por el imponente volcán Tunguarahua a un lado y el cañón del río Pastaza al otro. Un enclave especial que permite unir virtudes del este y de los andes, de la naturaleza, y de lo divino, como rezan los carteles publicitarios.
Y es que Baños es una pequeña ciudad que vive volcada al turismo: sus calles céntricas -y no tan céntricas- están pobladas casi exclusivamente por agencias de turismo que venden las riquezas naturales del lugar, bares y restaurantes dispuestos a seducir al turista nacional y extranjero, y hoteles y hosterías para todos los gustos, sin olvidar miles de tiendas de artesanías y suvenirs, todas ellas clónicas las unas de las otras, algo que bien merecería un artículo específico en este blog. Pero sigamos paseando por Baños y sus dos "cielos".
Baños. Tunguarahua. El lugar al que acuden cientos, seguramente miles de turistas extranjeros -y nacionales-, a disfrutar de sus caminatas por la montaña, descubriendo impresionantes cascadas y otros enclaves sorprendentes tallados por la mano de la naturaleza, a colgarse de tarabitas y atravesar barrancos y cañones, descender los rápidos de los ríos, o subirse a lo más alto para columpiarse colgado del cielo mientras el Tungurahua, siempre activo asoma amenazante entre las nubes, y, si uno tiene suerte, lanza algún escupitajo.
Baños. De Agua Santa. Lugar donde afloran varias fuentes naturales de aguas termales, para muchos bondad de la mama Tungurahua, para otros, del Cielo y de la Virgen de Baños que protege a los fieles de desgracias y de enfermedades incurables. Por unos y otros, las piscinas de aguas termales están siempre llenas, y la basílica construida con negra piedra volcánica acoge a fieles y deja fiel testimonio de los milagros.
Baños, sin duda un lugar donde uno puede ir y pasar unos días dejándose cuidar de los dos cielos, con mayúsculas y con minúsculas, un lugar donde pasear y descansar y soñar quizá con irse a vivir alguna vez. Y es que, como curioso historiador que soy, no pude sino preguntarme por la vida -y vidas- de esta ciudad mientras paseaba por sus calles. Me intrigaba que la basílica fuese de construcción tan reciente (primera mitad del siglo XX) y me intrigaba también su parque central, bastante remodelado pero que dejaba ver a sus costados algo de su pasado: una casa consistorial con aires de palacio escondiendo en su interior los muros derruidos de una vieja iglesia. Misterios para un turista curioso que por defecto profesional quería saber más, algo más que las calles no contaban.
Fue primero al levantarme el segundo día y salir al pasillo de la hostería donde me encontraba alojado. Ahí, a lo largo del pasillo colgaban cuadros con viejas fotos en blanco y negro de baños: una corrida de toros en el parque central, todavía plaza de polvo y piedra de pueblo entonces, y al lado del municipio, el templo viejo. Imágenes de los primeros puentes, de antiguas cascadas, de procesiones y de desfiles de autoridades. Me fascinaron esas fotos del baños antiguo. Y sin embargo, por fuera, nada. Nadie contaba al turista más que el día a día de la ciudad.
El segundo descubrimiento sucedió al entrar en la basílica. Nada especial o que no me esperara de la misma, salvo un curioso letrero que rezaba "museo" y que añadía: "mantos de la Virgen, arqueología, animales disecados", así todojunto. Después de tragar saliva y pedir perdón a mi musa Clío, compré religiosamente las entrada y entré al museo. Sabía lo que me esperaba: el típico museo decimonónico: una serie de cuartos repletos de los artículos, cachivaches y enseres curiosos que algún coleccionista curioso o ilustrado fue guardando y depositando en un lugar que luego bautizaron como museo. Que a fecha del 2017 todavía existan lugares así, y que se atrevan a seguir llamándolos museos es una aberración, un despropósito a ojos de la ciencia, de la historia, de la museología y de la cultura, pero también un ejemplo de lo mucho que falta todavía por trabajar "con y para la gente, por el respeto que se merecen".
Caminé por el museo sin mucho detalle, temeroso de enfadarme y no prestar atención al que estaba buscando, pero mi ojo crítico que fue guiado, y después de los mantos de la virgen, del cuarto de los horrores -una sala en la que convivían apolillados animales disecados, viejos magnetófonos, gramolas, máquinas de escribir, y juguetes de hojalata-, llegué a la sala de arqueología. Para mi desánimo resultó ser una colección de objetos prehispánicos de la sierra, recogidos por un religioso aficionado a la arqueología y que, contaban por enésima vez las glorias del pasado prehispánico del Ecuador, el poblamiento de América y el resto del discurso al uso, con las falencias al uso y los vacíos habituales, pero nada, nada, de la historia de la ciudad, del pasado colonial o prehispánico de Baños.
Desilusionado, salí al claustro del museo perdiendo la vista entre las columnas y la balaustrada para toparme con fotos en blanco y negro vistiendo disimuladamente las columnas: acá y allá estampas, como las que adornaban las paredes de la hostería, del baños antiguo, de ese baños de principios del siglo XX: romerías, procesiones, fiestas... , el templo viejo "¡destruido por el terremoto de 1926!", la cascada "¡que hizo desaparecer una erupción del volcán Tungurahua!". De pronto todo empezaba a cobrar sentido. No encontré mucho más, pero de regreso a casa y a las autopistas de la información, comencé a revisar las pocas reseñas históricas de Baños que pude hallar para encontrarme con el terrible misterio de su pasado: un pasado borrado una y otra vez por terremotos y erupciones volcánicas.
Y es que Baños es eso: una ciudad tantas veces destruida por las fuerzas de la naturaleza que sus habitantes parecen haber decidido vivir un continuo presente, sin importarles lo que fueron, y conscientes de lo que vendrá: un nueva nueva erupción, una nueva evacuación de la ciudad, una nueva reconstrucción de la vida después en torno a las cenizas y las aguas termales y las saludables virtudes de su clima templado. Ellos viven el día a día, ofrecen las virtudes de su lugar: las aguas, las caminatas, el rafting, las cascadas, las hosterías para descansar, los restaurantes y las artesanías. Algún rato el Tungurahua volverá a toser y vomitar y sus ríos ardientes se lo llevarán todo, borrarán unas cascadas y tallarán otras, y los escombros de los edificios caídos serán barridos y en su lugar se alzarán otros, otros que hablarán de hoy; el ayer quedará relegado a un puñado de fotografías salvadas de la lava para satisfacer a algunos curiosos y adornar algunas paredes.
Baños siempre ha estado ahí, aunque haya pocas huellas de su pasado. Sólo tienen acercarse y sentirla latir...
Cascada "El Pailón del Diablo" uno de los principales atractivos cercanos a Baños.
jueves, 15 de diciembre de 2016
Viaje a Esmeraldas
Martes de 1 de noviembre. Martes de todos los Santos, de cementerios y fiestas que anuncian otoños. Y martes de tormenta para mí. A pesar del radiante sol y del calor sofocante de todo el día, el martes se tejió negro desde mañana y amenazó con descargar sobre mi en el momento menos pensado. Se contuvo al fin, y yo pude escapar y dejar mis nubes atrás.
Eterno día martes que parecía nunca acabar, yo queriendo cerrar las puertas del museo y escapar, repitiéndome por qué había comprado boleto para el penúltimo bus de la noche, por qué me había impuesto tan larga espera.
Fueron finalmente las nueve cuando a la carrera logré escaparme del museo y tras una ducha rápida, un sándwich aún más rápido, preparé rápidamente la mochila y eché un último vistazo a la casa antes de cerrar las puertas y volar a la esquina a tomar un taxi. Al final mi penúltimo bus, después de los avatares del día, parecía que iba a irse sin mi. Apareció por suerte un taxi que contagiado de mi prisa me llevó directo al terminal de buses donde un amigo guardia de seguridad me gritaba "buen viaje licen" mientras yo saltaba casi del taxi al anden y de ahí al bus que esperaba ya con casi todo su pasaje a bordo.
El bus arrancó. No recuerdo mucho más de esa noche. Por unos instantes me quedé pensativo intentando chequear mi equipaje mentalmente. Si algo falta, ya no tenía remedio. Tampoco me importaba. Estaba dispuesto a vivir con lo puesto cinco días y dejarme llevar por la vida. Me despertó la sed y el ruido del bus al detenerse en una gasolinera el tiempo necesario para revisar la refrigeradora de la tienda y comprar lo único bebible que resultó ser una descafeinada Coca-Cola cero que acabé dejando macerar como caldo intragable día y medio. Horas después, desperté de nuevo, más descansado, justo para ver amanecer Quito en sus barrios del sur, barrios obreros de cemento gris muerto a esas horas de la madrugada, de casas de obreros y aire seco de afueras de ciudad de hierro y hormigón y plásticos, rodeando un sintético terminal de buses, pedido en el desierto de las afueras como un oasis donde todos los viajeros de paso se refugiaban unas horas.
Quitumbe era un verdadero hormiguero. 6:30 y ya no había donde sentarse. Yo me dediqué a pasear para estirar mis entumecidos huesos, hasta que el cansancio de una noche de bus me hizo sentarme apoyado contra una barandilla de frío metal esperando a mi compañera de viaje.La Dani contestó pronto a mi mensaje de "ya llegué" con un "me visto y bajo". Su bajada casi se me hizo eterna. Intenté recordar dónde estaba la casa de la Dani pero el mapa urbano del sur de Quito se había borrado de mi mente. Hacía años que no estaba en ese sector. Mi amiga apareció con una sonrisa y abrazo, vistiendo un simpático forro polar que me hizo recordar por primera vez que entre mi calurosa amazonía y la costa que era nuestro destino, estaban los valles de los andes, donde siempre hacía algo de fresco, donde Quito amanecía entumecida por el frío de sus 2900 metros de altitud todos los días del año. Recién sentí el frío Quiteño. Daniela me arrastro a un abarrotado patio de comidas donde el desayuno estándar, café más sándwich me fue servido por dos vendedores distintos, uno el café, el otro el sándwich, calentando mi estómago y dejándome con la duda de a cuál de los dos debía pagar por el desayuno.
De pronto alguien nos apuraba para que dejásemos libre la mesa del abarrotado comedor. Eran ya las 9 de la mañana y el terminal estaba aún más lleno de gente. De alguna manera había que escapar de esa marea humana de quietas figuras que espera, figuras que rebuscan y negocian y ruegan por conseguir un boleto de bus que les saque del interminable estado de tránsito.
Salimos del abarrotado patio de comidas. Nos perdimos y reencontramos entre la marea humana y cruzamos a los andenes donde nuestro bus esperaba ya tranquilamente a sus pasajeros. El auto empezó a rodar lentamente. Las casas de bloques cemento del sur de Quito, los barrios de calles estrechas, calles en cuesta, calles desiertas de gente pobladas hoy por lentos autos y buses poblados de gente, empezaron a desfilar por los vidrios del autobús. El camino hacia la cosa norte se hacía eterno. Intenté dormir el cansancio de la anterior noche sobre ruedas pero no lograba conciliar el sueño. La batalla por combatir las horas de viaje se fue tiñendo de película sangrienta a todo volumen, conversaciones esporádicas con mi compañera de viaje, y el frío: un frío penetrante que parecía llevarnos al invierno austral y que restaba fuerza a los rayos del sol tropical que brilla afuera de los vidrios del bus. Por algún motivo, el chofer había decidido conservarnos como carne de tercena y llevarnos bien fresquitos hasta la costa.
Los intentos por que el chofer apagase el gélido aire acondicionado fueron todos en vano. La televisión por lo menos sí dejó de vomitar sangre y arrear golpes a diestro y siniestro. Con la leve chompa puesta, capucha incluida, y envueltos en una toalla de playa, desfilamos lentamente hacia Esmeraldas. El paisaje no se me hacía especialmente atractivo, y la lentitud del viaje lo hacía menos atractivo aún. La Dani me miró sonriente despertando de su gélido sueño. En alguna parte de mi rostro vio mi angustia interna y externa y empezó a jalar de ovillo. Aún no se bien cómo lo hace, pero esa capacidad suya para leer en mi mente y hacer que le cuente aquello que no me atrevo a contar a nadie, a expresarle mis miedos y enfados, para luego recibir una dosis de cariños y bofetadas cariñosas para hacerme reaccionar y ver y aceptar la vida y enfrentarla, es algo único en ella, algo por lo que nunca pararé de darle las gracias. No podría decir que todo mi año de tensiones, sentimientos personales atrapados, sentimientos encontrados, miedos, pesares conmigo mismo, se curasen en aquellas 8 horas rodando hacia la costa, pero sí se rompieron las compuertas que los mantenían atrapados y entró un aire fresco, dispuesto a hacer las heridas empezaran a escocer lo suficiente como para empezar a sanar.
El bus hizo su primera parada en Esmeraldas casi 8 horas después. A pesar del color de su nombre, la ciudad se aparece en el horizonte como un secarral polvoriento donde es mejor no bajarse: sol, polvo y la refinería, muda en aquellas horas de la tarde. Para mi sorpresa, casi todo el pasaje del bus baja allí. Nosotros seguimos unos minutos más tarde rodando hasta Atacames, por unas carreteras más tranquilas pobladas de letreros con nombres de lugares que se me antojan palabras de un pasado olvidado: Súa, Tonsupa, Atacames.
Atacames. Parada obligada. Nuestro destino es Mompiche, pero a estas horas ya ha salido el último bus hacia ese pequeño pueblo pesquero. Atacames nos recibe con una noche fresa y el bullicio de los miles de turistas. Deambulamos varias horas buscando un hotel. Yo camino perdido entre las calles y edificios. Mi imagen mental de Atacames era otra: la de aquella playa paradisiaca bordeada de palmeras y con cuatro o cinco casas de caña o madera. Nada queda de eso ya: Atacames es una pequeña ciudad de provincias, que se esconde tras una muralla de altos edificios de hoteles bordeando una playa cuyo malecón son una serie de bares-discoteca y comedores populares que se asemejan a un peaje obligatorio para poder pasar a pisar la arena de la playa. ¿Cuántas veces, me pregunto, verán y pisarán la playa los mismos vecinos del pueblo, esos que parece haber sido echados atrás por los gigantes hoteles, expulsados al otro lado de ese contaminado río de aguas verdosas que parece separar dos mundos, el de los habitantes de la ciudad y el de los turistas?
Cansados decidimos comer. Los comedores también están repletos. La crisis, el miedo al terremoto en la costa, parecen haberse olvidado "Todo Quito está acá" me dice la Daniela mientras cenamos, como si quisiera excluirse de sus vecinos. La miro y sonrío. En cierto modo es verdad: solíamos ser de los que se quedan los feriados en casa y salen de viaje cuando todo el mundo trabaja. Por una vez, nos hemos unido al barullo y la multitud.
El ruido, la música y las luces de la ciudad me siguen aturdiendo. No consigo saber dónde estoy, o si estoy donde quería ir. Necesito ver el mar para respirar tranquilo y arrastro a mi cansada amiga a la playa, que en su oscuridad plagada de algunas botellas vacías y los últimos paseantes del día, nos devuelve a la realidad eterna de las olas con el constante murmullo del mar, que lucha contra las discotecas y bares de música pasada de decibelios para hacerse escuchar.
Hubiera preferido quedarme dormido en la playa, pero me dicen que no es seguro. A la mañana siguiente, me escapo temprano del hotel y bajo a la playa quiero caminarla unas horas, antes de seguir ruta hacia Mompiche y antes de que se llene de turistas y vendedores ambulantes. La playa es enorme. Intento imaginármela con las palmeras y las casas de caña de hace 30 años pero no consigo sacarme los edificios y el concreto de la linea de costa. No quiero sentir iras por el progreso. He venido a playa a olvidarme de todas mis tensiones, del trabajo, de las pelas, de los amores... Prefiero mirar al mar. Es el mejor lugar para olvidar, para llorar, para limpiar la mente y ampliar el horizonte y sanar heridas.
"¿Dónde andas bicho?".
"En la playa pues. Caminando hacia el sur"
"Y dónde es eso".
Tres mensajes. Daniela se ha despertado. Supongo que nadie contesta a estas horas con puntos cardinales, y me doy media vuelta, rumbo al norte, para encontrarme con ella. Al paso me salen también varios camareros-publicistas de algún puesto de comida a pie de playa ofreciéndome platos de mariscos y pescado para desayunar. Nunca me acostumbraré a esa costumbre de almorzar desayunando tan extendida acá en Ecuador.
- ¿Quieres un poco? - Me dice la Dani con ojos vivos mientras sorbo tranquilo mi café y miro con curiosidad su ceviche de concha. Sonrío, pagamos la cuenta y vamos en búsqueda del bus que nos lleve a Mompiche. Todo el mundo nos pregunta si tenemos carro. Cuando contestamos que no, las indicaciones de dónde paran los buses se vuelven de lo mas vagas. Por suerte, media hora después estamos viajando parados en un bus que dice ir a Mompiche. La Daniela es más viva y enseguida consigue puesto. Yo sigo haciéndome el gringo, aguantando parado hasta que alguien más se baja del bus y la Dani me da un tirón del brazo y me sienta junto a ella.
- ¿Has escuchado alguna vez a Marta Gómez?
Me pongo los audífonos de la Dani y el resto del viaje al Mompiche se puebla de las canciones de esta cantautora colombiana de la voz de Daniela hablándome de las canciones y la historia de la cantante y del paisaje de la costa esmeraldeña, que por fin se viste de verde recordándome con su bosque tropical los bosques de esa amazonía mía que me tiene atrapado desde hace años. ¡Cómo pueden parecerse tanto! Ecuador es un verdadero país de contrastes.
Mompiche es un pequeño pueblo de pescadores en la costa de Esmeraldas. Hace unos años comenzaron a llegar turistas de paso y desde entonces el pueblo parece vivir más de ellos que de la pesca, pero todavía no es una zona masificada y por el tipo de turistas que llega: extranjeros, jóvenes la mayoría, y familias sencillas con hijos, todos con la misma expresión en su rostro de disfrutar de naturaleza y aire tranquilo, no creo que llegue a desaparecer nunca conquistado por el cemento y el consumo como Atacames. De nuevo tengo ganas de correr a la playa y olvidarme de todo, pero hay que buscar hotel. Como la noche anterior, sólo nos ofrecen cuartos matrimoniales. Eso que me causaba tanta gracia anoche, ahora me empieza a molestar, hasta que finalmente miro a la Dani y le pregunto "¿A ti te importa compartir cuarto...?"
Por supuesto que no le importa. Sigo haciendo preguntas estúpidas y la Daniela con su paciencia de psicóloga sigue dirigiendo el viaje. Conozco a la Dani ya muchos años y ella me conoce bien a mi. Tiene esa habilidad de leerme como un libro abierto aunque yo no quiera, y yo tengo la, no se si suerte o habilidad, de poder leer dentro de ella cuando ella abre un resquicio de alguna de sus puertas. Ella que siempre está ahí cuando necesito un abrazo, o una buena bofetada, ella que es maestra en desamores, que lleva también su tormenta por dentro pero hoy se ha guardado sus nubes y ha abierto su rostro para que mi tormenta personal descargue y se lleve todo eso que guardo y me pesa.
La tranquilidad y sencillez del pueblo nos atrapa. Pasamos la tarde paseando por la playa y los acantilados, visitando una pequeña cala vecina y observando al regreso al pueblo como las gentes del pueblo descargan la pesca del día. Yo intento escribir algo en mi cuaderno sentado en la orilla mientras la Dani se baña, pero no me sale más que un poema forzado. ¿Dónde esta mi musa? Supongo que todavía tiene que hacer la fotosíntesis de todo lo que está pasando antes de volver a florecer.
La noche de Mompiche es igual de tranquila que el día. Las calles de arena y tierra se pueblan de luces, de gente sencilla paseando tranquilamente y comiendo algo en los puestos de la calle y los restaurantes de caña y adornos sencillos. Seguimos siendo polos opuestos. Mientras mi amiga devora un pincho de carne en una esquina, yo me muero de ganas por una pizza y una cerveza. No es ninguna maravilla culinaria, pero por unas horas, la pizza, la cerveza, la conversación, el lugar me hacen desconectar y respirar. Siento un peso que se va yendo y aunque sigo con rostro pensativo, empiezo a sentir el aire de nuevo. Quisiera quedarme allá en Mompiche un día más, o dos, o tres, pero se que mañana toca retomar el camino de vuelta, y que la segunda parte de la terapia pasa por aceptar y enfrentar todo lo que he dejado a más de 600 kilómetros de distancia en el otro extremo del país.
Los viajes en un feriado de tres días son así de relámpago. La dosis justa de descanso y tranquilidad para volver a estrés diario del lunes al viernes interminable, quizá con mejor cara o cuerpo para sobrevivir a la realidad de nuestras vidas. Esa que hemos creado y aceptado para martirizarnos, olvidando que podríamos vivir de otra manera. El regreso a esa realidad pasa por Atacames y su ruido y una espera larga que nos lleva de nuevo a buscar la paz de la orilla del mar donde sentados, esperamos a que anochezca, donde la Dani me sacude una vez más y me hace despertar de mi sueño de años y prometer no volver a él, y prometer no huir tampoco, y no hablar de más y seguir siendo una persona tranquila y sonriente. Sé que tiene razón, pero prefiero perder mi vista en la arena a falta de un mar que ya se ha escondido en la noche. Siempre me ha constado reconocerme por dentro, mirarme ante el espejo. Quizá por eso esta crónica del viaje ha tardado más de un mes en escribirse.
El regreso a Quito se hace mucho más rápido que la huida del mismo. El bus atraviesa raudo la noche y nos deja en el frío amanecer Quiteño. Daniela se despide con un fuerte abrazo y yo comienzo a cruzar la ciudad desierta hasta casa de otra amiga dispuesta a acoger por unas horas a un viajero en peregrinaje interior, rumbo de nuevo a su selva. Disfruto de Quito día y medio, de sus gentes, de sus comidas, de las risas y las cervezas; un Quito vacío pues atrás han quedado los miles de serranos arañando las últimas horas de playa, pero que aún conserva sus gentes y su crisol de capital andina para entretener y enredar a las gentes de paso: cuando me quiero dar cuenta, estoy corriendo hacia un bus que me llevará de regreso al oriente a la selva, al día a día. No voy ya con resignación. No me pesa el equipaje ni me pesa tampoco el viaje que me espera. Casi sin querer, cuando cae otra noche más -la última- estoy abriendo la puerta de casa, dejando cansado el equipaje, sacándome mis ropas de arenas y salitre y preparando algo de cenar.
Sentado bajo el calor de la selva, abro después mi computador y comienzo a ordenar el misterio de todas las arenas: las que cargo conmigo siempre, las que he dejado en la playa y las que me he traído. Quiero escribir de paisajes y de gentes, de comidas, de olores y sabores exquisitos, que Mompiche y Esmeraldas aparezcan sobre estas páginas del blog como una fotografía viva de la costa ecuatoriana, pero se que no voy a escribir sobre eso, que ellos no han sido los protagonistas ni la razón de mi viaje, por eso cierro la tapa de computador y me voy a dormir, esperando a que las letras que deben bailar, bailen.
Hoy han acabado el baile. Más de un mes después, 10.000 kilómetros lejos de las verdes cosas de esmeraldas y varios grados por debajo del calor tropical. Mi pincel acaba la crónica que empezó hace un mes, y sabe que esta sólo puede acabar con dos palabras: gracias, bicho.
Eterno día martes que parecía nunca acabar, yo queriendo cerrar las puertas del museo y escapar, repitiéndome por qué había comprado boleto para el penúltimo bus de la noche, por qué me había impuesto tan larga espera.
Fueron finalmente las nueve cuando a la carrera logré escaparme del museo y tras una ducha rápida, un sándwich aún más rápido, preparé rápidamente la mochila y eché un último vistazo a la casa antes de cerrar las puertas y volar a la esquina a tomar un taxi. Al final mi penúltimo bus, después de los avatares del día, parecía que iba a irse sin mi. Apareció por suerte un taxi que contagiado de mi prisa me llevó directo al terminal de buses donde un amigo guardia de seguridad me gritaba "buen viaje licen" mientras yo saltaba casi del taxi al anden y de ahí al bus que esperaba ya con casi todo su pasaje a bordo.
El bus arrancó. No recuerdo mucho más de esa noche. Por unos instantes me quedé pensativo intentando chequear mi equipaje mentalmente. Si algo falta, ya no tenía remedio. Tampoco me importaba. Estaba dispuesto a vivir con lo puesto cinco días y dejarme llevar por la vida. Me despertó la sed y el ruido del bus al detenerse en una gasolinera el tiempo necesario para revisar la refrigeradora de la tienda y comprar lo único bebible que resultó ser una descafeinada Coca-Cola cero que acabé dejando macerar como caldo intragable día y medio. Horas después, desperté de nuevo, más descansado, justo para ver amanecer Quito en sus barrios del sur, barrios obreros de cemento gris muerto a esas horas de la madrugada, de casas de obreros y aire seco de afueras de ciudad de hierro y hormigón y plásticos, rodeando un sintético terminal de buses, pedido en el desierto de las afueras como un oasis donde todos los viajeros de paso se refugiaban unas horas.
Quitumbe era un verdadero hormiguero. 6:30 y ya no había donde sentarse. Yo me dediqué a pasear para estirar mis entumecidos huesos, hasta que el cansancio de una noche de bus me hizo sentarme apoyado contra una barandilla de frío metal esperando a mi compañera de viaje.La Dani contestó pronto a mi mensaje de "ya llegué" con un "me visto y bajo". Su bajada casi se me hizo eterna. Intenté recordar dónde estaba la casa de la Dani pero el mapa urbano del sur de Quito se había borrado de mi mente. Hacía años que no estaba en ese sector. Mi amiga apareció con una sonrisa y abrazo, vistiendo un simpático forro polar que me hizo recordar por primera vez que entre mi calurosa amazonía y la costa que era nuestro destino, estaban los valles de los andes, donde siempre hacía algo de fresco, donde Quito amanecía entumecida por el frío de sus 2900 metros de altitud todos los días del año. Recién sentí el frío Quiteño. Daniela me arrastro a un abarrotado patio de comidas donde el desayuno estándar, café más sándwich me fue servido por dos vendedores distintos, uno el café, el otro el sándwich, calentando mi estómago y dejándome con la duda de a cuál de los dos debía pagar por el desayuno.
De pronto alguien nos apuraba para que dejásemos libre la mesa del abarrotado comedor. Eran ya las 9 de la mañana y el terminal estaba aún más lleno de gente. De alguna manera había que escapar de esa marea humana de quietas figuras que espera, figuras que rebuscan y negocian y ruegan por conseguir un boleto de bus que les saque del interminable estado de tránsito.
Salimos del abarrotado patio de comidas. Nos perdimos y reencontramos entre la marea humana y cruzamos a los andenes donde nuestro bus esperaba ya tranquilamente a sus pasajeros. El auto empezó a rodar lentamente. Las casas de bloques cemento del sur de Quito, los barrios de calles estrechas, calles en cuesta, calles desiertas de gente pobladas hoy por lentos autos y buses poblados de gente, empezaron a desfilar por los vidrios del autobús. El camino hacia la cosa norte se hacía eterno. Intenté dormir el cansancio de la anterior noche sobre ruedas pero no lograba conciliar el sueño. La batalla por combatir las horas de viaje se fue tiñendo de película sangrienta a todo volumen, conversaciones esporádicas con mi compañera de viaje, y el frío: un frío penetrante que parecía llevarnos al invierno austral y que restaba fuerza a los rayos del sol tropical que brilla afuera de los vidrios del bus. Por algún motivo, el chofer había decidido conservarnos como carne de tercena y llevarnos bien fresquitos hasta la costa.
Los intentos por que el chofer apagase el gélido aire acondicionado fueron todos en vano. La televisión por lo menos sí dejó de vomitar sangre y arrear golpes a diestro y siniestro. Con la leve chompa puesta, capucha incluida, y envueltos en una toalla de playa, desfilamos lentamente hacia Esmeraldas. El paisaje no se me hacía especialmente atractivo, y la lentitud del viaje lo hacía menos atractivo aún. La Dani me miró sonriente despertando de su gélido sueño. En alguna parte de mi rostro vio mi angustia interna y externa y empezó a jalar de ovillo. Aún no se bien cómo lo hace, pero esa capacidad suya para leer en mi mente y hacer que le cuente aquello que no me atrevo a contar a nadie, a expresarle mis miedos y enfados, para luego recibir una dosis de cariños y bofetadas cariñosas para hacerme reaccionar y ver y aceptar la vida y enfrentarla, es algo único en ella, algo por lo que nunca pararé de darle las gracias. No podría decir que todo mi año de tensiones, sentimientos personales atrapados, sentimientos encontrados, miedos, pesares conmigo mismo, se curasen en aquellas 8 horas rodando hacia la costa, pero sí se rompieron las compuertas que los mantenían atrapados y entró un aire fresco, dispuesto a hacer las heridas empezaran a escocer lo suficiente como para empezar a sanar.
El bus hizo su primera parada en Esmeraldas casi 8 horas después. A pesar del color de su nombre, la ciudad se aparece en el horizonte como un secarral polvoriento donde es mejor no bajarse: sol, polvo y la refinería, muda en aquellas horas de la tarde. Para mi sorpresa, casi todo el pasaje del bus baja allí. Nosotros seguimos unos minutos más tarde rodando hasta Atacames, por unas carreteras más tranquilas pobladas de letreros con nombres de lugares que se me antojan palabras de un pasado olvidado: Súa, Tonsupa, Atacames.
Atacames. Parada obligada. Nuestro destino es Mompiche, pero a estas horas ya ha salido el último bus hacia ese pequeño pueblo pesquero. Atacames nos recibe con una noche fresa y el bullicio de los miles de turistas. Deambulamos varias horas buscando un hotel. Yo camino perdido entre las calles y edificios. Mi imagen mental de Atacames era otra: la de aquella playa paradisiaca bordeada de palmeras y con cuatro o cinco casas de caña o madera. Nada queda de eso ya: Atacames es una pequeña ciudad de provincias, que se esconde tras una muralla de altos edificios de hoteles bordeando una playa cuyo malecón son una serie de bares-discoteca y comedores populares que se asemejan a un peaje obligatorio para poder pasar a pisar la arena de la playa. ¿Cuántas veces, me pregunto, verán y pisarán la playa los mismos vecinos del pueblo, esos que parece haber sido echados atrás por los gigantes hoteles, expulsados al otro lado de ese contaminado río de aguas verdosas que parece separar dos mundos, el de los habitantes de la ciudad y el de los turistas?
Cansados decidimos comer. Los comedores también están repletos. La crisis, el miedo al terremoto en la costa, parecen haberse olvidado "Todo Quito está acá" me dice la Daniela mientras cenamos, como si quisiera excluirse de sus vecinos. La miro y sonrío. En cierto modo es verdad: solíamos ser de los que se quedan los feriados en casa y salen de viaje cuando todo el mundo trabaja. Por una vez, nos hemos unido al barullo y la multitud.
El ruido, la música y las luces de la ciudad me siguen aturdiendo. No consigo saber dónde estoy, o si estoy donde quería ir. Necesito ver el mar para respirar tranquilo y arrastro a mi cansada amiga a la playa, que en su oscuridad plagada de algunas botellas vacías y los últimos paseantes del día, nos devuelve a la realidad eterna de las olas con el constante murmullo del mar, que lucha contra las discotecas y bares de música pasada de decibelios para hacerse escuchar.
Hubiera preferido quedarme dormido en la playa, pero me dicen que no es seguro. A la mañana siguiente, me escapo temprano del hotel y bajo a la playa quiero caminarla unas horas, antes de seguir ruta hacia Mompiche y antes de que se llene de turistas y vendedores ambulantes. La playa es enorme. Intento imaginármela con las palmeras y las casas de caña de hace 30 años pero no consigo sacarme los edificios y el concreto de la linea de costa. No quiero sentir iras por el progreso. He venido a playa a olvidarme de todas mis tensiones, del trabajo, de las pelas, de los amores... Prefiero mirar al mar. Es el mejor lugar para olvidar, para llorar, para limpiar la mente y ampliar el horizonte y sanar heridas.
"¿Dónde andas bicho?".
"En la playa pues. Caminando hacia el sur"
"Y dónde es eso".
Tres mensajes. Daniela se ha despertado. Supongo que nadie contesta a estas horas con puntos cardinales, y me doy media vuelta, rumbo al norte, para encontrarme con ella. Al paso me salen también varios camareros-publicistas de algún puesto de comida a pie de playa ofreciéndome platos de mariscos y pescado para desayunar. Nunca me acostumbraré a esa costumbre de almorzar desayunando tan extendida acá en Ecuador.
- ¿Quieres un poco? - Me dice la Dani con ojos vivos mientras sorbo tranquilo mi café y miro con curiosidad su ceviche de concha. Sonrío, pagamos la cuenta y vamos en búsqueda del bus que nos lleve a Mompiche. Todo el mundo nos pregunta si tenemos carro. Cuando contestamos que no, las indicaciones de dónde paran los buses se vuelven de lo mas vagas. Por suerte, media hora después estamos viajando parados en un bus que dice ir a Mompiche. La Daniela es más viva y enseguida consigue puesto. Yo sigo haciéndome el gringo, aguantando parado hasta que alguien más se baja del bus y la Dani me da un tirón del brazo y me sienta junto a ella.
- ¿Has escuchado alguna vez a Marta Gómez?
Me pongo los audífonos de la Dani y el resto del viaje al Mompiche se puebla de las canciones de esta cantautora colombiana de la voz de Daniela hablándome de las canciones y la historia de la cantante y del paisaje de la costa esmeraldeña, que por fin se viste de verde recordándome con su bosque tropical los bosques de esa amazonía mía que me tiene atrapado desde hace años. ¡Cómo pueden parecerse tanto! Ecuador es un verdadero país de contrastes.
Mompiche es un pequeño pueblo de pescadores en la costa de Esmeraldas. Hace unos años comenzaron a llegar turistas de paso y desde entonces el pueblo parece vivir más de ellos que de la pesca, pero todavía no es una zona masificada y por el tipo de turistas que llega: extranjeros, jóvenes la mayoría, y familias sencillas con hijos, todos con la misma expresión en su rostro de disfrutar de naturaleza y aire tranquilo, no creo que llegue a desaparecer nunca conquistado por el cemento y el consumo como Atacames. De nuevo tengo ganas de correr a la playa y olvidarme de todo, pero hay que buscar hotel. Como la noche anterior, sólo nos ofrecen cuartos matrimoniales. Eso que me causaba tanta gracia anoche, ahora me empieza a molestar, hasta que finalmente miro a la Dani y le pregunto "¿A ti te importa compartir cuarto...?"
Por supuesto que no le importa. Sigo haciendo preguntas estúpidas y la Daniela con su paciencia de psicóloga sigue dirigiendo el viaje. Conozco a la Dani ya muchos años y ella me conoce bien a mi. Tiene esa habilidad de leerme como un libro abierto aunque yo no quiera, y yo tengo la, no se si suerte o habilidad, de poder leer dentro de ella cuando ella abre un resquicio de alguna de sus puertas. Ella que siempre está ahí cuando necesito un abrazo, o una buena bofetada, ella que es maestra en desamores, que lleva también su tormenta por dentro pero hoy se ha guardado sus nubes y ha abierto su rostro para que mi tormenta personal descargue y se lleve todo eso que guardo y me pesa.
La tranquilidad y sencillez del pueblo nos atrapa. Pasamos la tarde paseando por la playa y los acantilados, visitando una pequeña cala vecina y observando al regreso al pueblo como las gentes del pueblo descargan la pesca del día. Yo intento escribir algo en mi cuaderno sentado en la orilla mientras la Dani se baña, pero no me sale más que un poema forzado. ¿Dónde esta mi musa? Supongo que todavía tiene que hacer la fotosíntesis de todo lo que está pasando antes de volver a florecer.
La noche de Mompiche es igual de tranquila que el día. Las calles de arena y tierra se pueblan de luces, de gente sencilla paseando tranquilamente y comiendo algo en los puestos de la calle y los restaurantes de caña y adornos sencillos. Seguimos siendo polos opuestos. Mientras mi amiga devora un pincho de carne en una esquina, yo me muero de ganas por una pizza y una cerveza. No es ninguna maravilla culinaria, pero por unas horas, la pizza, la cerveza, la conversación, el lugar me hacen desconectar y respirar. Siento un peso que se va yendo y aunque sigo con rostro pensativo, empiezo a sentir el aire de nuevo. Quisiera quedarme allá en Mompiche un día más, o dos, o tres, pero se que mañana toca retomar el camino de vuelta, y que la segunda parte de la terapia pasa por aceptar y enfrentar todo lo que he dejado a más de 600 kilómetros de distancia en el otro extremo del país.
Los viajes en un feriado de tres días son así de relámpago. La dosis justa de descanso y tranquilidad para volver a estrés diario del lunes al viernes interminable, quizá con mejor cara o cuerpo para sobrevivir a la realidad de nuestras vidas. Esa que hemos creado y aceptado para martirizarnos, olvidando que podríamos vivir de otra manera. El regreso a esa realidad pasa por Atacames y su ruido y una espera larga que nos lleva de nuevo a buscar la paz de la orilla del mar donde sentados, esperamos a que anochezca, donde la Dani me sacude una vez más y me hace despertar de mi sueño de años y prometer no volver a él, y prometer no huir tampoco, y no hablar de más y seguir siendo una persona tranquila y sonriente. Sé que tiene razón, pero prefiero perder mi vista en la arena a falta de un mar que ya se ha escondido en la noche. Siempre me ha constado reconocerme por dentro, mirarme ante el espejo. Quizá por eso esta crónica del viaje ha tardado más de un mes en escribirse.
El regreso a Quito se hace mucho más rápido que la huida del mismo. El bus atraviesa raudo la noche y nos deja en el frío amanecer Quiteño. Daniela se despide con un fuerte abrazo y yo comienzo a cruzar la ciudad desierta hasta casa de otra amiga dispuesta a acoger por unas horas a un viajero en peregrinaje interior, rumbo de nuevo a su selva. Disfruto de Quito día y medio, de sus gentes, de sus comidas, de las risas y las cervezas; un Quito vacío pues atrás han quedado los miles de serranos arañando las últimas horas de playa, pero que aún conserva sus gentes y su crisol de capital andina para entretener y enredar a las gentes de paso: cuando me quiero dar cuenta, estoy corriendo hacia un bus que me llevará de regreso al oriente a la selva, al día a día. No voy ya con resignación. No me pesa el equipaje ni me pesa tampoco el viaje que me espera. Casi sin querer, cuando cae otra noche más -la última- estoy abriendo la puerta de casa, dejando cansado el equipaje, sacándome mis ropas de arenas y salitre y preparando algo de cenar.
Sentado bajo el calor de la selva, abro después mi computador y comienzo a ordenar el misterio de todas las arenas: las que cargo conmigo siempre, las que he dejado en la playa y las que me he traído. Quiero escribir de paisajes y de gentes, de comidas, de olores y sabores exquisitos, que Mompiche y Esmeraldas aparezcan sobre estas páginas del blog como una fotografía viva de la costa ecuatoriana, pero se que no voy a escribir sobre eso, que ellos no han sido los protagonistas ni la razón de mi viaje, por eso cierro la tapa de computador y me voy a dormir, esperando a que las letras que deben bailar, bailen.
Hoy han acabado el baile. Más de un mes después, 10.000 kilómetros lejos de las verdes cosas de esmeraldas y varios grados por debajo del calor tropical. Mi pincel acaba la crónica que empezó hace un mes, y sabe que esta sólo puede acabar con dos palabras: gracias, bicho.
sábado, 11 de junio de 2016
Quito
Me pierdo en tus calles
busco historias por las esquinas
me embriago en detalles
luces y sombras, trazos de vidas
quiero ser parte del mestizaje
beber el agua de tus orillas.
Soy un extraño, un transeúnte
mezclado en humo atrapado en prisas
rituales mágicos para soñarte
entre carros y buses danzas oníricas
perdido en mi mismo quiero tocarte
llorar tus soles y tus desdichas.
Falto de oxígeno, quiero mirarte
subo a los cerros donde habitan
dormidos, silentes tus dioses gigantes.
Guardándote eternos ellos suspiran
tiemblo al verlos, por un instante
principio y fin allí se combinan.
Fue un mes de julio, reconocerte,
descubrir el secreto de tu sonrisa
bajo tu asfalto tu dios silente
ruido de ancestros cargado de prisas.
Mis ojos se nublan, siento perderte,
encontrarte el día de despedida.
Ciudad colgada entre los andes
dama antigua de sueños incas
que es lo que escondes
con qué misterio a recorrerte me incitas,
vuelvo a tu seno, como el amante.
Bajo tu frío mi ser se agita
y escribe versos para tenerte
siempre a la vista.
busco historias por las esquinas
me embriago en detalles
luces y sombras, trazos de vidas
quiero ser parte del mestizaje
beber el agua de tus orillas.
Soy un extraño, un transeúnte
mezclado en humo atrapado en prisas
rituales mágicos para soñarte
entre carros y buses danzas oníricas
perdido en mi mismo quiero tocarte
llorar tus soles y tus desdichas.
Falto de oxígeno, quiero mirarte
subo a los cerros donde habitan
dormidos, silentes tus dioses gigantes.
Guardándote eternos ellos suspiran
tiemblo al verlos, por un instante
principio y fin allí se combinan.
Fue un mes de julio, reconocerte,
descubrir el secreto de tu sonrisa
bajo tu asfalto tu dios silente
ruido de ancestros cargado de prisas.
Mis ojos se nublan, siento perderte,
encontrarte el día de despedida.
Ciudad colgada entre los andes
dama antigua de sueños incas
que es lo que escondes
con qué misterio a recorrerte me incitas,
vuelvo a tu seno, como el amante.
Bajo tu frío mi ser se agita
y escribe versos para tenerte
siempre a la vista.
martes, 6 de agosto de 2013
Río abajo - Nuevo rocafuerte
El puerto no tiene olas, salvo cuando algún otro bote pasa a gran velocidad alterando las aparentemente apacibles aguas del río, que ancho y sin prisas ve al pasar a decenas de personas paseando por el malecón, disfrutando del frescor del río y los árboles, de jugos de frutas exóticas servidos en exóticos puestos; turistas y niños que dan de comer papas fritas a los monos; vendedores de artesanías indígenas y comidas varías.
Un puerto fluvial. Coca es quizá una de las últimas ciudades que vive pendiente de un río, arteria que la comunica con recónditos lugares selva a dentro: mágicos unos, oscuros otros. El río Napo sigue transcurriendo como una autopista natural entre la selva, más sabia, más "ecológica" que las negras carreteras de asfalto que poco a poco le quieren ganar terreno a la selva en este siglo de la velocidad. Llegar a Coca es, en cierto modo, llegar a un balcón que mira atento e impasible a una selva lejana, cambiante, llena de retos y de añoranzas.

Hace ya años que Coca quedó definitivamente unida a la civilización por carreteras (hasta no hace mucho aún sin la negra capa de asfalto) y por un aeropuerto. Decenas de buses recorren hoy las vías Coca-Quito y varios vuelos diarios hacen que las 7 horas de bus parezcan tortuosamente insufribles frente a los escasos 30 minutos del vuelo. ¿Y más allá de Coca?
Ahí es donde todavía comienza la aventura. La selva, si bien ya no es virgen, sigue resistiéndose en estos lugares a recibir a los visitantes con los brazos abiertos: hay que introducirse en ella lentamente, en barcos a través de ríos, con paso lento y cauto observando bien donde se pone el pie, apartando suavemente las ramas de árboles que pueden esconder secretos. Es parte de la aventura de la vida y del aprender con ella.
De todos modos, viajar por el río Napo, no es ya la aventura de un Orellana o un Lope de Aguirre, ni siquiera de los caucheros del siglo XIX, o de tantos misioneros que han surcado sus aguas en los siglos precedentes al nuestro. Ni siquiera tiene el novelesco ambiente de un río perdido en la espesura de la selva por el que circular hacia el corazón de las tinieblas. Todo se tiñe en estos tiempos, de las lenta velocidad de las gentes del lugar, del regateo de pasajes y la desesperación del extranjero que ve impasible como le dicen "no hay" y le convocan a otra madrugada el día siguiente, o como gentes "vivas" se saltan pasarelas, filas, y turnos para subir al barco.
A las 6 de la mañana, el embarcadero empieza a llenarse de personas, que, compitiendo con los pájaros, empiezan con su bullicio a despertar la mañana: pasajeros cargados de bultos y más bultos, desde bolsas de mano pasando por cartones repletos de enseres, cocinas de gas, colchones, motores, y cualquier otro moderno enser que la selva no les provee ni tampoco sus humanas manos; también comerciantes dispuestos a cargar artículos de primera necesidad y alimentos frescos y enlatados que luego despacharán al doble de precio allá donde sólo el río llega; turistas y viajeros con la mochila al hombro y la cámara de fotos colgando del cuello; trabajadores vestidos de azul vaquero (uniforme no oficial de las compañías petroleras) y cientos de vendedores ambulantes que brinca a dentro y afuera del barco vendiendo calientes desayunos, el recién llegado periódico de la mañana o aquella cosa que al viajero se le olvidó comprar ayer o que nunca pensó comprar hasta que la labia de un habilidoso vendedor, ávido por hacer los primeros dólares del día, logró convencerle de que no debía partir sin tan preciado objeto.
El barco, sin horario fijo, parte cuando se llena. Los pocos turistas que van en él, temen que se hunda por sobrepeso. Entre personas y carga no hay donde clavar un alfiler. El destino, Nuevo Rocafuerte, el último puerto fluvial de Ecuador, río abajo, en esa siempre imaginaria frontera con Perú. Diez lentas horas por un río que carga en su vientre vidas repletas de sueños, aventura, penas, frustraciones y ansias de riqueza y dinero.
La primera mitad del viaje transcurre sin parada alguna. El barco o barcaza avanza poco a poco, vadeando los bancos de arena, los enormes troncos que bajan arrastrados por la corriente, ocultos como un enorme iceberg, y las olas levantadas por aquellos con más prisa viajando volando sobre el agua en deslizadores. Acompañando en la travesía río abajo, van también barcazas y remolcadores cargados de contenedores, vehículos y materiales para las distintas explotaciones petroleras que pueblan ambas orillas del río durante sus primeros 150 kilómetros río abajo desde Coca. La tranquilizad y paz del río se ve alterada por un intermitente fluir de estas modernas ballenas de metal, y por los metálicos muelles de los campamentos y pozos petroleros, algunos de ellos tocados por la flameante corona de los "mecheros" que noche y día queman gas sin descanso.
A medio camino el barco se detiene en Pañacocha, un hasta ahora pequeño pueblo que parece vivir de los barcos y los hambrientos pasajeros que se detienen en él a diario y que el gobierno ha decidido convertir en una "ciudad del milenio" colocando en una situación quizá un tanto inverosímil los últimos adelantos de la tecnología en medio de la selva. De Pañacocha para abajo, durante los otros 150 kilómetros que restan para llegar a Nuevo Rocafuerte, el río se torna más tradicional y más puro. Ya no hay explotaciones petroleras, y las riveras se ven jalonadas de pequeños pueblos y chakras (caseríos para el foráneo) que conservan aún su arquitectura de madera y paja, además de pueblos más grandes cuyo estatus lo marca la escuela y cancha cubierta de deportes y algún que otro edificio de cemento. El barco, se detiene para dejar pasajeros y mercancías en playas e improvisados puertos tallados a golpe de pie en las laderas del río.

A Nuevo Rocafuerte se llega en el mejor de los casos con la última hora de sol: el tiempo suficiente para dar una primera mirada a este tranquilo pueblo y secar un poco las ropas después del aguacero que refrescó, quizá demasiado, las cansadas horas del viaje en barco. Nuevo Rocafuerte es en si dos docenas de casas, distribuidas en dos adoquinadas calles paralelas, flanqueadas en un extremo por la misión y la hoy abandonada pista de aterrizaje -realizada hace años por la misión-, y en otro por el hospital, también de la misión; en medio, la casa de la marina militar y el edificio del municipio, hoy medio sin uso por ciertas peculiaridades políticas ecuatorianas demasiado largas para explicarlas aquí. En sí, el pueblo no parece tener mucho especial, y además, se le notan los años: un agradable paseo por el río un tanto abandonado y descuidado; es cuando pasan las primeras horas y uno se deja llevar por el fluir del inmenso río Napo (mide casi 2 km. de ancho en este lugar) que la magia del pueblo se refleja: no hay otros ruidos que los insectos, monos y pájaros de la selva y el lejano ronroneo de algún bote a motor. En Nuevo rocafuerte no hay tráfico, no hay automóviles, no existe el bullicio de la música y de las calles repletas de gente de las ciudades. La gente parece vivir tranquila, ajena al ruido y a las tensiones y prisas del resto de la sociedad.
Una hora más río abajo, ya en Perú, el pueblo de Cabo Pantoja muestra una vida similar a la de Nuevo Rocafuerte, si acaso más viva y más tranquila. En Cabo Pantoja ni siquiera hay calles para un posible tránsito de vehículos, en su lugar el pueblo, sembrado en una colina a orillas del Napo, está recorrido por sinuosas veredas de cemento a cuyos lados se reparten sencillas casas de campesinos. El pueblo es también parada de los enormes barcos que bajan hasta Iquitos, la gran ciudad peruana de la selva amazónica, situada unos 4 días río abajo, ya en el Amazonas.
Aunque en Nuevo Rocafuerte llega la televisión satelital, hay señal de celular e internet, aunque los más rápidos deslizadores son capaces de cubrir los 300 km. de río que lo separan de Coca en unas 4 horas, aunque el pueblo se encuentra en la entrada del Parque Yasuní, que quizá será a futuro el principal parte natural-atractivo turístico de la amazonía ecuatoriana, hoy todavía sigue siendo un pequeño lugar, allá en la selva, donde la vida corre a un ritmo distinto, donde las gentes miran al río, que día a día se lleva sus penas y les devuelve su alegría, donde nadie parece querer ser más grande que este ancho y largo río, verdadero dios de estas tierras y esta gente.
Un puerto fluvial. Coca es quizá una de las últimas ciudades que vive pendiente de un río, arteria que la comunica con recónditos lugares selva a dentro: mágicos unos, oscuros otros. El río Napo sigue transcurriendo como una autopista natural entre la selva, más sabia, más "ecológica" que las negras carreteras de asfalto que poco a poco le quieren ganar terreno a la selva en este siglo de la velocidad. Llegar a Coca es, en cierto modo, llegar a un balcón que mira atento e impasible a una selva lejana, cambiante, llena de retos y de añoranzas.
Hace ya años que Coca quedó definitivamente unida a la civilización por carreteras (hasta no hace mucho aún sin la negra capa de asfalto) y por un aeropuerto. Decenas de buses recorren hoy las vías Coca-Quito y varios vuelos diarios hacen que las 7 horas de bus parezcan tortuosamente insufribles frente a los escasos 30 minutos del vuelo. ¿Y más allá de Coca?
Ahí es donde todavía comienza la aventura. La selva, si bien ya no es virgen, sigue resistiéndose en estos lugares a recibir a los visitantes con los brazos abiertos: hay que introducirse en ella lentamente, en barcos a través de ríos, con paso lento y cauto observando bien donde se pone el pie, apartando suavemente las ramas de árboles que pueden esconder secretos. Es parte de la aventura de la vida y del aprender con ella.
De todos modos, viajar por el río Napo, no es ya la aventura de un Orellana o un Lope de Aguirre, ni siquiera de los caucheros del siglo XIX, o de tantos misioneros que han surcado sus aguas en los siglos precedentes al nuestro. Ni siquiera tiene el novelesco ambiente de un río perdido en la espesura de la selva por el que circular hacia el corazón de las tinieblas. Todo se tiñe en estos tiempos, de las lenta velocidad de las gentes del lugar, del regateo de pasajes y la desesperación del extranjero que ve impasible como le dicen "no hay" y le convocan a otra madrugada el día siguiente, o como gentes "vivas" se saltan pasarelas, filas, y turnos para subir al barco.
El barco, sin horario fijo, parte cuando se llena. Los pocos turistas que van en él, temen que se hunda por sobrepeso. Entre personas y carga no hay donde clavar un alfiler. El destino, Nuevo Rocafuerte, el último puerto fluvial de Ecuador, río abajo, en esa siempre imaginaria frontera con Perú. Diez lentas horas por un río que carga en su vientre vidas repletas de sueños, aventura, penas, frustraciones y ansias de riqueza y dinero.
A medio camino el barco se detiene en Pañacocha, un hasta ahora pequeño pueblo que parece vivir de los barcos y los hambrientos pasajeros que se detienen en él a diario y que el gobierno ha decidido convertir en una "ciudad del milenio" colocando en una situación quizá un tanto inverosímil los últimos adelantos de la tecnología en medio de la selva. De Pañacocha para abajo, durante los otros 150 kilómetros que restan para llegar a Nuevo Rocafuerte, el río se torna más tradicional y más puro. Ya no hay explotaciones petroleras, y las riveras se ven jalonadas de pequeños pueblos y chakras (caseríos para el foráneo) que conservan aún su arquitectura de madera y paja, además de pueblos más grandes cuyo estatus lo marca la escuela y cancha cubierta de deportes y algún que otro edificio de cemento. El barco, se detiene para dejar pasajeros y mercancías en playas e improvisados puertos tallados a golpe de pie en las laderas del río.
A Nuevo Rocafuerte se llega en el mejor de los casos con la última hora de sol: el tiempo suficiente para dar una primera mirada a este tranquilo pueblo y secar un poco las ropas después del aguacero que refrescó, quizá demasiado, las cansadas horas del viaje en barco. Nuevo Rocafuerte es en si dos docenas de casas, distribuidas en dos adoquinadas calles paralelas, flanqueadas en un extremo por la misión y la hoy abandonada pista de aterrizaje -realizada hace años por la misión-, y en otro por el hospital, también de la misión; en medio, la casa de la marina militar y el edificio del municipio, hoy medio sin uso por ciertas peculiaridades políticas ecuatorianas demasiado largas para explicarlas aquí. En sí, el pueblo no parece tener mucho especial, y además, se le notan los años: un agradable paseo por el río un tanto abandonado y descuidado; es cuando pasan las primeras horas y uno se deja llevar por el fluir del inmenso río Napo (mide casi 2 km. de ancho en este lugar) que la magia del pueblo se refleja: no hay otros ruidos que los insectos, monos y pájaros de la selva y el lejano ronroneo de algún bote a motor. En Nuevo rocafuerte no hay tráfico, no hay automóviles, no existe el bullicio de la música y de las calles repletas de gente de las ciudades. La gente parece vivir tranquila, ajena al ruido y a las tensiones y prisas del resto de la sociedad.
Una hora más río abajo, ya en Perú, el pueblo de Cabo Pantoja muestra una vida similar a la de Nuevo Rocafuerte, si acaso más viva y más tranquila. En Cabo Pantoja ni siquiera hay calles para un posible tránsito de vehículos, en su lugar el pueblo, sembrado en una colina a orillas del Napo, está recorrido por sinuosas veredas de cemento a cuyos lados se reparten sencillas casas de campesinos. El pueblo es también parada de los enormes barcos que bajan hasta Iquitos, la gran ciudad peruana de la selva amazónica, situada unos 4 días río abajo, ya en el Amazonas.
Aunque en Nuevo Rocafuerte llega la televisión satelital, hay señal de celular e internet, aunque los más rápidos deslizadores son capaces de cubrir los 300 km. de río que lo separan de Coca en unas 4 horas, aunque el pueblo se encuentra en la entrada del Parque Yasuní, que quizá será a futuro el principal parte natural-atractivo turístico de la amazonía ecuatoriana, hoy todavía sigue siendo un pequeño lugar, allá en la selva, donde la vida corre a un ritmo distinto, donde las gentes miran al río, que día a día se lleva sus penas y les devuelve su alegría, donde nadie parece querer ser más grande que este ancho y largo río, verdadero dios de estas tierras y esta gente.
miércoles, 27 de julio de 2011
Cuyabeno
Pocos sitios quedan ya de esta tierra que sean vírgenes, lugares donde el pie del hombre no haya llegado y modificado con su caminar la naturaleza. La selva amazónica no es excepción: ya casi no queda selva virgen. No quiero quitarle romanticismo al tema, pero aquella selva donde uno podía perderse y vivir sin ser econtrado jamás, es ya casi un mito. El hombre, por unas razones u otras, acaba imponiéndose en casi todos los rincones del mundo.Por desgracia su paso no es inocente. Va allí donde hay algo que le interesa y se lo lleva al precio que sea. La selva amazónica desaparece poco a poco cada año. La tala de árboles, la explotación del petroleo y otras actividades mineras van acabando con la selva poco a poco, contaminándola, convirtiendo ese pulmón verde en un desierto.
Es muy dificil, dentro del modo de vida actual, convencer a nadie de que se deben dejar los bosques tranquilos, de que hay que conservarlos pues ahí está nuestro futuro. El petróleo y la madera pesan al final más que cualquier argumento ecologista. Pero hay también otras maneras, menos intrusivas, menos destructivas de obtener un poco de jugo de la naturaleza. El turimso, por ejemplo.
Cuyabeno es un río y unas lagunas de zona de bosque tropical inundable, en la provincia de Sucumbíos, Ecuador. Un pedacito de selva que ha sido declarado reserva y que parece salvarse de la contaminación de las petroleras y la tala indiscriminada de madereras. En ella subsisten los más diversos e inimaginables animales y plantas, y también algunos grupos humanos, nativos, tan especiales y únicos como el resto de flora y fauna de la reserva. Aunque parezca extraño, la peculiar orografía de Ecuador, los diversos procesos que tuvieron lugar en la historia geológica del territorio que ocupa este pequeño país, le han dotado con una gran cantidad de microclimas que contienen unas de las floras y faunas más variadas del planeta, inclídas, por supuesto, especies en peligro de extinción, espcies que no viven en ningún otro lugar, ni siquiera en otras zonas de la amazonía, lo cual no deja de sorprender si pensamos que Ecuador no es en sí un país amazónico, ya que su superficie de selva tropical es mínima si lo comparamos con Perú o Brasil. Ecuador fue, y sigue siendo, una puerta a la amazonía. Una puerta muy especial, eso sí, y Cuyabeno es un claro ejemplo.
Desde hace ya más o menos un par de décadas, esta zona, que estuvo a punto de sufrir daños irreversibles por la contaminación petrolera, ha encontrado una segunda vida con el turismo. Un turismo bastante cuidado -turismo ecológico le dicen- que obtiene un beneficio considerable de la riqueza de la zona sin destruirla. Al año, unos 7.000 turistas, la mayoría de ellos extranjeros, visitan estas lagunas de Cuyabeno para disfrutar de la diversidad de especies de la zona, para pasear por un pedazo de selva, observando detalles que el cemento borró hace ya años de sus ciudades, viviendo, ya de adultos pequeños sueños infantiles (dormir en la selva) para luego volver a sus países con un puñao de fotografías y anécdotas.
Es realmente una manera bonita de recargar los pulmones y la mente con aire limpio, y de dejar algo para que esa gran bombona de oxígeno que es la amazonía siga funcionando. Y también para tomar conciencia de que no sólo necesitamos los bosques en fotografías.
Y cuando se van los turistas, los que aún permanecen aquí, pueden seguir disfrutando más o menos de la vida que siempre vivieron en la selva, ahora alterada por la presencia de unos hombres blancos, que parece que aunque muy poco a poco, van aprendiendo a no destruir y apreciar otra manera y otras formas de vivir en este mundo.
El progreso no se puede parar, pero es mejor ser guía turístico o guardabosques, que petrolero o maderero.
martes, 20 de abril de 2010
Espacios urbanos
Este pasado fin de semana tuve la oportunidad de conocer Miranda de Ebro, gracias a la invitación de un viejo y querido amigo -mi más viejo amigo, no por su edad, sino por el hecho de que nos conocemos desde que ambos teníamos 4 años-.
Así, Miranda de Ebro es hoy día una pequeña ciudad deprimida que intenta conservar algo de su anterior esplendor. Situada al norte de la provincia, está más vinculada para bien y para mal a Vitoria, en el País Vasco, que a Burgos capital, de quien los mirandeses se quejan de cierto avandono. Para bien y para mal porque las mejores oportunidades para la instalación de industrias en el vecino País Vasco han contribuído a la depresión económica de Miranda, para bien, porque gran parte de los habitantes de Miranda residen en la ciudad gracias a que trabajan en Vitoria.
Cuestiones de amistad a parte (se me ocurre ahora un posible artículo en el blog al respecto), Miranda de Ebro, era, por alguna razón una ciudad cuyo nombre venía de vez en cuando a mi mente. No había estado antes, sin embargo, por aquello que le dicen a uno de "allí no hay nada" en el sentido de que no hay nada artístico que ver: no hay grandes monumentos ni barrios antiguos de piedra dignos de admirar. Sin embargo, ahí estaba ese nombre, en negrita sobre el mapa de España, como punto capital del extremo norte de la provincia de Burgos.
No voy a entrar en la historia de la villa y su importancia en siglos pasados. Ni siquiera la conozco. Alguno me tirará de las orejas, por eso de que soy historiador, y por ende debo preocuparme de conocer esos datos, pero, por un lado, en estos días que vivo me interesan más las gentes de ahora que los personajes pasados, y por otro, historiador no es sinónimo de cronista o de enciclopedia andante. Lean a Enrique Moradiellos si quieren saber qué es realmente la historia y el historiador. (Argumento para otro articulo de blog, tomo nota)
Veo que me voy por las ramas de una manera más que la habitual en mi. Pero he visto que a veces hay que establecer los parámetros en los que uno va a hablar de un tema para así evitar comentarios fuera de lugar.
La razón por la que Miranda de Ebro esté resaltada en los mapas políticos de España, y la razón de que su nombre ocupe parte de mi inquietud personal por viajar y conocer, se debe aque es un punto de enlace importante en la red de ferrocarriles española. Ese hecho de ser encrucijada en las vías férreas es seguramente lo que llevó en su día a mucha gente a vivir en Miranda, y lo que hizo también que se instalasen en sus alrededores varias industrias; industrias hoy día deprimidas y casi en desparición (una papelera, una azucarera,...) por dejar de ser rentables según los cánones de esta economía neoliberal que vivimos, por cuestiones de competencia y mejores oportunidades en otros lugares donde la administarición autonómica da más ayudas a las empresas según me dicen.
Así, Miranda de Ebro es hoy día una pequeña ciudad deprimida que intenta conservar algo de su anterior esplendor. Situada al norte de la provincia, está más vinculada para bien y para mal a Vitoria, en el País Vasco, que a Burgos capital, de quien los mirandeses se quejan de cierto avandono. Para bien y para mal porque las mejores oportunidades para la instalación de industrias en el vecino País Vasco han contribuído a la depresión económica de Miranda, para bien, porque gran parte de los habitantes de Miranda residen en la ciudad gracias a que trabajan en Vitoria.Miranda tiene aún su vida diaria y nocturna, sus gentes, no me malinterpreten, y también su encanto, su rincones curiosos, graciosos, e incluso dignos de ver artísticamente. Me llamó especialmente la atención la clara división entre la ciudad moderna, crecida a apartir de mediados del siglo XX, y situada a una orilla del río, y la ciudad antigua, la Miranda de toda la vida, situada a la otra orilla del Ebro, lo cual le da a la segunda un aspecto tranquilo de pequeño pueblo de provincias, con sus calles estrechas y sus casas de piedra.
El otro asunto que me llamó especialmente la atención fue, en una ciudad donde no hay a penas monumentos artísticos de destacar, el empeño del ayuntamiento, supongo, en catalogar y destacar todos los edificios de la ciudad que puedan tener algún interés arquitectónico por remoto que este sea. Así, un lee constantemente: Edificio del s. XVIII, o casa de viviendas del s. XIX, o edificio de principios del s. XX. Acaba resultando, desde mi punto de vista, un tanto monótono y excesivo. ¡Imagínense si al alcalde de León, por poner un ejemplo, se le ocurriese hacer lo mismo! Creo que hasta en la puerta de mi casa encontraría un letrerito describiendo su singularidad arquitectónica.
A decir verdad, hay que reconcer, además, que en Miranda del Ebro, sí que tienen auténticas singularidades arquitectónicas, y es que, en pocos sitios he visto ejemplos como los que hay en Miranda, de reutilización y reconversión de edificios a lo largo de la historia. El castillo, por ejemplo, fue derruído casi totalmente a principios del pasado siglo y convertido en depósito de agua, o como ejémplo máximo, una iglesia gótica que, vendida en el siglo XVIII, fue reconvertida en viviendas y así, aunque ahora abandonada, se conserva actualmente. Todo un ejemplo de que el gusto estético, el valor artístico que damos a la arquitectura, o incluso el valor histórico y cultural de la misma, es una concepción muy reciente. Hoy día imágenes como las de esta iglesia nos causan asombro y horror y nos hacen preguntarnos cómo pudieron permitir que eso sucediese, o como pueden mantenerlo así, pero, sin embargo no es nada tan raro: la misma catedral de León presenta añadidos barrocos o neoclásicos que rompen sus pulcras líneas góticass.
Personalmente, lejos de una restaruación artística de la iglesia de Miranda, yo abogaría porque la dejasen así, pues tanto o más es ejemplo de nuestro pasado y de nuestras gentes pasadas, con su ideolgía y costumbres -tan válidas como las nuestras actuales-, como ejemplo del pasado sería una perfecta e intachable artisticamente iglesia gótica.

Como ven, todos los rincones de la geografía de un país tiene su encanto, aunque no destaquen en las guías turísticas por tener monumentos, parajes naturales o algún plato gastronómico especial. Sólo hay que probar suerte y dejarse llevar entre callejuelas y gentes. Una manera de hacerlo puede ser como hice yo, o mejor dicho, como la amistad y la casualidad quiseron que hicese yo: hospedense en una pequeña ciudad "sin encanto" para ver una gran ciudad monumental que esté próxima. Matarán dos pájaros de un tiro. Se llevarán dos sorpresas en una, y no sabrán decir cuál es más grande.
lunes, 25 de enero de 2010
Por el corazón de Burgos
Este es un país de historia e historias. Son tantos los pueblos que han ido dejando su huella por estas tierras a lo largo del devenir histórico. Son tantas las historias personales, las enseñanzas dejadas al poso de la tradición y la herencia genética... Las olvidamos con mucha frecuencia, pero el paisaje, nos las recuerda contínuamente, nos las pone frente a los ojos para recordarnos lo que fuimpo y lo que en cierto modo seremos, aunque nos neguemlos a ello.
En estos días en que la inmigración está en lo titulares y en la mesa de algún politicucho que no ve más allá de la punta de sus narices grandes como las de pinocho, quizá la mejor medicina para entender el proceso que vivimos, es dejar nuestra casa vacia con nuestros televisores mudos y tomar un tren o coger el coche dejarnos llevar por las carreteras secundarias de este país -y también por vias no tan secundarias- ocupados ahora en observar el paisaje y en detenernos aquí y allá para ver pequeños pueblos, iglesias y ruinas, y escuchar lo que nos tienen que decir. Una manera distinta de viajar, sin la preocupación de llegar lo más rápido posible a nuestro supuesto destino, sino viajando sin rumbo, despacio, empapándonos de la vida inerte y secreta de la región.
No hace falta ir muy lejos de casa. En las esquinas de la ciudad, incluso en una gran urbe como Madrid o Barcelona, en algún camino olvidado cerca del pueblo, están esos testigos eternos, aguantando inviernos, soportando inexorables el paso del tiempo.
Uno de esos lugares es el centro - sur de la provincia de Burgos. En un radio de unos 30 Km, tomando como centro el hermoso pueblo de Covarrubias, uno puede viajar hacia atrás hasta nuestro pasado más remoto: monumentos megalíticos de nuestros más remotos antepasados, monasterios y torreones, vestigos de una reconquista que nos habla de una mezcla de sangres a la que aparentemente hoy queremos renunciar, vestigos de los diferentes pueblos y gentes que han pasado por este país y nos han dejado su impronta, su herencia, su sabiduría.
Incluso podemos viajar a eras geológicas anteriores e intentar imaginarnos cómo era esta tierra incluso antes de que el primer homínido pusiese sus pies sobre ella.
Y no sólo el viaje en el tiempo. También el viaje a la tranquiliad. A la calma y la lentitud del día en pequeños pueblos silenciosos, donde la "facendera" sigue siendo una ocupación el sábado o el domingo, donde un evento tan sencillo como la matanza del cerdo sigue siendo momento de celebración lleno de significado, donde uno camina tranquilo, ausente del frio y la lluvia de un mes de Enero, y encuentra la hermosura y la armonía entre el paisaje y sus gentes, presentes y pasadas.
Huella de Dinosaurio

En estos días en que la inmigración está en lo titulares y en la mesa de algún politicucho que no ve más allá de la punta de sus narices grandes como las de pinocho, quizá la mejor medicina para entender el proceso que vivimos, es dejar nuestra casa vacia con nuestros televisores mudos y tomar un tren o coger el coche dejarnos llevar por las carreteras secundarias de este país -y también por vias no tan secundarias- ocupados ahora en observar el paisaje y en detenernos aquí y allá para ver pequeños pueblos, iglesias y ruinas, y escuchar lo que nos tienen que decir. Una manera distinta de viajar, sin la preocupación de llegar lo más rápido posible a nuestro supuesto destino, sino viajando sin rumbo, despacio, empapándonos de la vida inerte y secreta de la región.
No hace falta ir muy lejos de casa. En las esquinas de la ciudad, incluso en una gran urbe como Madrid o Barcelona, en algún camino olvidado cerca del pueblo, están esos testigos eternos, aguantando inviernos, soportando inexorables el paso del tiempo.
Uno de esos lugares es el centro - sur de la provincia de Burgos. En un radio de unos 30 Km, tomando como centro el hermoso pueblo de Covarrubias, uno puede viajar hacia atrás hasta nuestro pasado más remoto: monumentos megalíticos de nuestros más remotos antepasados, monasterios y torreones, vestigos de una reconquista que nos habla de una mezcla de sangres a la que aparentemente hoy queremos renunciar, vestigos de los diferentes pueblos y gentes que han pasado por este país y nos han dejado su impronta, su herencia, su sabiduría.
Incluso podemos viajar a eras geológicas anteriores e intentar imaginarnos cómo era esta tierra incluso antes de que el primer homínido pusiese sus pies sobre ella.
Y no sólo el viaje en el tiempo. También el viaje a la tranquiliad. A la calma y la lentitud del día en pequeños pueblos silenciosos, donde la "facendera" sigue siendo una ocupación el sábado o el domingo, donde un evento tan sencillo como la matanza del cerdo sigue siendo momento de celebración lleno de significado, donde uno camina tranquilo, ausente del frio y la lluvia de un mes de Enero, y encuentra la hermosura y la armonía entre el paisaje y sus gentes, presentes y pasadas.
Huella de Dinosauriodomingo, 19 de julio de 2009
Chiloé
miércoles, 15 de julio de 2009
Desde el emisferio austral
"Vente en julio que tengo vacaciones de invierno". Cuando mi amigo Alfredo me dijo esto, yo me quedé extrañado. ¿Invierno en Julio? ¿Qué es eso, el mundo del revés? Luego, mi cabeza empezó a razonar científicamente -algo que hace rara vez- y me di cuenta de que en el emisferio sur, es al revés que en el norte: el agua gira para el otro lado y cuando en España están en pleno verano tostándose al sol, en Chile están en pleno invierno tiritando con bufanda.Aún con mis razonamientos, después de un año en el trópico, el cambio no deja de sorprenderme. Sobre todo porque surgió en a penas 5 horas, el tiempo que tarda el avión desde Quito (literalmente el centro de la tierra, en pleno ecuador geográfico o casi) hasta Santiago de Chile, en mitad de este enorme país alargado como una flauta.
Llevo como 3 días en Chile. Y, aunque voy maravillándome de la arquitectura, los paisajes, y las gentes del lugar, mi principal admiración está en el clima y en la sensación de vuelta mágica a la civilización: cambiar de repente las embarradas calles de Lago Agrio o el desorden de un Quito, poruna ciudad o pueblo de Chile, es un cambio notable. Esto -Chile- tiene un aire mucho más parecido a aquella Europa que dejé hace casi un año. Resulta increible como cambian las cosas tan sólo pasando una frontera.
El clima también ayuda a acentuar ese cambio y esa sensación de cercanía con mi tierra. Después
de un año de calor tropical empezaba ya a echar de menos un poco de frío, empezaba a cansarme de la monotonía de la selva, donde el único cambio es que a veces llueve un poco más o hace un poco más de calor. Necesitaba las 4 estaciones.Santiago de Chile la ví de pasada el domingo, un primer vistazo, para dejar el mensaje de "espera ahí 15 días que ya vuelvo". Me gustó el primer contacto por la ciudad y me gustó el clima. Ese frío que te despeja la cara en la mañana que yo tanto añoraba ya.
A la tarde pusimos rumbo al archipiélago de Chiloé, en el paralelo 42, latidud sur, una isla grande, rodeada de otras más chiquitas donde da la sensación bien de que el tiempo se a parado o de que uno ha llegado a un universo como de cuento de hadas. Da la sensación de que la gente de acá vive en un mundo diferente al del continente, y eso se ve en su forma de ser, en los paisajes, las ciudades. Para mí es algo nuevo, algo con lo que no tengo comparación en mi vida, en los lugares cercanos o lejanos que conozco.
Es una tierra verde, fría, por estar tan al sur, que a menudo
me da la sensación de estar en la montaña para luego descubrir que esto es mar. Ancud, la ciudad en la que me encuentro es como un pueblo grande, de gentes tranquilas que salen lo necesario y descansan y se esconden del frío en sus casas. Unas casitas de madera, de pintorescos colores, forradas por fuera las típicas de lentejuelas de madera de alerce, las modernas de horribles chapas de cinc. Casas de una o dos plantas sembradas a lo largo de calles, de campos... Llevó dos días paseando por aquí y aún camino como echizado viendo la arquitectura de la ciudad...Pero aún me queda mucho más: La gastronomía es bien especial, me dicen, y también las costumbres, la mitología de este archipiélago, que aún se escapa de los grandes circuitos turísticos, de la influencia estandarizadora del mundo occidental -y continental- y mantiene una entidad propia muy especial.

Mientras me dejo llevar por estos aires, os regalo algunas primeras fotos de esta tierra fría y acogedora...
lunes, 13 de julio de 2009
Paseos culturales por Quito
Quito es una ciudad realmente con encanto, con muchas cosas escondidas. Es una ciudad grande, alargada, con un millón y medio de habitantes -lo cual alguien me dirá que es poco al lado de otras grandes urbes latinoamericanas- pero, hay que reconocer, que algo desordenada, con un tráfico excesivo e incluso caótico en sus horas puntas. Esta desorganización hace que, fuera del circuito del Quito colonial, no sean muchas las personas que se acercan a otras partes de la ciudad.
El centro histórico es precioso, pero también hay otras zonas perdidas por la ciudad que merecen la pena ser visitadas: el teleférico, el panecillo, la zona peatonal de la Avda. Amazonas y la Mariscal, la Mitad del Mundo (que está como a una hora de Quito, al norte), por ejemplo.
Uno es el Museo de Banco Central, donde hay una magnífica e impresionante colección de arte preincaico, es decír de las múltiples culturas que habitaron ecuador antes y durante la dominación Inca y hasta la llegada de los españoles. Siempre he sentido una curiosidad especial por la prehistoria y por todas estas primeras civilizaciones poco conocidas, y Ecuador tiene una riqueza especial al respecto: Valdivia, Chorrera, Machalilla,... hasta la Cultura Napo de los Omaguas, que me hace recordar que me quedó pendiente la visita al Museo de Pompeya en Orellana... otra vez será. Dicen que siempre hay que dejar algo pendiente para regresar en el futuro. 
El centro histórico es precioso, pero también hay otras zonas perdidas por la ciudad que merecen la pena ser visitadas: el teleférico, el panecillo, la zona peatonal de la Avda. Amazonas y la Mariscal, la Mitad del Mundo (que está como a una hora de Quito, al norte), por ejemplo.
En las tres o cuatro veces que he pasado por Quito este año, poco a poco he ido conociendo todos estos lugares, en algunos casos por primera vez, en otros redescubriéndolos y mirándolos ahora con ojos de adulto (estuve de crío por Ecuador, allá en el 92) Esta última visita decidí que no podía dejar pasar más tiempo dos lugares que les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitar si se van a Quito.
Uno es el Museo de Banco Central, donde hay una magnífica e impresionante colección de arte preincaico, es decír de las múltiples culturas que habitaron ecuador antes y durante la dominación Inca y hasta la llegada de los españoles. Siempre he sentido una curiosidad especial por la prehistoria y por todas estas primeras civilizaciones poco conocidas, y Ecuador tiene una riqueza especial al respecto: Valdivia, Chorrera, Machalilla,... hasta la Cultura Napo de los Omaguas, que me hace recordar que me quedó pendiente la visita al Museo de Pompeya en Orellana... otra vez será. Dicen que siempre hay que dejar algo pendiente para regresar en el futuro. 
Además de visitar este museo y encontrarse con el sugerente y atrayente arte de estos primeros pobladores, en el que yo encuentro una magia, un simbolismo especial, otro lugar importante y especial también en el aspecto espiritual, es la Capilla del Hombre de Oswaldo Guayasamin. No conocía mucho de este pintor ecuatoriano, de su vida, su obra; y para mi fue todo un descubrimiento: una persona que se me hace humana desde lo más profundo, comprometida, luchadora, y mística también, capaz de expresar en un rostro, en la representación de una persona todos esos sentimientos y vidas que llevaría decenas de páginas expresar por escrito. Pero, no solo sobrecojen y llevan a la reflexión sus pinturas. El lugar es sin duda único y mágico. La primera capilla -dice- creada para el hombre y no para un dios. Un lugar para sentarse a ver arte y reflexionar sobre el hombre y sobre la vida.
Fue realmente espcial e inesperado acabar allí la tarde del viernes. Horas allí sentados en el museo y paseando por el singular lugar que Guayasamín eligió para edificar su casa y sembrar su arte. Hay algo mágico en estos lugares y en estas gentes. No dejen de visitarles, déjense llevar por los implusos de alma y mente.

miércoles, 25 de febrero de 2009
Viaje a Loja y Cuenca
A principios de este mes de Enero que ya acaba, Freddy, un voluntario de Loja que estuvo echando una mano por aquí el curso pasado y que se ha propuesto seguir manteniendo contacto con el colegio (nos ayuda con el mantenimiento informático), nos invitó a mi colega Alfredo y a mí a visitar
su ciudad, allá en el sur de este pequeño país.
su ciudad, allá en el sur de este pequeño país.Desde la frontera con Colombia (norte, donde me encuentro) hasta la frontera con Perú (Sur), más o menos en línea recta. En el mapa no parecía mucho. Cuando preguntamos cuánto se tardaba en bus la respuesta fue ¡24 horas! 24 horas aplastando el culo contra los asientos de estos buses "ejecutivos". Evidentemente decidimos hacer alguna escala intermedia para airear nuestras sufridas posaderas. Ecuador no es muy grande, pero por su complicada orografía, clima extremo, y la necesaria infraestructura, sus carreteras son enrevesadas y a menudo no en muy buenas condiciones por las lluvias, volcanes, etc. Todo eso retrasa notablemente un viaje que de otro modo sería mucho más breve, sin olvidar que las constantes paradas de estos buses que acostumbran a coger pasajeros "al vuelo", h
acen el viaje aún más lento. También hay que reconocer, que, por lo general, los buses para estos viajes de más de 5 horas, son más anchos, con asientos más cómodos, que los de España. Y además tienes baño y azafato que te regala galletitas y cola.
Pero volvamos a nuestra ruta hacia el sur. La primera parada fue en Quito, donde tuve la suerte de visitar un proyecto para niños de la calle en el barrio de la Bota, uno de los sectores más pobres de Quito. Allí las Hnas. Ursulinas sacan adelante un pequeño centro para apoyar y ayudar a niños y niñas que viven con un pié en la esperanza y otro en el umbral de la miseria y el avandono. Niños de familias marcadas en muchos casos por la prostitución, la violencia, las drogas, etc. Niños faltos de cariño, de alguien que les preste 10 minutos de su tiempo, que comparta con ellos un sencillo almuerzo, un juego, unas risas. Es increíble la energía de las criaturas que encontré ahí y sus ganas de aprender, de crecer y, en definitiva, de tener las mismas oportunidades que todo el mundo. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido en un barrio marginal en lugar de un cómodo barrio de residencial de clase media-alta acomodada? ¿Qué culpa tienen ellos de que haya por ahí personas ciegas y avariciosas amasando fortunas con las drogas, el tráfico de personas, etc.? Ninguna. El destino, me diréis. Sí, pero el destino, o más bien el camino que nos lleva hacia adelante, lo vamos abriendo nosotros, y al final, alguien se cansa de ver a gente avandonada, tirada a
los lados del camino, y les tiende una mano y se parte la cabeza (a veces literalmente) intentando ayudarles lo mejor que puede.
Otra vez de vuelta al bus. 5:30 de la tarde. 18 horas después, una vez recorrida la costa de este país, con lluvia, carretera en obras, mi compañero Alfredo desesperado como un perro enjaulado porque le ha tocado una ventanta atascada y no puede asomar la cabeza, llegamos a una ciudad llamada Loja, un tanto confusos y desorientados, aún sin creer que hemos puesto por fin nuestros pies en tierra firme. El orientarnos y el repornernos, por suerte sólo nos llevó unas horas. La amabilidad de la gente que nos acogió, los pequeños rincones de Loja ciudad y provincia, pronto nos hicieron olvidarnos del cansancio y nos vimos envueltos en un mar de aromas y colores nuevos. Loja es una ciudad pequeña, aunque tiene dos sendas universidades y un enorme colegio marista de fama nacional. Está estirada a lo largo de un valle en la cordillera sur, rodeada de altas montañas verdes. No deja de llamarme la atención como cambia el suelo biológico aquí. En apenas 2 horas, cambia casi radicalmente la vegetación. El paisaje de la sierra, el clima, sobre todo en el sur del país, me recuerda enormemente al del norte de España, en el Cantábrico, en las montañas de Asturas, por ejemplo. La verdad es que a ese respecto me sentía como en casa. Quizá solo faltó un poco más de frío.
Paseamos por Loja, por sus calles y plazas jalonadas de iglesias y jardines con palmeras, probamos panes y quesos típicos e hicimos varias escapadas por los alrededores para conocer Vilcabamba -un preciosos pueblecito de la sierra donde la gente supera con creces la centena de años, y que hoy día está
plagado de extranjeros buscando la eterna juventud o algo similar- Malacatos y sus "bizcochuelos", Catamayo, donde probamos cezina (sabrosa carne a la parrilla con cebolla, nada que ver con lo que en España llamamos cencina) y helado tradicional y casero de coco; y Catacocha, un pueblo mágico, sentado en una roca al final de una carretera que parece no tener fin, donde disfrutamos de una increíble puesta de sol dede el Chrirpulapo, una enorme peña de poderes mágicos para los nativos -según leo en una página web, no se si será verdad- y desde donde acostumbraban a lanzarse los amantes despechados.
A penas 2 días y medio en Loja y ya tocó levar anclas. A penas teníamos una semana para viajar y día y pico se nos iba en venir y otro tanto en volver. 5 horas bus -en este caso estrecho y hasta arriba de gente, lo cual quiere decir gente botada por el piso del bus, durmiendo- y llegamos a Cuenca, donde, casi sin esperarnos ni conocernos, nos volvlieron a recibir con los brazos abiertos y nos llevaron rápidamente a conocer la ciudad. Poco
o nada me acordaba yo de esta ciudad colonial, y de nuevo que encantado con sus calles limpias y cuidadas, sus iglesias, con parques tropicales, sus mercados de flores y artesanía. Bebimos vino hervido con manjares del lugar y al día siguiente nos perdimos por la sierra de esta provincia de Azuay para acabar comiendo cerdo hornado con las manos en medio del mercado y llenando nuestros ojos con joyas y artesanías preciosas en los locales de un pueblito llamado Chordeleg. Antes de irme, cuando esté ya libre de esta humedad amazónica del 87%, me compraré un poncho, un jersey, un gorro andino o algo así. Decidido.
Y de nuevo al bus. Ya de regreso a casa, al colegio, al calor tropical que ya empezamos a echar en falta, y al trabajo. El viaje aún nos guardaba alguna que otra sorpresa, como el trailer atravesado en medio de una curva en la carretera de la sierra que tuvo a los choferes de los buses 3 horas parados mientras decían como pasaban, o si daban la vuelta (otro camino por el que pasasen buses no había) o que diantres hacía, porque, evidentemente, la policía no aparecío por ningún lado. Pero la diosa fortuna nos guío, pasamos, llegamos a Quito al quite para saltar al bus que se iba a Lago Agrio y allí, corriendo por calles de cascotes, atrapamos el bus que llega al colegio, al que por primera vez agradecimos que apareciese con retraso.
No me resta más que dar las gracias a Alfredo, mi compañero de viaje, sin quien no hubiese tenido la oportunidad de perderme camino del sur (aún nos queda perdernos aún más al sur) a Freddy y los amigos y hermanos que nos acogieron en Loja, y a Julio y Mónica y su familia que tan amablemente nos dieron techo y nos acompañaron por Cuenca.
Gracias.

Fotos: De arriba a abajo: Catedral de Loja, Español loco comiendo Cuy, Hornado en el mercado de Variloche, El Chiripulapo, Catedral de Cuenca, Puesta de sol en el Chiripulapo
Pero volvamos a nuestra ruta hacia el sur. La primera parada fue en Quito, donde tuve la suerte de visitar un proyecto para niños de la calle en el barrio de la Bota, uno de los sectores más pobres de Quito. Allí las Hnas. Ursulinas sacan adelante un pequeño centro para apoyar y ayudar a niños y niñas que viven con un pié en la esperanza y otro en el umbral de la miseria y el avandono. Niños de familias marcadas en muchos casos por la prostitución, la violencia, las drogas, etc. Niños faltos de cariño, de alguien que les preste 10 minutos de su tiempo, que comparta con ellos un sencillo almuerzo, un juego, unas risas. Es increíble la energía de las criaturas que encontré ahí y sus ganas de aprender, de crecer y, en definitiva, de tener las mismas oportunidades que todo el mundo. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido en un barrio marginal en lugar de un cómodo barrio de residencial de clase media-alta acomodada? ¿Qué culpa tienen ellos de que haya por ahí personas ciegas y avariciosas amasando fortunas con las drogas, el tráfico de personas, etc.? Ninguna. El destino, me diréis. Sí, pero el destino, o más bien el camino que nos lleva hacia adelante, lo vamos abriendo nosotros, y al final, alguien se cansa de ver a gente avandonada, tirada a
los lados del camino, y les tiende una mano y se parte la cabeza (a veces literalmente) intentando ayudarles lo mejor que puede.Otra vez de vuelta al bus. 5:30 de la tarde. 18 horas después, una vez recorrida la costa de este país, con lluvia, carretera en obras, mi compañero Alfredo desesperado como un perro enjaulado porque le ha tocado una ventanta atascada y no puede asomar la cabeza, llegamos a una ciudad llamada Loja, un tanto confusos y desorientados, aún sin creer que hemos puesto por fin nuestros pies en tierra firme. El orientarnos y el repornernos, por suerte sólo nos llevó unas horas. La amabilidad de la gente que nos acogió, los pequeños rincones de Loja ciudad y provincia, pronto nos hicieron olvidarnos del cansancio y nos vimos envueltos en un mar de aromas y colores nuevos. Loja es una ciudad pequeña, aunque tiene dos sendas universidades y un enorme colegio marista de fama nacional. Está estirada a lo largo de un valle en la cordillera sur, rodeada de altas montañas verdes. No deja de llamarme la atención como cambia el suelo biológico aquí. En apenas 2 horas, cambia casi radicalmente la vegetación. El paisaje de la sierra, el clima, sobre todo en el sur del país, me recuerda enormemente al del norte de España, en el Cantábrico, en las montañas de Asturas, por ejemplo. La verdad es que a ese respecto me sentía como en casa. Quizá solo faltó un poco más de frío.
Paseamos por Loja, por sus calles y plazas jalonadas de iglesias y jardines con palmeras, probamos panes y quesos típicos e hicimos varias escapadas por los alrededores para conocer Vilcabamba -un preciosos pueblecito de la sierra donde la gente supera con creces la centena de años, y que hoy día está
A penas 2 días y medio en Loja y ya tocó levar anclas. A penas teníamos una semana para viajar y día y pico se nos iba en venir y otro tanto en volver. 5 horas bus -en este caso estrecho y hasta arriba de gente, lo cual quiere decir gente botada por el piso del bus, durmiendo- y llegamos a Cuenca, donde, casi sin esperarnos ni conocernos, nos volvlieron a recibir con los brazos abiertos y nos llevaron rápidamente a conocer la ciudad. Poco
o nada me acordaba yo de esta ciudad colonial, y de nuevo que encantado con sus calles limpias y cuidadas, sus iglesias, con parques tropicales, sus mercados de flores y artesanía. Bebimos vino hervido con manjares del lugar y al día siguiente nos perdimos por la sierra de esta provincia de Azuay para acabar comiendo cerdo hornado con las manos en medio del mercado y llenando nuestros ojos con joyas y artesanías preciosas en los locales de un pueblito llamado Chordeleg. Antes de irme, cuando esté ya libre de esta humedad amazónica del 87%, me compraré un poncho, un jersey, un gorro andino o algo así. Decidido.Y de nuevo al bus. Ya de regreso a casa, al colegio, al calor tropical que ya empezamos a echar en falta, y al trabajo. El viaje aún nos guardaba alguna que otra sorpresa, como el trailer atravesado en medio de una curva en la carretera de la sierra que tuvo a los choferes de los buses 3 horas parados mientras decían como pasaban, o si daban la vuelta (otro camino por el que pasasen buses no había) o que diantres hacía, porque, evidentemente, la policía no aparecío por ningún lado. Pero la diosa fortuna nos guío, pasamos, llegamos a Quito al quite para saltar al bus que se iba a Lago Agrio y allí, corriendo por calles de cascotes, atrapamos el bus que llega al colegio, al que por primera vez agradecimos que apareciese con retraso.
No me resta más que dar las gracias a Alfredo, mi compañero de viaje, sin quien no hubiese tenido la oportunidad de perderme camino del sur (aún nos queda perdernos aún más al sur) a Freddy y los amigos y hermanos que nos acogieron en Loja, y a Julio y Mónica y su familia que tan amablemente nos dieron techo y nos acompañaron por Cuenca.
Gracias.

Fotos: De arriba a abajo: Catedral de Loja, Español loco comiendo Cuy, Hornado en el mercado de Variloche, El Chiripulapo, Catedral de Cuenca, Puesta de sol en el Chiripulapo
viernes, 12 de diciembre de 2008
El Coca
A diferencia de Lago, El Coca (nombre oficial Puerto Francisco de Orellana) capital de la provincia de Orellana, aún más adentro en la amazonía ecuatoriana, es una hermosa ciudad sita orillas del río Napo, un inmeso río afluente del Amazonas. Ya desde que uno entra en la provincia de Orellana ve la selva más frondosa, más verde. Las humildes casitsa que uno ve sembradas a lo largo del camino tienen también otro aire, son de madera, pintadas, cuidadas, dan la sensación de que están construídas con muy pocos recurosos pero con cariño, y cuando uno llega la ciudad, esperando encontrarse con Lago Agrio 2, se encuentra con todo lo contrario: una ciudad limpia, ordenada, con edificios cuidados, comercios ordenados y cuidados, hoteles que de verdad parecen hoteles, etc. Por dentro es lo mismo que Lago: un enorme local de negocios y restaurante abierto las 24 horas del día, pero aquí se han preocupado por ordenarlo y labarle la cara. Al final de la calle principal, que desemboca en el Napo, han construído incluso un pequeño pero muy bonito malecón donde uno puede sentarse y relajarse y escapar durante unos instantes de toda la miseria que le rodea y disfrutar de la belleza de la naturaleza que le envuelve. Paseando por esta ciudad en uno de nuestros días libres, no puedo sino pensar ¿Porqué no agarramos todos los bártulos y nos llevamos el colegio al Coca? Aquí les dejo algunas fotos del lugar. No deja de sorprender el encontar sitios así donde yo pensé que no había más que selva y m
osquitos.
Lago Agrio
Lago Agrio es una ciudad que ha crecido muy deprisa pero que además da la sensación de haber sido hecha con prisas. Mi primera impresión cuando bajé del bus y vi este sitio fue que había bajado en el sitio más feo del mundo, y es que estéticamente la ciudad deja bastante que desar. Tiene uno que olvidarse de lo que ve y dejarse llevar y encontrar rincones y gentes en este lugar, y al cabo de unos meses ya es un habitante más y disfruta del lugar. Quizá por esto he tardado tanto en escribr algo en este blog sobre Lago Agrio y en mostrar algunas fotos de esta ciudad.El despegue económico de la amazonía ecuatoriana se produjo en la década de los años 70 del pasado siglo con el comienzo de las explotaciones petrolíferas, y con ellas nació Lago Agrio. Lejos de escribir aquí una reseña histórica de la ciudad -no tengo ni el tiempo ni los medios para ello en este momento- es significativo señalar que Lago Agrio es, por lo que me han dicho, el nombre del primer campo petrolífero que se abrió aquí, el nombre oficial de la ciudad, capital de la provincia de Sucumbíos, es Nueva Loja, aunque en prácticamente todas partes, tanto a nivel administrativo como de uso cotidiano, se sigue leyendo Lago Agrio, y si, por ejemplo, uno pide un billete de bus para Nueva Loja, se te quedan mirando sin saber bien a donde quieres ir.
Lago da la sensación de una ciudad temporal, en el sentido que en cualquier momento sus habitantes desmontarán sus casas, empaquetarán todo y se irán igual que vinieron a buscar fortuna a otras partes. Edificios de una planta, con las vigas a medio hacer en el tejado, como si no hubiese llegado el dinero para el segundo piso o lo hubiesen dejado así para un "por si acaso", casas de cemento sin mucho adorno, simplemente funcionales, con sus fachadas tapadas por mil y un carteles anunicando mil y un negocios. Y es que Lago Agrio parece un enorme local de ultramarinos abierto las 24 horas del día. Cualquier cosa que uno busque, la encuentra, o encuentra a alguien que sabe de alguien que se la puede vender. Sólo hay que callejear un poco y preguntar y preguntar. Todo el mundo te manda a algún sitio (aunque no tenga ni idea, eso es a veces lo malo del asunto) y al final, después de caminar arriba y abajo la ciudad, encuentras lo que necesitabas. Hay cosas también es verdad, que aquí no hay. Que le pregunten a aquellos que calzan un 46 en este país de pies pequeños...

Quizá si el ayuntamiento (municipalidad dicen aquí) se preocupase algo más por el aspecto de la ciudad las cosas cambiarian. Algo se está haciendo, construyendo varios parque con aspecto de urbanismo siglo XXI que desentonan con las casas de bloques de hormigón y las calles llenas de cascotes, y renovando calles y avenidas construyendo elegantes aceras y paseos. La cosa va para largo, eso es verdad, y demomento sólo han alcanzado a lenvantar de una todas las calles, de modo que el aspecto de ciudad hecha pedazos en el fin del mundo se acentúa considerablemente. Yo no me explico cómo se les pudo ocurrir arreglar todas las calles de una vez, y también me pregunto cómo puden tardar tanto, porque la cosa por lo que me cuentan dura ya años y yo les veo trabajar hasta en domingo. Misterios sin resolver. Hasta la catedral de Lago parece sacada de una estampa de guerra: cemento puro y duro de arriba a abajo, en algún momento se acabó el dinero y así quedó (igualita que en las fotos de construcción que vi hace ya años). Todo a medio camino de empezarse y acabarsse, como si estuviesen temerosos de gastar el dinero para nada.
Otra cosa que ayudaría también a que Lago Agrio cambiara de imagen y de prensa sería una mayor inversión en turismo. Esta zona tiene un montón de atractivos que llamarían al turista extrangero y nacional, pero la mayoría de la gente no tiene ni idea de las posibilidades en muchos casos porque están sin explotar. A ello la verdad no contribuye la propaganda de zona caliente que uno lee sobre esta región encuanto llegua a otra ciudad del país. El contrabando, narcotráfico, están aquí. La cercanía con Colombia y la guerrilla al otro lado del río tampoco ayudan. Sin embargo, como todo, se exajera, y cuando uno está dentro se da cuenta de que la violencia y el peligro no son tales. Como en todas las ciudades, tiene sus zonas peligrosas, pero creo que está en el sentido común de todos no andar sólo denoche por Lago, sobre todo fuera del centro de la ciudad.
Turistas, aunque sea de paso, es decir, para conseguir transporte selva adentro, ya se ven. Yo desde aquí animo a la gente a que se deje caer por este rincon y lo descubra poco a poco, como turista, o mejor como voluntario en alguno de los muchos proyectos que se mueven aquí gracias a la labor de la Iglesia, que aquí sigue siendo un tanto revolucionaria y sigue siendo la única que ha sido capaz (y ha tendio la voluntad, la visión y el proposíto) de constuir "algo más" en esta zona roja del mapa político.

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