Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 15 de julio de 2009

Desde el emisferio austral

"Vente en julio que tengo vacaciones de invierno". Cuando mi amigo Alfredo me dijo esto, yo me quedé extrañado. ¿Invierno en Julio? ¿Qué es eso, el mundo del revés? Luego, mi cabeza empezó a razonar científicamente -algo que hace rara vez- y me di cuenta de que en el emisferio sur, es al revés que en el norte: el agua gira para el otro lado y cuando en España están en pleno verano tostándose al sol, en Chile están en pleno invierno tiritando con bufanda.
Aún con mis razonamientos, después de un año en el trópico, el cambio no deja de sorprenderme. Sobre todo porque surgió en a penas 5 horas, el tiempo que tarda el avión desde Quito (literalmente el centro de la tierra, en pleno ecuador geográfico o casi) hasta Santiago de Chile, en mitad de este enorme país alargado como una flauta.
Llevo como 3 días en Chile. Y, aunque voy maravillándome de la arquitectura, los paisajes, y las gentes del lugar, mi principal admiración está en el clima y en la sensación de vuelta mágica a la civilización: cambiar de repente las embarradas calles de Lago Agrio o el desorden de un Quito, poruna ciudad o pueblo de Chile, es un cambio notable. Esto -Chile- tiene un aire mucho más parecido a aquella Europa que dejé hace casi un año. Resulta increible como cambian las cosas tan sólo pasando una frontera.
El clima también ayuda a acentuar ese cambio y esa sensación de cercanía con mi tierra. Después de un año de calor tropical empezaba ya a echar de menos un poco de frío, empezaba a cansarme de la monotonía de la selva, donde el único cambio es que a veces llueve un poco más o hace un poco más de calor. Necesitaba las 4 estaciones.
Santiago de Chile la ví de pasada el domingo, un primer vistazo, para dejar el mensaje de "espera ahí 15 días que ya vuelvo". Me gustó el primer contacto por la ciudad y me gustó el clima. Ese frío que te despeja la cara en la mañana que yo tanto añoraba ya.
A la tarde pusimos rumbo al archipiélago de Chiloé, en el paralelo 42, latidud sur, una isla grande, rodeada de otras más chiquitas donde da la sensación bien de que el tiempo se a parado o de que uno ha llegado a un universo como de cuento de hadas. Da la sensación de que la gente de acá vive en un mundo diferente al del continente, y eso se ve en su forma de ser, en los paisajes, las ciudades. Para mí es algo nuevo, algo con lo que no tengo comparación en mi vida, en los lugares cercanos o lejanos que conozco.
Es una tierra verde, fría, por estar tan al sur, que a menudo me da la sensación de estar en la montaña para luego descubrir que esto es mar. Ancud, la ciudad en la que me encuentro es como un pueblo grande, de gentes tranquilas que salen lo necesario y descansan y se esconden del frío en sus casas. Unas casitas de madera, de pintorescos colores, forradas por fuera las típicas de lentejuelas de madera de alerce, las modernas de horribles chapas de cinc. Casas de una o dos plantas sembradas a lo largo de calles, de campos... Llevó dos días paseando por aquí y aún camino como echizado viendo la arquitectura de la ciudad...
Pero aún me queda mucho más: La gastronomía es bien especial, me dicen, y también las costumbres, la mitología de este archipiélago, que aún se escapa de los grandes circuitos turísticos, de la influencia estandarizadora del mundo occidental -y continental- y mantiene una entidad propia muy especial.
Mientras me dejo llevar por estos aires, os regalo algunas primeras fotos de esta tierra fría y acogedora...