Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 21 de julio de 2009

Ciudades e invierno.

Después de un año en la selva tropical, la vida en la civilización "moderna" u "occidental" se me antoja fea, ruidosa, un continuo ir y venir deprisa, unas prisas inventadas e innecesarias que llaman estrés.
La calma, la tranquilidad de las gentes y paisajes amazónicos penetró en mí a lo largo de este pasado año y ojalá no se vaya. No digo que allá todo fuese idílico. No en vano llevo un año viviendo en una actividad continua de 5 de la mañana a 9 de la noche que ya empiezo a echar de menos, pero la gente allí tiene una manera diferente de ver la vida: algo así como "no merec la pena correr porque llegarás de todos modos al final del camino" o "haz las cosas despacio, da igual demorarse 2 que 6 horas". Si pierdes el bus de las 11, no te preocupes, coges otro más tarde. Esa es la filosofía. Y siempre hay algo que hacer mientras esperas: mirar con calma los distintos puestos del mercado, comer algo, charlar con el vendedor, o simplemente mirar el río, la selva, los animales...
Llevo una semana en Chile, y, aunque esto es un pueblo de unos 20.000 habitantes, las prisas corren ya a mi alrededor: camina deprisa para no perder el bus de las 6 que si no toca esperar a las 6:15; la gente corre por el supermercado mientras yo camino como bobo mirando los diferentes productos... por no decir del ruido y humo de los coches y este invierno en que todo está muerto porque la gente se esconde en sus casas.
En realidad todo está muerto y gris sólo dentro de la gente que se encierra en sus casas con la excusa del frío. Afuera todo es vida: el sonido del viento, los colores y brillos de la luz invernal en la costa, los gansos, flamencos, y otras vandadas de pájaros que surcan los grises cielos de este frio sur.
Y también hay vida en las calles semidesiertas de estos pueblos: el ruido de los barcos de madera que se mecen en el puerto mientras las gaviotas y los pelícanos pasan por la bahía mientras un pescador solitario les observa al tiempo que recoje una red. El olor a madera ardiendo que sale de las chimeneas de las calles. Los vendedores embutidos en gruesos sacos de lana y forros polares coronados por un gorro de lana que llenan las semivacías plazas con olores y voces que anuncian empanadas calientes y milcados.
Y por encima de todo ello, el rumor del mar, el olor a costa, el viento frío y húmedo. La vida, en el invierno.

Parte de esta magia del inverno, el redescubrir de la belleza dentro de nuestro apresurado mundo occidental surgió de estos días observando el océano y los paisajes aquí en la isla de Chiloé. La otra parte me la hizo recordar la música de The Innocence Mission, un grupo cuya música siempre será para mí la de la belleza y armonía en nuestras grandes urbes, especialmente en invierno. Mientras redescubro esa belleza urbana y natural, descubro también que tiene un nuevo EP (salió en diciembre, en el invierno septentrional) ¿Pura coincidencia, o cosas del destino?
Sea como sea, se ha convertido en la banda sonora de éste, mi primer invierno en Julio.
(El EP lleva el título de Street Map y lo podéis escuchar y comprar en la web del grupo)