Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 9 de julio de 2009

La espera

Que dificil es decir adiós. Que dificil es marcharse si mirar atrás sin soltar una lágrima. Pero aún más dificil, más duro, es esperar. Esperar a que llegue el momento de poner rumbo hacia otras tierras, otras experiencias.
Me fuí de Lago rápido, el mismo día que acabé mi trabajo allí, porque los días de espera se me hacían eternos en esa tierra verde, y ahora se me hacen eternos los días de espera en esta ciudad. El tiempo pasa lento para mí y sin embargo la gente corre de un lado para otro por las calles de Quito. Creo que aún arrastro conmigo parte de esa tranquilidad, ese dejarse llevar del día a día, sin prisas, siempre tranquilos y despreocupados, de la gente del oriente. Me paseo tranquilo por las calles de esta ciudad, visito museos e iglesias, y miro el reloj y compruebo que sigo sin conseguir matar el tiempo de una vez por todas.
Cúando llegará el sábado, me digo una y otra vez. Cúando. No es que esté a disgusto aquí, pero algo me incomoda. Quiero partir y no puedo. El día está fijado y me toca esperar a que llegue.
Leo, pienso, paseo, escribo. Espero. Intento distraerme pero no puedo. Estoy varado en tránsito y mi mente no descansa tranquila y no me deja expresar bien mis pensamientos. Y empieza a faltarme la actividad que avandoné en el oriente. Y también alguien con quien compartir las penas y alegrías del día a día, alguien con quien compartir la espera. Es dificil estar sólo y esperando.

The waiting is the hardest part, dice la canción.
Así es. Duro. Dificil. Una prueba más de la vida, supongo. Una lección más que aprender: vive el último minuto a cien, descansa lo estrictamente neceario, y busca compañía. No camines solo.
Para los indígenas el hombre que vive y anda solo es algo inconcedible. El gurpo humano es lo único válido y necesario.
Cúanta sabiduría hay en esos valores ancestrales que nos empeñamos en tapar y olvidar con valores y normas nuevas, constuídas a golpe de cemento y acero. Cada vez estoy más convencido de que hay que volver al jardín, y olvidarnos de todas estas necesidades y comodidades creadas para que el ser humano olvide quién es.

Vive con poco, crea algo propio y compártelo. Sé humilde.

-Cuando muere, todo el mundo tiene que dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortado de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.”

- Ray Bradbury, Fahrenheit 451.