Durante varias semanas me subo a la metrovía, una de las vías rápidas que conectan el centro-sur de Quito con en norte, por la superficie de la ciudad. Es una vía pavimentada con concreto agrietado por años faltos de mantenimiento. Por ella circulan a toda velocidad unos buses azules algo más largos de lo normal, que crujen y chirrían y dan botes al pasar por las grietas del pavimento recordando el traqueteo, un tanto enloquecido en este caso, de los trenes. A veces pienso que si fueran eléctricos y esto fueran los años 20 pero del siglo pasado, podría rodar la segunda parte de Relámpago, aquella desternillante película de Harold Lloyd.
De pié o sentado en mi traqueteante bus relámpago al norte, me gusta observar a los pasajeros que suben y bajan, a los vendedores que suben y ofrecen todo un bazar ambulante a lo largo de la línea: desde maní garrapiñado pasando por mascarillas, imperdibles, o esferos hasta plantillas de poliuretano o correas de cuero (sí, y el vendedor te pone el cinto en marcha y carga la troqueladora para hacerte más agujeros en caso de que haga falta)
También están los músicos, claro. Los artistas de verdad y aquellos que piensan que sólo porque tienen cuerdas vocales ya saben cantar. Éste del que les voy a hablar no era artista ambulante pidiendo monedas a cambio. Era un señor, ya de tercera edad, o al menos con el pelo blanco, de tez blanca-rosada, con una chaqueta de terno puesta pero con vestimenta causal. Se subió con el boleto en la mano y buscó un asiento libre donde sentarse. Unos minutos después sacó tranquilamente su celular, como haría cualquier pasajero cuando no es hora punta, y puso música, sin usar audífonos, como no haría cualquier pasajero fuera o no hora punta.
El bus se llenó de pronto de una música de acordeón con un cantante de voz áspera y nasal. El dúo (o el karaoke) comenzó poco después cuando el señor comenzó a cantar al unísono con la grabación, moviendo la cabeza y dado palmadas sobre su muslo al compás de la música. Canción tras canción, tuvimos todo un concierto en vivo y directo de música de los Alpes (sí, con p). No me atrevo a decir si suiza o alemana porque el señor no pronunciaba muy bien y no estoy seguro de que cantase en el alemán. Hubo aplausos y hasta más de un ¡bravo! aunque no inmutaron ni lo más mínimo a nuestro pasajero cantante.
Yo me bajé a mitad del concierto cuando el bus llegó a mi parada. Me quedé con curiosidad y pena al no poder escuchar el concierto hasta el final. No es que me guste mucho el Yodel o la música alpina (en realidad creo que no me gusta) pero estas son ocasiones que uno no debe perderse...
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