El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

sábado, 30 de mayo de 2026

Rosas en Quito

A Jesús Elizalde, cuyas fotos y recuerdos me devuelven la poesía.

Nunca conocí a Jesús.
Las rosas de esta casa de Quito
hoy guardadas en fotos
de rosas y de vidas,
se me hacen reflejo
de su vida en Filipinas,
de su humanidad cercana
que veo en fotos-cartas
con saludos en el reverso,
rosas metidas en un sobre,
para decir “te recuerdo”.

CrónicadeQuito II: Música alpina

 Durante varias semanas me subo a la metrovía, una de las vías rápidas que conectan el centro-sur de Quito con en norte, por la superficie de la ciudad. Es una vía pavimentada con concreto agrietado por años faltos de mantenimiento. Por ella circulan a toda velocidad unos buses azules algo más largos de lo normal, que crujen y chirrían y dan botes al pasar por las grietas del pavimento recordando el traqueteo, un tanto enloquecido en este caso, de los trenes. A veces pienso que si fueran eléctricos y esto fueran los años 20 pero del siglo pasado, podría rodar la segunda parte de Relámpago, aquella desternillante película de Harold Lloyd.

De pié o sentado en mi traqueteante bus relámpago al norte, me gusta observar a los pasajeros que suben y bajan, a los vendedores que suben y ofrecen todo un bazar ambulante a lo largo de la línea: desde maní garrapiñado pasando por mascarillas, imperdibles, o esferos hasta plantillas de poliuretano o correas de cuero (sí, y el vendedor te pone el cinto en marcha y carga la troqueladora para hacerte más agujeros en caso de que haga falta)

También están los músicos, claro. Los artistas de verdad y aquellos que piensan que sólo porque tienen cuerdas vocales ya saben cantar. Éste del que les voy a hablar no era artista ambulante pidiendo monedas a cambio. Era un señor, ya de tercera edad, o al menos con el pelo blanco, de tez blanca-rosada, con una chaqueta de terno puesta pero con vestimenta causal.  Se subió con el boleto en la mano y buscó un asiento libre donde sentarse. Unos minutos después sacó tranquilamente su celular, como haría cualquier pasajero cuando no es hora punta, y puso música, sin usar audífonos, como no haría cualquier pasajero fuera o no hora punta.

 El bus se llenó de pronto de una música de acordeón con un cantante de voz áspera y nasal. El dúo (o el karaoke) comenzó poco después cuando el señor comenzó a cantar al unísono con la grabación, moviendo la cabeza y dado palmadas sobre su muslo al compás de la música. Canción tras canción, tuvimos todo un concierto en vivo y directo de música de los Alpes (sí, con p). No me atrevo a decir si suiza o alemana porque el señor no pronunciaba muy bien y no estoy seguro de que cantase en el alemán. Hubo aplausos y hasta más de un ¡bravo! aunque no inmutaron ni lo más mínimo a nuestro pasajero cantante. 

Yo me bajé a mitad del concierto cuando el bus llegó a mi parada. Me quedé con curiosidad y pena al no poder escuchar el concierto hasta el final. No es que me guste mucho el Yodel o la música alpina (en realidad creo que no me gusta) pero estas son ocasiones que uno no debe perderse... 

CrónicadeQuito I: Un hombre con prisa

- Quiero recargar mi tarjeta del Metro, por favor. 10 dólares. 
- Ya está, pero tiene que esperar un ratito hasta que se actualice y pueda utilizar la tarjeta, porque tenía saldo negativo.
- ¿Cómo?
- Tenía señor -0.05 dólares de saldo.
- ¿Pero cómo es eso posible?
- A veces pasa, señor. Tiene que espera unos 15 minutos para poder usar la tarjeta..
 
Me quedo en blanco sin saber qué contestar cuando alguien me interpela por la espalda:
- ¡Tenga señor!
- ¿Perdón? - Un tipo me da dos monedas. Me quedo si saber qué hacer ni qué está pasando.
- Le estoy pagando el pasaje, muévase señor. Un boleto señorita. Gracias.
 
Un tipo vestido con traje gris, se cuela delante de mi y paga su boleto de metro y se va corriendo y yo me quedo aún con cara de pánfilo delante de la ventanilla de recaudación. En mi mano abierta brillan dos monedas de 25 centavos. Miro para atrás y veo la fila de unas diez personas esperando para comprar el boleto. El señor del traje gris se ha esfumado escaleras abajo hacia el andén del tren. Mi amiga Milagros me espera junto al ingreso si saber cuál es el motivo de la demora. Por fin reacciono y camino hacia el ingreso al anden mirando mi boleto y la moneda de 5 centavos del cambio. Me pregunto si debo buscar al tipo apurado y darle los 5 centavos, aún intentando reconstruir la escena.
- Un tipo apurado me acaba de comprar el boleto para quitarme de en medio - Le dijo a mi amiga que sonríe divertida.
 
Tres minutos más tarde llega el metro. Ya subidos al vagón miro al fondo y veo al tipo apurado del traje gris, con un maletín de cuero, agarrado a una de las barras del metal. "Tanto apuro y llegamos iguales", pienso, y vuelvo a mirar divertido y extrañado mi moneda de 5 centavos, todavía en la palma de mi mano. 
 
El tipo apurado del traje gris con maletín de cuero en una mano, se baja en la misma parada que nosotros. Le dejo pasar apurado y desaparece subiendo deprisa las escaleras de la estación. Yo camino con tranquilidad hacia realidad externa de esta ciudad de Quito, que guarda sorpresas sobre sus calles y también debajo de ellas.
 
¡Qué cosas! ¡Es realmente todo a una experiencia viajar en Metro!