Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 26 de diciembre de 2015

La cena antes de la última cena

Claudia había pasado toda la tarde afanosa por la cafetería, vistiendo con delicadeza las mesas, envolviendo cuidadosamente los cubiertos en elegantes servilletas, limpiando la más mínima mancha de la las brillantes copas, colocando los centros al milímetro mientras miraba el reloj controlando la hora y el pavo, bien borracho, que acaba de hornearse lentamente.
A las ocho menos diez, todo estaba listo. Cerro una vez más la puerta del horno, colgó con cuidado el paño en asa, y dio un último paseo por la cafetería. Todo estaba perfecto. La cafetería brillaba con luz propia, como los ojos de Claudia. Arregló las flores de un centro de mesa, y satisfecha avanzó hacia la puerta, corriendo la cinta que hacía de letrero de cerrado e invitó a los primeros invitados a ingresar, si lo deseaban.
- Creo que aún falta mucha gente. Vamos a esperar un poco. No llegan los jefes.

No importaba. Era normal hacerse desear un poco siempre. Sonriente, ingresó hasta la cocina, para pasar lista de nuevo a todo un ejército de canapés que esperaban en fila ser servidos como aperitivo. Veinte minutos después, cuando ya empezaba a ponerse un poco nerviosa, escuchó las voces y las risas. Poco a poco los invitados empezaron a entrar ocupando las distintas mesas tranquilamente.
- Pero así no está bien -una voz potente sobresaltó a Claudia-. No así no estamos todos juntos, no parece una cena de familia. ¡Hay que juntar las mesas, que no nos demos la espalda!
- ¡Ayuden por favor, compañeros, arreglemos esto rapidito!

Claudia salió intrigada hasta la barra, para encontrarse con un pelotón de desordenados decoradores de interiores moviendo las mesas y pegándolas las unas con las otras, mientras parte de los comensales permanecía divertido sentados en sus sillas, recién llegados a la función del circo.
- Así no, así no. En U, que sino se pierden muchos puestos.
- Es igual, si las mesas son redondas, se van a perder siempre dos puestos.
- No si alguien se sienta de ladito. Vamos, hagamos la U
Al poco la sala de la cafetería parecía recorrida por un sinuoso ciempiés de mantel rojo, sobre el que bailaban los centros y los cubiertos, y al que intentaban arrimarse los invitados arrastrando las sillas.
- Yo no quepo, oiga.
- Compañero no moleste, colabore.
- Y yo me he quedado sin mesa. ¿Me pongo el plato sobre las rodillas o qué?
- Yo  creo que lo mejor va a ser que saquemos un par de sillas y empecemos todos a correr alrededor a ver quien...
  - ¡Ya basta, compañeros! Son ustedes como niños! ¡Colaboren por favor! Esto no es una U. ¿Acaso no saben que es una U? -Con sus brazos extendidos, una de las compañeras-diseñadoras, se estiraba por encima del resto, dibujando algo parecido a una U con los brazos. - Hagan la U, y se sienta de a tres por mesa redonda, y así cabemos todos bien. A ver, usted compañerita, péguese al licen que no muerde. Ve qué bien.

El rostro de Claudia estaba cada vez más sombrío. Qué hacer. ¿Detenía el circo? ¿Pegaba un grito y les mandaba al carajo? No, ante todo, la compostura, no había que perder la compostura. Pacientemente, siguió esperando a que acabase la reubicación de las mesas. Por lo menos no habían roto nada, y el pavo aguantaba en su jugo; no por mucho tiempo, eso sí.
- Yo ya le dije que no cabíamos, compañera. Que somos muchos y así se pierden la mitad de los puestos.
- Bueno, calma. El conserje y el secretario, que bajen al auditorio a por la mesa grande y la ponemos en el otro extremo de la U.
- Entonces ya no es una U...
- ¡No joda compañero, que tenemos hambre!

Un silencio nervioso se apoderó de la sala mientras 3 o cuatro compañeros se iban a por la mesa. Entre medias, subidas en tacones y tapadas por pestaña extra largas, llegaron entre silbidos las últimas invitadas. Justo detrás, sudando, el conserje y el secretario acomodaba la pesadísima mesa de madera del auditorio, que a falta de más metros de mantel rojo, tuvo que quedarse desnuda al fondo de la cafetería, como vagón de tercera clase.
- Gracias, gracias compañeros. Bienvenidos y gracias por la espera...

Comenzaba el orden de la noche después del desorden, los discursos de autoridades y espontáneos. Una media hora más como mínimo. El reloj pasaba ya de las 9. Claudia decidió preparar los canapés sobre la barra para distribuirlos por las mesas en cuando el último discurso diera el pistoletazo de salida, y empezó a cortar el pavo en porciones. Mejor sería que estuviese un poco frío a que se convirtiese en suela de zapato dentro del horno.
Por suerte, no hubo muchos discursos, y con los aplausos, comenzó el desfile de camareros y platos entre las mesas, una carrera de obstáculos a través de una sinuosa U, intentado llevar el plato o la copa a los esquinados, o a los que -vaya ud. a saber como- habían quedado dentro de la U-, un vals de pavo y limonada, interrumpido por "perdón, cuidado con el codo, esa servilleta era mía, hagáchese un poquito, gracias", y el sudor de los camareros equilibristas que se se habrían paso con una mano desafiante a través de la espesura. En mitad del desfile llegaron las autoridades ausentes. Por suerte, les habían guardado puesto en la primera mesa, y sólo hubo que reorganizar el orden de servir los platos en las mesas y acelerar un poco porque los primeros ya vaciaban su plato mientras los últimos miraban con cara de hambre.

Eran las diez y media, más o menos, cuando el ruido de risas y cucharas decía que ya se había acabado de comer y que era mejor retirar poco a poco los platos. Aplausos y nuevos discursos, y más aplausos llenaron rápidamente el ambiente de la cafetería. No faltaron los aplausos y agradecimientos al servicio de cocina, y como era menester en todas las ilustres ocasiones, la velada terminó con concurso de cachos, para risas de unos, y quejas serias de otros "que no les veían ni pizca de gracia". Pero al final, todos rieron, todos disfrutaron, y se fueron a casa contentos, felices, con ganas de repetir el año que viene, con ganas de seguir siendo parte de la familia, cansados, pues se acercaba la media noche, pero con una mirada de complicidad, satisfacción y felicidad en su rostro.

A la salida, se organizaban los grupos para que todo el mundo llegase acompañado y a salvo a casa en una noche desierta de lunes. Unos reían los últimos chistes, otras se tomaban las últimas fotos de alfombra roja, otros paleaban unas posibles cervezas con las que dormir mejor. Arriba, en la cafetería, las luces permanecían prendidas, mientras las mesas se desvestían para irse a dormir, y los platos y cubiertos se pegan una buena ducha antes de meterse en la cama. Claudia suspiraba aliviada, mientras intentaba pasar página a la cena más loca que había servido en su vida de camarera, feliz, al fin y al cabo de servir a la gente, de dejarles con una sonrisa en la cara y quedarse ella con montón de humanas anécdotas llenas de sabor, para contar y volver a contar a los nietos.