Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 12 de diciembre de 2015

Última función

Ritual de apareamiento del hombre promedio en una ciudad de provincias en época de crisis (económica)

Viernes Noche
After Hours
Entrada gratuita (se exige consumición)


Acto I

Después de haber sido desterrado de un banco del parque donde los susurros en la oreja se convirtieron con en caricias y las caricias en amenazas del personal de seguridad urbana, nuestro protagonista, muy bien acompañado se siente como un rey, en un pequeño sofá del karaoke con una belleza a cada lado. No le queda mano libre para el micrófono. Esta noche es el triunfador. Mientras el resto del bar espanta sus penas cantando bebiendo, mientras unos otean el horizonte del bar buscando alguna mirada que se cruce con la suya, algún guiño; otros esperan pacientemente a que su pareja diga "vámonos a casa, cari"; él no tiene prisa, con sonrisa seria se pavonea desde su asiento, mostrando al público el físico de sus dos amigas (a él la camisa le queda suelta) que le miran pícara y seductoramente entre cerveza y caricia y beso disimulado.

La noche avanza. La música sube. Se pone triste y melancólica para desatar pasiones y arrebatos. Él las abraza con fuerza. Con una mano sostiene un vaso. Sube la euforia, la sangre le golpea en el rostro y en la entrepierna. Bebe para apagar el fuego, para aguantar un poco más antes del desenlace que ya sueña. Ahora toca el turno del micrófono. Se lo ofrece primero a una, y luego a otra. Ellas tienen vergüenza. Él se siente dominando por completo la situación. Él sí puede cantar. Los espectadores no sabemos cómo es su voz, no llega a escucharse nada por los altavoces, pero ellas están encantadas con su romántica y varonil interpretación: una le pone la mano en el muslo, cerca de la entrepierna, él gana acceso a lugares algo más privados del cuerpo femenino. Otra media cerveza, por favor. Hay que apagar el fuego de nuevo y aguantar un poco más.

Acto II

La euforia empieza a convertirse en movimientos descoordinados y balbuceo de piropos sin sentido. Él no se da cuenta, pero para los espectadores, como para sus dos voluptuosas acompañantes está claro que la cerveza a empezado a sustituir a la sangre en varias zonas de su cuerpo. En su clímax personal, decide echar una disimulada cabezadita sobre los pechos de una de sus amigas, ajeno a las miradas y risas de público espectador, ajeno a la desaparición de una de ellas que decide cambiar de aires por un momento en el baño de mujeres.

Un brazo le ha quedado libre. No sabe que hacer con ese miembro inerte hasta que los dedos de la mano, involuntariamente encuentran el vaso con cerveza. Levantar la cabeza para beber, exige abandona el cómodo lecho maternal, momento que es aprovechado para un intercambio rápido de turnos en el baño. No importa, a los pocos segundos su otra amiga a vuelto y ella también tiene tetas. Al fin y al cabo, las tetas son tetas, todas más o menos iguales, ahora sólo hay que inclinarse hacia el otro lado y chupar, teta y cerveza, y llorar el alcohol sobre los pechos de un rostro serio que empieza a decir que la fiesta se está acabando.

Acto III

En el entreacto de la cerveza y las tetas, nuestro amigo se ha quedado solo. Como una marioneta sin titiritero, sentado, cabizbajo, su cuerpo y extremidades superiores, sueltas y sin vida, se mueven al tonto son de las vibraciones de la música del local. No mira a nadie ni a nada. No busca ni encuentra. Del baño de señoras sale una de sus amigas y el se precipita hacia la puerta del escusado movido por un repentino impulso desconocido. Cuando sale del baño, su amiga recoge el bolso de mano en una despedida silenciosa. La otra amiga ya hace tiempo que ha desaparecido de escena. ¿Cuándo? Él no lo recuerda. El público tampoco, pues el verdadero centro de atención es ese hombre de camisa suelta y sudada, de mirada de rey pasmado, de sangre con grado alcohólico que, sentado en un sofá del karaoke, mira sin mirar a ninguna parte, y busca sin buscar nada, y mueve su cuerpo sin vida al ritmo de las vibraciones del local. Un último pensamiento lúcido llega a su mente. Hay que salir de escena, levantarse y caminar disimuladamente entre bastidores hasta la salida del bar. Hoy no moja. Hoy se une al club de esa especie en decadencia, que vaga por las calles arrastrado por el viendo como los desgarrados papeles de "se vende" y la publicidad de platos que ya no serán consumidos, como el petróleo, la sangre ha desaparecido de su miembro viril. Estamos en crisis.


Baja el telón. Se escuchan los últimos aplausos, ruidos de vasos y voces roncas. El guionista ha dejado fuera del libreto la moraleja y el público intenta averiguarla. ¿Tragicomedia económica? ¿No será el alcohol, el machismo, la soberbia de la tragicomedia humana que es siempre la vida? No, calla y camina. Es la crisis. La maldita crisis culpa de este maldito gobierno. No vamos a empezar a buscar la verdad de la vida, las soluciones reales al problema a esas horas de la noche. Mejor bebamos, riamos, demos tumbos por la calle, que aunque nuestro amigo de abajo se haya quedado solo y desinflando, con un poco de suerte, a lo mejor encontramos algo camino de la cama, y quién sabe, mañana... ¿más de lo mismo?