Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 29 de diciembre de 2015

El lugar donde llegar

Uno sabe dónde llegar. Ahí donde la puerta siempre está abierta, donde siempre hay algo sobre la mesa, y algo para el camino cuando llega el momento de partir. Ese lugar donde siempre hay un lugar para pasar la noche, para compartir el resumen del día, para escuchar historias de otros años, que suenan a éste que se vive pero que enseñan a su vez lecciones de vida.

El bus no suele parar acá. Hay que lanzarse tras cruzar el puente y gritar un "gracias" para que el chofer aminore lo suficiente para dejar a dos o tres pasajeros y recoger algún otro. Parece un pueblo fantasma, no suele haber gente por la calle, y cuando no se escucha el bullicio de los chiquillos en la escuela, parece una carretera con casas a los lados, como adornos del paisaje.
El polvo del camino se suele pegar acá si pasas mucho tiempo mirando la carretera, y luego es arrastrado por una calle de tierra, en esos zapatos que sacudirás al golpear una puerta y gritar suavemente un "a ver". Alguien saldrá, o alguien llegará unos minutos después, más sudado y polvoriento que tú, y abrirá la puerta y te dejará pasar a ti primero, a ese garaje reconvertido en improvisado tendal y mesa de madera para compartir la fresca, a esa sala comedor que es a la vez lugar de recreo y de oración, donde la tele calla cuando un velo cae sobre ella, y las palabras de la Santa hablan solas e invitan a compartir mientras, unos centímetros más allá empieza a oler y rugir la cena. Todo en esta casa se mezcla y se une como en la vida. Los momentos son breves, lentos, cotidianos y sencillos, y conducen los unos a los otros con una perfección natural.

Cada vez que llego a esta casa, no puedo sino sonreír y dejarme encantar por su tres moradores. Los tres tan distintos y tan iguales. Entre chistes y quejas bondadosas, echándose los trastos los unos a los otros para llegar al final juntos al mismo lugar, y seguir caminando, con los achaques de cada día, por esos caminos de polvo, junto a esas gentes sencillas, como hizo Él, por mil y un caminos. Yo soy como ese sobrino pasajero, que viene de vez en cuando a probar la cena, a arreglar computadoras y entrometerse con gusto en el desorden de otras vidas, ese que no puede irse sin cenar, o sin llevarse una fruta para el camino, que se encuentra el cuarto arreglado y una invitación a quedarse escrita invisible sobre la almohada. Ese sobrino de todos que se olvida de pasar a decir hola de vez en cuando, y que cuando por fin lo hace, se siente en casa y da gracias por estas gentes.

Al día siguiente suena el reloj y toca caminar de nuevo al camino de polvo, a la ruidosa carretera por la que pasará algún bus. Aún recuerdo las historias de la noche pasada, el sabor de aquella cena y esos pasos lentos, siempre en movimiento, y esas tres vidas abiertas a la gente. No puedo entonces dejar de preguntarme porqué no me encuentro más almas así. Porqué ese tipo de misionero está hoy en extinción, qué extraña enfermedad puede haber contagiado a los jóvenes, a mi generación y alguna más para olvidar que de nada sirve vivir si no se vive para servir, y que la felicidad de uno mismo hay que cultivarla también en los ojos del otro, del extraño.

Cuando el bus cruza hoy el cañón, una extraña niebla ocupaba el lecho del río uniendo ambas orillas. Mi vista se va aún más atrás, a aquella primigenia selva frondosa habitada por animales y espíritus que se unían en un mismo ritual, roto después por foráneos que no supieron entender y valorar su espíritu. Hubieron de pasar siglos para que seres sencillos, abiertos al escuchar y el aprender, volviesen a caminar sobre esas selvas, ahora polvo y asfalto. En esa casa al pie de la carretera, cruzando el puente del cañón habitan aún tres de ellos. Se los encontrarán en los caminos, anónimos entre la gente, esa gente que empieza de nuevo a entender, y que necesita que le vuelvan a enseñar a escuchar al espíritu.