Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 19 de diciembre de 2015

Un año en los bolsillos

Se acaba ya otro año. No se si estamos más viejos, más sabios, más cansados, ilusionados, rejuvenecidos quizá; quizá todo siga igual.

En Coca el río Napo sigue su curso. Su cauce transcurre bajo y lento estos días de poca lluvia, llevándose los desperdicios de una ciudad que se ha ido vaciando. Una ciudad que pensó que podía vivir exclusivamente por y para el petróleo y, ahora que los ladrones decidieron que ya no es rentable seguir sacando oro negro, mira con cara pasmada el pasar de sus días. Las quejas de la crisis son sobre todo a nivel político, a nivel empresarial, están en la boca de toda aquella gente de alto nivel que no quiere descender de su carroza o quizá venderla y comprarse algo más humilde, gente de lengua tóxica las más de las veces, que acaban contagiando la palabra crisis a aquellas pobres gentes que nada tuvieron y nada fueron ni quizá anhelaron tener, pues nunca se les enseño a anhelar, como tampoco se les enseñó que significa esa palabra "crisis" que hoy pronuncian en sus labios; a ellos, les digan lo que les digan, les toca como siempre empujar el carrito, sacar la mercadería a la acera, colocar un improvisado toldo plástico y ganarse la vida, llueva o haga calor, sea lunes o domingo.

Coca sigue su fluir, al lado del Napo, y yo me mezclo y me dejo llevar en ese fluir, un actor más de esta ciudad, de esta vida que vivimos con crisis o sin ella, y hago hoy balance, quizá porque estoy todavía espantando la fiesta de ayer, de este año amazónico que se acaba: no me puedo quejar. El crisol orellanense es uno de esos, quizá comunes, quizá bizarros, en los que uno se siente vivo: estos días en que se acerca la navidad todo ese variado paisaje se refleja en las calles de la ciudad, en los parques y el malecón, con árboles retorcidos envueltos en retorcidas y chispeantes luces neón, en los villancicos de Frank Sinatra y no se cuantos crooners más sonando por los altavoces públicos, mientras la gente se resguarda del invierno tropical con improvisados gorros de Santa Claus sentados en un banco bajo una palmera, esperando a que el coro de niños con terno y gorrito de pompón, acompañados de spiderman y supermán y blancanieves sin enanitos entonen un estertor de villancicos en inglés macarrónico para animar la novena. Luego habrá tiempo para comer una hamburguesa mixta y debatir sobre algún texto marxista en el recién estrenado club de lectura, la otra cosa roja en Coca (además del gorrito de Papá Noel), donde nos damos cita los últimos locos con esperanza en cambiar algo de este maltrecho mundo, una brisa de aire fresco, quizá, aunque cuando regreso a casa siempre tengo la sensación de que mis camaradas están más cercanos de la mujer desnuda que de Marx y yo soy el último mohicano que pone al pueblo y la lucha primero y se va a casa sólo, pensando en el pueblo. Cuán difícil resulta bajarse del camino de la vida cómoda cuando uno se ha subido a él, cuán difícil resulta ser cabal y ejecutivo con unos ideales cuando se tienen tantos egos y necesidades personales insatisfechas. Quizá me molesta esa imagen que tantas veces dan mis camaradas de adictos al sexo, como en esa pésima película de Bertolucci, pero la realidad es que una cosa no quita la otra, y ellos se olvidan de la segunda pensando en mojar con la primera. La liberación, comienza en la mente. Supongo que ninguno se ha desnudado todavía entre los Waos sin pensar en algo sexual ni tener que taparse su sexo con la mano. Poco va a cambiar mientras no se desnuden por dentro. Al final, cae la tarde y yo miro el aire fresco de mi contaminado Napo, y pienso en mi admirado Pete Seeger, en su velero clearwater surcando las aguas del Hudson limpiándolas con sus canciones. Quizá esa es la razón por la que no empato con mis libertinos amigos: mis héroes de izquierda están hechos de otra pasta, como Pete Seeger, que vivió casado feliz con su esposa Toshi durante más de 60 años, y que falleció poco después de ella, de viejo y de amor, como en aquel mito griego. Pete Seeger ese hombre que cantó en contra del fascismo, que se enroló en el ejército para combatirlo en la Segunda Guerra Mundial, que fue luego condenado al silencio por comunista, por cantar para los sindicatos y organizar trabajadores, que sembró la semilla del renacer del folk en la mente de niños y jóvenes durante décadas, Bob Dylans y Joan Baezs que luego le reivindicarían cantando sus canciones a la par que Seeger hacía suyas las de ellos y les acompañaba en conciertos y manifestaciones en contra de la Guerra de Vietnman, a favor de los Derechos Civiles, protestando en contra de la acumulación de residuos radioactivos, o cruzando el caribe y hermanando a Cuba y EE.UU. cuando atreverse a eso era una osadía. Ese Pete Seeger que dejó su grupo más famoso, los Weavers, negándose a grabar un anuncio para una compañía de cigarrillos, siempre manteniéndose en sus principios.

Podría llenar un montón de páginas de este blog hablando de Pete Seeger, contando anécdotas que, como las letras de sus canciones, me dan aliento cada día y me recuerda donde tengo que tener los pies la mente. Pero la noche avanza y Coca no es ciudad para extraños en la noche. Las vida de la ciudad se apaga pronto, y las luces navidad y el brillo amarillo de las farolas se convierten pronto en un falso aliado en noches de calles desiertas y taxistas que como fantasmas vagan a altas horas de la madrugada por unas calles frías e inhóspitas. La vida, en la selva, sigue existiendo con el sol. De poco ha servido la llegada de la luz eléctrica.

Camino pues hasta la esquina, buscando monedas en mis bolsillos: el cambio de la última cerveza, de la entrada del teatro, de una empanada a deshora, soñando con el próximo ciclo de cine que organizaremos, con el museo recibiendo aún más estudiantes, con la gente de la ciudad por fin aprendiendo a cuidar y disfrutar los espacios públicos, limpios, aseados, adoquinados, hasta con luces de navidad en las palmeras. El taxi asoma por fin y me lleva dando tumbos por una calle siempre en obras hasta casa. Quizá debí quedarme a dormir con alguien, o quizá, como Pete Seeger, escapo de los hoteles de lujo de Las Vegas, y me voy a dormir a casa de alguien, en un sofá con buena conversación, soñando, sembrando, edificando en sueños y en realidades esa ciudad que habitarán mis hijos, algún día.