Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 28 de noviembre de 2015

A ojo de águila.

- Vea, aquí lo tiene, éste es.

La imagen congelada de la cámara ojo de águila, impresa en blanco y negro, mostraba claramente a un muchachito de unos 8 años, de no más de metro veinte de altura, asomando la nariz por encima del borde del atril, y, disimuladamente, cogiendo el libro de visitas del museo.
- ¡El primer robo infraganti que registramos! -el técnico de seguridad estaba jubiloso, sentado en el cuarto de sistemas, señalando con orgullo la pantalla del sistema de cámaras de vigilancia de circuito cerrado - Ahí lo tiene, ¡zas!, cazado. Ayer, 8:40 a.m.

El director se rascaba el mentón pensativo. "Pues estamos buenos. Roban bolsos, motos, materiales de construcción en los aledaños del edificio, y el sistema nunca graba nada, y cuando lo hace, resulta que es el horrible crimen de un niñito de 8 años que se ha llevado el libro de visitas... Estamos buenos."
- Bueno, -dijo el director, volviendo de sus disquisiciones personales- esta claro, sí, aparentemente este peladito se llevó el libro; pero, antes de que nadie se lance a la caza y captura del ladrón, ¿quiere alguien contarme, cabalmente, qué sucedió ayer?

- Vea señor director. -el conserje, nervioso, comenzó su crónica- Yo estaba ayer de mañana observando cómo los niños ingresaban al edificio cuando, de pronto vi a uno que cargaba un libro igualitito a nuestro libro de visitas, que dicho sea de paso, no tiene nada de especial, es como un cuaderno más, usted sabe, y claro, pues yo pensé ¿y si el peladito se está llevando el libro de visitas? Porque usted ya sabe, uno no quiere ser mal pensado, pero estos pelatidos están llenos de malicia, y uno tiene que estar con mil ojos, y miré está vez así fue: me fui hasta el atril y el libro de visitas no estaba. Así que corrí detrás del pelado, pero con tanto niño en la puerta, no pude pasar, y se me perdió el peladito, oiga, porque así todos chiquitos y vestiditos de uniforme como que parecen todos iguales. Pero cómo yo vi al peladito con el cuaderno, y me quedé con la cara, le dije a la profesora, y ella dijo que iba a buscarlo, que esperase. Y en eso, usted me llamó para descargar las sillas plásticas, y ahí no se más. Se ve que la profesora no hizo nada.
- Osea, que ahora la culpa la tengo yo. -El director sonreía divertido-. Bueno, no se apuren, es chiste. No es tan complicado, vayan a la escuela y traigan el libro de visitas de vuelta, ¿no?
 - Sí señor director, eso hicimos, pero...
 - ¿Pero qué?
 - Pues que en el apuro de salir corriendo nos equivocamos de escuela.
 - ¿Cómo que se equivocaron de escuela?. Pero, ¡¿acaso no tienen un cronograma con las visitas?!
 - Si pero en el apuro por el libro nadie revisó, así que nos fuimos corriendo a la escuelita 12 de Octubre, porque estábamos convencidos de que era allí, pero resultó que no, y entonces recordamos que debía ser la 3 de Noviembre, pero tampoco, y como no cargábamos el cronograma, ya estábamos camino de la 10 de Agosto, pero está lejísimos y como ya era tarde volvimos al museo.
- Sí, -intervino la muchacha de información- llegaron sudadísimos, y con una cara de preocupación, y entonces yo les dije que porqué perdían el tiempo, que pidiesen en seguridad que revisen las cámaras, y así sabrían quién fue.
- Y eso hemos hecho.
- ¡¡Y para esto han perdido una mañana paseándose por todas las escuelas con nombre de fecha cívica!! -El director empezaba a perder la paciencia- En fin, no se hable más, cojan el carro y váyanse a la 10 de Agosto, hablen con la profesora, y traigan el bendito libro.
- Bueno, no es la 10 de Agosto. - El técnico de seguridad manipulaba con experticia el control de las cámaras.
- Que no es...
- Verá, señor director, si ampliamos un poco la imagen, y a pesar de que la foto está de lado y al niño le tapa casi todo el cuerpo el atril, acá se puede ver asomar un poquito claramente el sello de la escuela 6 de diciembre.
- Y, corroborándolo con el cronograma de visitas, esa es, mire: ayer vino la 6 de diciembre.
El director ya no sabía cómo mirarles.
- ¡En fin, cojan el carro y váyanse a la escuela a por el libro!
- Es que no hay carro.
- Que no hay...
- No, usted lo ha enviado a buscar los materiales para montar las carpas, recuerde.
- Virgen Santa. En fin. Ya. Dejémoslo ahí. Mañana, a primera hora, que si tendrán carro, se van y traen el libro. Punto.

El viernes, a primera hora, el conserje, el secretario y el  técnico de seguridad orgullosos y sonrientes, esperaban en la entrada del edificio con el preciado libro de visitas en sus manos.
- Aquí tiene Sr. Director.
- ¿Alguna novedad?
- Bueno, fuimos a la escuelita y el niño no estaba...
El director empezó a mirarles con los ojos desorbitados, temiendo la odisea que se acercaba.
- Pero la profesora nos dijo que una niñita era su hermana.
- Sí y la niñita dijo que sabía donde estaba el libro, y nos llevó a su casa, que era cerquita de la escuela, y ahí donde ella dijo estaba el libro. Intacto. Chequéelo usted mismo. Sólo hay una hoja suelta, pero esa ya estaba suelta antes de que lo robasen.

El director tomó el libro de visitas y ordenó a los tres trabajadores que siguiesen con sus tareas ordinarias. Caminó lentamente hacia el atril mientras ojeaba despreocupadamente el libro, y retiraba la hoja desprendida. En el atril, lo colocó con cuidado, pasó las páginas con delicadeza, y lo alisó suavemente en la última página escrita:

"El museo esta my vonito. Es lo mas lindo de la siudad.
Firmado
Susana
Rosa
Wendy
               PUTA
a mi tambien me gusto muxo el museo, y el que escribió puta fue el Johnny que es un malhablao y un maleducado."
(firma o garabato ilegible)

Aliviado después de la odisea, el director caminó hacia la oficina. Otra vez, parecía que las cosas se habían resuelto, todo volvía a la normalidad. El sistema de cámaras de circuito cerrado de televisión funcionaba, y el preciado libro de visitas, repleto de los invaluables comentarios de la sociedad y pieza esencial para justificar las visitas del museo, estaba de nuevo en su lugar.

1 comentario:

José Miguel Morán González dijo...

Muy cómico y real. Lo felicito señor Gundín, me recordó a Antón Chejov, uno de mis escritores favoritos.