Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 6 de noviembre de 2015

La limosna

Mi tío Julio decía "yo sólo doy limosna a los músicos" y sonriente, echaba unas monedas en la gorra del flautista desaliñado de la Rúa, o el violinista que le acompañaba.

Con una sonrisa, yo también sigo su ejemplo. En mi bolsillo hay moneas para los músicos ambulantes que canta por los parques o por los buses: me parece una forma muy sana de promover el arte: cuántos artistas empezaron su vida tocando en las esquinas, gratis, como en esa maravillosa canción de Joni Mitchell, y además, a fin de cuentas, todos hemos sido (o hemos soñado con ser) trotamundos en algún momento de nuestras vidas: coge tu guitarra, tu flauta, tus manillas y artesanías caseras, ponte la mochila a tus espaldas y echa a andar.

Para el resto, no tengo monedas. Y no es un "lo siento" disimulado ni veraz. No. Es una decisión, un propósito de vida. Uno que normalmente me lleva recibir miradas de desdén de otros viajeros del bus, o incluso de conocidos, que parecen decirme: "tacaño asqueroso, tú que tienes casa, comida, un sueldo, ¿no tienes unas monedas para esta pobre gente?".

"Esta pobre gente". Empecemos por ahí. Por quiénes son pobres, y quién o qué les hace pobres.

Pobres, lo que se dice pobres de solemnidad, por desgracia siempre ha habido y seguramente habrá, acá en este país en vías de desarrollo, y en la industrializada en Europa; en momentos de crisis, y de bonanza económica. Las situaciones que pueden llevar a una persona a convertirse en pobre de solemnidad son muchas, pero normalmente están relacionadas con problemas familiares, de casta o grupo social, pasando por problemas psicológicos o por el desajuste que existe en estos cambios de una sociedad rural a una sociedad que aspira a ser únicamente urbana. Sin embargo, pobres de solemnidad no hay tantos, y a parte de pedir limosna en la puerta de las iglesias, están más o menos atendidos por la propia iglesia o por trabajadores sociales que muy a menudo tienen que hacer de padre, madre y psicólogo para ayudar a esta pobre gente, unas veces con éxito, y otras no.

Esos pobres de solemnidad son los únicos pobres. El resto no son pobres. Las personas bien vestidas que piden en las esquinas, que tienen elaborados letreros, los discapacitados bien vestidos y peinados que piden por los buses, las madres de familia con niños, y demás corte de vendedores ambulantes en los buses y las esquinas de los semáforos, los ancianos-anzuelo sentados a la puerta de hospitales, centros comerciales, o en medio de pasos de peatones, y una larga lista de casos similares, no son pobres: son el producto de un sistema excluyente, de una sociedad que no reparte equitativamente su bienestar, de unos "ciudadanos" pasivos, abandonados a la desidia y el egoísmo. Son parte del producto resultante del sistema económico-social que vivimos, llámese capitalismo o neoloberalismo u otro eufemismo cualquiera creado para disfrazar la misma cosa.

Si miramos dentro de cada una de estas personas que acabo de sacar de la categoría de pobres nos encontraremos con personas como nosotros, que por culpa de las malas inversiones de la banca privada y la corrupción de los gobiernos, perdieron su empleo y con este su dignidad. Personas que fueron estafadas por los propios bancos y perdieron su casa, personas a las que unas leyes "hechas para los bancos" les echaron de sus casas. Gente que no consigue un empleo digno porque nunca tuvo la oportunidad -y en muchos casos sigue sin tenerla- de estudiar y poder prepararse, personas excluidas por condiciones de raza o sexo (sí todavía a estas alturas, en el siglo XXI) o por su origen social, trabajadores mal pagados por empresas "que sólo buscan su crecimiento" o por el mismo estado, emigrantes expulsados de sus países de origen por guerras u otras violencias externas por el mismo hacer de sus gobiernos que, como el nuestro, en algún momento decidió dejar de considerar a todos los nacidos en su país como ciudadanos y excluir de dicho título la mayor parte de ellos.

Una realidad que poco tiene que ver con la necesidad de obtener unas monedas para procurarse un plato caliente o un sitio abrigado donde pasar la noche, mientras se descuentan hojas en el calendario, sino con la necesidad de recuperar la dignidad humana, esa misma de la que han sido privados, asaltados, vilipendiados por la propia sociedad. Difícilmente vamos a ayudar a esta gente, pues, con un puñado de monedas diarias. Todo lo contrario: lo único que conseguimos es perpetuar una situación de degradación para estas personas, y con ello nos convertimos en cómplices e incluso verdugos de este sistema que vivimos y apoyamos.

¿La solución? Bien sencilla: guárdate tus monedas. Acompaña a estas personas a los tantos centros sociales, comedores, oficinas de ONGs, iglesias y otras instituciones privadas (y cada vez menos, por desgracia, públicas) donde estas personas puede acudir para recibir apoyo, lugares a donde muchas veces no van por pura vergüenza. Sal a la calle a manifestarte en apoyo de aquellos que se han quedado sin nada, ni siquiera la culpa. Organízate en tu barrio, en tu trabajo, y exige mejoras laborales. Anula todos tus planes de pensiones y otros productos financieros engañosos y busca a esa otra "banca ética" que sabes que está ahí, ve a votar orgullosamente y sin miedo y manda fuera de congresos y asambleas a todos esos políticos mentirosos y corruptos que sólo saben repartir limosna para perpetuar el sistema perpetuarse en el poder. Tiende tu mano, abre tu casa, comparte tu plato con aquel que hoy no tiene y en ese compartir comparte no sólo la necesidad de ofrecer ese alivio urgente al hambre, sino también tu vida, tus fuerzas, tus conocimientos, para que esa persona que hoy está excluida no encuentre mañana barreras.

En ese proceso él recuperar su dignidad y también tú, y todos nosotros que nos hemos convertido en indignos ciudadanos y seres humanos al hacernos cómplices pasivos de esta terrible situación, dejando de ser personas para ser ambulantes máquinas expendedoras de calderilla.