Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La lucha contra la exclusión

Pobreza, marginación, contaminación, refugiados, enfermedades endémicas, narcotráfico, indos, insalubridad y mala calidad de vida,… Son sólo algunas de las palabras con las que la gente de afuera identifica la “región oriental”. Cada vez que salgo a Quito o Guayaquil y me encuentro con propios y extraños y les cuento -o me preguntan ellos- por dónde vivo y qué hago, la imagen que se forma en sus mentes es esa: el fin del mundo, un lugar donde es mejor no ir, donde si hay que estar, sólo se debe estar menor tiempo posible, un lugar que en su imaginario ecuatoriano lleno de prejuicios y miedos sigue siendo esa espesura verde con indios salvajes en taparrabos, donde brota petróleo por arte de magia, y dónde no hay ley. Un al que sólo van los militares recién salidos del cuartel, los médicos haciendo la rural, maestros sin nombramiento y curas y cooperantes, los tres primero a pasar esa horrible prueba inicial de la vida laboral, y los dos últimos porque “son unos locos incomprendidos y sin remedio”.

No importa lo que les diga. No hay palabras, ni siquiera imágenes, para hacerles cambiar de opinión. Ecuador vive de espaldas a la selva. Mira altanero desde los andes hacia la costa pacífica, girando disimuladamente el rostros al norte, que no se den cuenta los vecinos de las alabanzas al tío Sam, pues aunque ellos también actúan así, son expertos en tirar la primera piedra contra el de al lado. Lo que queda a sus espaldas, allá al otro lado de los andes, no importa, no es país, salvo para llenar las aburridas páginas de caducos libros de historia y textos escolares con una patrióticamente convincente historia de límites. Esa región oriental defendida a sangre sobre los mapas queda, paradójicamente, excluida del imaginario nacional del los ecuatorianos, y con ello del Estado.

La historia del oriente ecuatoriano es la historia de los excluidos, de los negados, de la explotación de recursos, humanos y materiales, entendidos como eso simplemente: recursos, materias primas para el crecimiento, el beneficio y el bienestar de este Estado que comienza en la cordillera de los Andes y se extiende hasta la costa pacífica. Desde la colonia, y acentuándose aún más con el surgimiento de las repúblicas decimonónicas, esta ha sido la historia de la Amazonia ecuatoriana, una historia perenne, cíclica, como el tiempo en la cosmovisión de los pueblos originarios que la habitaron, una historia en la que cambian los actores pero no el guión, porque al director no le interesa cambiarlo. Una historia que se reescribe una y otra vez, sin pasar nunca la página.

¿Nunca? Las pesadas páginas de la historia son aún más pesadas en la historia oriental. No por el lastre que arrastran, sino por el empeño de aquellos en las alturas andinas haciendo fuerza para que la página no cambie, aplastando a aquellos qué, desde esa selva verde, gritan por hacer que se oiga su voz, pelean, por ganar este pulso a los gigantes déspota de arriba.

Hoy estamos en uno de esos momentos en que la página de la historia parece que quiere voltearse. En que ese pulso de los desamparados contra el Estado excluyente está a punto de caer, por fin, hacia el otro lado. La tensión está en el aire, los músculos tensos sudan en un esfuerzo sobre humano por dar a torcer el brazo de aquellos que siembran y promueven la exclusión. Hoy día, por primera vez quizá, empieza a sentirse el Estado en esta región oriental.

No quiero hacer aquí un panfleto pro o contra gobierno. No quiero albar aquí obras que debieron ser realizadas hace décadas, pues era el deber de unos y el derecho de otros -excluidos, no reconocidos, sin derecho-, ni voy a entrar en los motivos coyunturales que pueda haber detrás de la mejora de las vías de comunicación, el arreglo de los cascos urbanos en las principales ciudades, la edificación de nuevos hospitales y nuevos colegios, la presencia por fin esas oficinas públicas, que, con todos los males de la burocracia, es tan necesario tener cerca en este sistema en que vivimos. Tampoco voy a escribir aquí una lista de todo lo que falta por hacer en educación, sanidad, comunicaciones, y ese largo etc. El esfuerzo hecho en los últimos años es notable, y con sus más y sus menos, de agradecer. Por fin alguien se ha dignado a bajar de las alturas y mirar como iguales a los que viven a sus espaldas en la selva, reconociéndoles poco a poco eso que durante décadas o siglos les ha sido negado: el derecho a ser reconocidos como parte del estado, como comienzo para el reconocimiento de todos los otros derechos -y deberes- que ello conlleva.

No ha aparecido en escena ningún salvador. Ningún pro-hombre por suerte, pues esos tienden a convertirse en “pró-cer” dando las espaldas al vulgo una vez que consiguen separarse de él. El cambio se debe a la lucha de decenas de personas, durante decenas de años, por ser reconocidas como Estado. Una lucha incansable, que ha dejado a muchos en el camino, pero que ha conseguido poco a poco que en las cabezas andinas y costeñas se empiece a asentar al idea de que “las gentes que viven allá abajo en la selva, también cuentan”. La lucha de los excluidos, de los dormidos, de aquellos que no tenían nombre porque aquellos con el lápiz y el papel en la mano se negaban a entenderles y reconocerles, el nombre, la dignidad humana. Han sido años de levantamientos, de paros, de boicots, de invasiones, de procesos largos para la organización de campesinos e indígenas, de reconocimiento legal de asociaciones, de cedulación de los sin nombre, de construcción de calles, casas, pueblos, que luego puedan ser reconocidos allá arriba como tales.

Hoy día vemos los primeros frutos de esta lucha. Asistimos al enraizamiento, por fin, del Estado en estas tierras. Hoy empezamos a tener confianza en el Estado y le empezamos a entregar el fruto de nuestro trabajo y de nuestras luchas, porque hoy quizá nos empezamos a ver ya reconocidos como ciudadanos.

Es un enraizamiento débil aún, pues débil y pobre se ha quedado este suelo amazónico después de décadas de expolio, pero la simiente ha germinado: por fin los ciudadanos del oriente pueden sentirse tales, por fin puede disfrutar de una ciudad, creciendo, en esa frágil armonía entre el progreso y la naturaleza que es el crecer. Ahí donde se negó durante décadas el derecho a ser persona, ciudadano, se abren las puertas del Estado.

Mucho está en el aire todavía. La desconfianza de unos es todavía general: tienen miedo -seguramente mezclado con egoísmo- a entregar el mando a ese Estado ausente durante décadas. ¿Será ese miedo a no seguir mandando? Otros siembran la incertidumbre apuntando a los posibles cambios políticos ¿Será que tienen miedo porque sembraron, no para cambiar las cosas, sino para su propio egoísmo? ¿Se parecen acaso, nuestro miedo y nuestro egoísmo, tienen relación quizá con el miedo a perder lo ya conseguido que vemos en las gentes sencillas de estas tierras amazónicas?

Podemos estar cometiendo un grave error: cambiar la exclusión por el miedo. Hacer que esos rostros de indígenas y campesinos sin fuerzas por haber sido excluidos y oprimidos se conviertan en los ojos del miedo a crecer. No equivoquemos el camino. Ha sido el camino de la lucha sin miedo en contra de la exclusión, el que nos ha llevado a estar sentados hoy en esta biblioteca que mira al río Napo, que se reafirma en sus raíces y como se reafirma en el Estado. Es el fruto de unas gentes que no creyeron el miedo, que abrieron sus ojos libres y buscaron, como buscan hoy los ojos despiertos de los niños y jóvenes que pueblo hoy este espacio entre libros e historia, vivos y vivaces, voraces por aprender, si es posible por ósmosis como decía Ray Bradubry, y crecer, como ciudadanos y seres humanos.

Hoy, en ciudades como Coca y Lago Agrio, se ha abierto la puerta a la cultura, a la educación, al vivir bien, es decir dignamente: reconociéndose como ciudadanos, y construyendo Estado. Los parques, museos, escuelas, los parque nacionales y áreas protegidas, son la prueba. Los ríos de gente, fluyendo tranquilamente al lado del Napo o el Aguarico, gente diversa, gente reconocida como gente, son la prueba.

En las manos de todos nosotros está el continuar la tarea, el mantener vivos los ojos de estos niños que serán los encargados de cuidar nuestro hogar cuando ya no estemos. No les volvamos a vendar los ojos. No permitamos que se les vuelva a dar la espalda.

Liberémonos de todos nuestros prejuicios y lastres, y pasemos esa página de la historia.