Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 3 de noviembre de 2015

De las casas habitadas por las mujeres

Una casa acogedora, limpia y cuidada. Detalles en las mesas, en los rincones. Pequeños gestos hechos por manos invisibles pero que no pasan desapercibidos al ojo de visitante esporádico.
La armonía del paisaje, el silencio sólo roto por el canto de pájaros he insectos que acompañan armoniosamente la estancia, el jardín, que dan la vida y la bienvenida a ella.
Unos ojos que saben observar y comprender, uno oídos dispuestos a escuchar, unos labios de los que brotan palabras para acompañar, acoger. Unas manos que saben abrazar y calmar.

Me pierdo en los detalles y me embriago de la paz que me transmite este lugar cada vez que vengo. Y me siento humilde y agradecido de ser parte de esta familia. No hay grandes lujos, no hay nada material distinto a lo que vivo en mis otras vidas en mis otros lugares de residencia, y sin embargo, aquí hay algo especial, algo que mantiene este lugar vivo, en pleno crecimiento armónico con todos los seres que forman parte de él.

Uno no se da cuenta de qué es hasta que se deja llevar y ser parte de él. Hasta que sin temor se sienta y comparte un almuerzo y observa esos rostros y junta sus manos con esas manos para ayudar y dejarse ayudar. Entonces se encuentra con esos espíritus de mujeres, esas seis mujeres que con cariño y decisión cuidan de esta casa y de todos cuantos vienen.

Son tres, cinco, seis mujeres; la familia cambia, crece. Mujeres que decidieron continuar un sueño contra viento y marea, que ante un giro tremendamente machista de la sociedad institucional en la que viven no flaquearon y se mantuvieron firmes cuidando la casa, haciéndola crecer. Aunque este lugar surgió como un proyecto inter-comunitario, el destino las dejo cargando el peso a ellas solas, y hoy día tengo la sensación de que en esa soledad han construido algo que sus iguales masculinos nunca hubiesen pensado que podía ser posible, que no hubiese sido posible si ellos estuviesen aquí. Tengo la sensación de que no hacen falta hombres aquí; y no me siento excluido tampoco.

¿De qué hablo?, me podéis estar diciendo. Hablo de un lugar llevado por mujeres liberadas, que han sabido lograr esa liberación en comunidad y consenso, en un mundo donde la mujer liberada se apodera y ejerce todos esos autoritarismos que critica al hombre, estas mujeres han sido capaces de liberase librándose incluso de ellos, y de continuar caminando sembrando este ejemplo de sencillez y de comunidad donde quiera que van.

Aquí no hay cabezas. No hay aristas. Todo se pule y se mezcla en el círculo que forman estas casas y sus moradores. Un círculo permeable, del que es muy fácil ser parte, una vez que uno se despoja de su ser preconcebido y aprende a verse y reinventarse en los demás, a escuchar y ser escuchado, a sentirse bien consigo mismo y con la naturaleza.

Vengo aquí cada vez que puedo, a recuperar energías, a compartir vivencias. A beber de la fuente y retomar el camino, aunque aquí no hay fuente mágica, no hay energías invisibles en conjunción con las estrellas. Hay humanos, personas, que son las que le dan siempre la magia a los lugares. Por eso sé siempre que volveré a ese abrazo, a esos brazos tendidos, y que tenderé una vez más, los mios.