Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 6 de noviembre de 2015

Los rostros creados de la pobreza

En la pared hay una fotografía de un grupo de indígenas kichwas, en alguna comunidad perdida en la selva de Sucumbíos, allá por los años 30 del s. XX. Están posando delante de una frágil casa de madera, con cabello largo y enmarañado, peinado para la foto pero con aspecto sucio, sus ropas pobres, pies descalzos... El espectáculo es desolador. Rápidamente vienen a mi mente las imágenes de esos niños de escuela de los pueblos de la España profunda a principios y mediados del siglo pasado, las imágenes de los inmigrantes europeos en alguna ciudad de Estados Unidos, a finales del XIX, o las colas del paro y hambre durante la gran depresión. La imagen de ese mendigo salido de una novela de Charles Dickens caminado por los charcos de un París revolucionario, la cara de la miseria.

Unos centímetros más allá, en la misma pared, veo una foto coetánea a la de esos pobres indígenas kichwas, en este caso son un grupo de indígenas Secoya: majestuosos, de pié, con su rostro serio y pintado, su túnica lisa bien puesta, su sencilla corona de plumas. No visten con más lujos que los kichwas, salvo por el hecho de haberse puesto su traje típico. Están descalzos y el fondo de la foto es el mismo: un pedazo de selva con algunas casas de madera al fondo. Y sin embargo, esta foto no me transmite la pobreza y el abandono que veo en la imagen de los kichwas. ¿Vivirían mejor? ¿Será quizá la fotografía de uno de esos artistas-aventureros norteamericanos o europeos que retrataron durante décadas la selva con imágenes perfectas que bien podrían ser el producto de un estudio fotográfico?

Pienso durante un largo rato, repaso las fotos. Se que la respuesta a las dos últimas preguntas es no, pero tampoco eso me desvela el misterio, hasta que, de pronto, mis ojos se cruzan con los ojos de esas personas en las fotos. Observo con terror sus rostros, su mirada. Una mirada cabizbaja, sin fuerza, unos ojos sin luz en los rostros de los kichwas; una mirada al frente, segura, llena de fuerza en los rostros de los Secoyas. Ahí está la diferencia. ¿Y por qué? ¿A qué se debe esto? A un simple hecho: los kichwas han sido siempre un pueblo conquistado, oprimido, sometido; los Secoyas se mantuvieron siempre fuera del yugo español, de la conquista, de la presión de las haciendas o los caucheros, vivieron siempre libres en su selva.

Siempre nos han dicho que esos rostros desamparados, sucios, despeinados, vestidos con ropas ajadas por el tiempo, son los rostros de la pobreza, del hambre, y que la solución y el cambio llega con el progreso: España progresó, la gente tuvo más dinero, y mató el hambre y su rostro cambió. Cuán falsa es esa visión de nuestra pobreza que nos venden. No hay rostros de hambre: sólo hay rostros de opresión. Lo que libera al hombre de sus penurias no es una mejora en sus condiciones económicas, sino la entrega de su libertad: la capacidad de poder pensar por si mismo, de poder elegir. Lo que sacó a mis abuelos de la pobreza del campo español no fueron las innovaciones tecnológicas fruto de una revolución industrial que llegó tarde y mal, ni una reforma agraria nunca realizada en todos su términos, si no el acceso a la educación, el acceso a poder participar en el gobierno de sus ciudades y países, la capacidad de poder organizarse en sindicatos u otras asociaciones, a saber que pueden exigir y reclamar, porque es suyo, un mejor modo vida, que no deben nada a nadie por esa mejor vida: es su derecho como seres humanos.

Lo que acaba con el hambre no es el progreso económico sino ese largo camino que comienza aprendiendo a leer y escribir y que termina en el reconocimiento de los unos a los otros como iguales.