Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 15 de enero de 2016

Una noche de agosto

Recuerdo que era una noche de agosto, calurosa como la de hoy... esto quedó a medio acabar entre los borradores del blog. Le doy un toque final y lo publico ahora. Son hechos reales y verídicos, pasados por el tamiz de mi caja, claro.

La noche de agosto para un hombre del trópico comienza pronto. Apenas dan las 6:30 de la tarde, se hace aún más tarde, tan rápido que en unos minutos ya es noche cerrada. La ciudad se transforma sin embargo lentamente: los comercios siguen abiertos unas horas más, con el dueño sentado en la puerta, espantando el calor del día, mientras ve pasar a los últimos posibles clientes; los bares llenando las calles de música y cerveza, y los primeros puestos callejeros de comida empezando a humear el ambiente.

Apenas desciende la temperatura, sólo lo suficiente para hacer juego con el cielo negro sin sol, y para animar a la gente a pasear por el malecón o por las calles antes atestadas del ruido de coches y carritos, ahora de la noche que arranca con músicas y bullicio de gente: parejas que se juntan el viernes a quemar los dólares de la semana, matrimonios con niños corriendo por doquier, paseantes silenciosos que observan callados algún puesto de comida, o al activo grupo de bailoterapia, o miran sin leer la cartelera del teatro.

Mi noche comienza corriendo en una hora y media hay función infantil. Tengo 90 minutos justos para decir a mis amigos turistas, unidos a una manifestación "ecológico-social" en el parque, que por desgracia no les podré acompañar a cenar porque me caen "más turistas", correr después a recibir a las recién llegadas turistas, intentar cenar algo a la carrera y llegar con las justas al Circo de los Araganes.

El parque es una auténtica locura. A nuestro grupo de manifestación a favor de la vida de los pueblos indígenas y la preservación del medio ambiente, se junta un escandaloso grupo opositor al gobierno, uno de esos que agita banderitas nacionales y se junta a cualquier otro grupo que haya en el parque (no importa de qué índole o temática) para aparentar hacer más bulto y más bulla. Mi amigo Mike me grita al oído en inglés, comentando la situación política del país y de este mundo en general, divertido, creo por el circo del parque. Después de un rato con el Mike, echo a correr a casa. No trabajo para ninguna operadora turística ni hotel, pero a veces esta casa tan grande que es de todos, acaba pareciéndose a un desorganizado hotel. No tengo llaves de las habitaciones, no hay nadie, quizá la llave maestra en su sitio... ¡Bingo! Aparece en el preciso momento que el guarda asoma con 3 señoritas que "preguntan por usted". Saludos, disculpas de ellas por la hora, mías por no poder quedarme y tratarlas a la carrera. El teatro hoy no va con ellas. Un día de río y arena amazónica todo lo que pide es una ducha fría. Las dejo aposentadas y echo a correr otra vez hacia el teatro, pasando por la cocina a robar algún pedazo de pan con queso y embutido y alguna fruta. Debo estar bien despeinado y con uniforme sudado y rostro de loco. No importa. Es ya normal en este centro cultural en el que casi todo sale a la carrera.

Cuando llego, el auditorio está casi lleno. Mi amigo David y yo tomamos asiento divertidos, preguntándonos si el circo está en el escenario o en las butacas. El espectáculo es modesto, algo justo, pero no importa, el espectáculo de clowns con chistes blancos, enamora al público que ríe sin parar, y vuele eléctricos a la pandilla de mocosos del teatro, que se prestan voluntarios a participar una y otra vez en la obra, lo soliciten los actores o no, es indiferente. Los niños hiperactivos de la primera fila, acaban captando toda mi atención. Son un auténtico huracán que se levanta una y otra vez de las butacas, recoge y roba pelotas u otros elementos caídos desde el escenario y negocia una y otra vez con unos actores con una paciencia sobrehumana la posibilidad de unirse a la obra. Si los chistes de la obra me parecían un poco infantiles a mi edad, la pandilla de niños epilépticos acaba de poner el contrapunto de humor mordaz a la noche.

Una hora después, la gente aplaude, el telón baja, los actores hacen reverencias, y el Pepe asoma para agradecer al público: "Muchas gracias por asistir, mañana los que lo deseen podrán participar en un taller de clowns con los actores de la obra, totalmente gratuito. Ahora, de regreso a sus casas, vayan directos, no se entretengan, y mejor tomen taxi si no tiene carro porque se ha decretado un toque de queda en la ciudad. Si acaso les para la policía, muestren el boleto del teatro".

¡Un toque de queda en la ciudad! Ya no se si es bueno o malo, si es el último chiste de la noche, o la cruda realidad de un país que se desmorona. La gente desaparece en un abrir y cerrar de las inmediaciones del teatro. Yo, incrédulo permanezco hasta que salen todos y el Pepe cierra, y deambulo por las inmediaciones de la plaza, donde todo sigue con la misma calma de siempre. Todo son rumores en el aire. Parece que nuestros amigos de las banderitas del parque han acabado a palos con la policía en frente de la gobernación ¿será para tanto? Sigo queriendo saber más. Pero miro el rostro de mis amigos extranjeros y su mirada de preocupación me dice que es mejor meterles en un taxis e irse al casa. La noche se ha terminado, el programa, no doble sino tripe, carreras, teatro, y toque de queda para romper la monotonía. Esto sólo puede suceder aquí. Me deja preocupado la imagen que se crea entre nuestros turistas extranjeros, pero por otro lado me divierte la situación y con un !ay señor! me siento tranquilo en el sofá comienzo a aporrear sobre el teclado este pequeño escrito. Mientras escribo las últimas líneas un mensaje en el teléfono me indica que lo del toque de queda es un falso rumor. Siento que alguien me quiere aguar la fiesta, así que apago el volumen del celular y decido no contarle nada a nadie, al menos hasta el día siguiente. ¿Quién sabe cuándo más nos puede volver a suceder algo así?