Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 23 de enero de 2016

Naturaleza muerta

- Mantenga esto un poco ordenado, por favor.

Empujó con precisión el banco junto a la puerta de la entrada, arrimándolo lo más que pudo a la pared, y se quedó pensativo mirándolo. Todavía asomaba unos centímetros más allá del marco de la puerta.
- Es que el bejuco crece y lo mueve, licenciado.
- Sí, parece que al secarse las raíces del bejuco se están hinchando y desplazando un poco hacia la puerta. Habrá que acomodarlo de nuevo.
En vano trató de mover alguna de las raíces del intrincado tapiz construido con raíces de bejuco naturales que ocupaba la pared de entrada al museo. Se sacudió indiferente las manos, y les recomendó una vez más al personal de sala que, aún así, procurasen mantener todo en su sitio. Seria, la recepcionista guardo silencio y bajo la mirada mientras el director se iba.

- Pasen, pasen. Aquí, perdón. -Con un ademán disimulado, y una mirada de rabia hacia la recepcionista, el director apartaba el banco, que sobresalía de nuevo hacia la puerta, sin quitar ojo a los turistas japoneses y al personal de museo.
- Le dije de mañana que mantuviese esto ordenado- Susurró con enfado a la recepcionista de la sala mientras pasaba a su lado. - Sigan por favor. Gracias. Procuren no apoyarse contra el bejuco, gracias. Bienvenidos.

Nerviosa, miró el banco como si tuviese miedo a tocarlo e hizo ademán de empujarlo hacia la pared mientras el director se alejaba con el grupo de turistas. Después se sentó, pensativa y asustada, con los ojos bien abiertos y la mirada perdida, queriendo voltear la cabeza pero si atreverse, como si alguien o algo estuviese observándola desde atrás. El director la encontró así, con el rostro sudado y la mirada perdida, en silencio, sentada en el banco.
- ¿Se encuentra enferma? No tiene buen aspecto.
- Enferma... no.
- ¿Seguro? Yo creo debería ir a descansar. Estos días de tanto calor quizá la estén afectando.
- No, no se preocupe.
- Está bien, como usted diga. -El director caminó hacia la puerta del museo.
- Sr. director...
- ¿Si? -El director volteó a mirarla mientras aguantaba la puerta.
- Usted... ¿Usted no ha escuchado nada...?
- ¿Nada dónde? ¿Qué cosa?
- Aquí en la entrada...
- ¿En la entrada? No le sigo. ¡Vamos, deje de titubear y suéltelo de una vez!
La recepcionista se secó el sudor del rostro y respiró profundo.
- Aquí, aquí... Se oyen ruidos.
- ¡Otra con los muertos de las urnas! ¡Por favor! Con todos mis respetos mire, creo que ya somos adultos, que hemos tenido suficientes charlas al respecto, capacitaciones en historia precolombina e historia del arte,... Si fuese usted nativa, lo entendería, siempre he sido respetuoso con las creencias locales, pero no es su caso.
- No, no. No es eso. Es el bejuco. ¿No lo oye? Cruje, crece, se mueve.
- ¿Que cruje? Bueno, puede ser que haga algún ruido. Ya le dije antes que se está secando, y sí, se expande y puede que se mueva un poco, que alguna parte se astille haciendo algo de ruido, pero mujer, no es para ponerse así ¿Seguro que se encuentra bien?
- No no es el crujir de la madera cuando se seca. Es distinto... como... como si estuviese echando raíces, extendiéndose. Es... ¡escuche! ¿no lo oye?
- Eso es alguien que sube por la escalera, que es de madera también.
- No, no, ¡escuche!
Guardaron silencio unos segundos. El director negó con la cabeza.
- Yo no oigo nada raro. Los turistas del piso de arriba moviéndose, eso es todo. Salga un rato, mójese la cara, tómese algo en la cafetería. Y descanse. Si sigue así, yo mismo la mando reposo. Va a asustar al los turistas con esa cara.

El director salió por la puerta principal, no sabría decir si enfadado o preocupado, y la dejó pensativa y sola en el banco de la entrada del museo. Un extraño crujido empezó a sonar a su espalda, algo le rozó el tobillo. Sobresaltada, se puso en pié y miró de frente el enmarañado bejuco. Lentamente las raíces de color café comenzaron a moverse sinuosamente por la pared como en un holograma tridimensional. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. Cuando los abrió, el bejuco en movimiento parecía aún más cercano. Caminó rápidamente por el museo y salió a la terraza de la cafetería dando un portazo. Tenía el pulso a cien. El aire cálido del día no ayuda. Entro, en la cafetería y pidió un agua helada. El camarero la miró intrigado y ella le hizo un gesto de que la dejara en paz.

El vaso de agua estaba ya vacío. Miró el reloj. Habían pasado 20 minutos. Se paró, se arregló la blusa, pidió un agua helada para llevar y caminó hacia el museo. Cuando entró, el silencio, en contraste con la bulla del televisor en la cafetería, se le hizo inmenso, infinito. Caminaba lentamente por las salas hacia la puerta principal del edificio, observando a la distancia y con precaución las urnas funerarias expuestas en las vitrinas. "¡Qué tontería!", pensó. El director tenía razón, en resumidas cuentas, no eran más que viejos huesos.
Aún así, se sentía incómoda. Cuando llegó a la entrada, la luz que colaba a través de la puerta de vidrio del museo iluminando el hall, le tranquilizó. Se acercó al banco y lo observó como una madre que regaña a su chiquillo: se había movido unos centímetros hacia la puerta. Se agachó para empujarlo con suavidad, pero no pudo moverlo. Lo intentó con más fuerza. Nada. Ni siquiera apoyando el peso de su cuerpo contra un costado, lograba moverlo. Se arrodilló frente a él, buscando el misterio por un lado y por debajo. Abajo, abrazando las dos patas del banco se extendía retorcidamente una de las raíces del bejuco. Respiró profundamente para ganar confianza y fuerza y trató de soltar o quebrar la raíz. Era demasiado gruesa. Probó entonces a levantar el banco para zafar la raíz, pero tampoco pudo. No tenía ningún utensilio que le sirviese para cortar la raíz, pensó en ir en busca del conserje, o del director, pero le tomarían el pelo de por vida. Buscó inútilmente en sus bolsillos en busca de algo para cortar la raíz, y sólo encontró una lima de uñas; de nada servía. Con todas sus fuerzas, arrodillada, consiguió romper uno de los extremos de la raíz; sofocada, pero decidida a ganar la batalla, continuó ahora con la otra pata del banco. Mientras forcejeaba, algo se agarró de la muñeca. Asustada, retrocedió a tiempo, justo para ver como el extremo quebrado de la raíz del bejuco enrollaba alrededor de su brazo. Lo sacudió violentamente y caminó asustada de espaldas, tropezando y cayendo contra la pared de bejuco. El intrincado tapizado natural crujió y gimió y le cubrió del polvo. Mareada, se agarró del bejuco para ponerse en pie. Las raíces comenzaron de nuevo su movimiento ritual amarrándole una mano primero, luego la otra, luego un tobillo; quiso gritar pero no pudo, tenía algo en la garganta. Una raíz de bejuco comenzó a crecer por encima de su pecho y su cuello.

Era casi la hora del almuerzo. El director hizo crujir sus dedos, apagó la pantalla del computador y se puso en pié estirándose. Qué bendito calor que hacía cuando salió de la oficina. Recordó a la recepcionista y decidió pasar a verla. Cuando ingresó al museo, el hall estaba vacío. No se escuchaba a ningún turista en el interior, el silencio era únicamente perturbado por el leve zumbido del aire acondicionado. A un lado del banco había una botella de agua caída, y algo más allá al pie del bejuco, una rosada lima de uñas.
- ¡Qué desastre! - El director, sacudiendo la cabeza, cansado, se agachó y recogió la botella de agua y la lima de uñas- En fin, se habrá ido al baño. ¡Cuándo aprenderán a mantener el espacio limpio y ordenado!
Miró de frene el bejuco. Parecía algo más abultado que de mañana. Lo apretó un par de veces con sus manos y un polvo seco y amarillo le calló por encima. "Que desastre", pensó. Todo el suelo al pie del bejuco estaba igual. Se sacudió la camisa, y salió enfadado del museo.
- ¡¡Conserje!! ¡Búsquese una escoba y recogedor y limpie ese desastre que hay al pie del bejuco! Y si ve a la Srta... ¡siempre se me olvida el nombre! En fin, dejémoslo estar. ¡Barra y limpie bien la entrada del museo! ¡Será posible!...