Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 4 de enero de 2016

El desierto en flor

La ciudad se vació en 24. Todo el mundo corrió, huyendo del fantasma de la rutina y el trabajo diario, para desparecer, algunos a escondidas, subidos en buses y carros, camino de otras ciudades, para ver a otros seres (queridos), o disfrutar de otros lugares en unos días de fiestas, de vacaciones que había que aprovechar al máximo. Los que quedamos fuimos los abandonados, los atrapados por la ley del trabajo y la atención al público, los que miramos a través de la ventana las despedidas de amigos que parecían decir "os compadezco, intentad escaquearos del trabajo, salid de este encierro".Un desierto se pintó de pronto ante nuestros ojos. Un desierto atroz y desolador. La oficina desierta, el malecón sin gente, las noches sin planes.

En el silencio entonces cayó una gota de lluvia, y comenzó a brotar una nueva flor. La ciudad comenzó a caminar despacio, con una sonrisa nueva en los labios, saludando a los vecinos como en un pequeño pueblecito donde todos se conocen. El frenético comercio se torno un cordial intercambio, las filas en las oficinas públicas en un respetuoso saludar al amigo y al turista pasajero. En las calles, la gente saludaba en silencio al ver a los transeúntes, ahora amigos, caminar tranquilamente, de casa al trabajo, del trabajo a la tienda y luego a a casa. Allí, en el hogar, la mesa se llenó de los siempre, de los que a diario se saludan con prisa, compartiendo el sorbo de las últimas gotas de café, pareciendo olvidar que viven en una familia extensa, de lazos invisibles pero fuertes. Las risas, el tintineo de copas, los platos preparados por manos cariñosas y lavados después por un ejército de agradecidos comensales.

Y entre medias, días tranquilos, con tiempo para pasear, para leer, para escribir, para pensar en la vida y dejarse llevar sin hacer planes, para darse de nuevo cuenta de que vivir significa convivir, significa conocerse y aceptarse, sin intentar ser lo que no se es, siempre fiel a los principios. Esa sensación de calma que llena la soledad de las prisas diarias y el mundo inventado y la hace desaparecer.

El calendario, arrancando sus hojas, cuenta atrás hacia adelante, marcaba poco después el 31 y despedía el año quemando las prisas, los sinsabores, los falsos anhelos sembrando risas, volando cenizas, y traía con el nuevo año la casa llena, saludos familiares de siempre, alguna carta cariñosa, la visita inesperada de los que viajan con clama y sin avisar, porque saben que siempre están ahí, en corazón se hace hogar a pesar de la distancia. Un nuevo año que abre con un poema, con una carta para un albañil de sueños, que hoy, al alba, no puede dormir, nervioso porque se acabó la calma, porque llega el lunes con sus prisas y desvelos, con sus falsos sueños de felicidad envueltos en papel de celofán, en unas calles que pronto estarán de nuevo abarrotadas por gentes que no miran donde pisan, donde la batalla por ser y sentir comenzará una vez más siempre rápida, siempre infinita, donde unos se sentirán ganadores y otros sentirán que han perdido en la lucha y aún no la abandonarán.

Un lunes, una carrera, la misma quizá. Un desvelo que combatir con las armas que dejó el fin de año en el desierto: una flor, un poema, un abrazo de familia, unos pasos sin prisa, en esa otra ciudad tranquila que duerme debajo del tráfico para despertar una vez al año, cuando los fantasmas se espantan a si mismos, yéndose lejos para dejar espacio a los vivos.