Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 6 de enero de 2016

Un pulso a la naturaleza

Hoy mientras el agua goteaba por las rendijas de la puerta de la azotea, precipitándose como la manzana de Newton contra las cabezas pensantes que estábamos dentro del museo, no podía, en mi enfado y sufrida impotencia dejar de preguntarme una y otra vez: "¿por qué, por qué demonios estos arquitectos no observan un poco el paisaje, humano y natural, del lugar donde están trabajando y hacen algo acorde al clima?

Durante milenos, la arquitectura de los habitantes del Napo era una arquitectura pensada para la lluvia: grandes techos de paja a 4 aguas, para amortiguar el ruido del aguacero y dejar que el agua escurriese y se secase lentamente hacia los laterales de la casa, mientras sus moradores esperaban tranquilamente a que la tormenta escampase.
Es difícil darse cuenta de esto si nunca se han visitado las pocas comunas que quedan en la rivera con alguna casa tradicional de madera y techo de palma. Difícil apreciar a simple vista las virtudes de tan sencilla y tradicional construcción si nunca se ha dormido en ella, arrullado por la sensación de cálido frescor del agua cayendo suave sobre techo, observando cómo el agua resbala por las fibras vegetales, perfectamente dispuestas, impregnándolas pero sin penetrar al interior de la casa, mientras alguna tarántula se pasea o duerme apaciblemente entre las hojas de la techumbre. Cuando uno vuelve a la civilización, a esas casas con los sus perfectos y perennes tejados de cinc, bajo los cuales el estruendo del aguacero suena como el más terrible bombardeo que acalla discursos, clases, oraciones, haciendo imposible toda comunicación humana, se da cuenta de la tranquilidad y paz que transmitía la paciencia de aquellos habitantes que con amor disponía una a una las hojas de palma en el techo, y con el mismo amor las cambiaban según se iban pudriendo por el paso de las lluvias y los soles.

El estruendo del aguacero sobre el tejado de cinc, que tantas veces interrumpió mis clases en el colegio, se convertía hoy en azotea de cemento con unos sumideros que no eran capaces de tragar a tiempo el enorme volumen de agua que caía sobre nuestras cabezas esta mañana, convirtiendo la azotea en una improvisada laguna que intentaba desfogar por algún sitio, y, como siempre suele suceder, acabó consiguiéndolo.

¿Por qué, me pregunto yo ahora, por qué ese empeño siempre de echar un pulso a la naturaleza, de querer combatir al clima con sueños de ingeniería y arquitectura imposibles, con los mejores avances en productos y técnica? ¿Qué queremos demostrar? ¿Que somos mejores, más fuertes, más sabios? ¿Es eso necesario? ¿Acaso es verdad? Creo que es parte de nuestro sino de ser humanos: ese afán de superación que nos lleva a lograr lo imposible, a trazar puentes colgantes, edificios que desafía el firmamento, o cohetes que nos llevan a la luna. Logros que me admiran y me hacen sentirme orgulloso. Y sin embargo, también a veces creo que pecamos de soberbia y que nuestra sabia madre naturaleza nos da de vez en cuando un par de buenas bofetadas para recordarnos donde estamos.

Mi museo se alza en el paisaje como un nuevo vecino de la ribera que pone una nota nueva y a la vez familiar. Unas veces se me antoja un milenario templo egipcio, otras un barco varado en la orilla, las más de ellas, un sueño hecho realidad, un cofre maravilloso para preservar el pasado y las vidas de los primeros pobladores de estas selvas, una nueva "urna funeraria de protección" que nos muestra con orgullo su interior y se mimetiza con el paisaje. Un sueño que como todos los sueños, es también frágil y necesita que sigamos peleando por mantenerlo vivo y habitable. Supongo que las casas nunca se acaban, y no seremos ni los últimos ni los primeros en añadir un ladrillo o una mano de pintura aquí o allá, tapando ese pequeño resquicio que quería ensombrecer nuestro sueño, o adaptándolo a nuestro nuevo soñar, ese que muchas veces se va a ver sacudido por nuestra madre naturaleza, sabia compañera que nos ayuda a ver y tapar huecos.

Ya lo decía Frank Lloyd Wright: "Los médicos médicos tapan sus errores con tierra, los abogados con papeles, y los arquitectos aconsejan poner plantas".
Sigamos pues siendo arquitectos de nuestro vivir.