Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 23 de enero de 2016

Teorías en las nubes

Puede ser en un auditorio, o quizá en un café con olor a tabaco, o puede que sea en un improvisado piso, o en un banco de una plaza. Quizá en un aula de universidad acompañados del cañón del proyector y el baile de letras de un power point. Muchas veces es con un grueso libro en las rodillas, libro que todo el mundo se ha leído, no para buscar respuestas, pues no están en el libro, sino para ser lo suficientemente leídos como para poder opinar.

La discusión es siempre la misma: los grandes defectos del sistema actual, el análisis concienzudo de la crisis bajo el lente de tal o cual filosofía o teoría, la explicación técnica o científica de los procesos que mueven el sistema, que mueven a la gente dentro del sistema. Cuando la discusión acaba, todo el público asistente está de acuerdo en algo: hay que cambiar las cosas. Era algo en lo que ya estaban de acuerdo, era lo que les llevó a la charla, taller, conferencia, clase; a leer el libro y subrayarlo y escribir un comentario perfecto del texto. El reconocimiento de este acuerdo es si bien eufórico, también efímero, y cuando la conferencia acaba, todo el mundo regresa a sus casas contento de haber logrado algo ¿Haber logrado qué? ¿Ponerse de acuerdo en algo que ya sabían? ¿Ponerse de acuerdo y aceptar una situación -el sistema no funciona-, para volver a casa y reconfortados esperar la siguiente charla?

Hace ya tiempo que los grandes teóricos se separaron tanto de la realidad, que se olvidaron de la gente que vive esa realidad. Sí, piensan en ellos, analizan todos los datos, esgrimen teorías sociales, pero en ese análisis y teorización acaban convirtiendo a la gente que vive en un mero objeto, un componente más de la ecuación o teoría. Crean ecuaciones incompletas, en las que falta el sentir y pensar de ese hombre de a pié, que vive, sufre y ríe esa coyuntura o estructura que los teóricos analizan y estudian constantemente: faltan el punto de vista de esas personas de abajo, que parecen ser menospreciadas por los analistas por carecer de estudios o formación, por ser víctimas sin conciencia ni conocimiento de las atrocidades del sistema, y por lo tanto seres sin posibilidad de aportar con soluciones al problema. Soluciones, por supuesto que todos estos investigadores, de una tendencia u otra, tampoco aportan: su análisis se queda eso: investigación, análisis, y crítica. ¿Y el resultado de esos tres paso, cuál es? ¿Dónde están las propuestas? ¿Dónde las soluciones?

La solución pasa, en primer lugar, porque todos estos teóricos bajen de su podio en los auditorios y universidades, de sus casas seguras en las ciudades y se lancen al campo, a la calle, que vivan y caminen los mismos caminos que viven y caminan sus sujetos de estudio. Un lanzarse a la calle que además, debe pasar por una renuncia a su posición de comodidad y seguridad, un desvestirse de todas sus ataduras teóricas y filosóficas para dejare enseñar de nuevo. Mientras sigan estudiando el problema desde fuera, mientras sigan siendo pasajeros temporales por otras realidades, siempre sujetos al hilo que les devuelve a su realidad en un abrir y cerrar de ojos, no conseguirán esa pieza del puzzle que les falta en sus repensadas teorías.

Y algo similar les pasa a los seguidores de todos estos popes y gurús, a gran parte de esas personas comprometidas que se reúnen para analizar y criticar el mundo a partir de un texto, del resumen de una conferencia, de un reportaje, o de una noticia. Incluso cuando plateen -así sucede a veces- acciones de cambio, éstas se quedan sobre el papel, o en proyectos para que las apliquen otros sujetos, casi como cobayas de laboratorio, pero siempre sin aplicarlas a sí mismos.  ¿Qué cambio se espera entonces, si no hay espíritu transgresor? ¿Que se espera lograr como  futuro si no hay renuncia a parte del presente? Todo lo que logran es seguir siendo objetos, bienes que son vendidos y comprados en este sistema que estudian y al cual no son capaces de renunciar.

Se pueden esgrimir múltiples ejemplos: personas que plantean cambios en la movilidad en las ciudades pero se compran un auto, críticas al sistema financiero con la tarjeta de crédito en la mano, críticas al consumismo y al mercado neoliberal caminando por los pasillos de grandes centros comerciales consumiendo los bienes que en ellos se venden. Incluso los llamados actos de rebeldía contra el sistema acaban siendo un producto más de éste: el caso de la piratería informática es paradigmático, por ejemplo: piratear software para luchar contra multinacionales, logrando usar su producto sin pagar. Hasta ahora ninguna se ha unido económicamente por estas acciones, y los llamados piratas siguen atados al sistema, dependiendo de que esas grandes corporaciones elaboren un nuevo software para ellos. Cuando, como alternativa a sus acciones se plantean posturas totalmente contrarias a esta y alternativas al sistema como la del software libre, todos los guerreros anti-sistema dan el paso atrás. De nuevo, la renuncia a un modo de vida, la invitación a crear algo por si mismos y bajo otras normas, pesa tanto que no son capaces de desengancharse del sistema que critican, que creen combatir heroicamente, pero que corre por sus venas con toda libertad y apoyo.

Criticar al sistema, ser "de izquierdas" -con lo desgastado del término-, no quiere decir hacer una opción total por la pobreza, desembarazarse de todo lo que se tiene e irse a vivir al medio del campo o de la selva, sólo con lo puesto, y subsistir de lo que entregue la madre naturaleza. No, criticar el sistema, tener un punto de vista "de izquierdas", entendido como crítica a los conservadores, los que se benefician del sistema a costa de la gran mayoría de seres cosificados por éste, quiere decir estar abierto al cambio, a dejares enseñar, a ser capaces de despojarse de parte de lo que se es, y con este cambio construir sin miedo un nuevo vivir. Significa ser capaces a compartir, ese compartir-renuncia a parte de lo que se tiene y se es a cambio de nada-, que acaba siendo la única cuchilla capaz de cortar el cordón umbilical que nos mantiene atados al tan criticado pero tan dulce y adictivo sistema.