Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 27 de septiembre de 2016

Azul eléctrico amazonía

Achakaspi es un amigo mío al que no le gustan las chicas blue (porque blue es azules en inglés) que él es buen vividor, de esos que no necesita mucho más que unos buenos compadres, de esos cuya amistad se fermenta con chicha o con algo más fuerte, como los años que lleva surcando las aguas del río Napo, siempre contracorriente, porque sin contra no hay vida, y de vida y de luchar la vida él sabe más que nadie.

Y Achakaspi es un hombre esdrújulo. De estos para nada técnicos, más bien prácticos, también teórico pero sólo como filósofo. Y sobre todo es romántico. Y no tiene pereza en subirse al bote y ahora que ya no maneja, apoyarse en la killa y gritar "al abordaje" para asaltar el turno y ayudar a los migrantes; o simplemente escaparse y un puñao de horas después río arriba llegar a la ciudad, esa que sí se vuelve técnica y frígida hasta que llegan románticos como Achakaspi para sembrar historias, cuentos, dibujos, sueños en forma de cultura, de luchas, de amor verdadero por la vida y las ganas de vivir, siempre contracorriente, pues es la única manera de vivir. Ya lo hemos dicho antes, y no pararemos de repetirlo.

Estos días Achakaspi echó su ancla en la ciudad. Las aguas río abajo llamaban, pero también los amigos, jóvenes-viejos-y-románticos, que siguiendo su ejemplo quieren sembrar cultura para remar contracorriente y con la excusa de un libro de salvajes cuentos, se paseo por el museo.

Hacía un calor terrible. Un sol de justicia. Yo me refugiaba en la sala de exposiciones ultimando los últimos detalles que ya estaban ultimados cuando su lenta estampa llenó la puerta. Conversamos un rato, ni largo ni breve, y puestos al día sobre mundanales asuntos del museo, le invité a tomar algo. Mis amebas y las pastillas que no se si matan a las amebas o me matan a mi, me dan una sed terrible. "Claro, pero invito yo", contestó tomando la delantera y empezando a caminar sin rumbo. "¿Dónde podemos tomar un jugo? ¡Quiero un jugo!"

Buena pregunta. Es lunes, y los lunes el museo y el malecón están muertos, como en casi todos los museos del mundo. Los cuadros cierran los ojos después de mirar a tantos curiosos, las momias se dan media vuelta, los dinosaurios estiran sus entumecidos huesos y los Omaguas del Napo cierran las tapas de sus urnas y duermen en paz por un día. Y en la calle, todos, contagiados por los habitantes del museo, desaparecen y sólo reina un sol de justicia. Claro que, en esta vida, hay quien siempre lleva la contra, y tiene que abrir el lunes para sentirse vivo, y entre ellos está mi amigo el de los "coquitos" que de puesto callejero de jugos y cócteles, se tornó paciente carpintero capaz de levantar un simpático local de caña guadúa donde poder volver a ser de nuevo barman.

Como buenos vividores, acompañados además de mujeres, de esas de verdad que ponen la amistad por delante, nos unimos a la contra y nos sentamos en la "chocita del negro de los coquitos", donde la carta está poblada de rimbombantes nombres de cócteles como "medias de seda" o "me gustas tú" y un Dios les vendiga (sic) que, por la grafía y la posición en el papel plastificado no se sabe bien si es deseo de buena suerte o el nombre de otro coctel.

Nosotros no somos sibaritas. "Dos limonadas imperiales, por favor". Lo de imperiales, porque lo dice la carta. Podría decir jugo de limón, o limonada a secas, pero dice Limonadas Imperiales. No sentimos casi como reyes. Primero sirven el jugo a nuestras amigas, y dos ruidos de batidora después llegan nuestras dos Limonadas Imperiales, luciendo un radioactivo color azul verdoso y un simpático sombrerito hecho con cáscaras de limón y rodajas de naranja.

Está buena la Limonada Imperial. Y fresquita. Anima la conversación a pesar del sol que nos da por un costado. Media limonada después, la camarera, que es blanca como la nieve, asoma y nos dice: "Perdón, les retiro las copas. Mi marido se equivocó y les sirvió una copa en lugar de limonada". ¿Una copa? ¿Eso quiere decir que tiene alcohol? El dedo de la camarera señala la carta justo en un punto donde dice: Limonada Eléctrica (vodka, licor de...) Le devuelvo mi copa a la mitad y pienso en mis amebas en pleno viaje de metronidazol aderezado con limonada eléctrica mientras Achakaspi rechaza con una mano y sorbe aún más deprisa por el sorbete. "La mía está bien, pero me la cobrarás como limonada, ¿eh?"

Cuando ya estamos por irnos, aparece mi Limonada Imperial. La verdad, tiene menos imperio que la eléctrica. Ahora, mientras escribo estas líneas me arrepiento de haber cambiado de trago. Yo siempre tan juiciosito. Apuro mi limonada pues es casi la hora de la presentación de libro y de la inauguración de la exposición. Y me voy pensando en meter algo más en el estómago para que la electricidad no alborote mucho más a mi intestino y mis amebas. Por suerte estoy entre amigos, el día es perfecto, brilla un sol en un cielo sin nubes, los cuentos del libro no son salvajes pero están escritos con el corazón, y después de tres cuentos, una cena y dos amenas horas de programa de radio escuchando y compartiendo la vida, ya ni me acuerdo de mis amebas y mis miedos eléctricos.

Hoy a la mañana me levanto a las 5:30. No se porqué tan temprano. No me ha despertado ningún dolor. Me pongo en pié y me siento bien. ¡Que diablos, me siento genial! No me duele nada, tengo hambre, ganas de trabajar, de bailar. Mierda, que me siento como nuevo. Pego una carcajada sin miedo a despertar a las vecinas. "El negro, la albina y la limonada eléctrica" Y Achakaspi. Eterno. Haciendo que a su lado sucedan cosas inverosímiles, sanando a los sanos y volviendo locos a los cuerdos. Enseñando a vivir la vida sin miedo, pase lo que pase, siempre contracorriente, siempre probando, siempre soñado, siempre remando hacia el sol sin miedo a quemarse, dispuesto a quemarse si hace falta.
Achakaspi. Un hombre, y un día el de ayer, esdrújulo en todos los sentidos.