Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 18 de septiembre de 2016

Coca

Coca, sí, Coca. Esa ciudad amazónica a orillas del río Napo a la que, llegada a la edad adulta sus gobernantes decidieron re-bautizar con el rimbombante nombre de Puerto Francisco de Orellana en honor a ese "conquistador" español que en 1541 fue arrastrado por la corriente del río aguas abajo hasta "descubrir" el amazonas.

Coca. Esa ciudad que nadie nombra por su nombre oficial, pero cuyo ilustre descubridor, inmortalizado en estatua de bronce a orillas del río, es el personaje más fotogénico de la ciudad, cuando no ilustra despachos de alta alcurnia mostrando su lado bueno (ese en el que le falta un ojo) en terribles óleos románticos con idílicos paisajes selváticos de fondo.

Coca, ciudad de almas de paso, que siguen buscando el dorado, unas veces en forma de petróleo, otras de monótono turismo verde, otras en forma de caducos planes para hacer de la exuberante selva el paradigma de la producción agrícola. Coca, ciudad donde el dorado se acaba convirtiendo en gente vagando por las calles en busca de esa quimera que abrazaron unos minutos y que despareció sin dejar más rastro que el espejismo del sol reflejado en el río o en el asfalto cuando se pasó la borrachera. Donde los ladrones roban al vuelo celulares último modelo a estudiantes ingenuos y se lanzan al río, con celular robado y demás botín tecnológico encima, para escapar de la policía. Doscientos metros río abajo, si el aparentemente manso Napo no se los traga, son rescatados exhaustos por la marina, con el celular robado convertido en elegante pisapapeles de color rosa.

Ladrones ingenuos buscando dinero fácil, colándose por puertas abiertas de par en par, borrachos bajo los restos del puente viejo, ese que ya no existe en pos de la revolución y cuyas ruinas acaban convertidas en nido de drogadictos, borrachos y prostitutas, todos ellos mendigándose los unos a los otros mientras la gente de bien pasa en taxis por la esquina de la perdición y observa el patético espectáculo nocturno. Hoteles vacíos, putas en paro, comedores con hambre. Y un grupo de gente pintoresca, vecinos de esos que no están dispuestos a irse y que rebuscan entre los adoquines la nueva versión del dorado, que espantan el calor soñando despiertos a la orilla del río y esperan a que lluevan mejores tiempos.

Un centro cultural de lujo a orillas del río, una pista de aviación por la que hasta el boom petrolero se podía pasear los domingos, un elegante malecón sazonado de estridentes letreros sacados del floridos diseños de imprentas locales que mezclan autos, chicas voluptuosas y fauna amazónica todo-en-una-misma-composición. Vendedoras de periódico tan lentas y sosas que todavía están haciendo llegar última edición del año pasado, fiestas en las que "con la compra de 3 cervezas, te regalan la entrada gratis" a un local que debería llamarse "El Chumódromo". Mudos que hablan, acróbatas paralíticos saltando por los buses con una bala en la cabeza para ganarse la vida como el ex-leproso de La Vida de Brian, policías que prestan el coche patrulla con luces de colores encendidas para que en el karaoke puedan seguir la fiesta cuando se va la luz... Coca. Ciudad de huidos, de despechados, de personas queriendo olvidar, cambiar de vida, de soñadores buscando tierras fértiles, de inconformistas irredentos buscando su sitio en la sociedad. Sueños verdes para olvidar otros sueños o para olvidar dolores. Todo eso y mucho más es Coca.

Una ciudad pequeña donde todo el mundo, hasta los autóctonos, son de alguna otra parte. Donde la mitad de la población está de paso a algún otro sitio: turistas embarcándose en lujosos tours en hoteles de cinco estrellas y media en medio de la selva, mochileros lanzado los dados río abajo o río arriba, obreros flotantes que suben y bajan de los buses y aviones merced de la subida o bajada del precio del crudo, personas que la mitad de las veces pasan por Coca sin siquiera pisarla.

Y entre ellas, gentes también que intentan hacer de Coca otra ciudad: Coca, ese pueblo que no quiere perder su nombre, que no quiere depender del crudo y que no está dispuesto a ver cómo la mitad de su población vive con un pie en las recién adoquinadas calles de la ciudad, y el otro en alguna otra ciudad o pueblo de Ecuador, gentes que limpian la ciudad, que se esmeran por cambiarle la cara, por hacer de ella un lugar agradable donde quizá alguna otra gente, tarde o temprano decida echar raíces y quedarse un tiempo largo: dos noches de hotel para un turista, una ciudad donde vivir unos años, o quizá hacerse viejo.

Coca. Ciudad para un escritor en ciernes. Para un periodista cansado de crónicas de sucesos y con ganas de mirar la originalidad y astracanería oculta en los ojos de gentes tostadas por el sol de Eldorado, enamoradas en un idilio eterno de 15 años que les cansa y les duele a veces, pero al que siempre regresan porque les reconforta y les da vida: sueños, conquistas, soles.

Nadie sabe a dónde va Coca. Nadie sabe cuánto tiempo estaremos atrapados en su hechizo los que paseamos por sus calles, enamorados quizá, extrañados por su geografía humana pero intrigados por la misma. Buscadores de tesoros de oro, canela y petróleo, de nuevas vidas, o de un lugar perdido donde perderse y quizá volver a encontrarse. Al final del día, las aguas del Napo siguen fluyendo incansables hacia su encuentro con el amazonas, las killas regresan a la orilla con el fruto del día y por las calles salen a pasear algunos vecinos que sienten que con su caminar van haciendo poco a poco ciudad. ¿Miran ellos al río preguntándose a dónde van, o es el río quien les observa y se pregunta quién quedará, quién vendrá después de las lluvias, de los años, de los ciclos, de las vidas?