Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 31 de julio de 2016

Mi abuela vivía con el sol

Una suave respiración, el ronroneo de un gato dormido profundo, zumbido de un aparato de mecánica precisión. Ese era el único sonido que perturba la casa cuando empezaba a clarear aquella mañana de julio. El sol, madrugador hasta en domingo comenzó su viaje por el cielo y lentamente sus rayos de luz se colaron por las rendijas de las persianas, atravesando los visillos, devolviendo color y vida a los objetos que yacían muertos en la oscuridad del cuarto.

Un clic de reloj y un viejo rechinar y crujir de viejos huesos y engranajes, de tablas carcomidas y resecas, unos pasos suaves, tres tirones lentos y precisos para espantar el polvo de noche de las persianas. El sonido de dos hojas metálicas al abrirse, y el aire puro de la mañana desenredando las sábanas, oxigenando los pulmones de la casa, devolviéndole todos su ruidos y sabores.

El aire fresco de la mañana nos revolvió el pelo y nos despertó, haciéndonos esconder, encogidos bajo las finas sábanas de verano, asomando tímidamente la nariz primero, luego un ojo, cuando oíamos cerrarse suavemente la puerta de la casa. Con sonrisas de buenos pícaros corrimos de un salto hasta la ventana, donde observamos como avanzaba ella, lentamente pero ligera, alejándose por la acera mientras el sol de la mañana calentaba nuestras mejillas y anuncia el domingo y el verano.

Con miradas cómplices, volvimos a nuestra madriguera de sábanas frescas y suaves, contando los minutos, escuchando atentamente cada uno de los ruidos de la mañana, en la calle y en el corazón de la casa que despertaba: los primero pájaros, el tic-tac incansable de reloj de pared, el ronroneo de la siempre durmiente, siempre invernal refrigeradora. Escuchando. Sin hablar, sintiendo la respiración suave y acompasada de nuestros pulmones, expectantes, atrapando el aire de la mañana, esperando esa señal, haciendo los planes de piratas y exploradores que habrían de recorrer el mundo del verano atrapando todo lo que de éste más pudiesen para enterrarlo cuando llegase el invierno.

Primero fueron las delatoras bisagras de la puerta, luego el golpear de las puertas de la alacena, el sonido de tazas y platos y cucharas después. Bastó con eso para hacernos cerrar el cuaderno de aventuras y aguardar en la puerta de nuestra madriguera hasta que un familiar olor a pan caliente y chocolate inundó la casa. Bajamos entonces empujándonos por las escaleras, resbalando, jalándonos del pijama, para ganar ese primer puesto en la puerta de la cocina, donde nuestras sonrisas mudas de algún modo nos delataron ante la abuela, que nos miró de reojo mientras continuaba preparando el desayuno y sirviendo la mesa.

Ese era el ritual de todas las mañanas del verano: viento fresco, sol, pan caliente, leche y los domingos salpicados con chocolate. El desayuno era una lenta batalla por ser campeones en ver primeros el chocolate que hervía en nuestras gargantas, por ganarse el último pedazo de pan tostado antes de que con un ademán de rodillo nos mandara de vuelta al piso de arriba, a sacarnos el pijama y las telarañas de la noche con agua fresca, y con dientes frescos y blancos y ropas que aún olían a prado, prepararnos a para salir al sol de la mañana y al mundo, recogiendo el campamento de sábanas al que volveríamos, cansados en la noche.

Puntuales, vestidos, y sonrientes esperábamos en la puerta de la casa las órdenes precisas de día. Si era lunes, había que correr calle abajo hasta la puerta de la lechera, los miércoles y sábados esperaba la escalada y carrera de obstáculos subiendo la cuesta del mercado, repleta siempre de gente, de puestos bulliciosos donde los niños revoltosos esperaban entre faldas mientras las abuelas negociaban y llenaban el carrito poco a poco con pesadas bolsas de agrias naranjas, nectarinas, melocotones, alguna sandía o melón tan pesado que los jóvenes brazos que a duras penas llegaban al fondo del carro, no podía cargar. De regreso a casa, la parada obligatoria en la panadería donde la risueña panadera nos regalaba dos palitos de pan de sal, como dos varitas mágicas con las que desafiar al nuevo día. "Puntuales como un reloj", decía siempre la panadera mientras envolvía la barra de pan bregado y nos regalaba nuestras mágicas varitas de harina de trigo y observaba como salíamos disparados ganándole a la abuela la carrera hasta la esquina de paso de cebra.

El verano pasaba rápido. Más rápido que los aviones que hacían esas enigmáticas líneas blancas en el despejado cielo azul, demasiado rápido para unos niños a los que el resto del año se les hacía eterno, entre libros y pizarrones y cuadernos de doble raya. La vida no iba muy lejos, no más allá de la calle vacía de coches, del patio trasero, del trastero lleno de mil y un tesoros procedentes de lugares mágicos, traídos por personajes estrafalarios que habitaban ahora simpáticas fotos en blanco y negro; nunca más allá quizá de un paseo al parque, donde otros niños corrían y jugaban en el foso de arena, en los columpios, en el intrincado castillo de hierro buscando la manera de llegar a lo más alto y ser por un breve segundo el rey del parque. De vuelta a casa, nos sentábamos a leer un libro, o mirábamos la televisión mientras la abuela hacía ganchillo y esperaba a que bajase el sol, lento, tiñendo de amarillo la sala de estar y avisando a la abuela que era hora de levantar los viejos huesos y hacer la cena. A esa hora, solía sonar el teléfono, al que corríamos para ganar la última competición del día.
- ¿Qué han hecho hoy? - La voz de alguno de nuestros padres nos hacía repasar las hojas de nuestro diario y resumir nuestra aventura diaria, para poner un punto y a parte diciendo después: - ¡Qué bien!, Bueno ponedme a la abuela un momento.
- Está haciendo la cena
- ¿Pero cómo? ¿Aún no habéis cenado? ¡Si ya son casi las 9:30!
- ¡¡¡Abuelaaaa!!!

La abuela aparecía en el recibidor con el mandil puesto y el rodillo sobre un brazo, diciendo uno de sus "¡no chilléis asís!" y comenzaba la divertida conversación entrecortada de todos los días: "Sí, hija sí.. aún es de día..., si lo se. Claro que se cepillan los dientes... ¿y por qué iba a malcriarles? ¿Acaso os malcrié a vosotros? Bueno, bueno.... El domingo vendréis, ¿todos? Ah, ya. Bueno entonces hasta el domingo".
- A veces tengo la sensación que vuestros padres piensan que me vuelvo tonta con los años. -nos decía. - ¡Yo que he limpiado más culos y sonado más narices que todos ellos juntos!. Bueno, a cenar.

Cuando acabábamos de cenar ya era de noche. Recogida la cocina, la abuela nos envía a la cama, donde nosotros escribíamos en algún cuaderno nuestro particular diario de verano en el que pegábamos los tesoros encontrados durante el día: un recorte, un cromo, una pegatina desprendida de alguna fruta, un hiera o una flor simpática, un ritual de copistas y amanuenses en silencio, haciéndonos los dormidos, justo para saltar de la cama y apagar la luz cuando de pronto escuchábamos a la abuela roncar frente al televisor y con una tos seca despertarse y apagar el aparato y comenzar a subir las escaleras camino del cuarto, cada paso un segundo en la cuenta atrás para apagar la luz y escondernos entre las sábanas como buenos angelitos esperando a que la puerta de la habitación se entreabriese y la luz del pasillo iluminase nuestras caras y la abuela pudiese contar contar sus nietos y desearles otro buenas noches.

- 27, 28, 29... ¡Ya casi pasa un mes! - Un viento fresco nos revolvió el cabello recordándonos que septiembre estaba a la vuelta de la esquina. En el cuaderno ajado del verano, los días habían ido corriendo corriendo repletos de recuerdos dorados y anécdotas que guardaban el calor y brillaban para calentarnos las manos al fuego de la hoguera del otoño que ya se acercaba para que mar las hojas de los árboles, soplar con fuerza, hacer mágicos remolinos en el parque y desvestir a los árboles para vestirlos de nuevo con las primeras nieves del invierno.
- ¡A cenar!
 La voz de la abuela nos sacó de nuestras cuentas de banqueros coleccionistas de cromos, botones, polillas, tapas de botella y lagartijas disecadas.
 - Sólo son las 8:40.
- ¿Y?
- Fíjate: ayer cenamos a las 8:43 - En el cuaderno anotadas con precisión de reloj digital sumergible estaban las horas de todas las cenas del verano - Y antes de ayer a las 8:48, y el día de antes de ayer a las 8:52, y si pasamos las páginas, observa, hace una semana y media: 9:20. Cada día cenamos más temprano.
- No me había dado cuenta... Siempre tengo el mismo hambre - dije con una sonrisa
- ¿Qué estáis haciendo? ¡Vamos, bajad ya! ¡Lavaos las manos y a cenar! -  La voz de la abuela replicó escaleras abajo como la campana de un elegante comedor.
- Y eso no es lo único. Mira esto también: cada día, la abuela se levanta más tarde. Tú y yo bajamos siempre a la misma hora a desayunar, pero la abuela cada día levanta la persiana de su cuarto más tarde.
- ¿La edad?
- Quizá. No estoy seguro...

Nos quedamos pensativos unos segundo más, mirando el cuaderno con aquellos minutos y segundos que de ser fría estadística habían pasado a convertirse en misterio en una fresca noche a finales de agosto.
- ¡Se está enfriando la cena! - Cinco palabras suficientes para sacarnos de nuestra ensoñación y hacerlos bolar escaleras abajo, resbalando por el pasamanos.

La cena transcurrió en silencio. Mi hermano cenaba más despacio de lo habitual. Yo le miraba con curiosidad mientras el resolvía extrañas ecuaciones en la sopa.
- Hoy os ha comido la lengua el gato, - dijo la abuela. - Debe ser el fresco de la noche. ¿Ya se os acaba el verano, eh?, - continuó diciendo mientras se levantaba y cerraba la ventana de la cocina. - La próxima semana, las clases, los estudios. Todo llega a su tiempo. Tenéis que ser pacientes, claro que a vuestra edad, la paciencia aún no existe. Ala, ¡acabad de cenar que hoy os dejo ver un rato ver una película hasta tarde! Pero chitón, ¿eh?

Apuramos la cena y corrimos al salón donde buscamos entre los VHS alguna de esas comedias mudas que tanto gustaban a la abuela y preparamos la sesión mientras ella acaba de fregar los platos. Un cuarto de hora después Harold Lloyd trepaba por enésima vez por la facha de aquel edificio y se colgaba del reloj mientras su amigo escapaba de los policías, y al otro lado de la pantalla la abuela reía y gritaba emocionada como lo debió hacer en algún cine de pueblo hacía más de medio siglo, y nosotros reíamos con ella y cuando la chica besó a Harold en la azotea alquitranada de aquel edificio la pantalla se cerró con un The End, la abuela nos regaló un beso de buenas noches y corrimos escaleras arriba, trepando por el pasamanos, haciendo piruetas como Harold, subiendo los últimos peldaños que un verano que llegaba a su fin.

Intentamos disfruta el último fin de semana a tope, apurando cada segundo que nos regalaba el día, pero siempre faltaba algo, o mejor dicho había algo en el aire, en nuestras mentes  que no nos dejaba tranquilos. Soplaba frío, como ese viento de los últimos días de agosto que de pronto se sentía más frío que otros años pasados.
El domingo llegaron nuestros padres a recogernos. El almuerzo con la mesa repleta de padres y madres, y tíos y tías y primos y ruido de cucharas y de conversaciones amenas, y el rejo de pared, dando las tres como si estuviese nervioso, con ganas de que nos fuéramos de una vez a casa y se acabase el bullicio y llegase de nuevo la paz al pequeño salón.

La abuela nos despidió en la puerta con un suave beso en la mejilla. Subimos al coche y la fuimos perdiendo de vista, despidiéndonos desde la escalera de la entrada, arremangada, con el mandil siempre puesto, en silencio, cada vez más pequeña, hasta el auto llegó al final de la calle y la abuela se perdió entre los árboles y las casas y el verano se convirtió en un rojo sol al atardecer que manda sus últimas ráfagas de calor y se escondía en unas tenues ascuas que brillarían sin fuerza todo el invierno. No hubo muchos comentarios en aquel viaje a casa. Mi hermano, silencioso miraban por la ventana del coche pero su mirada estaba perdida en algún otro sitio.
- No os pongáis así - dijo mamá - El verano siempre se acaba, pero vuelve a empezar al año siguiente. Por eso es mágico el verano: por que dura lo justo y necesario. Y por la abuela, no estéis tristes, vaya. La veréis en Navidades, o por Todos los Santos, seguro.

Por una vez sus palabras no nos consolaban ni animaban y continuamos en silencio viendo como el sol del verano se iba apagando tras las montañas y como un viento frío empezaba a soplar, bufando con rabia afuera del auto.

Fue tres días antes de Todos los Santos cuando sonó la llamada. Mamá entro en cuarto tranquila pero con una mirada triste y cariñosa a la vez. Se había secado las lágrimas de los ojos. Nosotros dejamos los juguetes y la miramos mientras se sentaba en el suelo y nos acariciaba el cabello.
- Este año vamos a ir a ver a la abuela un poco antes - Nos dijo con voz serena - Vamos, cambiaos de ropa y coged la trenca.
- ¿Ahora? ¿Vamos ahora? - pregunté nervioso.
No recibí respuesta. Mamá me besó y me levanto del suelo y empezó a sacar la ropa del armario. Mi hermano comenzó también a cambiarse de ropa en silencio.

Media hora después conducíamos a casa de la abuela, aquella tarde sábado de octubre. Mamá volvía a vernos una y otra vez desde el asiento del copiloto, como queriendo decirnos algo pero sin encontrar las palabras adecuadas.
- Tenemos que decirles... - Murmuraba.
- Tranquila - Papá le acarició con una mano- Ya no son tan niños. Cuando lleguemos entenderán.
Mi hermano guardaba silencio, nervioso, y yo le miraba aún más nervios queriendo entender ese silencio. Nunca un viaje a casa de la abuela fue tan largo.

La casa de la abuela estaba en penumbras. Por alguna razón no habían levantado del todo las persianas. En la entrada estaban algunos tíos o parientes, algunas vecinas, y un señor con maletín al que papá saludó con un "buenas tardes doctor".
- ¿Está arriba? - le preguntó.
- Sí, en su cama. Sucedió de noche, así tranquilamente.
Mamá nos tomo de la mano y subimos juntos, lentamente las escaleras hasta el piso de arriba. por el camino, en la penumbra de la escalera nos íbamos fiando en los cuadros, en las flores secas, en los detalles que poblaban las paredes de la casa, como testigos de un tiempo pasado que ya sólo quedaba en el recuerdo.
En el cuarto de la abuela se podía sentir el silencio. La persiana estaba también a medio levantar y la abuela yacía dormida, en silencio, total y completamente en silencio. No había ningún zumbido interno, ninguna respiración pausada. Nos quedamos unos instantes en el umbral de la puerta. Apretándonos fuerte de la mano, mamá nos hizo caminar hasta el pie de la cama de la abuela donde ella dormía profundamente con un rostro de paz.
- Veréis, llega un momento en que las personas mayores, se van un día a dormir y ya nunca vuelven a despertar..
- ¡No, no es verdad, no lo es! ¡Es este maldito sol de octubre, ese sol que no caliente, que no...!
Mi hermano se soltó violentamente del brazo me mi madre y corrió hasta la ventana y alzó de golpe la persiana para observar la tarde gris de Octubre donde el sol ya no tenía fuerza para espantar las nubes e iluminarnos con su rayos. Rompió a llorar mientras mamá le abraza con fuerza y le besaba el cabello.
- No es verdad, no lo es,.. - Lloraba mi hermano.

Secándonos las lágrimas y sorbiendo por la nariz salimos a la calle, abrochándonos nuestros anoraks hasta el cuello, queriendo escapar del frío de aquella tarde. Los adultos conversaban entre ellos, parecían ya olvidarse de nosotros. Un señor con gorra a cuadros y bufanda a cuadros y gabardina de color de hojas secas de otoño se acercó sonriendo.
- Tienes razón muchacho. Sobre lo del sol. Sí, tienes razón.
Le miramos intrigados. No estábamos seguros de haberle visto antes... Quizá sí, quizá en la casa de la esquina, esa que siempre tenía un montón de flores en la entrada del garaje y un señor con camisa de flores y pelo cano... Nuestra mirada se fue hacia la casa de la esquina y él sonrió.
- Hace fresco ahora para ponerme esas camisas hawaianas, pero en junio, en cuanto sea 21, San Juan arderá y yo me pondré mi camisa de verano. Me gusta sentir el sol en mis viejos huesos. Veréis - continuó el viejo- El sol nos da la vida, nos da energía, nos devuelve el color. El sol es la fotosíntesis, es la energía eterna que mantiene el mundo en movimiento. Nuestras células de la piel absorben sol y comienza el milagro de la vida. Pero con el paso de los años nuestra piel ese va estropeando, porque todo en esta vida se estropea, y cada vez necesita más sol y un sol cada vez más fuerte y durante más tiempo, y claro, el sol es siempre el mismo, por lo menos aquí.
Le miramos aún más intrigados. El río al ver nuestros rostros.
- Veréis -continuó hablando- Yo hace muchos años trabajé un tiempo en un lugar donde medio año el sol no se ponía y el otro medio sólo había noche. Allí trabajé para un hombre anciano, quien como recompensa me dio dos boletos... Dos boletos para viajar al sol. Sí, para viajar al sol, habéis escuchado bien. Uno para mí, y otro para mi mujer. Pero ella se me adelantó, se la llevó el cáncer, la enfermedad, de la que no tiene culpa el sol, y ahora me sobra un boleto.
Nuestros ojos se hacían cada vez más grandes mientras hablaba
- Os he visto estos veranos, felices, disfrutando de cada instante con vuestra abuela, y a ella con vosotros. Como todos los nietos, pero quizá más. Y puedo leer en vuestras mentes el misterio que no os atrevéis a proclamar a voces ante esos incrédulos adultos. Puedo leerle todos los cálculos, todas las hora anotadas en vuestro cuaderno. Hay poca gente, muy poca, tan observadora como vosotros. Y puesto que ya sabéis el misterio, he decidido regalaros mi otro boleto. Así, vosotros disfrutaréis y yo disfrutaré con alguien cuando llegue mi invierno. Sólo os pido una promesa: que cuando yo me apague como vuestra abuela, vendréis a mi casa, regaréis todas las plantas, me despediréis de todas las flores, y a mí, me llevaréis, con mi maceta de girasoles, esa que es como la del cuadro de Van Gogh, allá hasta donde esta siempre el sol. ¿Lo prometéis?
- Sí... - dijimos tímidamente.
- No os escucho bien.
- ¡Sí! Pero... ¿pero a donde...?
El hombre río y nos enmarañó el cabello.
- No vamos a responderlo todo ahora, muchachos. Yo hace años hacía maniquíes. Unos maniquíes muy especiales que llamaban autómatas, tan reales que parecían personas de verdad. Aún me queda alguno en el sótano. Claro que ya no caminan ni hablan, se les ha roto algún engranaje en su interior y ya no encuentro piezas para repararlos, pero servirán para este caso. Vuestra abuela me dio hace años una llave para que le regara las flores cuando ella iba a estar afuera varios días. Esta noche, cuando todos se vayan, y antes de que llegue el hombre del traje negro y la cinta métrica, dejaré a uno de mis amigos inertes en la cama de vuestra abuela y ella esperará en mi casa hasta que tengáis el viaje preparado ¿de acuerdo?
Con una sonrisa sacó del bolsillo de su gabardina dos boletos dorados como el sol y metió uno en el bolsillo del anorak de mi hermano y alzando el otro ante nuestra vista, dijo:
- Este otro es para mí, no olvidéis vuestra promesa. - Y con una sonrisa, se ajustó la bufanda, se caló la gorra y caminó hacía los otros adultos que seguían en la puerta de la casa de la abuela hablando de cosas de adultos.

No nos atrevimos a sacar el boleto hasta llegar a casa, hasta que se hubo hecho de noche ya en la intimidad y seguridad de nuestro cuarto pudiésemos leerlo y tocarlo sin miedo que ningún incrédulo en los misterios de la vida pudiese romper el misterio. Cuando mamá cerró la puerta de nuestro cuarto deseándonos buenas noches, esperamos cinco minutos. Mi hermano encendió entonces la luz de la mesita de noche y corrió al armario. Del bolsillo de anorak sacó el dorado boleto y volvió a la cama donde yo le esperaba ansioso. Bajo la luz amarilla de la lámpara de noche el boleto brillaba aún con más magia. En letras negras y brillantes, escritas con mucho cuidado se leía:
"Gustafsson & Co.
Círculo Polar Ártico
6 meses de sol, 6 meses de sueño
Válido para una sola persona que haya cumplido los 90"
"Instrucciones al dorso."
 Extrañados, mi hermano corrió hasta la estantería y cogió el tomo C de la enciclopedia y empezó a pasar páginas nerviosamente.
- "Circulo Polar Ártico" - comenzó a leer- Región de la tierra que rodea el polo norte, donde hay 6 meses de sol al año y 6 meses de sombra. El Círculo Polar Ártico..."
- ¡Seis meses de sol! - exclame sorprendido
- ¡Seis meses de verano, 6 meses de calor! - grito mi hermano. - ¡Seis meses de abuela, y 6 meses descansando para recargar las baterías y vivir otros 6 meses de verano, del verano iluminado por el sol más largo, más puro, más fuerte y brillante y cálido del planeta"
- ¡¡Seis meses!!.

En el reverso del boleto se explicaba que había que envolver el cuerpo de la abuela en papel de seda amarillo, y meterlo en un embalaje de madera de abeto, y pegar en la caja el brillante boleto del verano eterno y enviarlo por correo. Eso era todo. Había la dirección de una casa en algún lugar del norte, que tenía un nombre parecido al de esas residencias de ancianos, aunque este nombre brillaba con sol propio diciendo que no había sido escrito ni inventado por ningún doctor o enfermera o empresario de geriátrico sin por algún abuelo o abuela sonriente que quería seguir recibiendo la visita de sus nietos verano tras verano.

Nos levantamos de un salto y juntos rompimos la hucha-cerdito y contamos las monedas.
- Sobra para ir y venir a casa de la abuela. ¡Mañana mismo vamos a ver al vecino de las flores! ¡Y a partir de ahora ahorraremos cada centavo de nuestras propinas! ¡Te veremos en el verano, abuela!
- ¡Seis meses de verano!
- ¡Seis meses, cada año y todos los años!

Un sol cálido y amable se colaba a través de los abetos, a orillas de un lago de aguas de un color azul intento cerca del océano ártico. Un anciano de rostro rosado y barba blanca, tocado por un sobrero de paja amarilla como el sol se levantó de su hamaca y camino tranquilo hacia una de las casas de madera que poblaban la orilla, por el camino, olió el perfume de las flores y acarició las de un simpático pajarillo que se había acercado a saludarle en aquella temprana mañana. De otra de las casas llegaba el olor de pan recién tostado y el sonido de las risas de unos niños.
La casa en la que entró olía a nuevo. A madera recién cortada, a casa sin estrenar. Mientras entraba cerrando con cuidado la puerta de entrada, escucho el claxon  del camión de correos despidiéndose. En medio del dormitorio más amplio de la casa había una cama, de madera y almohadones mullidos y manta de colores tejida a mano, y a un lado de la cama, una caja de abeto, amarilla como el sol, y con un boleto amarillo también pegado en un costado. El techo del cuarto era un enorme tragaluz a través del cual los rayos del sol iluminaban cálidamente la estancia. El anciano se agachó y con cuidado retiro la tapa de la caja. Miró el rostro tranquilo de la abuela, se sentó en la cama y esperó tranquilamente. Primero fue una suave respiración, el ronroneo de un gato dormido profundo, zumbido de un aparato de mecánica precisión, luego un clic de reloj y un viejo rechinar y crujir de viejos huesos y engranajes, de tablas carcomidas y resecas, que se estiraba, que probaban de nuevo su elasticidad y después un suspiro, y unos labios suaves y unos ojos llenos de nuevo de ese color que regala el sol y el verano.