Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 8 de julio de 2016

Con el corazón siemrpe en casa

Viernes, viernes loco en Quito. Con su tráfico, sus prisas, y el tiempo que se agota. Un café, un taxi, un llegar a casa tarde para la cena, otra vez, y al llegar: la mesa llena, el plato esperando y la cena tapada para que no se enfríe. Unas palabras. "¿ya comiste? Tómate un poco de torta y una agüita por lo menos".

Me siento y comparto un poco de torta helada y un vaso de cola, y la conversación de que habla del día, de las prisas, los trajines, de la vida. Y mientras saboreo el helado y converso no puedo sino sonreír por dentro: en mi mente se dibujan las imágenes de la casa de mi abuela, un fin de semana cualquiera, con colchones por el suelo, filas interminables en el baño, y la mesa, sí la mesa repleta, todos apretujados, alguno comiendo sentado en las escaleras y riendo. Puedo recordar aquellos colchones saliendo del desván todos los veranos para esconderse durante un mes o dos debajo de la cama de mis primos y salir como la luna todas las noches para poblar el suelo de la habitación. Cierro los ojos y veo a mi abuela despedir a unos en la puerta y recibir a propios y extraños en aquella curiosa "pensión de doña Ciri", los cierro y vuelvo a sentir el sabor de las magdalenas de la tía Luisa, la cena y aquella cama pequeña en la que dormí después del concierto de Chris Hillman en La Coruña, aquel piso de unos amigos en Lisboa, escuchando discos de los Beatles y Paul Simon y grabándolos emocionado. Recuerdo aquellos tres días y las noches con un calor deshidratante en un minúsculo apartamento en Zaragoza, o la voz de mi tía frunciendo el ceño porque "no está bien eso de dormir en el piso" mientras pide un colchón prestado a algún vecino...

Mi espalda apenas conoce hoteles. Siento aún el fresco de las madrugadas en Quito, llegando justo a la hora de la oración, tocando el timbre equivocado y la voz de Jesús diciendo "ya me parecía a mi que si tocaban el timbre de la cripta a estas horas tenías que ser tú". Santa Tere era un congelador en Quito pero uno no sentía frío. Recuerdo al P. Marcelo obligándome a desayunar, yo peleando por irme para no perder el bus, y al final su estampa en la puerta dándome cinco dólares para coger un taxi y llegar a tiempo, a mí, ya con el estómago lleno. Yo de visita en Quito, siempre al apuro, comiendo en una casa, durmiendo en otra, llamando para saludar en la tercera, casi tantas casas como días tiene la semana, todas esperando, todas abiertas, y yo repartiéndome a gusto.

Llegar de madrugada sigiloso para no despertar ni al guardia, o levantarse de madrugada para recibir a a alguien. Preparar la mesa del desayuno, cuidar la casa... Recuerdo las carreras nocturnas de José Luis por aquel camino lleno de baches para ir a recoger o dejar a alguien en la ciudad, el pan y el embutido que aparecía siempre, como por arte de magia en cima de la mesa cuando llegaban visitas.

El polvo del camino, propios y extraños en la mesa, los taxistas improvisados, las cenas y almuerzos aumentados o estirados, la fruta para el camino... "Váyase a un hotel, coma en un buen restaurante, aproveche y justifique los viáticos". No hay viáticos que avancen a cubrir todas esas camas, esas gentes, esas cenas. No los hay. Una y mil veces más los seguiré cambiado por la casa de un amigo, por una cena casera, por una conversación y un abrazo. Mañana, bajaré de ese avión y echaré a caminar sin apuro para toparme esperando en la vereda con alguien esperando para llevarme a casa. Y compartiremos el almuerzo, y puede que a la noche no esté a cenar, puede que me echen a la calle con un familiar "vete a tomar unas cervezas" y de madrugada llegaré, para despertar al guardia y encontrar pan caliente al desayuno.

Una familia que crece. Una familia que siempre tiene porque siempre da. Y yo doy las gracias. Por recibirme siempre con las puertas abiertas y enseñarme a vivir con ellas abiertas también. Gracias.