Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 22 de diciembre de 2013

Valores y senderos en la vida

Desde niño nos formamos de acuerdo a una serie de valores éticos y morales, de actitudes y aptitudes que vamos absorbiendo poco a poco de la familia y la sociedad, y de la escuela. Sobre todo de la escuela. Ya se que en educación está más que demostrado que los actores del proceso de educación no se reducen a la escuela, sino que involucran a todos aquellos actores que componen el contexto sociocultural que rodea al educando, pero creo que de todos ellos, la escuela ejerce un papel primordial como tamizador, como selector, como coordinador. En todas las organizaciones tiene que haber un director de orquesta, y en ésta tan importante que es la de la educación de los jóvenes y niños que mañana serán adultos, el director de orquesta es la escuela.

La escuela es la encargada de elegir, dirigir, potenciar, rescatar incluso si fuese necesario los valores y aptitudes de los jóvenes, decantándose muchas veces por unos valores que no son los dominantes en el momento y contexto histórico-social que se vive. Es la escuela la que poco a poco abre las mentes de los jóvenes y les muestra otra sociedad, una que existió, una que existe quizá en otros lugares, otra que podría existir, y lo hace tanto con el afán de llevar a cabo un proyecto social que es ése en el que esa comunidad educativa cree,  o en el que la sociedad en su conjunto cree; y también con el afán de enseñar a los jóvenes a pensar, a soñar, y a edificar en el futuro un proyecto social que quizá la sociedad actual no alcanza a ver hoy día.

Qué postura, qué valores, qué aptitudes potenciar en los jóvenes, depende de los deseos de cada comunidad educativa, dirigida y coordinada desde la escuela. Cada una, en su proyecto educativo, definirá sus líneas de acción, de crecimiento; su caminar. Si tenemos esas líneas -o lineamientos- bien claros, nuestra comunidad educativa tendrá éxito: a pesar de los vientos que soplen desde el mundo circundante, nuestros jóvenes al final del proceso de educación llevarán consigo y harán uso de, en mayor o menor medida, unos valores y aptitudes determinados por nuestra comunidad.

El problema surge cuando la comunidad educativa no tiene bien claros esos valores y aptutdes que quiere para sus educandos, no tiene bien claro su caminar, no tiene bien clara su Identidad, en una sola palabra. Entonces surge una comunidad autómata que toma copiados formatos y clichés de otras comunidades, que reproduce valores tomados de otros contextos, sin tamizarlos y adaptarlos a su realidad particular, que olvida las características propias de su población y, acaba por ende, fabricando sujetos estándar, en el sentido de que son jóvenes que han crecido, se han formado académicamente, tienen unos valores y rasgos que podríamos catalogar de universales en el mundo actual, pero que ya no pertenecen a ningún grupo particular. Esta comunidad es una comunidad exitosa aparentemente, funciona, está bien organizada, pero es una comunidad hueca.

En este mundo global que vivimos, es tan importante buscar caminos comunes que nos unan y nos ayuden a todos como tener una identidad propia. La persona que no tiene su propia identidad, su propia pertinencia a un grupo social determinado, desaparece y se pierde en este mundo global: no crece, no prospera, no es reconocida y se reconoce a sí misma porque no tiene nada propio que aportar a esa gran construcción que es la llamada aldea global de nuestros días.

Por eso creo que es tan importante buscar nuestras raíces, reconociéndonos en ellas y reafirmando nuestra identidad como personas pertenecientes a un grupo determinado, con una cultura determinada. Por eso creo que es tan importante crecer críticamente, reconociéndonos herederos de un pasado, que aceptamos con todos sus defectos -de los que aprendemos porque los reconocemos- y virtudes, uniendo ambos, haciendo de ellos la argamasa con la que construimos nuestro personal aporte a esta aldea global.

Estos días, en que vuelvo de visita a un “pedacito” de esta amazonía, un pedacito en el que luché, por rescatar en unos jóvenes unos valores que primero tuve que aprender a reconocer y valorar en ellos yo mismo, me entristezco al admitir lo que ven mis ojos: aunque mi visita es fugaz, tengo la sensación de que estos jóvenes están perdiendo su identidad, su cultura.
Podríamos echar la culpa a la sociedad actual, a los medios de comunicación, a los otros grupos sociales más numerosos y con una actitud dominante (e impositora, en muchos casos de manera subliminal), al desinterés de las familias, del estado o del gobierno actual, sin embargo, los principales culpables somos nosotros: la comunidad educativa, y en ella la escuela como eje central de la misma que es.

Por muy utópico que nos parezca, defender una cultura, unos valores que aparentemente no tienen ya repercusión en la sociedad, pero que identifican de manera muy especial a nuestros educandos, es nuestra misión. Nosotros decidimos qué tipo de personas formamos para el mañana. Hoy, al ver como la cultura kichwa, cofán, shuar, siona, secoya, va perdiendo fuerza y color en los propósitos de un proyecto educativo, abandonando la médula y los huesos para quedarse en unas pequeñas manchas de color en esos rostros pintados, en esas ropas de colores y algún breve discurso en otro idioma, como el folklor de color exótico al carnaval, no puedo sino preguntarme ¿qué aportarán que sea suyo propio a la sociedad global estos jóvenes kichwas, shuaras, cofanes, secoyas, sionas?

Ya no se trata de recoger una cultura milenaria, ésta está ya y seguirá recogida en libros que leerán unos pocos, no se trata de mantener viva esta cultura milenaria contra viento y marea en unos tiempos que han cambiado irremediablemente, en un contexto geográfico que han cambiado -que está cambiando- irremediablemente, sino de que estos jóvenes reconozcan en sí mismos una identidad cultural que les dé razón de ser y presencia en la aldea global.