Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 5 de enero de 2014

Navidad sobre ruedas

Es un viernes 20 de diciembre, son las 10 y media de la noche cuando un taxi me deja en una estrecha y concurrida calle de Quito. El taxista me desea feliz viaje mientras salgo del taxi cargando mis mochilas, haciendo equilibrio esquivando a otras personas, entre taxis y buses.

El terminal de buses está más concurrido que nunca. Varios buses salen en la franja horaria que va desde las 10 hasta las 11 de la noche, la mayoría en dirección a la costa, otros, entre ellos el mío, la verde selva. La noche es fresca y una ligera niebla se pega a los edificios del norte de Quito. Echo una vistazo rápido a través de los ventanales del terminal de buses de Transportes Esmeraldas: como esperaba, no hay ni un sólo asiento libre en el hall que hace de sala de espera. Me apoyo contra el vidrio, me abrocho mi cazadora y, observo tranquilo a los otros pasajeros, que como yo, esperan parados a que el cacofónico altavoz anuncie su bus. Todo el mundo parece más nerviosos y vivo que nunca. Hay familias enteras, algunos hablan con su familia por el celular, a pesar del intempestivo horario nocturno. Todo el mundo carga multitud de bultos, paquetes, maletas, cartones que guardan regalos que serán abiertos unos pocos días más tarde a cientos de kilómetros de Quito. Es mi primer encuentro con la navidad este año: un mar de personas nerviosas y felices, reyes magos sin camello, echados a la fortuna de la vida, arañando unos días en el calendario para escapar de una fría ciudad, atravesar la oscura noche, y amanecer sonrientes, cargados de presentes en alguna tierra y alguna casa que aun más pobre es sin embargo más cálida.

A las 11 pasadas, típica puntualidad ecuatoriana, sale mi bus. Dos gringos y yo mismo somos las únicas alteraciones en el pasaje navideño nacional. La navidad no es época de turismo, es época de retornos y solamente los jóvenes veinteañeros rebotados de tanta fiesta familiar, aún a varios años de volver a reecontrarse con esa magia de la fiesta en familia, se lanza y cogen sus mochilas y caras ropas de expedición -que de poco les servirán- y se disponen a pasar las navidades en algún tour selvático.
A mi me mueve y me espanta la pereza del viaje una invitación a pasar unos días con mi otra familia del oriente.

El viaje transcurre sin anécdotas especiales, con una sóla parada intempestiva para que unos policías bajo la fría lluvia de la cordillera revisen desinteresadamente nuestro equipaje. Una hora después del amanecer, el bus llega a Lago Agrio, casi inadvertido: es el último de los buses en llegar y el terminal terrestre está vacío, ni siquiera hay taxis en la puerta esperando al pasaje. Pero como todas las noticias que mueven plata corren con el viento, con el primer taxi que se va, comienza a aparecer un fluido reguero de autos amarillos dispuestos a regatear con el cliente el costo de la carrera. Soy ya perro viejo en esos lares y el taxista lo capta a la primera de turno y no intenta cobrarme de más. Sigo sin saber qué tenemos en la cara los misioneros que nos separa automáticamente del resto de los extranjeros. ¿Alguna gracia divina?

Paso los dos días siguientes en el colegio-internado, saludando y riendo con amigos y antiguos alumnos, de los realmente antiguos, esos que ya se graduaron y emprendieron vuelo, apenas se asoma a la fiesta una docena. Algo me dice que falta bastante que trabajar. La fiesta, se me antoja ajena y descolorida: ya no pertenezco al lugar y la magia indígena se ha perdido para quedar sustituida por el triste gris armónico de cualquier colegio. Me entristece ese colorido: cuántas esperanzas, cuantos sueños, cuanto sudor se ha enterrado en ese lugar y de pronto todo diluido por el aplastante devenir de una sociedad monótona y estandarizada y unas personas indiferentes a las diferencias del lugar. No pierdo la esperanza, no pierdo la fe en el despertar y renacer, pero esta noche de navidad adelantada no me siento con ganas ni con fuerzas de pelear, quizá porque éste ya no es mi lugar de lucha. Mato el tiempo haciendo bromas, riendo, charlando, disfrutando de viejos amigos, que son los que le dan la vida y alegría a la vida, el motivo verdadero de mi viaje y la razón de estar, y 48 horas más tarde me subo a otro bus en otra fresca noche, ésta tropical, rumbo al otro extremo del país. Hay quien que tengo ganas de martirio por aventurarme a aguantar 14 horas de bus, pero para mi es todo un vivo espectáculo humano que no me canso de revivir, una interminable película de Fellini, rodando, desfilando fresca y viva ante mis retinas.

Mi cuerpo está cansado por las noches sin dormir bien después de tanto viaje y fiesta, y tras el control militar caigo rendido en mi asiento. Cuando despierto, el bus desfila por las curvas de una carretera de montaña, bajado de Quito a Santo Domingo de los Tsáchilas. El paisaje es impresionante, me deleito viendo los precipicios, la vegetación, los pueblos anclados en la ladera, mirando a una carretera cuya construcción debió costar sudor y vidas. ¡Por fin veo este paisaje después de varios años viajando de noche por estos parajes! Este último pensamiento rompe mi ensoñación y me hace darme cuenta de que vamos con casi dos horas de retraso. Mi compañero de asiento, al verme despierto mirando con rostro interrogante mi reloj, me comenta:
-¡No se enteró usted! Anoche estuvimos dos horas parados en Baeza, por lo visto se abrió el maletero del bus y varias maletas se han perdido. Yo que usted, al llegar a Santo Domingo bajaría a chequear si su maleta es una de ellas.

De pronto se perfila en mi mente la imagen del bus de noche, tomando curvas en una carretera de montaña con el maletero abierto, regando los campos de maletas y cajas de cartón, y entre ellas una pequeña y ajada mochila roja, rebotando por los campos de los andes. No siento en gran medida la pérdida, tampoco me de duele un sentimiento de resignación. Sonrío ante la fotografía mental de mi maleta volando por los campos y la cara del campesino que la encuentre y saque de ella ropa interior, unos pantalones demasiado largos y estrechos, y un libro de cosmovisión naporuna que le sonará a chino.

Al llegar a Santo Domingo, bajo a estirar las piernas y me paseo, como que no quiere la cosa, por el costado del bus, estirando el cuello por encima del corrillo de personas que se ha congregado en torno al chofer y el oficial y les reclaman el equipaje perdido. En una de las bodegas del bus, coronando una montaña de maletas desordenadas está mi vieja y pequeña maleta roja. Sonrío divertido. Algo no funciona. Si mi maleta, que seguramente hubiese sido la primera en marchar a tomar por saco montaña abajo, está ahí, algo me huele a chamusquina.

De vuelta al bus me entero de que sólo faltan cinco maletas, y cinco que contenían dinero u objetos de valor. Un pasajero se queja diciendo quién le va devolver los 300 dólares que llevaba en su maleta perdida. Varias personas le intentan consolar, aunque realmente piensan lo que pensamos todos “y a ti morugo, cómo se te ocurre meter la plata en esa maleta”. El clima de impotencia y enfado es considerable, sobre todo enfado por la cara dura del conductor y el cobrador del bus. Mientras rodamos entre Santo Domingo y Quevedo alguien tiene la feliz idea de hacer uso del nuevo sistema de seguridad ciudadana implementado por el Estado y llama al 911. Después de varias llamadas explicando con precisos detalles en que lugar está el bus (acabamos de pasar el comedor Doña Rosita, ya pasamos una bomba de la Petro, ahora en un sitio con palmeras) un retén policial detiene el bus al más puro estilo Hollywood: una camioneta de policía con las sirenas, 12 policías uniformados, firmes e impolutos, ordenes, carreras, todo el mundo a bajo del bus.

Después de una hora de discusiones, los únicos que parecen haber sacado algo en claro son los vendedores de colas y chifles y empanadas calientes que salieron de la nada y empezaron a hacer su agosto. Los policías se miran las brillantes botas negras, patean las llantas del bus como si fueran trabajadores de vulcanizadoras en lugar de agentes de la ley, uno de ellos resopla sudoroso después de varias carreras a una fotocopiadora cercana llevando y trayendo cédulas de identidad, resguardos de equipaje y licencias del bus (parece parte del trabajo diario el no llevar todo de una vez para dar así varios paseos), y el capitán de policía se rasca la cabeza para acabar diciendo:
-¡Miren señores, yo no puedo hacer nada aquí! Cuando lleguen a Guayaquil pongan el reclamo y denuncia a la cooperativa de transporte.

Un jarro de agua fría a caído sobre todo el pasaje del bus. Pocos son los comentarios mientras continuamos la marcha hacia Guayaquil. El bus comienza a detenerse cada dos por tres para dejar subir a vendedores ambulantes. Al cabo de una hora, ya he perdido la cuenta de cuántas colas, aguas heladas, chifles, cocadas, empanadas de verde y queso y chocolates han subido a vender. La gente, no obstante, más por genética que por aburrimiento o desesperación, compra a este y aquel y bebe y come y come y bebe, y luego le pide fundas de plástico al cobrador del bus para arrojar aquello que su maraqueado estómago se niega a digerir. En la fila de mi derecha, un hombre se estira hasta el punto de poner sus pies sobre el respaldo del asiento vacío delante suyo, la niña del "papito me compras" tiene en su pelo un revuelto de empanada con queso y chocolate salpicado de migas de galletas, otra persona se intenta limpiar la cola que en una curva se regó por encima de su blusa, en la que ya no se distinguen los estampados de fábrica de las manchas. Mi compañero de asiento, saca una biblia de su funda y se pone a leer ajeno al espectáculo circense que gira a su alrededor. ¡He pasado 12 horas sentado al lado de un evangélico y no ha intentado darme la brasa! Eso si que es raro. Río para mis adentros. Pienso en imitarle y sacar mi libro, pero acaban de poner una estúpida película americana y el ruido del televisor me distrae hasta llegar a Guayaquil.

He perdido la cuenta de cuántas horas ha durado el viaje. Tampoco me importa, no me siento cansado, ni siquiera siento hambre. Las múltiples viandas amébicas que durante el camino pasaban ante mis ojos me han quitado el apetito. Al bajar del bus, dejo a mis espaldas de nuevo a un corrillo de gente reclamando su equipaje perdido y salgo del terminal para encontrarme con una cuidad tórrida, enloquecida por la cercanía de las fiestas de navidad, atestada de carros, todos quietos, todos pitando, todos gritándose improperios los unos a los otros, rodeando a un guardia de tránsito que ha obtenido un título de especialista en espantar moscas con los brazos. Después de un buen rato, consigo un taxi que a su vez consigue sacarme del monumental atasco y me lleva sano y salvo a casa.

Tras semejante periplo, alguno pensaría que repetirlo sería toda una osadía, pero ni corto ni perezoso, varios días después con el sabor de la familia y la navidad todavía en mis labios, oídos y corazón, vuelvo a embarcarme en un bus rumbo de nuevo a la verde selva, para quemar el año, quemando minutos y kilómetros y más kilómetros. Es casi 31 de diciembre y el terminal de buses de Guayaquil parece un hormiguero. Yo llego con las justas, y con mi reloj europeo todavía marcando mi vida, corro hasta la dársena número 51. No hay ningún bus. Pregunto al vigilante, temeroso de haberme equivocado. No, no señor, estoy bien, de aquí sale el bus a Lago Agrio. Como he llegado demasiado pronto para la hora ecuatoriana, me dedico a pasear por el andén, compro unas colas y unas papas fritas para el camino (no se porqué, me pregunto, pues seguro que alguien subirá a vendérmelas más tarde) y espero. El calor del anden con el rodar de buses y buses es sofocante. Con media hora del retraso, aparece el bus, con el conductor y el oficial todo apurados echándonos la culpa de su retraso. Una fresca lluvia comienza a caer al poco de comenzar el camino, como para relajarnos y hacer bajar los humos al personal.

A las dos horas nos para la policía para el consabido registro. Media hora más tarde paramos en una gasolinera con comedor a merendar. Una hora después volvemos a parar en otra gasolinera para repostar combustible (no me pregunte porqué no repostamos en la primera, es uno de los misterios sin resolver de este país) Creo que paramos una o dos veces más después de la última gasolinera, pero ya no estoy seguro, nunca había hecho tanto ejercicio bajando y subiendo de un bus. Pero, como todo tiene su lado bueno, tanta parada nos retrasa lo suficiente como para que sea de día en mi parada, Lumbaqui, provincia de Sucumbíos. Llego justo a tiempo de bajarme y coger sin problemas en siguiente bus que, una hora después, está llegando a mi destino final, Pto. Lbre. Eso se llama suerte.
-¡Señores, los que gusten desayunar...!

Mierda. Sólo faltaban unos dos kilómetros para que me dejase justo en la puerta de casa. Aquí uno grita gracias en estos buses diurnos -por suerte y por mandato policial en los nocturnos ya no funciona el grito- y le dejan a uno donde le de la real gana. Estando tan cerca me niego a esperar a que la gente desayune, me cargo el equipaje al hombro y echo a caminar. El bus me pasa justo en la curva anterior a mi destino. Si no llego a ir cargado, seguro que no me alcanza.

Después de arder con el año viejo -algún día escribiré sobre esta pintoresca costumbre ecuatoriana- Descanso obligado dos días. Acá el 31 y el 1 no se mueve nadie. No circula nadie. Todo el mundo está durmiendo o está borracho. El 2 de enero la gente empieza despertar poco a poco, empiezan a circular los primeros buses, atestados de pasajeros peleándose por lograr un boleto o un hueco "más que sea paraditos" en el bus.

El 3 de enero, ya con la circulación descongestionada, cargando a mis espaldas mil y un momentos entrañables con mi extensa familia ecuatoriana, cargando mil y un anécdotas del camino, me lanzo de nuevo a la carretera, rumbo ahora de regreso a Quito, al trabajo, saltando de un bus a otro, rodando, siempre rodando, bajando y subiendo montañas, disfrutando del paisaje, de los ricos, variados y únicos parajes de la geografía ecuatoriana, y de su aún más rico y único paisaje humano.