Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Dignidad, humana dignidad

Cuatro cuartos pequeños con una puerta y una ventana con barrotes. Una pila de colchones mugrientos en el suelo. Humedad brotando del techo y de las paredes sucias y llenas de grafitis obscenos. En el fondo, un sucio muro de mediana altura, deja ver asomar lo que en su día fue la cabeza de una ducha, hoy reducido a un oxidado y roto tubo de metal; el piso bajo la ducha, un agujero por que que se va el agua, los orines, las heces.
Nadie acude a hacer la limpieza diaria, nadie acude con el almuerzo diario, ni siquiera con agua. Sus ocupantes, tratados como desechos, se convierten en eso mismo: un desecho, mimetizándose poco a poco con la suciedad y la inmundicia de la jaula donde están encerrados. Pierden poco a poco la poca dignidad que alguna vez tuvieron.

Esa es la imagen de una cárcel en este país. De un pequeño centro penitenciario de provincias. Uno no sabe, cuando entra sin estar dentro, donde ocultar la mirada ante tanta vergüenza ajena que siente. Uno quiere entender y una vez más no entiende. Su mirada se aparta de los ojos de aquellos que están adentro sin poder salir, evita también las miradas de aquellos que vigilan a los que están adentro, y que poca o ninguna culpa tienen de tener dicho empelo, y acaba buscando un atisbo de humanidad entre unos edificios viejos, destartalados, insalubres, caminando por un patio que no es más que un montón de lastre mal asentando, con restos de materiales de una obra "para mejorar la infraestructura" que nunca llega a su fin, mientras la lluvia, a pesar del calor tropical, cae cada vez más fría calando los huesos y el alma.

¿Dónde quedó la dignidad humana? La de los presos, sí, y sobre todo nuestra dignidad humana. ¿Dónde la hemos dejado? Alguien comentó "a estos pobres hombres se les ha despojado de toda dignidad humana" y es cierto, nadie se merece vivir así: ¿donde está el perdón, la redención, de qué sirve el castigo, dónde queda la enseñanza? Todo el mundo debe tener la oportunidad de regresar al buen camino, de cargar con sus pecados, y, con la espalda doblada por el peso de años de equívocos, volver a caminar, humilde y digno.

Medito esas palabras y quiero encontrar la manera de reivindicar un trato más digno a estas personas, pero de pronto se me hace un nudo en la garganta y el estómago. No son esos presos los que han perdido su dignidad. Somos nosotros, sus captores y el resto de la sociedad. Nosotros hemos perdido la dignidad. Si no somos capaces de reconocer a un ser humano, a nuestro igual, hemos dejado de ser humanos. Si a pesar de las muchas equivocaciones que haya cometido, no somos capaces de reconocerle su dignidad como ser humano durante todo su largo y duro proceso de pagar por sus crímenes y pecados, entonces tampoco nosotros somos dignos.

En los charcos del sucio patio de la cárcel, mientras caen las gotas de lluvia, la mañana del domingo, veo mi reflejo difuminado contra un cielo gris.
Reflejo gris de una sociedad que se auto excluye, una sociedad que mira al individuo, y desde un yo que no la representa, olvidándose que ella son y no es, se cree más justa, más inteligente, ¿más digna?