A la 6 de la mañana rompe el alba. Mi despertado suena como un frenético grillo y mi brazo como un resorte lo atrapa y lo apaga, no se si para no negar que estoy despierto o para no despertar al vecindario: hace ya unos minutos que escucho en duermevela los rezos de cuaresma de las vecinas.
Me miro en el espejo mientras abro el grifo de la ducha y espero a que el agua se enfríe: la ducha eléctrica se ha propuesto desde hace un tiempo poner el agua a hervir. Hoy no me toca afeitarme así que puedo pasar más tiempo bajo el chorro de la ducha. Duchado y vestido, el espejo rebela una mancha en mi camisa recién puesta ¡No puede ser!
Después me 5 minutos frotando frenéticamente con un poco de saliva, me doy cuenta de que la mancha está en el espejo. "Bien, bien, hoy estamos bien despiertos ¿eh?"
El desayuno, aunque me proponga llegar antes y hacerlo más tranquilo, tiene lugar a cien por hora y casi sin conversa. Mochila al hombro, parto hacia la carrera de obstáculos de la mañana. Hoy no llueve, pero ha llovido toda la noche y lloverá en cualquier momento, la calle, en obras sempiternas, es un charco enorme de aguas sucias, rodeado salpicado de pequeñas islas y rodeado de veredas irregulares y desechas. Las vecinas de la entrada comienzan a colocar en la poca acera que aún está sana sus carritos con la colada, o el café o el desayuno recalentado del día de hoy para aquellos (aparentemente el 90% de la población) que prefieren desayunar de pié en una calle de barro con ruido de excavadoras y tránsito de camionetas y personas, en lugar de hacerlo tranquilamente en casa.
En la esquina no hay como pasar. El hueco de la tubería, ese que taparon ayer, hoy es aún más grande. Alguien se equivocó ayer. El charco en la acera también es más grande, intento no caer en él, pero no hay remedio: el frío del agua en mi sandalia me recuerda que estoy en medio de la selva, en una ciudad de esas construidas siempre a medias, donde la gente, por no haberlo conocido nunca, no parece tener amor a disfrutar de una ciudad limpia, ordenada y bien traza. El inculcar ese amor propio es parte de mis propósitos aquí.
Mientras pienso en cosas quizá irrealizables, camino raudo esquivando personas y charcos. Desde hoy no se puede ir por la calle del centro, se ha sumado a la larga lista de calles cortadas por obras. Por la izquierda está la tela de araña de cuerdas tendidas de farola a farola preparadas para colgar unos horribles plásticos negros que protejan de sol y lluvia a los vendedores, o para cortar la cabeza a los que medimos más de 1,70 y caminamos despistados. Me voy dando un rodeo por el parque. Los comercios empiezan a abrir, descargan mercancías, sacan de su interior los mil y un tereques que guardaron a presión la tarde anterior y los colocan de nuevo en ese anexo de la tienda que es la acera. Salto entre los coches, los camiones, los perros y los cajones repletos de frutas, de materiales de ferretería, y de mil y una cosas más, En la puerta del colegio se apelotonan varias docenas de madres acompañando a sus hijos a la escuela un día más. Hoy por lo menos está el municipal desafiando el tráfico de la calle peatonal para que no haya desgracias. Dos cuadras más y llego al trabajo. Prefiero no mirar la hora del reloj.
El barro de ayer es hoy un chocolate espeso mezclado con arena a la puerta del trabajo. Hoy parece que los obreros se han dormido, aún no tiembla la calle con el pasar de las máquinas. Sin pensarlo, dos veces, cruzo por donde puedo y me cuelo por la puerta lateral del edificio donde voy a pasar las próximas cinco horas. El guardia sonríe y me alcanza la hoja para firmar y fichar. Con un buenos días hecho y garabato y suspiro. Mientras subo las escaleras hacia el segundo piso, miro por la cristalera hacia esta ciudad de cielo gris encapotado. "En unos meses lucirá más elegante" pienso. Me viene a la mente aquella llegada a Lago Agrio, ciudad gemela de ésta, un día de tremendo sol, saliendo de un bus para caminar por unas polvorientas calles a medio arreglar, las obras, las interminables obras de aquel primer año, las carreras de obstáculos, los charcos...
Sí, los charcos. Aquí siempre hay charcos cuando llueve, y llueve casi todos los días. Al otro lado del río, en la orilla verde, la lluvia no deja charcos, los niños descalzos corren por trochas, por caminos de tierra y lodo, para llegar a la escuela, mientras los autos de los petroleros avanzan impasibles hacia el interior de la selva, ajenos al espectáculo del nuevo día, ese que de nuevo, sigue siendo gris, salpicado de verde.
Voy a pintar un poco más de verde hoy, a ver que pasa. Y mañana también. Y pasado mañana. Voy a seguir esquivando obstáculos contracorriente, sonriendo al estúpido progreso, diciéndole con una mirada pícara "a ver si me atrapas".
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
Páginas
sábado, 14 de marzo de 2015
domingo, 8 de marzo de 2015
Rostros de mujeres
Compañeras de lucha, en este día
de la mujer trabajadora,
con cariño.
Se llamaba Elizabeth
y era pirata en sin patria ni ley
surcando los mares
del caribe del sur
En el espejo Anouk
se pintaba para un hombre
tarde, en un café de París
fin de siglo, buscando libertad.
Y en las noches de Marrakech
cantando a la luna Fátima
sensual cimitarra sin miedo
escapaba liderando el harén.
Mientras Soledad leía los libros
prohibidos al sexo femenino
viajando a bordo de un tren
más cerca de la vida, más lejos de
él.
En una calle en Nueva York
dos niños decían adiós a Edith
un silbido de factoría textil
tejiendo sueños, un nuevo vivir.
Cien policías de rostro tapado
calles con humo y barricadas
rostros llorando, hambrientos
Rosa, impasible, firme, sin miedo.
Pasa la página, la de muñecas,
la de la plancha y la rueca,
y la del príncipe azul, y
Sara abre los ojos y sueña:
hoy tiene por heroína a su maestra,
una sindicalista es su princesa
quiere dar nueva forma al mundo
quiere ser pirata, de sí misma dueña.
Diferentes y por eso iguales,
me veo yo también reflejado en
ellas
comparto sus luchas y lágrimas
las reivindico en estas letras.
sábado, 7 de marzo de 2015
Capitalist Republic of China
He comprado una linterna barata en una de esas cacharrerías que abundan en tantas ciudades, uno de esos bazares donde todavía se puede encontrar de todo, pero que han perdido todo lo exótico que tuvieron -por eso quizá nadie los llama ya bazares- y se han vendido a la moda del plástico y la caducidad.
Igual sirven para engañarnos a los tontos con linternas de 6 dólares que durarán 6 meses. Me asusta pensar que ese sea el precio y la duración de nuestra sociedad, pero así es: llevamos cuánto ¿200, 300 años? desde que Adam Smith escribo el condenado libro y una y otra vez nos empeñamos en borrar nuestro pasado para vender un nuevo presente. Del futuro, nadie habla ni hablará.
El caso es que al llegar a casa, observando mi linterna de plástico sin tornillos (soy de esos que se entretienen leyendo las letras pequeñas de las cosas) leo Made in P.R,C, ¿Qué demonios es eso? O mejor dicho, ¿dónde demonios está eso? Al cabo de unos minutos, me doy cuenta: P.R.C,: People's Republic of China, es decir República Popular de China. Parece que a los chinos les ha dado porque se les llame por su nombre y apellidos. Me hace gracia, la verdad, el juego de eufemismo seguramente usado para ocultar el denostado Made in China de toda la vida. Hay que vender, y si un nombre huele mal, lo cambiamos por otro, y si además el oficial suena mejor, perfecto. Aún así hecho la carcajada pues es como si en lugar de Fabricado en España escribiésemos "Fabricado en el Reino de España", aunque en este otro caso no funcionaría económicamente, más bien supondría la ruina de las fábricas españolas.
Después de reírme, y mientras dejo la linterna en la mesa, me pongo a pensar ¿Qué le queda a esa China de República y de Popular? ¿Y acaso no es lo mismo República que Popular? La redundancia supongo que se debió a la prostitución del término República que en nuestra sociedad capitalista acabó convertida en Res privata, y por ello las repúblicas socialistas tuvieron que empezar a hablar de "repúblicas del pueblo" para marcar la diferencia.
Pues bien ¿Qué le queda a China de república del pueblo? Solamente un nombre, un título oficial que vale lo mismo que un título universitario comprado a peso por alguno de nuestros corruptos políticos.
China es el único país comunista con el que nadie se mete. ¿Por qué? Porque su economía es tan capitalista como la que más, es adalid del neoliberalismo y del crecimiento desenfrenado y excluyente, de esa globalización para unos pocos.
De China me llegan noticias de partido único, falta de libertad de expresión, de represión. Llegan también noticias de condiciones laborales pésimas, de trabajadores viviendo y trabajando en condiciones deplorables, produciendo productos de pésima calidad a muy bajo costo, de tremendas desigualdades sociales, de trabas insuperables para superarlas.
No se cuánto de esto es cierto. No me he metido de lleno a leer sobre la realidad social de China en la actualidad, pero por las pincelas de China que llegan hasta aquí, mucho me temo que todo ellos totalmente cierto y real, y que no es más que la punta del iceberg.
Aquí, en Ecuador y en otros países, China no llega en forma de noticias, o en forma de los productos de dos centavos made in China (perdón, P.R,C,) llegan en forma de cuerpos de ingenieros y trabajadores que hacen puentes, complejos hidroeléctricos, que explotan nuevos -y viejos- campos de petróleo; en forma de empresas que venden tecnología, maquinaria industrial, vehículos, etc. Toda una fuerza avasalladora cuyo fin no es exportar un nuevo modelo, una nueva forma de hacer las cosas (ese otro camino del pueblo tantas veces soñado), no, su fin es competir con las empresas norteamericanas, europeas, rusas, ecuatorianas, competir como sea por hacerse por el mercado. Y así, las chifas (restaurantes chinos) se vuelven "populares", entendiendo por ello "bajar los precios, ofrecer peores alimentos para ganar más", los campos petroleros chinos empiezan a ganarse la fama de ahorrar en medidas de seguridad y remediación ambiental, y los patronos de estas empresas petroleras de la República Popular de China empiezan por bajar el sueldo a los trabajadores.
¿Les suena de algo el cuento? Seguro que sí, es el que ya vivían y vivíamos antes de que llegaran los chinos. Al final, al otro lado de lo poco que queda de ese telón de acero, viven igual que nosotros. El pueblo no importa, no es más que efímera mano de obra par servir a los fines de unos pocos.
Ya va siendo hora de acabar con viejas imágenes y falsa propaganda, y de empezar a llamar a las cosas por su verdadero nombre. Bienvenidos a la República Capitalista de China. Gracia por ayudar a construirla con tu consumo diario.
Igual sirven para engañarnos a los tontos con linternas de 6 dólares que durarán 6 meses. Me asusta pensar que ese sea el precio y la duración de nuestra sociedad, pero así es: llevamos cuánto ¿200, 300 años? desde que Adam Smith escribo el condenado libro y una y otra vez nos empeñamos en borrar nuestro pasado para vender un nuevo presente. Del futuro, nadie habla ni hablará.
El caso es que al llegar a casa, observando mi linterna de plástico sin tornillos (soy de esos que se entretienen leyendo las letras pequeñas de las cosas) leo Made in P.R,C, ¿Qué demonios es eso? O mejor dicho, ¿dónde demonios está eso? Al cabo de unos minutos, me doy cuenta: P.R.C,: People's Republic of China, es decir República Popular de China. Parece que a los chinos les ha dado porque se les llame por su nombre y apellidos. Me hace gracia, la verdad, el juego de eufemismo seguramente usado para ocultar el denostado Made in China de toda la vida. Hay que vender, y si un nombre huele mal, lo cambiamos por otro, y si además el oficial suena mejor, perfecto. Aún así hecho la carcajada pues es como si en lugar de Fabricado en España escribiésemos "Fabricado en el Reino de España", aunque en este otro caso no funcionaría económicamente, más bien supondría la ruina de las fábricas españolas.
Después de reírme, y mientras dejo la linterna en la mesa, me pongo a pensar ¿Qué le queda a esa China de República y de Popular? ¿Y acaso no es lo mismo República que Popular? La redundancia supongo que se debió a la prostitución del término República que en nuestra sociedad capitalista acabó convertida en Res privata, y por ello las repúblicas socialistas tuvieron que empezar a hablar de "repúblicas del pueblo" para marcar la diferencia.
Pues bien ¿Qué le queda a China de república del pueblo? Solamente un nombre, un título oficial que vale lo mismo que un título universitario comprado a peso por alguno de nuestros corruptos políticos.
China es el único país comunista con el que nadie se mete. ¿Por qué? Porque su economía es tan capitalista como la que más, es adalid del neoliberalismo y del crecimiento desenfrenado y excluyente, de esa globalización para unos pocos.
De China me llegan noticias de partido único, falta de libertad de expresión, de represión. Llegan también noticias de condiciones laborales pésimas, de trabajadores viviendo y trabajando en condiciones deplorables, produciendo productos de pésima calidad a muy bajo costo, de tremendas desigualdades sociales, de trabas insuperables para superarlas.
No se cuánto de esto es cierto. No me he metido de lleno a leer sobre la realidad social de China en la actualidad, pero por las pincelas de China que llegan hasta aquí, mucho me temo que todo ellos totalmente cierto y real, y que no es más que la punta del iceberg.
Aquí, en Ecuador y en otros países, China no llega en forma de noticias, o en forma de los productos de dos centavos made in China (perdón, P.R,C,) llegan en forma de cuerpos de ingenieros y trabajadores que hacen puentes, complejos hidroeléctricos, que explotan nuevos -y viejos- campos de petróleo; en forma de empresas que venden tecnología, maquinaria industrial, vehículos, etc. Toda una fuerza avasalladora cuyo fin no es exportar un nuevo modelo, una nueva forma de hacer las cosas (ese otro camino del pueblo tantas veces soñado), no, su fin es competir con las empresas norteamericanas, europeas, rusas, ecuatorianas, competir como sea por hacerse por el mercado. Y así, las chifas (restaurantes chinos) se vuelven "populares", entendiendo por ello "bajar los precios, ofrecer peores alimentos para ganar más", los campos petroleros chinos empiezan a ganarse la fama de ahorrar en medidas de seguridad y remediación ambiental, y los patronos de estas empresas petroleras de la República Popular de China empiezan por bajar el sueldo a los trabajadores.
¿Les suena de algo el cuento? Seguro que sí, es el que ya vivían y vivíamos antes de que llegaran los chinos. Al final, al otro lado de lo poco que queda de ese telón de acero, viven igual que nosotros. El pueblo no importa, no es más que efímera mano de obra par servir a los fines de unos pocos.
Ya va siendo hora de acabar con viejas imágenes y falsa propaganda, y de empezar a llamar a las cosas por su verdadero nombre. Bienvenidos a la República Capitalista de China. Gracia por ayudar a construirla con tu consumo diario.
viernes, 27 de febrero de 2015
Solo, uno.
Un día antes de que se acabe el mes
veo a través de la lluvia un cielo gris
el verde de la selva contrasta en él
y en ella nubes oscuras creciendo sin fin
La gente corre por calles de charcos
lodo y desorden, entre ruidos de carros
se esconde, asalta al vecino abandonado
a la suerte de una competencia sin juez ni jurado.
Una desordenada carrera de afán darwiniano
donde todos quieren ser primeros
donde las reglas del infinito juego
las pone aquél que llega el primero
éste es el baile que todos bailan
la canción que todos cantan
el falso sueño que todos sueñan
y enseñan, las escuelas y en los colegios
en universidades, en los medios y en Congresos
Yo-mi-mio-conmigo, y Yo siempre primero.
Y al trote de esta carrera desenfrenada
unos destruyen idólatras estatuas
mientras el bulldocer arranca árboles
y a su paso aplasta, vasijas con rostros pintadas
el último recuerdo de una vida pasada
la de un hombre que no era uno sin el grupo
aquel que no corría sino que lentamente buscaba
siento la tierra, el calor de los otros
como única base para sembrar un futuro.
Quizá por eso hoy en esta carrera
siento que no llegará nadie primero
pues cuando ya sólo hay uno
igual es primero que último.
veo a través de la lluvia un cielo gris
el verde de la selva contrasta en él
y en ella nubes oscuras creciendo sin fin
La gente corre por calles de charcos
lodo y desorden, entre ruidos de carros
se esconde, asalta al vecino abandonado
a la suerte de una competencia sin juez ni jurado.
Una desordenada carrera de afán darwiniano
donde todos quieren ser primeros
donde las reglas del infinito juego
las pone aquél que llega el primero
éste es el baile que todos bailan
la canción que todos cantan
el falso sueño que todos sueñan
y enseñan, las escuelas y en los colegios
en universidades, en los medios y en Congresos
Yo-mi-mio-conmigo, y Yo siempre primero.
Y al trote de esta carrera desenfrenada
unos destruyen idólatras estatuas
mientras el bulldocer arranca árboles
y a su paso aplasta, vasijas con rostros pintadas
el último recuerdo de una vida pasada
la de un hombre que no era uno sin el grupo
aquel que no corría sino que lentamente buscaba
siento la tierra, el calor de los otros
como única base para sembrar un futuro.
Quizá por eso hoy en esta carrera
siento que no llegará nadie primero
pues cuando ya sólo hay uno
igual es primero que último.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Palabras en el viento
Un accidente en moto. Una vida que se va.
Así, en una fracción de segundo. Sucede cientos de veces, demasiadas veces. Unas no es más que otra noticia más de la crónica de sucesos, otras veces nos duele en los huesos y el alma.
Hoy siento que una parte de mí de alguna manera iba en esa moto. No es la pena y el llanto por la pérdida de un ser cercano, de la familia. Es la pérdida de una de esas semillas que uno cuidó con tanto cariño durante aquellos días de colegio. Es el dolor de esa pregunta que hace ecos en mi interior esta tarde ¿en qué fallamos? ¿no le mostramos el mejor de los caminos, ese en el que caminamos con convicción? ¿que sucedió entonces?
Cuán fútiles se me hacen hoy las palabras de la escuela. Son como astillas que se quiebran contra las duras paredes metálicas de la sociedad, como voces acalladas por el estruendo de una forma de vida-propaganda que nos ensordece. Y sin embargo..., sí, sin embargo sigo creyendo que esa educación, esas palabras diferentes que salen de la escuela, que deben salir de la escuela, son el único remedio para evitar que más vidas se vayan por caminos sin salida a la velocidad de moto de este sistema.
Cierro los ojos y veo su cara, y a continuación veo los rostros de sus compañeros, aquellos jóvenes que un día echaron a volar lejos del colegio, y no puedo sino preguntarme ¿dónde están? ¿están bien? ¿caminan íntegros por esta vida? ¿cuando dudan, cuando sufren, cuando sienten necesidad de compartir su alegría; encuentran a quién acudir?
No se si alguno leerá estas líneas. Y no quiero sonar a discurso de profe. Pero no puedo dejar de deciros otra vez: no os dejéis convencer por los espejismos de esta vida: el dinero, el éxito, las motos, el alcohol, no son más que mentiras, caminos sin salida. Aunque suene a sueño de infancia, pensad en aquellas palabras, aquellos modelos, aquellas vidas de quienes os acompañaron cuando aún no tenías la edad de caminar sólos, e intentad construir vuestra vida con ellas.
Se puede, sí, se puede. Caminad con paso lento pero firme. Y si necesitáis alguna vez consejo, si necesitáis palabras que os reafirmen, no dudéis en echar la vista atrás, en dejar mensajes en el viento, o atrapados en la red.
Las respuestas, las palabras de aliento, llegarán.
Así, en una fracción de segundo. Sucede cientos de veces, demasiadas veces. Unas no es más que otra noticia más de la crónica de sucesos, otras veces nos duele en los huesos y el alma.
Hoy siento que una parte de mí de alguna manera iba en esa moto. No es la pena y el llanto por la pérdida de un ser cercano, de la familia. Es la pérdida de una de esas semillas que uno cuidó con tanto cariño durante aquellos días de colegio. Es el dolor de esa pregunta que hace ecos en mi interior esta tarde ¿en qué fallamos? ¿no le mostramos el mejor de los caminos, ese en el que caminamos con convicción? ¿que sucedió entonces?
Cuán fútiles se me hacen hoy las palabras de la escuela. Son como astillas que se quiebran contra las duras paredes metálicas de la sociedad, como voces acalladas por el estruendo de una forma de vida-propaganda que nos ensordece. Y sin embargo..., sí, sin embargo sigo creyendo que esa educación, esas palabras diferentes que salen de la escuela, que deben salir de la escuela, son el único remedio para evitar que más vidas se vayan por caminos sin salida a la velocidad de moto de este sistema.
Cierro los ojos y veo su cara, y a continuación veo los rostros de sus compañeros, aquellos jóvenes que un día echaron a volar lejos del colegio, y no puedo sino preguntarme ¿dónde están? ¿están bien? ¿caminan íntegros por esta vida? ¿cuando dudan, cuando sufren, cuando sienten necesidad de compartir su alegría; encuentran a quién acudir?
No se si alguno leerá estas líneas. Y no quiero sonar a discurso de profe. Pero no puedo dejar de deciros otra vez: no os dejéis convencer por los espejismos de esta vida: el dinero, el éxito, las motos, el alcohol, no son más que mentiras, caminos sin salida. Aunque suene a sueño de infancia, pensad en aquellas palabras, aquellos modelos, aquellas vidas de quienes os acompañaron cuando aún no tenías la edad de caminar sólos, e intentad construir vuestra vida con ellas.
Se puede, sí, se puede. Caminad con paso lento pero firme. Y si necesitáis alguna vez consejo, si necesitáis palabras que os reafirmen, no dudéis en echar la vista atrás, en dejar mensajes en el viento, o atrapados en la red.
Las respuestas, las palabras de aliento, llegarán.
sábado, 14 de febrero de 2015
La lógica de la deconstrucción
A veces me preguntan, directamente o con inquisitivas miradas ¿Por qué no puedes dejar de preocuparte tanto por este mundo y vivir tranquilamente tu vida en tu casa como todo el mundo? La respuesta es bien sencilla:
Sí, es fácil vivir cómodo en casa sin grandes preocupaciones por el mundo, disfrutando de la vida, cuidando de los tuyos, y de ti mismo, hasta que un día te das cuenta del principio que sustenta la vida que vives: unos deben vivir mal, sufrir, sobrevivir sin posibilidades de cambio en sus vidas, para que otros vivan la buena vida, cómoda y despreocupada que vivimos.
Hay algo en ese principio que nos incomoda. De pronto hemos abierto los ojos y la base que sustenta nuestro sistema de vida no nos gusta ¿cómo puede ser tan injusta? y lo peor ¿soy yo cómplice de esta situación? La respuesta a la última pregunta es un rotundo "sí" que resuena en nuestro interior y que la mayoría lucha por acallar toda su vida sin lograrlo. Entonces nos ponemos manos a la obra para solucionar esta atroz situación y decimos: manos a buscar la manera en que todos puedan vivir igual que vivimos nosotros. La respuesta del sistema es un cubo de agua fría: no se puede; no hay suficientes recursos en el mundo para que todos sus habitantes puedan llevar el modo de vida de los que hemos nacido en el llamado mundo occidental además de en familias de clase media o alta.
Decidimos entonces que, si es imposible que todas las personas del mundo vivan nuestro nivel de vida, lo que habrá que hacer es empezar a repartir, a renunciar a algo de ese nivel de vida para que los que malviven puedan vivir algo mejor y así poco a poco la desigualdad se vuelva igualdad, una igualdad basada en la pobreza material y no en la pobreza.
Cuando hemos llegado esta última conclusión cuenta de que, si bien es perfectamente factible y soluciona nuestro problema inicial, el sistema no nos permite tomar esta opción: va en contra de los principios del mismo, dinamita y destruye las bases que lo sustenta. Pero la ecuación lógica no tiene fallo, así que el pensamiento ilógico debe ser el miso sistema, así que nos ponemos manos a la obra: no queda otra de deconstruirlo, ir desmontando poco a poco todas piedras y componiendo con ellas el producto de nuestra ecuación.
Sí, es fácil vivir cómodo en casa sin grandes preocupaciones por el mundo, disfrutando de la vida, cuidando de los tuyos, y de ti mismo, hasta que un día te das cuenta del principio que sustenta la vida que vives: unos deben vivir mal, sufrir, sobrevivir sin posibilidades de cambio en sus vidas, para que otros vivan la buena vida, cómoda y despreocupada que vivimos.
Hay algo en ese principio que nos incomoda. De pronto hemos abierto los ojos y la base que sustenta nuestro sistema de vida no nos gusta ¿cómo puede ser tan injusta? y lo peor ¿soy yo cómplice de esta situación? La respuesta a la última pregunta es un rotundo "sí" que resuena en nuestro interior y que la mayoría lucha por acallar toda su vida sin lograrlo. Entonces nos ponemos manos a la obra para solucionar esta atroz situación y decimos: manos a buscar la manera en que todos puedan vivir igual que vivimos nosotros. La respuesta del sistema es un cubo de agua fría: no se puede; no hay suficientes recursos en el mundo para que todos sus habitantes puedan llevar el modo de vida de los que hemos nacido en el llamado mundo occidental además de en familias de clase media o alta.
Decidimos entonces que, si es imposible que todas las personas del mundo vivan nuestro nivel de vida, lo que habrá que hacer es empezar a repartir, a renunciar a algo de ese nivel de vida para que los que malviven puedan vivir algo mejor y así poco a poco la desigualdad se vuelva igualdad, una igualdad basada en la pobreza material y no en la pobreza.
Cuando hemos llegado esta última conclusión cuenta de que, si bien es perfectamente factible y soluciona nuestro problema inicial, el sistema no nos permite tomar esta opción: va en contra de los principios del mismo, dinamita y destruye las bases que lo sustenta. Pero la ecuación lógica no tiene fallo, así que el pensamiento ilógico debe ser el miso sistema, así que nos ponemos manos a la obra: no queda otra de deconstruirlo, ir desmontando poco a poco todas piedras y componiendo con ellas el producto de nuestra ecuación.
martes, 27 de enero de 2015
Escribir con R
Bien, Syriza ha ganado en Grecia. La mitad del mundo está asustada porque ha ganado el populismo, léase una panda de "descerebrados" que van a llevarnos a todos a la ruina después de quitarnos las vacas que tenemos, y que como la espuma de la gaseosa, van a desaparecer pronto. La otra mitad está contenta porque ¡por fin! alguien en esta Europa sacudida por la crisis va a plantar cara al Fondo Monetario Internacional y demás poderes económicos explotadores y van a empezar a llevar a cabo políticas que tengan en cuenta primero al ciudadano y después al dinero.
¿Y yo, dónde me pongo yo? De pronto me alegro por la victoria de Syriza, porque desde luego las políticas neoliberales que se están imponiendo por doquier no me gustan ni pizca y soy el primero que tiene ganas de ir pateando traeros y mandando a un montón de economistas y políticos a ese sitio del que no hay como regresar, pero después, cuando se me pasa la euforia y empiezo a leer las cosas con calma, me entra la sensación de que al final, Syriza o Podemos, o los socialistas del siglo XXI que tenemos aquí en Latinoamérica no son otra cosa que más de lo mismo. Sí, puede que miren un poco más por las personas, pero en el fondo son más de lo mismo.
Lo primero que me asusta de estos partidos es su pragmatismo extremo. Un afán de buscar una solución, ahora, al instante, y que tenga efecto inmediato a los problemas que nos acucian, aunque para llegar a ella haya que pactar "con quien sea", hay que pagar el precio más alto. Un pragmatismo, dicho de otro modo, que destapa una carencia de ideología clara, de verdadero compromiso. Que Syriza, por tomar el caso que nos ocupe, pacte con un partido de derechas para poder gobernar, bien poco dice en favor de la posible ideología de ambos. Sí, comparten acciones puntuales y actuales sobre qué hacer ante la situación económica actual, pero ¿qué llevan por dentro? ¿hacia dónde quieren ir en el futuro?
Para mí, desde luego, ese actuar es un craso error. Hay que escuchar a los demás, dialogar, ceder puntos de vista para poder trabajar juntos, sí, abogo por eso todos los días en mi quehacer. Pero también hay que tener bien claro que hacia qué orienta uno sus acciones, en qué principios se fundamenta, cuál es en el fondo la ideología que sirve de base y guía para la vida de uno.
Por ello, en este maremagnum de partidos "atrapalotodo", oportunistas o con soluciones "para el momento", yo sigo viendo aún la luz en aquellos que, con unas ideas bien claras, con unas bases estables, siguen su camino contra viento y marea, les voten cuatro o cuatro millones. Uno puede estar de acuerdo con ellos, o pueden parecerles totalmente equivocado lo que defienden, pero el caso es que lo que importa eso eso: la idea, la línea que proponen, por encima de candidatos, de campañas, de coyunturas puntuales.
Lo segundo que me asusta de estos partidos es su falta de innovación, su falta de verdadera voluntad de cambio: al final, lo que están haciendo es poner parches al mismo sistema critican y que todos vemos que no funcionan; parches que posiblemente consigan arreglar la maquinaria pero ¿por cuánto tiempo? y ¿a qué precio? No me basta más que mirar al ejemplo de Ecuador: un país de cuyo gobierno he estado orgulloso durante varios años, dónde todavía hoy la inversión social es mucho más incluso que en la "vieja Europa". Ahora, casi 7 años después de mi llegada aquí, sin bien veo y aplaudo los logros de este tiempo, miro con desconfianza un futuro que ya no se me antoja como un gobierno del pueblo, dada la disminución de la participación democrática, ciudadana y directa en el proceso; unas políticas socialistas que se me antojan no otra cosa que puro neoliberalismo disfrazado de acción social. No, diga lo que diga la prensa, hoy día ya no hay tantas diferencias entre el gobierno de Ecuador y el de Alemania o incluso el de EE.UU.
Así que en el panorama político y económico actual, me planto en medio, o mejor dicho, creo otra vía más. Y digo: no este no, con aquel tampoco, al margen nunca, activo; siempre. Y la gente me mira raro. Mis amigos de izquierdas no entienden porqué no me uno al grito de la masa y me acusan de dividir a la izquierda, los que antes me llamaban "correísta" ahora me llaman loco, y los correistas me quitan el apellido.
Yo lo que les digo a todos ellos, de un lado y de otro es: ¿Por qué, a ver, por qué tengo yo que votar a un partido político que todo lo que al final quiere hacer es arreglar un sistema en el que no creo? Yo ya estoy cansado de parches. No tiene sentido gastar esfuerzos, en una dirección u otra en seguir remendando algo que no funciona.
Despertemos de una vez. El discurso en el fondo es el mismo. El cambio, la innovación, nulo. Es un baile continuo de izquierda a derecha, pero la partitura es siempre la misma. Arranquémosla, escribamos una totalmente nueva. ¿Dónde está la innovación, donde está la creación, la imaginación? Si el capitalismo no funciona, si su hijo neoliberalismo, fruto de la endogamia, funciona aún peor, tirémoslos ambos a la basura. Si el comunismo cayó y fracasó, deshagámonos de él también. No tiene sentido seguir dándoles vueltas a algo que no nos está llevando a nada más que dar vueltas y más vueltas perdidos en un círculo sin encontrar la manera de salir de éste.
Cojamos papel en blanco y lápiz. Escribamos la primera R; Radical. Escribamos la segunda R: Revolución, y no olvidemos de trabajar después con la Razón. Que nadie tenga miedo, pues el miedo no es más que un producto creado por el sistema que vivimos para impedir que lo cambiemos, que lo destruyamos y construyamos algo totalmente nuevo.
Arranquemos la página del bloc. Tirémosla a la basura pero sin olvidarla, y empecemos a escribir nueva historia. No es necesario escribir ficciones. El fermento lo tenemos en nuestros propios genes, en nuestro propio pasado: creo que hemos crecido lo bastante como seres humanos para, a partir de donde estamos hoy día, distinguir aquello que nos hace más humanos y nos libera de aquello que nos vuelve seres guiados por un darwiniano instinto que nos mantiene encerrados.
Yo no parto de la nada. Estos días, reclamo y pienso el aquella Ilustración con mayúsculas que durante un tiempo, quizá demasiado breve pero de un calado muy profundo, dio vida y forma la verdadera Europa, no a esa otra falsa Europa actual nacida del "carbón y el acero". Aquella Ilustración que exportó a Europa fuera de sus límites geográficos, no ya en forma de mercantilismo, sino de palabra y pensamiento de liberador. Ilustración de una época de Razón, la que da nombre a mi tercera R, y hacia la que tenemos que volver a poner rumbo teniendo cuidado de no pederlo.
Y pienso también en el Decrecimiento, esa ideología económica que aboga por frenar, y frente a los dos grandes modelos capitalismo-neoliberalismo y comunismo, que buscan -cada uno a su manera- el crecimiento como medio único para prosperar y ser más felices; buscar el ser felices en tener menos y compartirlo y disfrutarlo.
Hoy acabo estas líneas siendo una vez más el loco que tira piedras sobre su propio tejado, que utiliza este maltrecho sistema para acabar con él. Un loco que no tiene medio a encontrarse sin nada y a la vez inmensamente rico por su propia culpa. Que no tiene miedo en volver a aprender. Y que sabe que no está loco, porque junto a él, hay también muchos otros que tira piedras contra el tejado y poco a poco construyen con su actuar realidades que otros se niegan a reconocer.
A los necios y a los sordos les diré que su futuro no existe. Perdón si me he dado cuenta y se lo echo a la cara.
¿Y yo, dónde me pongo yo? De pronto me alegro por la victoria de Syriza, porque desde luego las políticas neoliberales que se están imponiendo por doquier no me gustan ni pizca y soy el primero que tiene ganas de ir pateando traeros y mandando a un montón de economistas y políticos a ese sitio del que no hay como regresar, pero después, cuando se me pasa la euforia y empiezo a leer las cosas con calma, me entra la sensación de que al final, Syriza o Podemos, o los socialistas del siglo XXI que tenemos aquí en Latinoamérica no son otra cosa que más de lo mismo. Sí, puede que miren un poco más por las personas, pero en el fondo son más de lo mismo.
Lo primero que me asusta de estos partidos es su pragmatismo extremo. Un afán de buscar una solución, ahora, al instante, y que tenga efecto inmediato a los problemas que nos acucian, aunque para llegar a ella haya que pactar "con quien sea", hay que pagar el precio más alto. Un pragmatismo, dicho de otro modo, que destapa una carencia de ideología clara, de verdadero compromiso. Que Syriza, por tomar el caso que nos ocupe, pacte con un partido de derechas para poder gobernar, bien poco dice en favor de la posible ideología de ambos. Sí, comparten acciones puntuales y actuales sobre qué hacer ante la situación económica actual, pero ¿qué llevan por dentro? ¿hacia dónde quieren ir en el futuro?
Para mí, desde luego, ese actuar es un craso error. Hay que escuchar a los demás, dialogar, ceder puntos de vista para poder trabajar juntos, sí, abogo por eso todos los días en mi quehacer. Pero también hay que tener bien claro que hacia qué orienta uno sus acciones, en qué principios se fundamenta, cuál es en el fondo la ideología que sirve de base y guía para la vida de uno.
Por ello, en este maremagnum de partidos "atrapalotodo", oportunistas o con soluciones "para el momento", yo sigo viendo aún la luz en aquellos que, con unas ideas bien claras, con unas bases estables, siguen su camino contra viento y marea, les voten cuatro o cuatro millones. Uno puede estar de acuerdo con ellos, o pueden parecerles totalmente equivocado lo que defienden, pero el caso es que lo que importa eso eso: la idea, la línea que proponen, por encima de candidatos, de campañas, de coyunturas puntuales.
Lo segundo que me asusta de estos partidos es su falta de innovación, su falta de verdadera voluntad de cambio: al final, lo que están haciendo es poner parches al mismo sistema critican y que todos vemos que no funcionan; parches que posiblemente consigan arreglar la maquinaria pero ¿por cuánto tiempo? y ¿a qué precio? No me basta más que mirar al ejemplo de Ecuador: un país de cuyo gobierno he estado orgulloso durante varios años, dónde todavía hoy la inversión social es mucho más incluso que en la "vieja Europa". Ahora, casi 7 años después de mi llegada aquí, sin bien veo y aplaudo los logros de este tiempo, miro con desconfianza un futuro que ya no se me antoja como un gobierno del pueblo, dada la disminución de la participación democrática, ciudadana y directa en el proceso; unas políticas socialistas que se me antojan no otra cosa que puro neoliberalismo disfrazado de acción social. No, diga lo que diga la prensa, hoy día ya no hay tantas diferencias entre el gobierno de Ecuador y el de Alemania o incluso el de EE.UU.
Así que en el panorama político y económico actual, me planto en medio, o mejor dicho, creo otra vía más. Y digo: no este no, con aquel tampoco, al margen nunca, activo; siempre. Y la gente me mira raro. Mis amigos de izquierdas no entienden porqué no me uno al grito de la masa y me acusan de dividir a la izquierda, los que antes me llamaban "correísta" ahora me llaman loco, y los correistas me quitan el apellido.
Yo lo que les digo a todos ellos, de un lado y de otro es: ¿Por qué, a ver, por qué tengo yo que votar a un partido político que todo lo que al final quiere hacer es arreglar un sistema en el que no creo? Yo ya estoy cansado de parches. No tiene sentido gastar esfuerzos, en una dirección u otra en seguir remendando algo que no funciona.
Despertemos de una vez. El discurso en el fondo es el mismo. El cambio, la innovación, nulo. Es un baile continuo de izquierda a derecha, pero la partitura es siempre la misma. Arranquémosla, escribamos una totalmente nueva. ¿Dónde está la innovación, donde está la creación, la imaginación? Si el capitalismo no funciona, si su hijo neoliberalismo, fruto de la endogamia, funciona aún peor, tirémoslos ambos a la basura. Si el comunismo cayó y fracasó, deshagámonos de él también. No tiene sentido seguir dándoles vueltas a algo que no nos está llevando a nada más que dar vueltas y más vueltas perdidos en un círculo sin encontrar la manera de salir de éste.
Cojamos papel en blanco y lápiz. Escribamos la primera R; Radical. Escribamos la segunda R: Revolución, y no olvidemos de trabajar después con la Razón. Que nadie tenga miedo, pues el miedo no es más que un producto creado por el sistema que vivimos para impedir que lo cambiemos, que lo destruyamos y construyamos algo totalmente nuevo.
Arranquemos la página del bloc. Tirémosla a la basura pero sin olvidarla, y empecemos a escribir nueva historia. No es necesario escribir ficciones. El fermento lo tenemos en nuestros propios genes, en nuestro propio pasado: creo que hemos crecido lo bastante como seres humanos para, a partir de donde estamos hoy día, distinguir aquello que nos hace más humanos y nos libera de aquello que nos vuelve seres guiados por un darwiniano instinto que nos mantiene encerrados.
Yo no parto de la nada. Estos días, reclamo y pienso el aquella Ilustración con mayúsculas que durante un tiempo, quizá demasiado breve pero de un calado muy profundo, dio vida y forma la verdadera Europa, no a esa otra falsa Europa actual nacida del "carbón y el acero". Aquella Ilustración que exportó a Europa fuera de sus límites geográficos, no ya en forma de mercantilismo, sino de palabra y pensamiento de liberador. Ilustración de una época de Razón, la que da nombre a mi tercera R, y hacia la que tenemos que volver a poner rumbo teniendo cuidado de no pederlo.
Y pienso también en el Decrecimiento, esa ideología económica que aboga por frenar, y frente a los dos grandes modelos capitalismo-neoliberalismo y comunismo, que buscan -cada uno a su manera- el crecimiento como medio único para prosperar y ser más felices; buscar el ser felices en tener menos y compartirlo y disfrutarlo.
Hoy acabo estas líneas siendo una vez más el loco que tira piedras sobre su propio tejado, que utiliza este maltrecho sistema para acabar con él. Un loco que no tiene medio a encontrarse sin nada y a la vez inmensamente rico por su propia culpa. Que no tiene miedo en volver a aprender. Y que sabe que no está loco, porque junto a él, hay también muchos otros que tira piedras contra el tejado y poco a poco construyen con su actuar realidades que otros se niegan a reconocer.
A los necios y a los sordos les diré que su futuro no existe. Perdón si me he dado cuenta y se lo echo a la cara.
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