El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

sábado, 26 de marzo de 2011

Dos mundos


Esta mañana me he conectado al internet por simple rutina, revisar el correo y seguir a otra cosa. Como no había ninguna noticia nueva, decidí tomarme un tiempo y pasar las páginas de los blogs de las personas que viven al otro lado del charco, intentando averiguar qué se cuece en las calles que antes también yo pisaba.
Me alegró ver y leer de las vidas que transcurren a 8000 km. de distancia hacia el este, saber o adivinar algo de sus vidas, sus inquietudes, sus pensamientos, sus preocupaciones diarias. Pero al cabo de un tiempo leyendo me empecé a sentir como alguien ajeno a esa realidad. Un extraño, un extranjero, un extraterrestre, porqué no.

No era nostalgia, no era morriña. Era, simplemente, que yo ya no bebía de esas aguas, ya no pensaba y caminaba por lo mismo que esa gente. Leía sobre vidas estáticas que construían sus sueños con retales cinematográficos y literarios, que anhelaban una caricia humana que no encuentran.
¿Por qué me parecen ahora vidas tan frías y estáticas? ¿Así de fría y así de estática era mi vida antes? ¿O será que ya no sueño, que me he vuelto tan pegado al barro y la tierra que ya no me hace vibrar como antes las ficciones, que mi imaginación ha quedado relegada por la acuciante realidad? ¿Será por eso que ya no escribo, que ya no invento, que ya no cuelgo sueños y pesadillas en este espacio?

Sí sueño. Si escribo. Por cansancio, por mi lealtad al deber diario, mi mano se ocupa en otras cosas distintas a coger un lápiz o golpear un teclado. Y leo y disfruto con el cine. Pero me doy cuenta de que ya no me es suficiente con leer, ya no me sirve sólo ver en la pantalla e imaginar. Necesito sentir, tocar, VIVIR. Basta ya de películas, de novelas, de vidas imaginadas, ¿el amor, el sufrimiento por la pérdida de ese amor? Está ahí fuera, sal encuéntralo, sufre. ¿La desesperación, el hambre, las vidas a punto de acabar en la cuneta? Están ahí, esperando que salgas a ayudarles. ¿Lejanas selvas, desiertos, regiones heladas e inhóspitas, urbes cosmopolitas llenas de sabores y olores extraños? Esperan a que tus pies las recorran en todo su ancho.
Creo que me he cansado de esperar a que el mundo entre en mi vida a través de los sonidos registrados en CDs, de las imágenes en películas, o de las letras impresas de un libro. ¡Ah, no me malinterprete! ¡Bienvenida la comunicación, bienvenida la técnica que hace posible que podamos asomarnos desde la distancia a otras tierras que nunca conoceremos! Pero, ¿Por qué no apagar el televisor un tiempo y salir a pisar uno mismo una de esas tierras lejanas? Siempre me picó la curiosidad, y al final, cerré el libro y salí por la puerta, casi únicamente con lo puesto.

Supongo que no a todo el mundo le sucede eso. No a todos se les queda pequeña la calle, el barrio, la ciudad. O simplemente, deja de tener sentido, porque hay algo vacío en su interior, algo que no pueden llenar ahí donde están. Pero, aunque intento meterme dentro de la piel de esas personas, aunque intento volver a recordar cómo era yo antes, no puedo sino sentir cierta compasión y lástima por esas personas, pues, al final, los libros y las películas no son tan importantes. En estos meses en que me han pedido que me haga cargo conservar un pequeño museo y una pequeña biblioteca, me dio cuenta de cuán breve es la vida de estos objetos inertes. Nos acompañan y nos ayudan un tiempo, pero, queramos o no, más pronto o más tarde, serán reciclados, se harán polvo, y lo único que quedará de ellos es el espíritu que en ellos habitaba, pasado, transformado, de generación en generación. Como una canción que pasa de generación en generación, cambiando algunos versos, olvidando el nombre de su compositor, convirtiéndose en una pieza anónima y universal de ese gran puzle que es la existencia humana.

En este mundo tan acostumbrado a coleccionar, archivar, recopilar, y criticar, aprendamos a cantar, a escribir, a filmar, a VIVIR. Y no critiques tanto al vecino. Observa su arte, disfruta de él, y crea el tuyo propio. Vive tu vida, no la ficción de otros. Observa el mundo con tus propios ojos, descubre tú mismo esos matices que otros no te mostraron.

sábado, 12 de marzo de 2011

Aquí antes no había nada


Aquí antes no había nada. Cuesta creerlo, uno no se da cuenta de ello fácilmente, pero esa es realidad: hace 40 años aquí no había nada. O mejor dicho, hace 40 años aquí sólo había selva, y aquellos que vivían en y con la selva.

Hombre del viejo mundo, estoy acostumbrado a echar mi vista atrás, hacia un pasado remoto que siento mío pero cuyas raíces se entrecruzan y beben de distintas aguas a lo largo de milenios de historia. Miro las piedras de los edificios de mi ciudad, siento su importancia, esa que les han dado los siglos, pienso en las personas que caminaron por esas mismas calles hace siglos, y que ahora yacen enterrados bajo ellas para despertar ante los ojos del arqueólogo y contarnos de tiempos pasados.
Sin embargo aquí, en esta tierra verde, somos todos desarraigados. No solo yo, que dejé atrás mis ciudades cuando emprendí vuelo en ese afán incansable del hombre de descubrirse más que de descubrir, sino todas o prácticamente todas las personas que en estos parajes viven. Aquí todo el mundo vino de otro sitio, todos dejaron sus casas y sus pasados no hace muchos años, y caminan desde entonces por estas tierras intentado echar raíces en un suelo que no acaban de comprender, de aceptar.
Hace unos meses, en una charla, veía fotos de esta región de la amazonía hace 40 o 50 años. Imágenes de una selva eterna en color sepia, donde poco a poco iban desapareciendo árboles e iba mostrándose la nueva arquitectura del hombre. Y los datos y cifras empezaban entonces a pasar por mi cabeza cambiando mi percepción milenaria del pasado: Lago Agrio ¡comenzó a existir en 1968! ¿El Coca? ¡En la década de 1950! ¡Los indígenas kichwas llegaron acá en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de los primeros hacendados y caucheros!

¿Y antes? ¿Porqué no hay fotos, relatos, crónicas? Simplemente porque nadie había llegado desde afuera a estas tierras, a excepción de algún conquistador cegado por un El Dorado o algún misionero ávido de nuevas ánimas a las que convertir. Viajeros puntuales, que dejaron pequeñas noticias de una tierra olvidada hasta que el hambre de poder hizo a las gentes venir a desenterrar los demonios que dormían en el suelo de la selva y a los guardianes que los custodiaban.
Me sigue constando creerlo, pero es así. Aquí todos son extraños, todos son colonos, incluidos la mayoría de los indígenas que habitan estos bosques. Sólo pequeños grupos, etnias en peligro de desaparecer, son los verdaderos habitantes, aquellos que vivían acá antes de comenzaran a surgir demonios en forma de avaricia y rostros pálidos.
Pero ni siquiera estos habitantes “aborígenes” de esta región de la amazonia sienten ya ese pasado milenario. En parte porque los extraños que llegaron a ocupar unas tierras de nadie, se encargaron de borrar ese pasado milenario con la ley en una mano, monedas en la otra, y una supuesta cruz en el pecho. En parte, porque aquí todo es perenne, todo se regenera continuamente, se vuelve polvo, arcilla de vida todos y cada uno de los días del año. El suelo de esta selva autosuficiente gasta los huesos, el barro, la madera, para borrar casi del todo las huellas de los que acá vivieron, y crear tierra fértil para las semillas del futuro. Los hombres en su sino de hombres, de conservar su huella, su historia, guardaron parte de ese pasado en su mente, en su corazón en relatos y cantos, que para que la naturaleza no borrara. Pasaron de boca en boca, de persona en persona durante milenios, hasta que la técnica y la civilización de otro hombre, les hizo olvidar el calor del fuego del hogar, sembrando miedos y necesidades fútiles.

Hoy ya no queda casi nadie que recuerde ese pasado milenario, transmitido en la palabra escrita en el viento durante generaciones. Lo poco que queda de él, descansa en libros compilados por antropólogos, arqueólogos, etnógrafos, historiadores y otros cruzados que no han tenido miedo de rectificar la dirección de sus espadas, trabajando por conservar, en perecederos libros lo que sus abuelos se empeñaron en borrar de la mente de los hombres.

Por desgracia, pocos son los que hoy en día aventuran a leer esos libros y descubrir el viejo saber. Como pocos son los interesados en aprender la historia reciente de estas tierras. La doctrina oficial, parece ser el silencio y el olvido, para que a favor de otros intereses, se pueda decir: aquí antes no había nada.

miércoles, 26 de enero de 2011

Al otro lado del muro

Hay quien dice que la tierra está mal repartida, que a unos les tocó más que a otros y que nadie tiene la cupa, porque nadie elige donde nace. Osea, que el niñito que nació en África no tiene la culpa de sus desgracias, y tampoco la tengo yo. Y por eso me quedo en mi casa, cómodamente en el sillón, mirando una pantalla plana que, cuando muestra imágenes que perturban mi conciencia, apago tranquilamente o cambio a otra función de batidora de cerebro para borrar ese incómodo sentimiento de mi conciencia.
Y cuando me canso de mirar ala pantalla, me levanto, compruebo que la puerta esté bien cerrada, con la llave echada y todos los cerrojos corridos, me cepillo los dientes y me voy a domir tranquilo, con todos los miedos bien guardados bajo llave.

¿Realmente estamos tan seguros de estar libres de culpa? ¿Realmente vivimos seguros y sin temores? En el fondo de nuestro ser, sabemos que no. Sabemos que tenemos parte de la culpa en la situación del niñito de África o de Sudamérica, por acercarnos un poco más a casa. Sabemos porqué él no tiene, y sabemos qué podemos hacer para que tenga, pero nos da miedo actuar porque tememos perder algo de lo que tenemos. Y tenemos miedo de que, por no actuar, alguien venga a quitarnos por la fuerza lo que tenemos, y por eso construimos puertas de seguridad con 10 cerrojos y muros con alambradas electrificadas.

Lo más triste es que esos muros que vemos a diario, no son los únicos que hemos edificado, ni son tampoco los más difíciles de atravesar. Hay otros muros, unos invisibles, que hemos venido construyendo a lo largo de décadas, los cuales son casi totalmente infranqueables: la pobreza, la falta de solidaridad, el egoismo.

Fíjense. Vivo en un colegio internado, a las afueras de una ciudad en la selva amazónica. Desde el punto de vista del 90% de las personas que puedan tener la suficiencia económica como para tener internet y leer este blog, mi forma de vida, es poco menos que inaceptable: rodeado de mosquitos, tengo que usar mosquitero todas las noches, no tengo agua caliente, no puedo permitirme otra forma de alimento que la comida de batallón del colegio, cada dos por tres se va la luz... La verdad es que yo mismo me quejaba de ciertas incomodidades, como la falta de señal de celular o de internet.
En la misma carretera en la que está el colegio, hay diseminadas cada cierto espacio casitas de madera, pintorescas, cuando se las ve por fuera. Pero entren dentro: a penas 50 metros del colegio, se encuentra uno con que la gente vive en casas de 2 cuartos, sin internet, sin mosquitero, sin tela o menos aún cristal en las ventanas, sin cuarto de baño o siquiera letrina, comiendo cuando hay y ayunando cuando no hay, cocinando con gas cuando hay o con leña cuando no hay gas... Y no son desheredados, excluídos, no. Son gente que nació así, que no ha conocido otra cosa, y que con resignación y cierta tranquilidad vive al día con lo poco que tiene. Gente sin con pocas -casi ninguna- oportunidad de promoción social. ¿Por qué? Porque los otros, "los que tienen" no invierten o hacen que se invierta en educación, en sanidad, en bienestar social en estas áreas, que sería la solucción única para que la vida de las futuras generaciones cambie, mejore, o tenga al menos la posibilidad de elegir cómo quiere vivir. Mientras no llegue esa voluntad de los que tiene, por promover el cambio, la historia de estas personas seguirá siendo plana y lineal: campesinos pobres eran, campesinos pobres son, y campesinos pobres seran.


Y los muros de la exclusión, que nosotros mismos hemos creado, seguirán en pie. Separándonos los unos a los otros, en dos mundos unidos sobre la tierra, pero que rara vez se cruzan en ese delicado equilibro que son las vidas de las personas. Y mientras unos vivimos temerosos encerrados en cajas con diez cerrojos, poco dados al compartir, al prestar, al acojer al extraño, los otros viven sin puerta en sus casas, sin comida en sus despensas, pero siempre con algo que ofrecer al que se presenta, ya se un jugo, una conversación, o algo de sinceridad y verdadero calor humano.

No necesitamos llaves y cerrojos, para encerrar nuestros miedos, sino puertas y manos abiertas, para hacerlos desaparecer.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La larga lluvia

Tomo prestado el nombre dun cuento de Ray Bradbury, pueses el escenario de esa historia el que revive una y otra vez en mi cada vez que llueve aquí en la amazonía.
La intensidad de la lluvia, la humedad penetrante, el ruido a veces ensordecedor, me hace tener la sensación de morir ahogado en medio del aguacero. Todo es agua. Todo a mi alrededor es agua. El cabello chorreando, las ropas que ya no pueden empapar más agua, hasta llegar a la sensación de libertad "peligrosa" que uno siente cuando se sumerje en el agua de un río o piscina o en el mar.
O, cuando le coge a uno a cubierto la lluvia, esa lluvia que puede durar todo el día, toda la noche, esa lluvia que no deja ver más allá de la lluvia, que no deja oir más allá de la lluvia, ese murmullo primero y ese ruido ensordecedor después; esa sensación de seguridad pero de verse atrapado también, de no poder ir más allá. Ese temor a adentrarse en la lluvia que tdoo lo rodea.

Sin embargo, estos temores no son más que temores momentáneos, y tienen más que ver con el asombro del recién llegado. No son los temores y miedos de los hombroes de Bradbury en Venus, ni es esta una lluvia tan cerrada y eterna que ave el color de la vegetación, de nuestro cabello, de nuestra vida. Aunque muchas veces sueño que esta lluvia acabará lavando los colores como en la fantasía bradburiana, la realidad es que esta luvia es una lluvia vivficadora, que viene a lavarnos de nuestros pecados y a devolvernos la vida, arrullándonos en las noches oscuras, llenando de aguas nuevas nuestro espíritu y fundiéndonos de nuevo con la naturaleza.
Es la lluvia de la vida. Aquí sólo los necios construyen cúpulas de sol. Los pacientes y abiertos de corazón saben que de este mar verde de lluvia cuasieterna siempre nace un nuevo sol, más cálido, más grande, más esperado que ninguno. Un sol hijo de la verde selva y la lluvia, para brillar hasta que su madre, en su arrullo eterno, calme su fuegos con frescas aguas una vez más.

(y nosotros, seres vivos -reino vegetal y animal-humano-, en medio, germinando la semilla como parte de una trinidad eterna)

martes, 23 de noviembre de 2010

500 años


500 años atrás, unos aguerridos hombres hispanos, transitaban por esta verde selva, iban buscando el país de la canela, Eldorado, intentaban satisfacer sus sueños y ambiciones en una tierra que no entendía, que les asustaba, cuyas gentes y paisajes intentaron cambiar para no sucumbir a ellas. Muchos quedaron para siempre atrapados entre el verde de la selva. Sus armaduras se oxidaron en la humedad eterna y sus cuerpos sucumbieron ante el calor y los mosquitos.
No encontraron riquezas, no encontraron paraísos. ¿Nada? Sí, nada. Estaban tan ciegos, que no supieron ver la belleza ante sus ojos, la destruyeron a golpe de espada y de cruz, temerosos de ser quemados por su pureza. Ciegos en su propio credo, no supieron ver la luz en los ojos de aquellos que les observaban con curiosidad primero y con miedo después, ocultos en la verde selva.
Mas su arrojo y testarudez no les detuvo, y poco a poco fueron cambiando la faz de esta parte de la tierra, y la mente y la apariencia de las personas que aquí encontraron. Trajeron la civilización, el progreso, la verdad. Su verdad. Una verdad construida con los golpes de un martillo ensordecedor, que clavaba mentiras, pues no permitía escuchar con atención otros repliques, tan válidos y verdaderos como el suyo.

Hoy han regresado esos hombres. Han pasado 500 años, pero no puedo evitar la comparación, con sus botas, sus cruces y sus espadas, me recuerda a Aguirre navegando por estas selvas, loco en su ambición. Da la sensación de que vienen dispuestos a encontrar el santo grial en algún lugar recóndito de una selva que ya no es virgen, a convertir llevar almas hacia una salvación, que, en 500 años, se ha tornado más en pecado y condena que en gracia del creador.
En 500 años de penurias, de atropellos, habíamos empezado a escuchar. En esta selva hay voces, unas voces que nos hablan desde lo más profundo del ser y las entrañas de esta tierra, unas voces que no han callado su voz a pesar de las mordazas, voces amables que nos hablan con labios suaves y voz de maestro, de sabio, invitándonos a entender. Y nosotros habíamos empezado a escuchar y a transmitir el mensaje, pero algunos han decidió volver a cubrirse –y cubrirnos- los oídos.
Las voces, no obstante, siguen hablando. Lenta, suavemente, como el fluir de estos ríos, el canto de los insectos o el rumor de la lluvia en la selva. Ojalá nuestros nuevos vecinos sepan escuchar, y poco a poco, se despojen de ropajes, y, descalzos, con nosotros, se sienten a escuchar y aprender.

La buena nueva está aquí. Desde tiempos inmemoriales, siempre ha estado.
Escuchemos.

Tiempos de cambio


Desempolvo las páginas de este blog por primera vez en casi dos meses; siento el deber de escribir algo, de transmitir algo a vosotros, mis lectores asiduos o causales. En estos últimos meses mi vida y el mundo que le rodea está en un proceso de cambio, de transformación hacia un futuro más o menos incierto, y lo único que le queda a los que vivimos en medio de esa transformación para no ahogarnos en la incertidumbre, es agarrarnos al presente, al día a día palpable y que –aparentemente- no cambia.
Mientras caminamos y trabajamos en nuestras perennes rutinas, esperamos a que los acontecimientos se estabilicen, a que todo lo que flota revuelto en la superficie, se pose en el fondo. Entonces, quizá entonces, seamos capaces de entender con claridad qué a cambiado, y de contarlo a los demás. Quizá esa espera sea la razón de mi ausencia en este blog.

El río todavía está revuelto y arrastra muchas cosas. Y en el aire flotan aún partículas que no soy capaz de catalogar. Me agobia la incertidumbre, lo reconozco; intento escapar de ella ocultando mi cabeza entre el trabajo diario, que realmente no es tanto como yo finjo que es, pero quizá esté actuando equivocadamente. Porque ese día a día que nos parece que no cambia por muy fuertes que soplen los vientos del cambio, realmente sí lo hace, hasta tal extremo que un día me levante de la cama y quizá me dé cuenta, observando pequeños detalles, que las cosas ya no son como solían ser.
Por eso aprovecho este día de más o menos tranquilidad, para reflexionar, y, aunque aún no tengo respuestas, y aún no conozco bien los detalles de mi futuro, escribo acá unas líneas.
Me siento como un último Moicano de la era de los ideales y la esperanza en medio de este llamado mundo postmoderno. A la par que me afianzo en unos ideales por los que me levanto, lucho, y muero cada día, el mundo va destruyendo aquellos bastiones que impertérritos se mantenían junto a mí, defendiendo mis mismos ideales o unos muy parecidos.
Creo en el Hombre. En el Ser Humano. En el hacer por y para los demás como fin único de estar en paz con uno mismo y de construir un mundo futuro que no se vaya al garete a la primera de turno. Creo en formar personas francas, con unos ideales firmes, pero dispuestas a escuchar y a aceptar el punto de vista de otras. Personas que trabajan y se mueven si esperar una recompensa especial por su labor, sin esperar publicidad y sin publicitarse.
Y el mundo gira en otro sentido. Lo veo en la política, en la economía empresarial, en la religión: Partidos políticos atrapalotodo, con colores atractivos y propuestas atrayentes, pero sin un verdadero programa, unos verdaderos principios por los que trabajar y vivir. Empresas que venden mentiras como verdades, y que pretenden atraer a los trabajadores y consumidores ofreciendo precariedad envuelta en papel de regalo. Y ahora también la religión: creencias revestidas con  botas y teatro pero huecas en contenido.
Tengo la sensación de ser el último hombre crítico en un mundo en el que triunfan la sumisión y el adoctrinamiento en masa. El créetelo y no preguntes; y si preguntas, condenado al ostracismo. Nos acercamos poco a poco a ese mundo feliz de Huxley, que tanto asombro me causó en mi adolescencia y tanto miedo me causa ahora en la madurez.

¿No queda nadie ahí fuera, nadie dispuesto a luchar por la libertad de pensamiento, por romper barreras, verticales y horizontales y trazar la hermandad entre los pueblos, abriéndose al otro para aprender de él en lugar de imponer sobre él; todos juntos, sin ropajes que nos distingan, mirando más allá, mucho más allá de las barreras de nuestros credos y el color de nuestra piel, buscando esa semilla común que habita en el interior de todos nosotros?

Sigo caminando, convencido de mis principios y dispuesto a escuchar. Pero a escuchar críticamente. No simplemente a oír y dejarme encandilar por el canto de las sirenas.

viernes, 1 de octubre de 2010

Cuando todo se va al carajo.

Cuando falta el compromiso. Cuando falta la dignidad. Cuando falta el respedo. Cuando los más básicos valores de una sociedad son atropellados arbitrariamente por un pequeño grupo de personas que por tener el poder económico debe tener el resto de poderes, cuando la mentira y la conspiración confunden a la sociedad, todos, ricos y pobres, nos vemos abocados a un mismo abismo.

Llevo dos días encerrado en una ciudad. ¿Cómo puede ser eso? Puede y es. Cuando la ley y el orden desaparecen, uno es prisionero de sus propios miedos y los de sus semejantes. Un miedo interno, acestral, que surje al verse desamparado, rechazado por el grupo humano, por la estructura social de pilares más o menos sólidos que ampara al individuo.
Aún no logro comprender, o mejor dicho aceptar, lo que sucedió. Para mí, es como una película política de Costa-Gavras. Yo estaba a punto de tomar un avión, cuando todo se paralizó por un intento de golpe de estado. Podría ser el argumento de una película, pero es, en realidad, el comienzo de mi diario personal de ayer. De pronto, todo se puso negro, y vivimos unas horas de incertidumbre, de miedo, y de impotencia. De incertidumbre por no saber en qué tipo de país nos íbamos a levantar hoy. De miedo no por nuestra integridad física o nuestras posesiones -ya hace que dejé de pensar sólo en eso-, sino por la integridad de un sistema social, de unos valores y derechos humanos y sociales por los que tanto hemos trabajado, luchado, e incluso morido a lo largo de décadas, de impotencia, por no vernos atrapados en nuestras casas, mirando a un televisor, intentando encontrar el sentido a un laberinto de urdidas y enrevesadas mentiras.

Las imágenes al otro lado del televisor. Los fugaces viajes en auto por las calles semidesiertas de la ciudad, con todos los comercios cerrados. La tensión en el aire. Y el día después: las útlimas protestas. Los militares patruyando por la ciudad y centros comerciales. Los colegios aún vacíos. La incertidumbre y desconfianza todavía planeando sobre nuestras cabezas.
Trato de entenderlo, pero me cuesta. Mi único referente es cinematográfico, o las líneas de un libro de historia "del siglo pasado". O las historias de mi padre y mis tíos. Siento emoción. Algo "verdadero" por lo que sentir miedo y luchar. Pero rabia también, es algo viejo, algo que ya debería estar superado, ago que no debería suceder más. No es un reto nuevo, no el que debería estar afrontando mi generación.
Yo nací un mes de noviembre de 1981 en España, más de medio año después del último intento de golpe de estado en mi país. No conocí ni el miedo de una dictadura, ni el de una inestabilidad democrática. España comenzó su proceso de estabilización, enmarcado en la integración en la futura Unión Europea poco después. El intento de golpe de estado de ayer hizo tambalearse mi confianza ciega en este debil sistema, y reafirmo aquello tan dicho de que la democracia es algo muy fragil que todos debemos cuidar. Cuando, a principios de este verano que ya terminó, vi de nuevo Z, de Costa Gavras, me sedujo de nuevo, pero reconocí en ella una película ya muy lejana en forma y temática, de los motivos que mueven hoy día a las nuevas generaciones o de mis contemporáneos, a quienes yo quería mostrar la película. Hoy, el filme de 1969 cobra total y perfecta actualidad. Quizá no en Europa, pero sí aquí, donde el respeto por el juego democrático aún está por afianzarse.

En Europa, por suerte, tenemos ya bien ganado y asentado ese respeto al juego democrático. Aquí, por desgracia, la historia demuestra una vez más, que aún queda camino por recorrer. Va a ser un camino duro y dificil, pues no se puede construir con "sangrientas acciones de rescate", sino sembrando semillas de respeto, de valores cívicos y sociales, semillas que llevan el nombre de Educación, Solidaridad, Reparto Igualitario de la Riqueza, Inversión en Desarrollo, Desmilitarización.
Esas palabras son la inversión en Democracia y por tanto la Inversión en Futuro. Ese es el gran reto que le espera al pueblo ecuatoriano en los próximos años. Yo me uno a la causa, con mi pizarrón, mi esfero, y todas las pocas artes que conozco en mi breve experiencia de educador.

Ayer salvamos la piel propia y el corazón del sistema. Pero ¿Y mañana? ¿Estaremos dispuestos a enfrentarnos de nuevo a los necios? ¿Seguiremos vigilantes, guardando por nuestro prójimo? ¿O volveremos la cabeza hacia otro lado, o la enterraremos en la arena?
La elección ya tiene que estar tomada, y no hay otra: o todos o ninguno. Si miramos sólo por nuestros propios intereses, en lugar de mirar por todo el grupo humano, estamos escribiendo las últimas líneas de ese libro que se llama Historia de la Humanidad.

Aún faltan muchas páginas por ser escritas. Los autores, son todavía anónimos. Serán nuestros hijos, nietos, generaciones futuras que continuarán la obra que hemos comenzado. Qué escribirán, si lo harán con sangre y rabia o con tinta y buena letra, depende de qué enseñanzas les leguemos nosotros.

Quiero acabar este breve artículo dando las gracias de corazón a todas las personas anónimas que, expontáneamente, se lanzaron ayer a las calles para salvaguardar nuestros más básicos derechos como ciudadanos. Y a todas las personas que desde lejos, se solidarizaron con este país.
Sigamos todos bien firmes, cuidando los unos de los otros, a pesar de las fronteras, y las distancias. El fantasma del miedo, del dolor, de la mentira, puede aparecer en cualquier país, bajo cualquier forma. Pero si nos mantenemos unidos, lo podemos vencer. No sembremos más semillas de desconfianza. Unamos nuestras manos para sembrar campos de Solidaridad y Comunión, donde crezca un sólo arbol fuerte que nos proteja a todos, donde cada rama, cada hoja, cada gota de sabia, seamos cada uno de nosotros, trabajando todos juntos por un futuro común.