Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La larga lluvia

Tomo prestado el nombre dun cuento de Ray Bradbury, pueses el escenario de esa historia el que revive una y otra vez en mi cada vez que llueve aquí en la amazonía.
La intensidad de la lluvia, la humedad penetrante, el ruido a veces ensordecedor, me hace tener la sensación de morir ahogado en medio del aguacero. Todo es agua. Todo a mi alrededor es agua. El cabello chorreando, las ropas que ya no pueden empapar más agua, hasta llegar a la sensación de libertad "peligrosa" que uno siente cuando se sumerje en el agua de un río o piscina o en el mar.
O, cuando le coge a uno a cubierto la lluvia, esa lluvia que puede durar todo el día, toda la noche, esa lluvia que no deja ver más allá de la lluvia, que no deja oir más allá de la lluvia, ese murmullo primero y ese ruido ensordecedor después; esa sensación de seguridad pero de verse atrapado también, de no poder ir más allá. Ese temor a adentrarse en la lluvia que tdoo lo rodea.

Sin embargo, estos temores no son más que temores momentáneos, y tienen más que ver con el asombro del recién llegado. No son los temores y miedos de los hombroes de Bradbury en Venus, ni es esta una lluvia tan cerrada y eterna que ave el color de la vegetación, de nuestro cabello, de nuestra vida. Aunque muchas veces sueño que esta lluvia acabará lavando los colores como en la fantasía bradburiana, la realidad es que esta luvia es una lluvia vivficadora, que viene a lavarnos de nuestros pecados y a devolvernos la vida, arrullándonos en las noches oscuras, llenando de aguas nuevas nuestro espíritu y fundiéndonos de nuevo con la naturaleza.
Es la lluvia de la vida. Aquí sólo los necios construyen cúpulas de sol. Los pacientes y abiertos de corazón saben que de este mar verde de lluvia cuasieterna siempre nace un nuevo sol, más cálido, más grande, más esperado que ninguno. Un sol hijo de la verde selva y la lluvia, para brillar hasta que su madre, en su arrullo eterno, calme su fuegos con frescas aguas una vez más.

(y nosotros, seres vivos -reino vegetal y animal-humano-, en medio, germinando la semilla como parte de una trinidad eterna)