Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 23 de noviembre de 2010

Tiempos de cambio


Desempolvo las páginas de este blog por primera vez en casi dos meses; siento el deber de escribir algo, de transmitir algo a vosotros, mis lectores asiduos o causales. En estos últimos meses mi vida y el mundo que le rodea está en un proceso de cambio, de transformación hacia un futuro más o menos incierto, y lo único que le queda a los que vivimos en medio de esa transformación para no ahogarnos en la incertidumbre, es agarrarnos al presente, al día a día palpable y que –aparentemente- no cambia.
Mientras caminamos y trabajamos en nuestras perennes rutinas, esperamos a que los acontecimientos se estabilicen, a que todo lo que flota revuelto en la superficie, se pose en el fondo. Entonces, quizá entonces, seamos capaces de entender con claridad qué a cambiado, y de contarlo a los demás. Quizá esa espera sea la razón de mi ausencia en este blog.

El río todavía está revuelto y arrastra muchas cosas. Y en el aire flotan aún partículas que no soy capaz de catalogar. Me agobia la incertidumbre, lo reconozco; intento escapar de ella ocultando mi cabeza entre el trabajo diario, que realmente no es tanto como yo finjo que es, pero quizá esté actuando equivocadamente. Porque ese día a día que nos parece que no cambia por muy fuertes que soplen los vientos del cambio, realmente sí lo hace, hasta tal extremo que un día me levante de la cama y quizá me dé cuenta, observando pequeños detalles, que las cosas ya no son como solían ser.
Por eso aprovecho este día de más o menos tranquilidad, para reflexionar, y, aunque aún no tengo respuestas, y aún no conozco bien los detalles de mi futuro, escribo acá unas líneas.
Me siento como un último Moicano de la era de los ideales y la esperanza en medio de este llamado mundo postmoderno. A la par que me afianzo en unos ideales por los que me levanto, lucho, y muero cada día, el mundo va destruyendo aquellos bastiones que impertérritos se mantenían junto a mí, defendiendo mis mismos ideales o unos muy parecidos.
Creo en el Hombre. En el Ser Humano. En el hacer por y para los demás como fin único de estar en paz con uno mismo y de construir un mundo futuro que no se vaya al garete a la primera de turno. Creo en formar personas francas, con unos ideales firmes, pero dispuestas a escuchar y a aceptar el punto de vista de otras. Personas que trabajan y se mueven si esperar una recompensa especial por su labor, sin esperar publicidad y sin publicitarse.
Y el mundo gira en otro sentido. Lo veo en la política, en la economía empresarial, en la religión: Partidos políticos atrapalotodo, con colores atractivos y propuestas atrayentes, pero sin un verdadero programa, unos verdaderos principios por los que trabajar y vivir. Empresas que venden mentiras como verdades, y que pretenden atraer a los trabajadores y consumidores ofreciendo precariedad envuelta en papel de regalo. Y ahora también la religión: creencias revestidas con  botas y teatro pero huecas en contenido.
Tengo la sensación de ser el último hombre crítico en un mundo en el que triunfan la sumisión y el adoctrinamiento en masa. El créetelo y no preguntes; y si preguntas, condenado al ostracismo. Nos acercamos poco a poco a ese mundo feliz de Huxley, que tanto asombro me causó en mi adolescencia y tanto miedo me causa ahora en la madurez.

¿No queda nadie ahí fuera, nadie dispuesto a luchar por la libertad de pensamiento, por romper barreras, verticales y horizontales y trazar la hermandad entre los pueblos, abriéndose al otro para aprender de él en lugar de imponer sobre él; todos juntos, sin ropajes que nos distingan, mirando más allá, mucho más allá de las barreras de nuestros credos y el color de nuestra piel, buscando esa semilla común que habita en el interior de todos nosotros?

Sigo caminando, convencido de mis principios y dispuesto a escuchar. Pero a escuchar críticamente. No simplemente a oír y dejarme encandilar por el canto de las sirenas.