Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 12 de marzo de 2011

Aquí antes no había nada


Aquí antes no había nada. Cuesta creerlo, uno no se da cuenta de ello fácilmente, pero esa es realidad: hace 40 años aquí no había nada. O mejor dicho, hace 40 años aquí sólo había selva, y aquellos que vivían en y con la selva.

Hombre del viejo mundo, estoy acostumbrado a echar mi vista atrás, hacia un pasado remoto que siento mío pero cuyas raíces se entrecruzan y beben de distintas aguas a lo largo de milenios de historia. Miro las piedras de los edificios de mi ciudad, siento su importancia, esa que les han dado los siglos, pienso en las personas que caminaron por esas mismas calles hace siglos, y que ahora yacen enterrados bajo ellas para despertar ante los ojos del arqueólogo y contarnos de tiempos pasados.
Sin embargo aquí, en esta tierra verde, somos todos desarraigados. No solo yo, que dejé atrás mis ciudades cuando emprendí vuelo en ese afán incansable del hombre de descubrirse más que de descubrir, sino todas o prácticamente todas las personas que en estos parajes viven. Aquí todo el mundo vino de otro sitio, todos dejaron sus casas y sus pasados no hace muchos años, y caminan desde entonces por estas tierras intentado echar raíces en un suelo que no acaban de comprender, de aceptar.
Hace unos meses, en una charla, veía fotos de esta región de la amazonía hace 40 o 50 años. Imágenes de una selva eterna en color sepia, donde poco a poco iban desapareciendo árboles e iba mostrándose la nueva arquitectura del hombre. Y los datos y cifras empezaban entonces a pasar por mi cabeza cambiando mi percepción milenaria del pasado: Lago Agrio ¡comenzó a existir en 1968! ¿El Coca? ¡En la década de 1950! ¡Los indígenas kichwas llegaron acá en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de los primeros hacendados y caucheros!

¿Y antes? ¿Porqué no hay fotos, relatos, crónicas? Simplemente porque nadie había llegado desde afuera a estas tierras, a excepción de algún conquistador cegado por un El Dorado o algún misionero ávido de nuevas ánimas a las que convertir. Viajeros puntuales, que dejaron pequeñas noticias de una tierra olvidada hasta que el hambre de poder hizo a las gentes venir a desenterrar los demonios que dormían en el suelo de la selva y a los guardianes que los custodiaban.
Me sigue constando creerlo, pero es así. Aquí todos son extraños, todos son colonos, incluidos la mayoría de los indígenas que habitan estos bosques. Sólo pequeños grupos, etnias en peligro de desaparecer, son los verdaderos habitantes, aquellos que vivían acá antes de comenzaran a surgir demonios en forma de avaricia y rostros pálidos.
Pero ni siquiera estos habitantes “aborígenes” de esta región de la amazonia sienten ya ese pasado milenario. En parte porque los extraños que llegaron a ocupar unas tierras de nadie, se encargaron de borrar ese pasado milenario con la ley en una mano, monedas en la otra, y una supuesta cruz en el pecho. En parte, porque aquí todo es perenne, todo se regenera continuamente, se vuelve polvo, arcilla de vida todos y cada uno de los días del año. El suelo de esta selva autosuficiente gasta los huesos, el barro, la madera, para borrar casi del todo las huellas de los que acá vivieron, y crear tierra fértil para las semillas del futuro. Los hombres en su sino de hombres, de conservar su huella, su historia, guardaron parte de ese pasado en su mente, en su corazón en relatos y cantos, que para que la naturaleza no borrara. Pasaron de boca en boca, de persona en persona durante milenios, hasta que la técnica y la civilización de otro hombre, les hizo olvidar el calor del fuego del hogar, sembrando miedos y necesidades fútiles.

Hoy ya no queda casi nadie que recuerde ese pasado milenario, transmitido en la palabra escrita en el viento durante generaciones. Lo poco que queda de él, descansa en libros compilados por antropólogos, arqueólogos, etnógrafos, historiadores y otros cruzados que no han tenido miedo de rectificar la dirección de sus espadas, trabajando por conservar, en perecederos libros lo que sus abuelos se empeñaron en borrar de la mente de los hombres.

Por desgracia, pocos son los que hoy en día aventuran a leer esos libros y descubrir el viejo saber. Como pocos son los interesados en aprender la historia reciente de estas tierras. La doctrina oficial, parece ser el silencio y el olvido, para que a favor de otros intereses, se pueda decir: aquí antes no había nada.