Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 26 de marzo de 2011

Dos mundos


Esta mañana me he conectado al internet por simple rutina, revisar el correo y seguir a otra cosa. Como no había ninguna noticia nueva, decidí tomarme un tiempo y pasar las páginas de los blogs de las personas que viven al otro lado del charco, intentando averiguar qué se cuece en las calles que antes también yo pisaba.
Me alegró ver y leer de las vidas que transcurren a 8000 km. de distancia hacia el este, saber o adivinar algo de sus vidas, sus inquietudes, sus pensamientos, sus preocupaciones diarias. Pero al cabo de un tiempo leyendo me empecé a sentir como alguien ajeno a esa realidad. Un extraño, un extranjero, un extraterrestre, porqué no.

No era nostalgia, no era morriña. Era, simplemente, que yo ya no bebía de esas aguas, ya no pensaba y caminaba por lo mismo que esa gente. Leía sobre vidas estáticas que construían sus sueños con retales cinematográficos y literarios, que anhelaban una caricia humana que no encuentran.
¿Por qué me parecen ahora vidas tan frías y estáticas? ¿Así de fría y así de estática era mi vida antes? ¿O será que ya no sueño, que me he vuelto tan pegado al barro y la tierra que ya no me hace vibrar como antes las ficciones, que mi imaginación ha quedado relegada por la acuciante realidad? ¿Será por eso que ya no escribo, que ya no invento, que ya no cuelgo sueños y pesadillas en este espacio?

Sí sueño. Si escribo. Por cansancio, por mi lealtad al deber diario, mi mano se ocupa en otras cosas distintas a coger un lápiz o golpear un teclado. Y leo y disfruto con el cine. Pero me doy cuenta de que ya no me es suficiente con leer, ya no me sirve sólo ver en la pantalla e imaginar. Necesito sentir, tocar, VIVIR. Basta ya de películas, de novelas, de vidas imaginadas, ¿el amor, el sufrimiento por la pérdida de ese amor? Está ahí fuera, sal encuéntralo, sufre. ¿La desesperación, el hambre, las vidas a punto de acabar en la cuneta? Están ahí, esperando que salgas a ayudarles. ¿Lejanas selvas, desiertos, regiones heladas e inhóspitas, urbes cosmopolitas llenas de sabores y olores extraños? Esperan a que tus pies las recorran en todo su ancho.
Creo que me he cansado de esperar a que el mundo entre en mi vida a través de los sonidos registrados en CDs, de las imágenes en películas, o de las letras impresas de un libro. ¡Ah, no me malinterprete! ¡Bienvenida la comunicación, bienvenida la técnica que hace posible que podamos asomarnos desde la distancia a otras tierras que nunca conoceremos! Pero, ¿Por qué no apagar el televisor un tiempo y salir a pisar uno mismo una de esas tierras lejanas? Siempre me picó la curiosidad, y al final, cerré el libro y salí por la puerta, casi únicamente con lo puesto.

Supongo que no a todo el mundo le sucede eso. No a todos se les queda pequeña la calle, el barrio, la ciudad. O simplemente, deja de tener sentido, porque hay algo vacío en su interior, algo que no pueden llenar ahí donde están. Pero, aunque intento meterme dentro de la piel de esas personas, aunque intento volver a recordar cómo era yo antes, no puedo sino sentir cierta compasión y lástima por esas personas, pues, al final, los libros y las películas no son tan importantes. En estos meses en que me han pedido que me haga cargo conservar un pequeño museo y una pequeña biblioteca, me dio cuenta de cuán breve es la vida de estos objetos inertes. Nos acompañan y nos ayudan un tiempo, pero, queramos o no, más pronto o más tarde, serán reciclados, se harán polvo, y lo único que quedará de ellos es el espíritu que en ellos habitaba, pasado, transformado, de generación en generación. Como una canción que pasa de generación en generación, cambiando algunos versos, olvidando el nombre de su compositor, convirtiéndose en una pieza anónima y universal de ese gran puzle que es la existencia humana.

En este mundo tan acostumbrado a coleccionar, archivar, recopilar, y criticar, aprendamos a cantar, a escribir, a filmar, a VIVIR. Y no critiques tanto al vecino. Observa su arte, disfruta de él, y crea el tuyo propio. Vive tu vida, no la ficción de otros. Observa el mundo con tus propios ojos, descubre tú mismo esos matices que otros no te mostraron.