El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La larga lluvia

Tomo prestado el nombre dun cuento de Ray Bradbury, pueses el escenario de esa historia el que revive una y otra vez en mi cada vez que llueve aquí en la amazonía.
La intensidad de la lluvia, la humedad penetrante, el ruido a veces ensordecedor, me hace tener la sensación de morir ahogado en medio del aguacero. Todo es agua. Todo a mi alrededor es agua. El cabello chorreando, las ropas que ya no pueden empapar más agua, hasta llegar a la sensación de libertad "peligrosa" que uno siente cuando se sumerje en el agua de un río o piscina o en el mar.
O, cuando le coge a uno a cubierto la lluvia, esa lluvia que puede durar todo el día, toda la noche, esa lluvia que no deja ver más allá de la lluvia, que no deja oir más allá de la lluvia, ese murmullo primero y ese ruido ensordecedor después; esa sensación de seguridad pero de verse atrapado también, de no poder ir más allá. Ese temor a adentrarse en la lluvia que tdoo lo rodea.

Sin embargo, estos temores no son más que temores momentáneos, y tienen más que ver con el asombro del recién llegado. No son los temores y miedos de los hombroes de Bradbury en Venus, ni es esta una lluvia tan cerrada y eterna que ave el color de la vegetación, de nuestro cabello, de nuestra vida. Aunque muchas veces sueño que esta lluvia acabará lavando los colores como en la fantasía bradburiana, la realidad es que esta luvia es una lluvia vivficadora, que viene a lavarnos de nuestros pecados y a devolvernos la vida, arrullándonos en las noches oscuras, llenando de aguas nuevas nuestro espíritu y fundiéndonos de nuevo con la naturaleza.
Es la lluvia de la vida. Aquí sólo los necios construyen cúpulas de sol. Los pacientes y abiertos de corazón saben que de este mar verde de lluvia cuasieterna siempre nace un nuevo sol, más cálido, más grande, más esperado que ninguno. Un sol hijo de la verde selva y la lluvia, para brillar hasta que su madre, en su arrullo eterno, calme su fuegos con frescas aguas una vez más.

(y nosotros, seres vivos -reino vegetal y animal-humano-, en medio, germinando la semilla como parte de una trinidad eterna)

martes, 23 de noviembre de 2010

500 años


500 años atrás, unos aguerridos hombres hispanos, transitaban por esta verde selva, iban buscando el país de la canela, Eldorado, intentaban satisfacer sus sueños y ambiciones en una tierra que no entendía, que les asustaba, cuyas gentes y paisajes intentaron cambiar para no sucumbir a ellas. Muchos quedaron para siempre atrapados entre el verde de la selva. Sus armaduras se oxidaron en la humedad eterna y sus cuerpos sucumbieron ante el calor y los mosquitos.
No encontraron riquezas, no encontraron paraísos. ¿Nada? Sí, nada. Estaban tan ciegos, que no supieron ver la belleza ante sus ojos, la destruyeron a golpe de espada y de cruz, temerosos de ser quemados por su pureza. Ciegos en su propio credo, no supieron ver la luz en los ojos de aquellos que les observaban con curiosidad primero y con miedo después, ocultos en la verde selva.
Mas su arrojo y testarudez no les detuvo, y poco a poco fueron cambiando la faz de esta parte de la tierra, y la mente y la apariencia de las personas que aquí encontraron. Trajeron la civilización, el progreso, la verdad. Su verdad. Una verdad construida con los golpes de un martillo ensordecedor, que clavaba mentiras, pues no permitía escuchar con atención otros repliques, tan válidos y verdaderos como el suyo.

Hoy han regresado esos hombres. Han pasado 500 años, pero no puedo evitar la comparación, con sus botas, sus cruces y sus espadas, me recuerda a Aguirre navegando por estas selvas, loco en su ambición. Da la sensación de que vienen dispuestos a encontrar el santo grial en algún lugar recóndito de una selva que ya no es virgen, a convertir llevar almas hacia una salvación, que, en 500 años, se ha tornado más en pecado y condena que en gracia del creador.
En 500 años de penurias, de atropellos, habíamos empezado a escuchar. En esta selva hay voces, unas voces que nos hablan desde lo más profundo del ser y las entrañas de esta tierra, unas voces que no han callado su voz a pesar de las mordazas, voces amables que nos hablan con labios suaves y voz de maestro, de sabio, invitándonos a entender. Y nosotros habíamos empezado a escuchar y a transmitir el mensaje, pero algunos han decidió volver a cubrirse –y cubrirnos- los oídos.
Las voces, no obstante, siguen hablando. Lenta, suavemente, como el fluir de estos ríos, el canto de los insectos o el rumor de la lluvia en la selva. Ojalá nuestros nuevos vecinos sepan escuchar, y poco a poco, se despojen de ropajes, y, descalzos, con nosotros, se sienten a escuchar y aprender.

La buena nueva está aquí. Desde tiempos inmemoriales, siempre ha estado.
Escuchemos.

Tiempos de cambio


Desempolvo las páginas de este blog por primera vez en casi dos meses; siento el deber de escribir algo, de transmitir algo a vosotros, mis lectores asiduos o causales. En estos últimos meses mi vida y el mundo que le rodea está en un proceso de cambio, de transformación hacia un futuro más o menos incierto, y lo único que le queda a los que vivimos en medio de esa transformación para no ahogarnos en la incertidumbre, es agarrarnos al presente, al día a día palpable y que –aparentemente- no cambia.
Mientras caminamos y trabajamos en nuestras perennes rutinas, esperamos a que los acontecimientos se estabilicen, a que todo lo que flota revuelto en la superficie, se pose en el fondo. Entonces, quizá entonces, seamos capaces de entender con claridad qué a cambiado, y de contarlo a los demás. Quizá esa espera sea la razón de mi ausencia en este blog.

El río todavía está revuelto y arrastra muchas cosas. Y en el aire flotan aún partículas que no soy capaz de catalogar. Me agobia la incertidumbre, lo reconozco; intento escapar de ella ocultando mi cabeza entre el trabajo diario, que realmente no es tanto como yo finjo que es, pero quizá esté actuando equivocadamente. Porque ese día a día que nos parece que no cambia por muy fuertes que soplen los vientos del cambio, realmente sí lo hace, hasta tal extremo que un día me levante de la cama y quizá me dé cuenta, observando pequeños detalles, que las cosas ya no son como solían ser.
Por eso aprovecho este día de más o menos tranquilidad, para reflexionar, y, aunque aún no tengo respuestas, y aún no conozco bien los detalles de mi futuro, escribo acá unas líneas.
Me siento como un último Moicano de la era de los ideales y la esperanza en medio de este llamado mundo postmoderno. A la par que me afianzo en unos ideales por los que me levanto, lucho, y muero cada día, el mundo va destruyendo aquellos bastiones que impertérritos se mantenían junto a mí, defendiendo mis mismos ideales o unos muy parecidos.
Creo en el Hombre. En el Ser Humano. En el hacer por y para los demás como fin único de estar en paz con uno mismo y de construir un mundo futuro que no se vaya al garete a la primera de turno. Creo en formar personas francas, con unos ideales firmes, pero dispuestas a escuchar y a aceptar el punto de vista de otras. Personas que trabajan y se mueven si esperar una recompensa especial por su labor, sin esperar publicidad y sin publicitarse.
Y el mundo gira en otro sentido. Lo veo en la política, en la economía empresarial, en la religión: Partidos políticos atrapalotodo, con colores atractivos y propuestas atrayentes, pero sin un verdadero programa, unos verdaderos principios por los que trabajar y vivir. Empresas que venden mentiras como verdades, y que pretenden atraer a los trabajadores y consumidores ofreciendo precariedad envuelta en papel de regalo. Y ahora también la religión: creencias revestidas con  botas y teatro pero huecas en contenido.
Tengo la sensación de ser el último hombre crítico en un mundo en el que triunfan la sumisión y el adoctrinamiento en masa. El créetelo y no preguntes; y si preguntas, condenado al ostracismo. Nos acercamos poco a poco a ese mundo feliz de Huxley, que tanto asombro me causó en mi adolescencia y tanto miedo me causa ahora en la madurez.

¿No queda nadie ahí fuera, nadie dispuesto a luchar por la libertad de pensamiento, por romper barreras, verticales y horizontales y trazar la hermandad entre los pueblos, abriéndose al otro para aprender de él en lugar de imponer sobre él; todos juntos, sin ropajes que nos distingan, mirando más allá, mucho más allá de las barreras de nuestros credos y el color de nuestra piel, buscando esa semilla común que habita en el interior de todos nosotros?

Sigo caminando, convencido de mis principios y dispuesto a escuchar. Pero a escuchar críticamente. No simplemente a oír y dejarme encandilar por el canto de las sirenas.

viernes, 1 de octubre de 2010

Cuando todo se va al carajo.

Cuando falta el compromiso. Cuando falta la dignidad. Cuando falta el respedo. Cuando los más básicos valores de una sociedad son atropellados arbitrariamente por un pequeño grupo de personas que por tener el poder económico debe tener el resto de poderes, cuando la mentira y la conspiración confunden a la sociedad, todos, ricos y pobres, nos vemos abocados a un mismo abismo.

Llevo dos días encerrado en una ciudad. ¿Cómo puede ser eso? Puede y es. Cuando la ley y el orden desaparecen, uno es prisionero de sus propios miedos y los de sus semejantes. Un miedo interno, acestral, que surje al verse desamparado, rechazado por el grupo humano, por la estructura social de pilares más o menos sólidos que ampara al individuo.
Aún no logro comprender, o mejor dicho aceptar, lo que sucedió. Para mí, es como una película política de Costa-Gavras. Yo estaba a punto de tomar un avión, cuando todo se paralizó por un intento de golpe de estado. Podría ser el argumento de una película, pero es, en realidad, el comienzo de mi diario personal de ayer. De pronto, todo se puso negro, y vivimos unas horas de incertidumbre, de miedo, y de impotencia. De incertidumbre por no saber en qué tipo de país nos íbamos a levantar hoy. De miedo no por nuestra integridad física o nuestras posesiones -ya hace que dejé de pensar sólo en eso-, sino por la integridad de un sistema social, de unos valores y derechos humanos y sociales por los que tanto hemos trabajado, luchado, e incluso morido a lo largo de décadas, de impotencia, por no vernos atrapados en nuestras casas, mirando a un televisor, intentando encontrar el sentido a un laberinto de urdidas y enrevesadas mentiras.

Las imágenes al otro lado del televisor. Los fugaces viajes en auto por las calles semidesiertas de la ciudad, con todos los comercios cerrados. La tensión en el aire. Y el día después: las útlimas protestas. Los militares patruyando por la ciudad y centros comerciales. Los colegios aún vacíos. La incertidumbre y desconfianza todavía planeando sobre nuestras cabezas.
Trato de entenderlo, pero me cuesta. Mi único referente es cinematográfico, o las líneas de un libro de historia "del siglo pasado". O las historias de mi padre y mis tíos. Siento emoción. Algo "verdadero" por lo que sentir miedo y luchar. Pero rabia también, es algo viejo, algo que ya debería estar superado, ago que no debería suceder más. No es un reto nuevo, no el que debería estar afrontando mi generación.
Yo nací un mes de noviembre de 1981 en España, más de medio año después del último intento de golpe de estado en mi país. No conocí ni el miedo de una dictadura, ni el de una inestabilidad democrática. España comenzó su proceso de estabilización, enmarcado en la integración en la futura Unión Europea poco después. El intento de golpe de estado de ayer hizo tambalearse mi confianza ciega en este debil sistema, y reafirmo aquello tan dicho de que la democracia es algo muy fragil que todos debemos cuidar. Cuando, a principios de este verano que ya terminó, vi de nuevo Z, de Costa Gavras, me sedujo de nuevo, pero reconocí en ella una película ya muy lejana en forma y temática, de los motivos que mueven hoy día a las nuevas generaciones o de mis contemporáneos, a quienes yo quería mostrar la película. Hoy, el filme de 1969 cobra total y perfecta actualidad. Quizá no en Europa, pero sí aquí, donde el respeto por el juego democrático aún está por afianzarse.

En Europa, por suerte, tenemos ya bien ganado y asentado ese respeto al juego democrático. Aquí, por desgracia, la historia demuestra una vez más, que aún queda camino por recorrer. Va a ser un camino duro y dificil, pues no se puede construir con "sangrientas acciones de rescate", sino sembrando semillas de respeto, de valores cívicos y sociales, semillas que llevan el nombre de Educación, Solidaridad, Reparto Igualitario de la Riqueza, Inversión en Desarrollo, Desmilitarización.
Esas palabras son la inversión en Democracia y por tanto la Inversión en Futuro. Ese es el gran reto que le espera al pueblo ecuatoriano en los próximos años. Yo me uno a la causa, con mi pizarrón, mi esfero, y todas las pocas artes que conozco en mi breve experiencia de educador.

Ayer salvamos la piel propia y el corazón del sistema. Pero ¿Y mañana? ¿Estaremos dispuestos a enfrentarnos de nuevo a los necios? ¿Seguiremos vigilantes, guardando por nuestro prójimo? ¿O volveremos la cabeza hacia otro lado, o la enterraremos en la arena?
La elección ya tiene que estar tomada, y no hay otra: o todos o ninguno. Si miramos sólo por nuestros propios intereses, en lugar de mirar por todo el grupo humano, estamos escribiendo las últimas líneas de ese libro que se llama Historia de la Humanidad.

Aún faltan muchas páginas por ser escritas. Los autores, son todavía anónimos. Serán nuestros hijos, nietos, generaciones futuras que continuarán la obra que hemos comenzado. Qué escribirán, si lo harán con sangre y rabia o con tinta y buena letra, depende de qué enseñanzas les leguemos nosotros.

Quiero acabar este breve artículo dando las gracias de corazón a todas las personas anónimas que, expontáneamente, se lanzaron ayer a las calles para salvaguardar nuestros más básicos derechos como ciudadanos. Y a todas las personas que desde lejos, se solidarizaron con este país.
Sigamos todos bien firmes, cuidando los unos de los otros, a pesar de las fronteras, y las distancias. El fantasma del miedo, del dolor, de la mentira, puede aparecer en cualquier país, bajo cualquier forma. Pero si nos mantenemos unidos, lo podemos vencer. No sembremos más semillas de desconfianza. Unamos nuestras manos para sembrar campos de Solidaridad y Comunión, donde crezca un sólo arbol fuerte que nos proteja a todos, donde cada rama, cada hoja, cada gota de sabia, seamos cada uno de nosotros, trabajando todos juntos por un futuro común.

viernes, 27 de agosto de 2010

¿Educadores?

Educar a muchachos es algo muy complejo. Y uso la palabra educar, con todo su significado, todas sus atribuciones, lo dejo bien claro, pues muchas personas parecen olvidarse de aquellas atribuciones del término educar que no están reflejadas explícitamente en su contrato laboral, o en su compromiso como cónyugue o padre.

Trabajar en un colegio-internado, tanto de profesor, como de educador/ responsable en uno de las residencias de estudiantes, me han enseñado en verdadero significado de educar: no es sólo transimitir unos conocimientos, lograr que los estudiantes adquieran unas determinadas destrezas y conocimientos académicos. Educar es además formar a esos estudiantes como personas adultas, contribuir a ese proceso de crecimiento personal de aca uno de ellos, mostrándoles normas de conducta y valores que les permitan desenvolverse en la sociedad, siendo aceptados por los demás grupos humanos, en una relación de armonía y respeto mútuo, de manera que ellos mismos contribuyan a consturir, y sean ayudados a construir, el espacio vital en que se muevan en cada momento de sus vidas, sea este espacio su hogar, su familia, su centro de trabajo, o simplemente la cola en la caja del supermercado.

Día tras día, noche tras noche, en este colegio-internado, uno se lo pasa repitiendo las mismas cosas: lava bien la vajilla, apaga los focos, cierra las llaves que malgastas mucha agua, reparte la comida con tus compañeros, no armes bulla de noche,... Cualquiera que se las haya tenido que ver ante un grupo de niños y adolescentes, o que tenga hijos en casa, sabe de lo que hablo. Cualquier maestro, profesor, educador, sabe que sin estas normas de convivencia mínimas aceptadas por todo el mundo -educador y educandos- no es posible dar el otro paso: educar a nivel de conocimientos académicos.

Así, y a pesar del cansancio, día tras día, noche tras noche, nos esforzamos todos los que formamos parte de esta familia, por mantener la armonía y las buenas maneras en este colegio que es nuestro hogar. Alguna vez, las menos según se avanza en esperiencia la madurez, perdemos la paciencias, pero siempre seguimos adelante, con nuestra fe puesta en el futuro, ese futuro de nuestros estudiantes y por lo tanto nuestro también, trabajando por que crezcan y se formen como personas dignas de ejemplo. No desesperamos, pues sabemos que en el fondo son niños, adolescentes, y que el viaje es largo y lento, hace falta paciencia y tesón, si se quiere llegar al final. Además, sabemos que no estamos sólos y que son muchos los que dentro y fuera de este colegio, caminan a nuestro lado.

O eso nos parece hasta que abrimos la puerta y dejamos entrar al vecino. Este mes tenemos asamblea de profesores. Personas adultas, formadas, gente "con vocación" que ha decidido entregar su vdia a la formación de otros, gente que se supone son personas pacientes, coherentes, conocedores y difusores de los principios de conviencia más básicos.
Así debería ser. Pero, como en muchas otras cosas en esta vida, la realidad supera a lo que se presuponía de antemano. Ygual o incluso peor que con los estudiantes, durante los tres días que dura ya este curso, hemos visto como la armonía de este colegio se veía alterada por una serie de personas que cual orda bárbara ha venido a saquear nuestra despensa y dejar desordenadas las residencias. Quizá me exceda en la comparación, pero durante 3 días hemos tenido que repetirles una y otra vez las más mínimas normas de convivencia del centro, obteniendo los más tristes resultados:
Incapaces de sentarse de 6 en seis en cada mesa, impacientes, sin esperar a la bendición de la mesa y el reparto por igual de alimentos, algunos, más rápidos y listos, se comían o bebían la porción que tocaba a otro compañero. En las noches, armaban ruido y bulla hasta la medianoche, sin tener en cuenta el necesario descanso de los demás... y no les hablen de puntualidad, proque no existe: las 7:15 pueden ser las 7:30 o las 8, y menos aún hablarles de paciencia, lo quieren ya, y el ya es cuando a ellos les apetece.

Creo que se me nota cierto cabreo. Y no es para menos. Prefiero cien veces la residencia llena de adolescentes y niños, que llena de adultos cabezones, que, quizá por tener un título, se las dan de importantes y no hacen caso de las mas mínimas normas de convivencia.

Señores y señoras, son ustedes maestros de escuela, profesores. Tiene a su cargo la EDUCACION de unos jóvenes. Esa gran responsabilidad les OBLIGA POR CONTRATO PERSONAL CON UNO MISMO a EDUCAR DANDO EJEMPLO, no solo enseñando matemáticas o español o ingles o ciencias sociales o cualesquiera que sean sus especialidades respectivas.
Vergüenza es lo que siento, y eso que yo no soy alumno de estas personas.

¿Qué educación esperamos que reciban de nosotros los demás, si cuando salimos de casa olvidamos nuestras más mínimas normas de comportamiento en sociedad, amparándonos en pensar que "no es nuestro, otro lo limpiara? ¿Que compromisos esperamos de nuestros alumnos si limitamos nuestra vida en el centro educativo al mero teimpo docente y nos escaqueamos de otras responsabilidades y actividades?

Hay que predicar con el ejemplo, y el que no lo haga, pierde su derecho a ser respetado y su derecho a queja.

viernes, 6 de agosto de 2010

Los moscos (II)

Hace más de un año, durante mi anterior estancia acá en la amazonía ecuatoriana, tuve una experiencia poco agradable durante una visita a una comunidad indígéna. Nos habían invitado a la fiesta de la Chonta, una de las tantas fiestas tradicionales, que, por desgracia, en aquella ocasión se vió tristemente alterada por la lluvia, y por "los moscos": políticos y turistas con aires de supremacía que caminaban por la comuna riéndose por lo bajo, haciendo comentarios sarcásticos respecto a las costumbres e incongruencias de una gente que no había cometido ningún crimen: simplemente era de otra cultura, y por culpa del crimen cometido por otros, quizá no había recibido la necesaria formación a lo largo de su vida.

Esa falta de respeto, de visión, de comprensión por parte de los de fuera me sacó de quicio (y me sigue sancando) y me llevó a escribir dos pequeños relatos con el título "Los moscos". El que hacía referencia a los políticos está publicado en este blog. El que hacía referencia a los turistas hipócritas, quedó olvidado en mi memoria usb. Lo rescato ahora.

LOS MOSCOS (II)

Pasan la mayor parte del año encerradas en sus avisperos. Viven cómodamente, degustando manjares aprobados sanitariamente, observando el mundo a través de pantallas de cristal, diciendo que no con la cabeza ante la supuesta estupidez de otros o poniendo muecas de asco cuando lo que ven les resulta demasiado ajeno y demasiado real para sus cada vez más estrechas mentes.


Son personas esclavas de sus vidas, que trabajan para conservar su colmena fuerte y limpia y aislada de los extraños, los otros, a los que miran con desdén y aires de supremacía cuando, por azares de la vida, estos otros desdichados, acaban viviendo dentro de la colmena.

Varias veces al año, cuando ya nada les ata a su máquina o escritorio, hacen las maletas, y arrastrando pesados morrales a sus espaldas, vestidos como la moda les dice que hay que vestir para salir a pisar terrenos pantanosos, comienzan a zumbar y volando aterrizan en tierras lejanas, para pisar y masticar y escupir por doquier, mirando con supremacía a gentes extrañas, de otros colores y con otras costumbres que les parecen bárbaras y equivocadas. Ellos tienen la razón. Esos otros pobres infelices que ahora ven aún son como niños de teta, como animales sin educar a los que hay que poner en el buen camino.

Y se ríen sardónicamente, y lanzan unos pocos billetes al aire, y luego levantan vuelo y vuelven a su colmena y allí comparten sus experiencias, las fotos, las anécdotas sobre esa gente bárbara más allá de los mares. El resultado de un viaje por ese parque de atracciones suyo que llaman planeta tierra.

¡Ojalá se derrumben sus colmenas! ¡Ojalá entre el viento de la razón por las rendijas de sus casas y les haga caminar hacia afuera del mundo y hacia adentro de ellos mismos, para que así se atrevan a sentarse en medio de un campo de tierra, manchen sus manos de barro y coman los frutos sin tratar con las manos bien sucias! Y entonces, miren a los ojos a ese otro antes extraño y entiendan por qué vive así, sin prejuicios, aceptando las diferencias y respetando extrañas maneras. Y se queden a vivir y aprender con él, el tiempo suficiente para llegar a crecer con él, con ese otro al que antes llenaban con billetes los mofletes. Ojalá.

lunes, 12 de julio de 2010

Ley Seca

Aterrizo en Guayaquil un domingo a la tarde (que aquí es noche) y, tras los trámites usuales de aeropuerto, equipajes, etc., me invitan a cenar:
-¿Qué desea para tomar?
-Una cerveza, por favor.
-Lo siento señor, pero no puede ser. Está prohibido.

¿Qué está prohibido? Pue sí, lo está. Y no son normas del establecimiento, sino del gobierno: prohibido vender bebidas alcóholicas el fin de semana. La razón, acabar con la violencia en las calles los fines de semana. Por lo visto se había disparado el índice de violencia y todo apuntaba a que una de las causas era que la gente se "chuma" (emborracha) y acaban la noche a navajazo limpio.
Solunción gubernamental: cortamos el problema de raíz. Santo remedio. Se acabó. Si no hay alcohol, no hay borrachera, no hay violencia.
La ecuación es sencilla y parece funcionar. Pero por desgracia, la vida es más compleja y más real que las matemáticas, y normalemente, este tipo de remedios, hacen de elegante remiendo en el edificio, no evitan que, al final, de un modo u otro, la casa se nos venga abajo.

No pretendo criticar aquí la acción de un gobierno que apenas conozco, en una coyuntura social que, además, también me es extraña, es más, la medida tomada es efectiva hasta cierto punto e incluso eficaz, pero sí querría arrojar un poco de luz histórica a la ecuación matemática.
Lo primero que vino a mi mente el domingo pasado cuando me enteré de la prohibición de vender alcohol en Ecuador, fue la famosa Ley Seca estadounidense de la década de 1920. Por diversos motivos, moralistas, religiosos, políticos, económicos,... se prohibió terminantemente la venta y consumo de alcohol en dicho país.
El resultado fue -uno de ellos- que apareció todo un mercado negro, una mafia, dedicada al comercio de bebidas acohólicas, locales donde se vendía y se consumía alcohol de manera clandestina, personas que se enriquecieron hasta límites insospechados gracias a este comercio ilegal, y muchos otros que murieron, por la violencia que generó este mercado negro, y por las enfermedades producidas por consumir bebidas acohólicas de muy mala calidad: vienen a mi mente unas tortas de cereal que se vendían en Estados Unidos durante la época de la Ley Seca con una etiqueta que decía algo asi: "no introduzca este producto en agua pues corre el riesgo de fermentarse y producir licor". O las imágenes de personas destilando licores en bañeras, establos...
Las cifras de personas que enfermaron (y fallecieron en muchos casos) por beber licor de mala calidad o en mal estado, son considerables.

Al final, la ley seca fue abolida, pues se vió que sus efectos beneficiosos para la sociedad no compensaban los efectos perniciosos que había generado a la misma.

Éste es sólo uno de tantos ejemplos en los que vemos que las leyes no siempre son efectivas para acabar con un problema. La historia está llena de ejemplos en los que una ley no logra cambiar una situación social, sobre todo cuando ésta se debe a motivos estructurales, o incluso a razones culturales.
Normalmente estas leyes quedan muy bien en el currículum de nuestros políticos que organizan su vida en periodos de cuatro años, pero no soluccionan el problema, para ello, se necesitan otras medidas, más complejas, más difíciles de vender en el plano político porque implican un mayor esfuerzo y una mayor inversión a corto plazo, y los resultados son a muy largo plazo (es decir, fuera del plazo de una legislatura)


Si quieren acabar con la violencia deribada del consumo indebido de alcohol, la solucción no debe ser únicamente eliminar el acohol, sino, y a la a par de esa medida -entendida como medida coyuntural a corto plazo- llevar a cabo otra serie de políticas (sí, políticas) a largo plazo que acaben con los problemas que llevan al individuo a ese consumo exagerado de bebidas alcóholicas.
Dicho de otro modo: inviertan y trabajen en educación pública y gratuíta, tanto desde las escuelas, como a nivel social a través de proyectos de educación para la ciudadanía, reinserción, centros cívicos. Inviertan en infraestructuras para mejorar la situación de pueblos y barrios marginales. Invertan en sanidad pública y gratuíta. Promuevan leyes que favorezcan un mejor reparto de la riqueza, un empleo digno y estable, amplien en definitva, el Estado de Bienestar, de manera que llegue a todos los habitantes.


En una ciudad como Guayaquil, en la que con sólo cruzar un puente se pasa de una zona con viviendas en barrios con seguridad privada, a otra en donde aún hay viviendas sin agua corriente, se hace muy dificil querer eliminar la conflictividad y violencia social prohibiendo la venta de acohol el fin de semana.
Es muy dificil, por no decir imposible, quitarle la botella de aguardiente al pobre que, impotente, observa el lujo, comodidades y vida estable que hay al otro lado del río. A él no le queda más que el alcohol para olvidar sus penas y desesperanzas.