Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 12 de julio de 2010

Ley Seca

Aterrizo en Guayaquil un domingo a la tarde (que aquí es noche) y, tras los trámites usuales de aeropuerto, equipajes, etc., me invitan a cenar:
-¿Qué desea para tomar?
-Una cerveza, por favor.
-Lo siento señor, pero no puede ser. Está prohibido.

¿Qué está prohibido? Pue sí, lo está. Y no son normas del establecimiento, sino del gobierno: prohibido vender bebidas alcóholicas el fin de semana. La razón, acabar con la violencia en las calles los fines de semana. Por lo visto se había disparado el índice de violencia y todo apuntaba a que una de las causas era que la gente se "chuma" (emborracha) y acaban la noche a navajazo limpio.
Solunción gubernamental: cortamos el problema de raíz. Santo remedio. Se acabó. Si no hay alcohol, no hay borrachera, no hay violencia.
La ecuación es sencilla y parece funcionar. Pero por desgracia, la vida es más compleja y más real que las matemáticas, y normalemente, este tipo de remedios, hacen de elegante remiendo en el edificio, no evitan que, al final, de un modo u otro, la casa se nos venga abajo.

No pretendo criticar aquí la acción de un gobierno que apenas conozco, en una coyuntura social que, además, también me es extraña, es más, la medida tomada es efectiva hasta cierto punto e incluso eficaz, pero sí querría arrojar un poco de luz histórica a la ecuación matemática.
Lo primero que vino a mi mente el domingo pasado cuando me enteré de la prohibición de vender alcohol en Ecuador, fue la famosa Ley Seca estadounidense de la década de 1920. Por diversos motivos, moralistas, religiosos, políticos, económicos,... se prohibió terminantemente la venta y consumo de alcohol en dicho país.
El resultado fue -uno de ellos- que apareció todo un mercado negro, una mafia, dedicada al comercio de bebidas acohólicas, locales donde se vendía y se consumía alcohol de manera clandestina, personas que se enriquecieron hasta límites insospechados gracias a este comercio ilegal, y muchos otros que murieron, por la violencia que generó este mercado negro, y por las enfermedades producidas por consumir bebidas acohólicas de muy mala calidad: vienen a mi mente unas tortas de cereal que se vendían en Estados Unidos durante la época de la Ley Seca con una etiqueta que decía algo asi: "no introduzca este producto en agua pues corre el riesgo de fermentarse y producir licor". O las imágenes de personas destilando licores en bañeras, establos...
Las cifras de personas que enfermaron (y fallecieron en muchos casos) por beber licor de mala calidad o en mal estado, son considerables.

Al final, la ley seca fue abolida, pues se vió que sus efectos beneficiosos para la sociedad no compensaban los efectos perniciosos que había generado a la misma.

Éste es sólo uno de tantos ejemplos en los que vemos que las leyes no siempre son efectivas para acabar con un problema. La historia está llena de ejemplos en los que una ley no logra cambiar una situación social, sobre todo cuando ésta se debe a motivos estructurales, o incluso a razones culturales.
Normalmente estas leyes quedan muy bien en el currículum de nuestros políticos que organizan su vida en periodos de cuatro años, pero no soluccionan el problema, para ello, se necesitan otras medidas, más complejas, más difíciles de vender en el plano político porque implican un mayor esfuerzo y una mayor inversión a corto plazo, y los resultados son a muy largo plazo (es decir, fuera del plazo de una legislatura)


Si quieren acabar con la violencia deribada del consumo indebido de alcohol, la solucción no debe ser únicamente eliminar el acohol, sino, y a la a par de esa medida -entendida como medida coyuntural a corto plazo- llevar a cabo otra serie de políticas (sí, políticas) a largo plazo que acaben con los problemas que llevan al individuo a ese consumo exagerado de bebidas alcóholicas.
Dicho de otro modo: inviertan y trabajen en educación pública y gratuíta, tanto desde las escuelas, como a nivel social a través de proyectos de educación para la ciudadanía, reinserción, centros cívicos. Inviertan en infraestructuras para mejorar la situación de pueblos y barrios marginales. Invertan en sanidad pública y gratuíta. Promuevan leyes que favorezcan un mejor reparto de la riqueza, un empleo digno y estable, amplien en definitva, el Estado de Bienestar, de manera que llegue a todos los habitantes.


En una ciudad como Guayaquil, en la que con sólo cruzar un puente se pasa de una zona con viviendas en barrios con seguridad privada, a otra en donde aún hay viviendas sin agua corriente, se hace muy dificil querer eliminar la conflictividad y violencia social prohibiendo la venta de acohol el fin de semana.
Es muy dificil, por no decir imposible, quitarle la botella de aguardiente al pobre que, impotente, observa el lujo, comodidades y vida estable que hay al otro lado del río. A él no le queda más que el alcohol para olvidar sus penas y desesperanzas.