Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 9 de julio de 2010

Al otro lado del charco (otra vez)

4 horas de Bus. 13 más de avión, y uno aterriza en un país nuevo. No dejarán de sorprenderme esas cosas. Qué rápido se viaja cuando se tiene plata. Cuando no se tiene, no se viaja o se demora uno horas y horas en hacer un pequeño viaje.
Ambas modalidades tiene su encanto.

Ecuador, lo poco que he visto de él hasta ahora, no ha cambiado mucho. La misma gente y las mismas caras en los mismos lugares, pero, a fin de cuentas, sólo he estado fuera un año. No es tiempo suficiente para que cambien muchas cosas.
En Guayaquil no hace excesivo calor, está nublado, pues aún no es invierno que es la época de calor insoportable (sauna 24h) en la costa de este país. Quito sigue siendo el bullicio de tráfico y gentes por las calles de siempre, con los autobuses y el trole cargando en cada viaje mucha más gente que la que con seguridad pueden llevar.
Me llama también la atención ver como en este crisol de civilizaciones, tanto en el aspecto étnico como social, se van integrando normas o características típicas de las sociedades européas, "avances" que aquí parecen pegados de mala manera en este mosaico multicolor:
Ahora hay semáforos para peatones en más lugares, y además ahora algunos hasta tiene esa cuenta atrás con el tiempo para cruzar, algo muy reciente también en mi ciudad, en León, España. O por ejemplo, los autos y taxis todos con cinturón delantero y trasero y la policía obligando a los ocupantes a ponérselo. A los foráneos le sonará raro que lo escriba, pero, en un país en el que hay buses sin puertas, y en el que si no cabes, puedes ir en la bañera del carro o en la baca de la ranchera, no deja de ser algo fuera de lugar.

Las cosas cambia, aunque aquí parece que los nuevos cambios no llevan consigo la desparición de las costumbres o normas anteriores. Ésta sigue siendo una tierra pintoresca, llena de colores, sin prisas, con bullicio, con música, con normas que uno -a veces- se puede saltar. Para bien o para mal.