Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 6 de agosto de 2010

Los moscos (II)

Hace más de un año, durante mi anterior estancia acá en la amazonía ecuatoriana, tuve una experiencia poco agradable durante una visita a una comunidad indígéna. Nos habían invitado a la fiesta de la Chonta, una de las tantas fiestas tradicionales, que, por desgracia, en aquella ocasión se vió tristemente alterada por la lluvia, y por "los moscos": políticos y turistas con aires de supremacía que caminaban por la comuna riéndose por lo bajo, haciendo comentarios sarcásticos respecto a las costumbres e incongruencias de una gente que no había cometido ningún crimen: simplemente era de otra cultura, y por culpa del crimen cometido por otros, quizá no había recibido la necesaria formación a lo largo de su vida.

Esa falta de respeto, de visión, de comprensión por parte de los de fuera me sacó de quicio (y me sigue sancando) y me llevó a escribir dos pequeños relatos con el título "Los moscos". El que hacía referencia a los políticos está publicado en este blog. El que hacía referencia a los turistas hipócritas, quedó olvidado en mi memoria usb. Lo rescato ahora.

LOS MOSCOS (II)

Pasan la mayor parte del año encerradas en sus avisperos. Viven cómodamente, degustando manjares aprobados sanitariamente, observando el mundo a través de pantallas de cristal, diciendo que no con la cabeza ante la supuesta estupidez de otros o poniendo muecas de asco cuando lo que ven les resulta demasiado ajeno y demasiado real para sus cada vez más estrechas mentes.


Son personas esclavas de sus vidas, que trabajan para conservar su colmena fuerte y limpia y aislada de los extraños, los otros, a los que miran con desdén y aires de supremacía cuando, por azares de la vida, estos otros desdichados, acaban viviendo dentro de la colmena.

Varias veces al año, cuando ya nada les ata a su máquina o escritorio, hacen las maletas, y arrastrando pesados morrales a sus espaldas, vestidos como la moda les dice que hay que vestir para salir a pisar terrenos pantanosos, comienzan a zumbar y volando aterrizan en tierras lejanas, para pisar y masticar y escupir por doquier, mirando con supremacía a gentes extrañas, de otros colores y con otras costumbres que les parecen bárbaras y equivocadas. Ellos tienen la razón. Esos otros pobres infelices que ahora ven aún son como niños de teta, como animales sin educar a los que hay que poner en el buen camino.

Y se ríen sardónicamente, y lanzan unos pocos billetes al aire, y luego levantan vuelo y vuelven a su colmena y allí comparten sus experiencias, las fotos, las anécdotas sobre esa gente bárbara más allá de los mares. El resultado de un viaje por ese parque de atracciones suyo que llaman planeta tierra.

¡Ojalá se derrumben sus colmenas! ¡Ojalá entre el viento de la razón por las rendijas de sus casas y les haga caminar hacia afuera del mundo y hacia adentro de ellos mismos, para que así se atrevan a sentarse en medio de un campo de tierra, manchen sus manos de barro y coman los frutos sin tratar con las manos bien sucias! Y entonces, miren a los ojos a ese otro antes extraño y entiendan por qué vive así, sin prejuicios, aceptando las diferencias y respetando extrañas maneras. Y se queden a vivir y aprender con él, el tiempo suficiente para llegar a crecer con él, con ese otro al que antes llenaban con billetes los mofletes. Ojalá.