El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

domingo, 6 de octubre de 2013

Raices ecuatorianas

Acá en Ecuador se empeñan en forjar la identidad nacional destacando una y otra vez las hazañas de los próceres de la independencia (s. XIX). Casi todas las fiestas nacionales hacen referencia a fechas de batallas, alzamientos o gritos de independencia, estas mismas fechas dan nombre a las principales calles de las ciudades (10 de Agosto, 6 de Diciembre, 9 de Octubre, ...) y en los libros de historia de los escolares, la historia de Ecuador comienza siempre en el siglo XIX: con suerte preceden algunas páginas que describen algo de la conquista Inca y la época colonial, y aún más difícil es encontrar un texto que hable de "lo que había en Ecuador antes de los Incas". No es de extrañar, incluso, que la historia que mucha de la historia que se viene escribiendo en el país, y sobre todo de la historia que se publica para el público general, para los escolares, sea una rancia historia de corte decimonónico -historicismo puro y duro-, repleta de fechas, batallas, hechos históricos puntuales, y nombres de mil y un próceres, ministros, presidentes. Todo un tostón aburridísimo y desfasado.
Existe, no obstante, una renovación en los estudios históricos en el país, pero esta
parece que todavía no acaba de saltar del mundo de los eruditos y la universidad, al mundo del público en general. Poco a poco se va produciendo el cambio estos días, en parte seguramente por un momento en que el gobierno ha reconocido que Ecuador es algo más que las élites (conservadoras) que hasta ahora controlaban la sociedad -y por ende la cultura y la educación- hasta hace bien poco; pero, la influencia de esa historia hija de ese "Ecuador nacido en el s. XIX", sigue patente en la sociedad: bandas de guerra y desfiles en los colegios, fiestas con motivo de la cantonalización, provincialización, o creación de tal o cual parroquia... Siempre como si antes no hubiese nada, como si Ecuador fuese una tierra baldía hasta que en el s. XIX decidieron ponerle nombre y fijar las fronteras como un estado moderno.

Todo un esfuerzo que dura ya unos 200 años, por crear y afianzar una identidad nacional. Sin embargo, mientras se empeñen en buscar en los hechos independentistas del siglo XIX, es identidad nacional seguirá incompleta. La historia de Ecuador, hunde sus raíces en la prehistoria de América, en el cuarto milenio antes de Cristo, cuando empezaron a florecer en la costa ecuatoriana las primeras culturas agrarias y alfareras de América, y se empezó a crear un interesantísimo mapa -crisol de culturas-, que ínter-relacionándose entre sí, crearon una identidad propia, una identidad ecuatoriana, construida en la relación de numerosos regionalismos que creo explican gran parte de los regionalismos actuales del país. El actual territorio de Ecuador tenía una evolución propia que fue truncada por la conquista Inca primero y española después, pero la cultura de los distintos señoríos y pueblos del ecuador preincaico, siguió en gran medida presente en las manifestaciones cotidianas de los ecuatorianos.

En este sentido, la historia de Ecuador se me antoja no muy distinta a la de España: hoy día creo ya nadie se empeña en buscar las raíces de España en la unión de las dos coronas bajo los Reyes Católicos, ni nadie se mata por defender una "España grande y única" o en intentar ver a España como un estado unitario, sino como un conjunto de pueblos, reinos, etc, unidos pero con diferencias muy palpables entre sí. Y nadie excluye de la historia de España la prehistoria, las invasiones de los Campos de urnas (indoeuropeas), la colonización fenicia, griega y cartaginesa, la breve ocupación cartaginesa, la conquista romana, las invasiones bárbaras, la invasión musulmana y la rica e interesante historia de Al-Andalus, la reconquista y formación de los distintos reinos cristianos... Todo un proceso largo en el que no se puede hablar de España, pero que es en sí inseparable de España y explicación de la España actual. Los libros de historia comienzan hoy con atapuerca, y son bastantes las páginas de esa historia media, antigua y prehistoria de España.

¿No sería, entonces, enriquecedor que Ecuador, que los ecuatorianos, empezasen a buscar, a formar su identidad nacional a partir de los primeros pobladores de estas tierras, desde los asentamientos de el Inga, Las Vegas, avanzando poco a poco por el interesante desarrollo de las distintas culturas preincaicas del territorio ecuatoriano?  Un país que lleve en su identidad, en su nombre y bandera nombres como Valdivia, Chorrera, Jama-Coque, Huancavilca, Puruhá; o los nombres de pueblos como Karanki, Omagua, Otavalo, Cañari, sería un país mucho más rico, con una reconocida tradición milenaria y ancestral, un país con una verdadera bandera que ondear al viento como símbolo propio, origen, fundamento, y explicación última de lo que significa hoy día Ecuador como estado pluricultural y plurinacional que es y siempre ha sido.

Hoy día, por suerte, los escolares ecuatorianos empiezan a leer esta historia ecuatoriana, hasta ahora exclaustrada de los libros de texto. Para aquellos que crecieron cuando en las escuelas Ecuador nacía en el S. XIX, les invito a que salgan de sus casas decimonónicas y visiten museos como el Museo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (antes Museo del Banco Central) en Quito, el Museo Casa del Alabado, también en Quito, o el Museo Antropológico en el malecón de Guayaquil, por citar sólo tres ejemplos; y que se animen también a leer a historia del Ecuador coordinada por Enrique Ayala Mora, o los distintos libros sobre el ecuador prehispánico de Santiago Ontaneda.

Toda país debe conocer sus verdaderas raíces, historia de los pueblos que en épocas anteriores poblaron su territorio, y que hoy día son parte de su identidad como país, nación y estado soberano.

(las imágenes están tomadas de la página web del museo Casa del Alabado)

sábado, 5 de octubre de 2013

El espíritu del 45

Hace unos días me envían por e-mail un recorte de prensa de El País sobre las características y bondades de Ecuador, un país al que están emigrando numerosos españoles "por culpa de la crisis". Siempre la crisis.

Tengo la sensación de que todo el mundo culpa a la crisis como algo abstracto. Algo que está ahí, indefinido, en medio del aire, algo que nos ha tocado vivir y que tenemos que aguantar. No nos dejemos engañar, no tengamos miedo a enfrentar la verdad. La llamada situación de crisis actual quiere decir, simple y llanamente, que el sistema neoliberal que se impone (que nos imponen, que nos imponemos) ha sufrido un accidente: nos dejamos llevar en bus con los ojos cerrados, confiados en un conductor que conducía pensando solamente en sí mismo, y que saltó y se puso a salvo cuando vio que iba demasiado deprisa para tomar la curva y se iba a estrellar. Los damnificados, es de decir nosotros, no importamos. Él está a salvo. La crisis la sufrimos nosotros.

Lo mismo -o muy parecido- que sucede estos días en España y que obliga a muchos compatriotas a emigrar a Ecuador u otros países, es lo mismo que sucedió en Ecuador a finales de la década de los 90 y principios del 2000. Hoy día, diez años después, Ecuador es una economía próspera y emergente, un país al que no le acucian deudas internacionales, el FMI u otras supraorganizaciones internacionales no le dictan reglas, es un país donde la clase media a crecido notablemente, donde ha aumentado el poder adquisitivo de los ciudadanos, donde se van reduciendo los índices de pobreza, donde se genera suficiente empleo incluso como para absorber mano de obra inmigrante (ahora los inmigrantes somos los europeos)
¿Como es todo ésto posible? ¿Fue gracias a las medidas de austeridad, al sacrificio de millones de ecuatorianos que aceptaron ignominiosos recortes, que tuvieron que emigrar a otros países donde sufrieron el racismo y el abuso de otros pueblos?

No, para nada. Ecuador no salió de la crisis y llegó donde está ahora gracias a los recortes. Salió de la crisis y llegó donde está ahora porque en el 2006 ganó las elecciones un gobierno socialista, de izquierdas. Punto. Esa es la pura verdad. Ganó un gobierno que dijo: Ecuador debe ser para todos los ecuatorianos. El individuo en si mismo no importa, sólo tiene valor como parte del grupo, del pueblo.
Se renegociaron los convenios petroleros: de un país explotado (las compañías extranjeras se llevaban el 80% de las ganancias del petroleo) se pasó a un país soberano (ahora el estado se lleva el 80%), se reestructuró un sistema de recaudación fiscal antes inexistente o inoperante, se fortaleció la sanidad pública, la educación pública, se invirtió en infraestructura pública: carreteras, puertos, centrales hidroeléctricas. La compañía de teléfonos es estatal (sin impedir que haya también empresas privadas), la empresa eléctrica es estatal,...

La patria ya es de todos. Reza uno de los principales eslóganes del gobierno ecuatoriano. Y es verdad. Puedo dar testimonio de ello. Llevo en este país más o menos 5 años. No me vine por culpa de la crisis, sino por un compromiso como misionero, pero en estos 5 años he visto el cambio: donde antes sólo llegaba turismo extranjero, ahora disfrutan también turistas nacionales, en los restaurantes y locales "elegantes" donde antes sólo se veía clase alta adinerada (nacional y extranjera) ahora se ve clase media, en los vuelos internos viajan también personas de clase media. Nuevos hospitales públicos, con atención gratuita incluso para los extranjeros, servicio 24 horas, cada vez más especialistas; nuevas escuelas públicas, libros de texto gratuitos, programas para el fortalecimiento y mejoramiento de la educación pública, la formación de docentes cualificados. Más y mejores carreteras... La lista es muy larga, y todo ello, por y para el pueblo ecuatoriano.
No voy a negar que en el país no haya corrupción, y que hay políticas de estado con las que no estoy de acuerdo, pero la realidad es palpable, está ahí en las calles de las ciudades y pueblos del país: hay un gobierno socialista que piensa en la gente y trabaja para la gente para el pueblo.

Este tipo de gobierno socialista, es el que hace falta en España, en Europa para salir de una vez de esa crisis que nos ahoga. Hace 60 años, fue posible y ahora también. Recientemente he visto el documental el Espíritu del 45 de Ken Loach. Ese espíritu se respira hoy en día en Ecuador, por eso me tomo prestado el titulo de la película para esta entrada del blog. Ese espíritu del 45 es lo que se necesita en Europa para salir de la crisis. La solución está en manos de una ciudadanía quizá demasiado acomodada, que piensa que ya está todo hecho, que nadie le puede quitar lo que ya tiene, que no importan a quién se vote, pues todos los políticos son iguales. Una ciudadanía entumecida, adormecida en su propio sueño iluso que no se da cuenta de que la lucha, el trabajo diario por el bien del pueblo, que es su propio bien, nunca ha de detenerse, pues el egoísmo, la avaricia de unos pocos que no piensan nunca en su hermano, está siempre detrás, oculta en la sombra, como una mano de falso terciopelo que al mismo tiempo que acaricia se lleva lo que es de todos y no lo de vuelve.

¿Seguiremos dormidos, acariciados por manos de seda, o colocaremos unas esposas a esas manos y empuñaremos de nuevo el arado de la justicia? La decisión es nuestra.

El mañana es una carretera ancha y equitativa
y nosotros somos los muchos que viajaremos por ella.
El mañana es una carretera ancha y equitativa
y nosotros somos los trabajadores que la construiremos,
sí, nosotros la construiremos.

Ven, ayúdanos a construir un camino para toda la humanidad
un camino para dejar este malvado año atrás.
para viajar hacia un año mejor
donde haya amor y no exista el miedo,
donde esté el amor y no el miedo.

Ahora vivimos un año sombrío de hombres malvados
de hombres con malicia que amenazan de nuevo con guerra
¿Deben ser de nuevo libres los tiranos para pisotear
a nuestros más valientes y honorables muertos?
a nuestros valientes y honorables muertos.

Oh, camaradas, venid y viajad conmigo,
iremos hacia nuestro nuevo año de libertad.
Vamos, caminad firmes, a lo largo del camino del Pueblo,
desde la oscuridad hasta el Día del Pueblo,
desde la oscuridad hasta la luz del día.

El mañana es una carretera ancha e igualitaria,
y el odio y la avaricia nunca deberán viajar por ella,
solamente ellos, los que han aprendido el camino pacífico
de la hermandad para saludar al nuevo día que viene.
Saludamos al nuevo día que viene.

Tomorrow is a highway, de Lee Hays y Pete Seeger (1949) La letra original en inglés aquí.
http://www.youtube.com/watch?v=GklhmKtdTkc

sábado, 21 de septiembre de 2013

El cambio

Hay veces que pienso que todos los esfuerzos que hacemos a diario para cambiar ese mundo son en vano. Se que se han ido logrando muchas cosas, me lo dice mi conciencia histórica, y sé que la lucha es larga y dura, que a veces se pierden batallas y uno se desanima y no logra levantar la cabeza, mas luego llegan los compañeros de lucha y le levanta. Soy consciente de todo ello y no pierdo la esperanza de que algún día, algún día amanecerá igual para todos.

Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que si queremos que amanezca un mismo sol para todos, tenemos que apostar más fuerte, tenemos que empezar por desmontar piedra por piedra los cimientos de esta civilización, empezando por nosotros mismos, y volver a nacer. Desde cero, pero no vacíos. Sin ropas, desnudos, pero vestidos por dentro. Que en nuestro interior quede la huella indeleble de todos nuestros errores pasados, ya aceptados y transformados en energía regeneradora.

Tenemos que ser capaces de dar ese paso, de comenzar la deconstrucción de nuestro ser y nuestra sociedad. Vivimos atrapados en un sistema que creemos único y nos empeñamos en cambiarlo, modificarlo, corregirlo, reorientarlo, sin darnos cuenta de que damos vueltas en círculo: el sistema no da más de sí. Tiene una serie de combinaciones finitas y ninguna de ellas nos va a proporcionar ese sol que es igual para todas las personas todos los días de la vida. El paso que tenemos que dar para cambiar tiene que llevarnos fuera de ese círculo concéntrico en que vivimos, debe cruzar la línea.

Nunca me ha gustado la palabra radical. Pero cada vez estoy más convencido que el amanecer llegará con cambios, con acciones radicales. Las reglas del juego nos tienen las manos atadas, es hora de empezar a saltarse las reglas. Es hora de comenzar a deconstruir, a renacer, y ese renacimiento debemos comenzarlos dentro de cada uno de nosotros. Ése debe ser el comienzo. Que nadie piense en revoluciones, en actos de anarquía contra el sistema, en manifestaciones cargados de piedras y bombas incendiarias y ni en robos y repartos de riqueza a lo Robin Hood. Debemos comenzar el cambio en nuestro interior. Digamos no a todo lo que nos hace daño en nuestro ser y nos aleja de nuestros semejantes y de la naturaleza. El proceso de cambio comenzará a rodar cubriendo los campos como un nuevo diluvio que fertilizará la tierra y dejará únicamente hombres y mujeres desnudos, conscientes de su pasado, sin miedo al futuro, iguales todos en el presente continuo.

Encendamos la mecha en nuestro interior, y sin miedo, dejemos que el fuego vaya poco a poco saliendo de nosotros y comenzando la purificación de este maltrecho e injusto mundo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Sin tiempo

Los indígenas acá en la amazonia tiene la costumbre de ir a visitar a parientes o amigos a comunidades vecinas o a comunidades lejanas, cruzando casi medio país. Estas visitas no son un "hola cómo estás" acompañado de un café, o un almuerzo, estas visitas pueden durar días o incluso semanas, y su duración no queda establecida en la llegada. La frase tan común de "hasta cuándo te quedas" o la más directa aún "cuándo te vas", serían un insulto a la cara del indígena.

Una costumbre, un ritmo de vida, que nos descuadra a los que vivimos en este mundo "occidental y moderno" donde todo se mueve más aprisa y donde el recelo por lo mío (mi tiempo, mi casa,...) se convierte en una pelea constante que nos hace olvidar la verdadera esencia de ser humanos: compartir, tener las puertas del corazón y de casa abiertas, aprender a conocerse y a reconocerse en el otro. Y para ello hace falta tiempo; de hecho, la respuesta de mucha gente seria que no tiene tiempo para ello. ¿Cómo va a dedicar una semana a conocer a sus parientes o amigos, si a penas tiene un mes de vacaciones, o 3 horas libres todos los días, o 30 minutos para comer? ¿De dónde saco el tiempo?
Por más que uno reprograma su día a día, su calendario, sigue sin encontrar tiempo, y seguirá sin encontrarlo, pues la solución no pasa por reprogramar nuestra vida, sino en reprogramarnos nosotros mismo. El tiempo es el mismo, los segundo pasan a la misma velocidad para todo el mundo, todo lo que hay que hacer es aprender a vivirlo. En una sociedad en la que cada minuto vale su precio en oro, en la que tratamos de hacer la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible, ya no vivimos aprovechando el tiempo, nos hemos convertido en esclavos del tiempo.

La solución a nuestro mal del tiempo pasa por aprender a vivir sin ser esclavos del tiempo, absorbiendo las experiencias y los momentos en su totalidad sin preguntarnos cuánto duran, cuánto tiempo puedo dedicar a ello. Aprender a visitar a los amigos como lo hacen los indígenas puede ser un buen ejemplo, aunque quizá sea un ejemplo muy radical para empezar. Muy poca gente tiene la posibilidad de dejar su vida aparcada y irse a caminar y conocer gentes como en aquella película de Otar Iosseliani, Luni Matin. Aunque cada vez estoy más convencido de que los males de este mundo se curarán con cambios y decisiones radicales, reconozco que a mucha gente le hacen falta primero pequeños empujones para luego arrancar de una vez.

Un buen ejercicio en este aspecto, y uno que normalmente no aparece en las listas de ejemplos sobre "cómo aprender a vivir con lentitud", es el compartir espacio con una comunidad religiosa. A muchos les sonará esto a conversión y lavado de cerebro. Dejen sus prejuicios a parte, dejen sus creencias o no creencias a un lado. Hoy día cada vez son más los monasterios que abren su hospedería a personas que necesitan "desconectar" durante un tiempo de la ajetreada vida moderna, y que, como suele suceder no son capaces de desconectar por sí mismos. Lugares como comunidades religiosas, monasterios, centros de espiritualidad, ofrecen ese espacio para que uno descanse, se relaje, respire profundamente y comience a conocerse a si mismo. No es necesario un proceso religioso, ese proceso puede venir o no después según cada persona. Es un proceso espiritual, para volver a encontrarse con un mismo y con los demás.

"Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses". Aprende a respirar. Aprende a dejarte cuidar. Aprende a liberarte del tiempo. Una buena medicina para ello es sin dudas dejarse atrapar por esos lugares donde el tiempo no marca las horas, donde las personas que los habitan no se han dejado esclavizar por el tiempo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Aprendiendo a gritos

Esta mañana, ayudo a dar una nueva mano de pintura a la iglesia, acá en el Cañón de los Monos, donde paso unos días con la familia carmelitana -mis tres tíos, carnales o no-, echando de paso una mano a lo que haga falta, hasta que me llegue el turno de empezar mi nuevo trabajo.
Mientras pinto la iglesia, las voces de los alumnos y los profesores de la escuela primaria del otro lado de la tranquila calle resuenan en mi oídos. "A, B, C, D, E," o "Azuay, capital: ¡¡Cuenca!!" Durante una hora, repaso en voz alta el abecedario, las provincias y capitales del Ecuador, las tablas de multiplicar... Y mientras la brocha sube y baja por la pared, me pregunto si lo que hay a mis espaldas es una escuela o un campeonato por ver quién grita más alto.
Tengo la sensación de que el niño que repite a todo pulmón las letras de alfabeto compite con su compañero del salón vecino que aprende las tablas de multiplicar, guiados ambos por la batuta de un inusual director de orquesta de saberes a gritos. Al final todo se mezcla en una cacofonía en la que las letras del alfabeto contestan a los nombres de las provincias que se multiplican por 3.

No voy a repetir otra vez lo de "lo eficaces que resultan las técnicas de repetición" ya lo expliqué en otro momento en este blog y bastante peleé el año pasado para intentar cambiar tan antediluviana y atroz técnica de enseñanza. La "m" con la "i": mi... Quizás hay que ir más despacio pedir primero a los maestros que, por favor, dejen de gritar y hacer gritar a todo el mundo. Esto no es un concurso de gritos. Al final, uno acaba por no saber si está escuchando a un maestro al albañil de la obra de enfrente que grita a todo pulmón: "¡Manolo, pásame la mezcla!" y recibe su consiguiente  y mecánico "¡Ya va!"

Vivimos a gritos, nos crían a gritos, nos comunicamos a gritos. "¡Acabaraste la sopa, carajo!, le grita la mamá al bebe, al tiempo que este rompe a llorar lo más fuerte que puede. Luego en la escuela aprende la tabla de multiplicar repitiéndola a pleno pulmón, para después acabar gritando desde la puerta del bus "¡A Quito, a Quito, a Quito!" o hablar a voces por el celular por culpa de la maldita mala señal, mientras escucha al político de turno da su discurso berreando cada vez más fuerte como si el volumen de las palabras sirviese para convencer a más gente.

El único momento de la vida en que no gritamos y todo está en silencio es cuando nos entierran, aunque quizás no tarden mucho en gritar "¡Al hoyo!" mientras bajan el ataúd. Esperemos que nunca se llegue a tal extremo.

Mamá, guarde la zapatilla. Señores profesores, bajen la voz. Comencemos a conversar, dialogar y crecer sin gritos. Verán que la comunicación y el aprendizaje mejoran.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Nuevo comienzo


Paso la página. Comienzo un nuevo capítulo de la novela, lleno de emociones, intriga, miedo. Quiero ojear el libro, pasar rápido varias páginas del final para hacerme una idea de lo que va a suceder, buscar el índice para intentar adivinar el contenido de los futuros capítulos a través del título.
Nada de esto sirve en este caso. Este libro es mi propio libro, un libro en el que sólo puedo volver atrás y leer las páginas que he escrito. Las siguientes, permanecen todavía en blanco, esperanzo impacientes a que los días de mi vida las rellenen poco a poco, sin pausa, unas veces con la letra apretada cargada de la velocidad y la impaciencia de la emoción, otras con letras temblorosas que ocultan miedos e incertidumbres, otras con letras bien formadas, escritas en días esos días en los que el corazón latió con el ritmo del sol, viajando en ese carro celeste, de oriente a poniente, para descansar en plácidas noches de luz de luna.
Hay veces que quisiera volver atrás, borrar algún capítulo, arrancar alguna página, reescribir mi historia pasada. Tampoco eso es posible. La vida es única e irrepetible, y está grabada en nuestros huesos y nuestra alma, y permanecerá ahí como un libro impertérrito al tiempo, hasta que llegue ese día en que alguien escriba por nosotros la última página esparza las anteriores al viento.

Hoy siento sosiego y descanso al pasar la página. Es una de esas ocasiones en que uno siente haberse liberado de un peso, síntoma de que finalmente ha hecho las paces con un pasado -remoto o cercano- y ha aceptado a su vez su presente. Sólo entonces puede uno continuar escribiendo el futuro. Atrás quedan unas páginas, algunas de las cuales me gustaría volver a escribir, pero en general, no me avergüenzo ni arrepiento de ninguna de las páginas de estos tres últimos años: es más la insatisfacción del pintor protagonista que quisiera retocar una y otra vez su obra hasta lograr esa perfección que no logrará porque la perfección no existe.
Tres años, algo más. Gentes, vivencias enseñanzas. Mi miedo estaba en que quedasen olvidados y enterrados, en quedar olvidado y enterrado en ellos, en no poder volver quizá a leerlos, a caminar por esos caminos que ya caminé sin la sensación de que ya no existen más. Hoy me doy cuenta que no es así. Nunca podré volver a caminar los años pasados, pero no me importa. No es eso lo que anhelo. Quiero ver las semillas crecer, quiero volver al árbol que sembré, al amigo que cultivé, y reconocerle a pesar del paso de los años, compartir con el un instante de tiempo, un abrazo una sonrisa... y caminar, seguir caminando por la senda de la vida, esa que mancha nuestros pies con una sangre vital que se torna tinta indeleble sobre el libro que cada uno de nosotros escribimos.

Se que volveré a los lugares que caminé en el pasado, y sé que me reconfortaré en ellos en el presente, sentado bajo la sombra de un viejo árbol, con viejo amigo. Sin añoranza de años que fueron, de años que pudieron haber sido. Satisfecho de mis hojas pasadas, sereno en mi presente, caminando en mi futuro.

viernes, 30 de agosto de 2013

La espera

Acabo de terminar de leer el libro Elogio a la lentitud, de Carl Honoré. Me lo topé por casualidad revisando la biblioteca de mi tío, y como me han recomendado que me tome la vida con calma y no corra, me cayó simpático el título. El libro muestra distintos ejemplos que se están dando en nuestros días de desacelerar el ritmo de las diferentes facetas de la vida.
Después de leerlo, me identifico con prácticamente todas esas tendencias del llamado movimiento slow (lento, en inglés), incluso diría que practico inconscientemente algunas de ellas, y sin embargo, continuo acelerado. El título de esta entrada del blog es perfecto ejemplo de ello: después de escribir "La espera" en el encabezado de la entrada sufrí una especie de déjà vu: ¿no he escrito esto antes, aquí mismo en el blog? Una búsqueda rápida en mi blog no hizo sino confirmar mis sospechas: tengo otras dos entradas anteriores con el mismo nombre.

"¡Que impaciente eres! ¡Frena, relájate, compañero!". Me contestó mi voz interior otra vez. Luego surgieron de nuevo los interrogantes ¿Por qué, por qué me desespera tanto esperar, por qué lo quiero todo al instante? ¿Por inconformismo? ¿frustración? ¿miedo? ¿inseguridad? ¿velocidad inyectada en la sangre y la mente por un mundo que gira a una velocidad cada vez más vertiginosa? Quizá sea un poco de todo.

Estos días "descanso" mientras espero que llegue el momento de recoger los bártulos e irme a mi nuevo lugar de residencia y trabajo, y comenzar algo nuevo. Aunque me cuesta decidirme por los cambios, enseguida me emocionan las nuevas perspectivas, los nuevos retos. Sin embargo, siento que no es eso lo que hace que estos días me suba por las paredes, es más la necesidad de estar ya haciendo algo, de sentir la actividad y el movimiento, y por más que me repito, el "tranquilo, relájate", no logro hacerlo.
Nunca he sido la clase de persona capaz de sentarse en la playa estirando una cerveza y mirando el paisaje horas y horas, durante varios días, disfrutando de unas vacaciones. Tengo que hacer algo. No soy de los que se llevan trabajo en vacaciones, tampoco es eso, pero esté donde esté de vacaciones, acabo con un mapa turístico de la zona haciendo pequeñas excursiones diarias. Del hotel y todas sus comodidades, lo único que aprovecho es la cama para dormir en la noche después de estar todo el día en otros lugares. Incluso cuando me quedo sólo en algún lugar donde no hay nada que hacer, hago algo: escribo, leo, reorganizo del nuevo el cuarto para volverlo de nuevo a su orden original, formateo y reconfiguro por enésima vez mi conputadora, ... Lo que sea con tal de no estar quieto. Por eso, cuando la espera, el tiempo sin hacer nada, se alarga más de lo normal, no hay  libro, película, o pasatiempo vacacional que me distraiga.

"Aprende a aburrirte" me dijo un buen amigo.  Cada vez pienso más en su consejo, he intento aprender a aburrirme a diario, y doy gracias al gente que me dicen "tómate el tiempo que necesites para descansar", "te esperamos sin prisas" y otras frases similares, pero, en mi naturaleza de ser sigo queriendo correr y hacer las cosas "a tiempo".

Desde luego los parámetros de ese "a tiempo" son muy variables, según la época, la sociedad, la forma de encarar la vida, en resumidas cuentas. Yo sigo con el planteamiento de vida de este mundo moderno acelerado que exprime al máximo cada minuto del reloj. Desintoxicarse de este culto a la velocidad es difícil y requiere mucho, mucho tiempo, un tiempo "distinto" que hay que aprender a vivir. Por eso estos días, trato de borrar de mi mente el impaciente concepto de "espera" y retomo mi tantas veces abandonado curso de "aburrimiento".