Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 12 de septiembre de 2013

Nuevo comienzo


Paso la página. Comienzo un nuevo capítulo de la novela, lleno de emociones, intriga, miedo. Quiero ojear el libro, pasar rápido varias páginas del final para hacerme una idea de lo que va a suceder, buscar el índice para intentar adivinar el contenido de los futuros capítulos a través del título.
Nada de esto sirve en este caso. Este libro es mi propio libro, un libro en el que sólo puedo volver atrás y leer las páginas que he escrito. Las siguientes, permanecen todavía en blanco, esperanzo impacientes a que los días de mi vida las rellenen poco a poco, sin pausa, unas veces con la letra apretada cargada de la velocidad y la impaciencia de la emoción, otras con letras temblorosas que ocultan miedos e incertidumbres, otras con letras bien formadas, escritas en días esos días en los que el corazón latió con el ritmo del sol, viajando en ese carro celeste, de oriente a poniente, para descansar en plácidas noches de luz de luna.
Hay veces que quisiera volver atrás, borrar algún capítulo, arrancar alguna página, reescribir mi historia pasada. Tampoco eso es posible. La vida es única e irrepetible, y está grabada en nuestros huesos y nuestra alma, y permanecerá ahí como un libro impertérrito al tiempo, hasta que llegue ese día en que alguien escriba por nosotros la última página esparza las anteriores al viento.

Hoy siento sosiego y descanso al pasar la página. Es una de esas ocasiones en que uno siente haberse liberado de un peso, síntoma de que finalmente ha hecho las paces con un pasado -remoto o cercano- y ha aceptado a su vez su presente. Sólo entonces puede uno continuar escribiendo el futuro. Atrás quedan unas páginas, algunas de las cuales me gustaría volver a escribir, pero en general, no me avergüenzo ni arrepiento de ninguna de las páginas de estos tres últimos años: es más la insatisfacción del pintor protagonista que quisiera retocar una y otra vez su obra hasta lograr esa perfección que no logrará porque la perfección no existe.
Tres años, algo más. Gentes, vivencias enseñanzas. Mi miedo estaba en que quedasen olvidados y enterrados, en quedar olvidado y enterrado en ellos, en no poder volver quizá a leerlos, a caminar por esos caminos que ya caminé sin la sensación de que ya no existen más. Hoy me doy cuenta que no es así. Nunca podré volver a caminar los años pasados, pero no me importa. No es eso lo que anhelo. Quiero ver las semillas crecer, quiero volver al árbol que sembré, al amigo que cultivé, y reconocerle a pesar del paso de los años, compartir con el un instante de tiempo, un abrazo una sonrisa... y caminar, seguir caminando por la senda de la vida, esa que mancha nuestros pies con una sangre vital que se torna tinta indeleble sobre el libro que cada uno de nosotros escribimos.

Se que volveré a los lugares que caminé en el pasado, y sé que me reconfortaré en ellos en el presente, sentado bajo la sombra de un viejo árbol, con viejo amigo. Sin añoranza de años que fueron, de años que pudieron haber sido. Satisfecho de mis hojas pasadas, sereno en mi presente, caminando en mi futuro.