Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 3 de junio de 2016

Los perros

Un viento recorrió las calles de la ciudad. Barrió a los vendedores ambulantes, apagó los hornillos de los puestos de comidas rápidas, cerró las persianas de los comercios y empujó lejos las pelotas y las cometas de los últimos niños que jugaran alguna vez en calles y veredas. Los autos cubiertos del polvo se fueron desvaneciendo en el tiempo, dejando sólo las tenues huellas de serpiente sobre el polvo de los adoquines y el asfalto.

La ciudad. Un escenario vacío.
Nada se mueve tras las cortinas. Ningún reloj da ya las horas. En la quietud de la noche, tras el viento, descansa un perro triste, aletargado, soñando la luna. Buscando entre los cubos de basura los restos de la última cena hay otro perro. Y allá, al pie de la persiana metálica del vacío comedor espera otro.
Parecen perdidos, ausentes aun tiempo que ya no es lo que fue. Y su mirada lánguida y sus desalmados aullidos no consiguen traer de vuelta el tiempo.
Recorren la noche. Dos, tres perros. Dos docenas de cánidas criaturas corren por la ciudad, buscando, oliendo, husmeando. No queda ningún rastro que seguir. Lo que un tiempo fuese, se lo llevó el viento.
Cabizbajos, ya no otean el horizonte, ya no corren persiguiendo gatos. Se tumban perezosamente en medio de la calle, bajo el calor del verano extremo y la luz diáfana de los soles nocturnos de la ciudad y espera: un ruido, un auto, una voz. Viejos o jóvenes huesos tirados en el polvo en medio del cruce en un acto de voluntario suicidio. El último rasgo de la sociedad humana abandonado a la incertidumbre de convertirse en polvo yacente en una espera inútil o abandonar la humanidad, seguir el camino de los propios humanos, de vuelta al mundo salvaje, al instinto modificado de su propia extinción.