Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 19 de agosto de 2013

Vivir sin petróleo (y sin muchas otras cosas)

No hace siquiera un mes que llegué hasta el parque Yasuní, y ahora estos días llega la noticia de que finalmente van a extraer el petróleo que hay en el subsuelo de este rincón de la amazonía. La noticia en sí no me extraña, pues desde que escuché por primera vez al propuesta del gobierno para mantener el Yasuní "intacto", me pareció una propuesta totalmente ilusa: pretender que los demás países del planeta pagasen para evitar que se explotaran los recursos petroleros de este sector de la amazonia era algo que se veía no iba a funcionar. Seamos realistas: al 99% de los países del mundo, les importa una mierda la conservación de la naturaleza. Así de claro.

Me llamarán pesimista, me dirán: ¿no has visto todo lo que se ha logrado en materia medioambiental en los últimos años? Y sí, la respuesta es que sí soy consciente de ello, pero, más que verdaderos logros, me parecen migajas que los distintos países reparten para calmar a aquellos que protestan contra las egoístas acciones de unos pocos.

Pongamos las cosas bien claras: la economía de este mundo, y la de este país -Ecuador, la sigue moviendo el petróleo, y mientras siga siendo así, iniciativas ecológicas como la del parque Yasuní, promovidas por gobiernos u ONGs, seguirán siendo meras falacias. Al final sacarán el petróleo, y cuando se acabe, recogerán la casa, dejarán botada toda la basura, y se irán a otro lugar a seguir exprimiendo el planeta en esta carrera con fin. Lo que no funciona, digámoslo una vez más, es el sistema. El capitalismo es así: engulle, fagocita, consume recursos, ya sean estos materiales o humanos, para seguir sobreviviendo. Sí, sobreviviendo, no creciendo, pues el capitalismo no crece, simplemente cambia el reparto de la riqueza, creando una ilusión de crecimiento en la que lo único que pasa es que lo que se repartían entre 20 hoy se lo reparten entre 5. Y sí, sobreviviendo, viviendo a un ritmo frenético, próximo a la extenuación, para poder mantener un modelo de vida irreal, pues no existe el vivir si no se puede vivir en el presente, un modelo además con fecha límite, aunque está aún esté en un futuro que escapa a nuestra vista.

No me hablen de crecimiento sostenible, no me interesa, no existe tal cosa. Al final, el sistema necesita sus recursos y los obtiene a costa de las propias personas a las que dice beneficiar. Hay que cambiar de partitura, reconocer que el sistema no funciona y cambiar radicalmente.

Un cambio así, evidentemente exige unas renuncias tremendas por parte de todos cuantos vivimos según el sistema actual, pero si queremos dejar de angustiarnos por las atrocidades del sistema, ese cambio radical debe llegar. Todo es estar dispuesto a entregarse a ese desprendimiento, y, aunque reconozco que a mi mismo me cuesta a veces caminar en esa dirección, se que algún día llegará.

Mientras llega, les invito a seguir soñando con ese día, que puede que hoy día suene a ciencia-ficción. Déjense llevar, por ejemplo, por la maravillosa película El planeta libre (La Belle Verte, 1996) de Coline Serreau. ¿No les gustaría un futuro así?

Y mientras se deciden por el cambio, propongan soluciones realistas y no engañosas a los problemas del sistema. Al final sacarán el petróleo del Yasuní -que le vamos a hacer- pero podemos exigir que esta extracción sea lo menos intrusiva posible con el medio ambiente y humano. Hoy día existen técnicas para extraer petróleo prácticamente sin dañar el ecosistema, claro que el sistema puede decirnos que no son rentables ¿Queremos un sistema rentable?

Siento que vuelve a empezar el discurso. Cambiémoslo por otro. Radicalicémosnos. Otro sistema es posible.