Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 19 de agosto de 2013

Un mercado en la arena

Es domingo y son  las 8 de la mañana. La playa está casi desierta. Algunas personas pasean y otras aprovecha para hacer deporte mientras las garzas picotean entre la espuma de la orilla, sin miedo de los humanos. Poco a poco, una serie de personas van apareciendo en la playa. No se bien de donde han salido, son como fantasmas diurnos que aguardaban escondidos entre los rascacielos y casas de la orilla a que llegase la luz del día. Vienen cargando barras de metal y toldos, también sillas. Sin pausa pero sin prisa comienzan a montar una serie de carpas en dos o tres hileras a lo largo de la playa. Adelante, las sombrillas para dos o tres personas, atrás las carpas para clanes familiares. Terminado el despliegue comienza a pasear por la playa, sin perder de vista sus carpas,  oteando a los primeros clientes. Poco a poco, las pocas personas que paseaban o hacían deporte se van yendo; las garzas alzan el vuelo. Me paro al borde de la playa echo una última mirada al mar. Ahora una barrera de carpas y sombrillas con estampados de publicidad se interpone entre mi mirada y la orilla del mar. Me doy media vuelta, vamos a desayunar algo y de ahí a misa.

A las 11, la playa es un verdadero hormiguero. Sin embargo, prácticamente no encuentro a niños afanados como hormigas construyendo castillos de arena, cavando infinitos hoyos o enterrando a alguien. Las barreras de carpas y sombrillas han aumentado, y prácticamente todas están repletas de gente sentada en sillas y tumbonas, escondiéndose del sol, de niños que corren a la orilla y vuelven rápido al refugio de la carpa sorteando el laberinto publicitario de sombrillas, sillas y postes. A penas hemos puesto un pie en la playa se acerca una persona:
-¡Venga, venga, acá una carpa, a la sombrita! Sólo 5 dólares ¿Quiere ir a ver a las ballenas? Ya mismo sale un turno.

El tipo nos ha enganchado y nos conduce a una carpa verde -de las pocas que no están patrocinadas por algún gran almacén, banco o compañía telefónica-, con 3 sillas de plástico y una tumbona regulable de madera. Mientras guarda sus 5 dólares me fijo bien en él: Va completamente vestido, con jean, zapatos y una riñonera donde guarda la plata. Se despide con una sonrisa y se va al fondo de la playa donde recoge las piezas de una carpa sin montar: se ha llenado la hilera y toca montar otra más.

No me apetece bañarme todavía así que me siento en una de las sillas a practicar mi deporte favorito: observan el paisaje natural y humano de la playa. A mi derecha -¡milagro!- unas niñas se dedican a enterrar a otro niño en la arena, más que sea debajo de la carpa -porque realmente no tienen mucho más sitio. A mi izquierda una familia conversa mientras come algún aperitivo que parece almuerzo y llama una y otra vez a un vendedor ambulante para comprarle colitas, o cerveza, o algún tipo de artesanía. De echo, la playa es un auténtico enjambre de vendedores: sorteando entre las carpas, las sillas, las sombrillas, los niños que corren, transitan vendedores de lo más diverso ofreciendo mil y una cosas a cual más inverosímil: agua de coco, empanadas calentitas, gafas de sol, manillas, aretes, artesanías de tagua, maní tostado y habitas... Ahí va una señora empujando un carrito enorme gritando "helados de paila", detrás de ella un tipo negro que parece hermano de Bob Marley ofrece aceites naturales como protector solar; por la derecha regresa el tipo de las empanadas y tras él aparece el hombre-sombrero: una especie de montaña de paja toquilla coronada por una docena de sombreros ensartados unos en otros.

Intento escapar de la compulsiva venta ambulante oculto tras mi libro, pero ni por esas.
-¡Jefe gaviotas!
De pronto un par de blancas gaviotas de madera de balsa pendiendo de un hilo revolotean por encima de mi libro.
-¿Quiere una pilsener? 
-¡¡Trencitas, tatuajes!!
Tengo la sensación de estar metido en medio del mercado mayor del pueblo. Un tanto desconcertado, he incómodo, miro a mi alrededor buscando algo de esa semblanza de "tranquilidad y relax en la playa". A mi derecha, la familia a aumentado a auténtico clan: tíos, tías, abuelos, el bebe corriendo, el niño que viene corriendo con la "tetita" para el bebe...

Finalmente me paro con intención de caminar hasta la orilla y salir del bullicio de vendedores y familias sui-géneris, pero mi intento se ve truncado por el espeso tráfico de vendedores diversos que circulan entre las sombrillas y carpas, haciendo del caminar por la playa un auténtico deporte de riesgo. Caigo de nuevo en mi silla plástica y me resigno a mi lectura interrumpida por las ofertas más estrafalarias: puzzles de dinosaurios y superhéroes, cuadros (¡enmarcados y todo!) con motivos costeros,.... La última cosa imaginable, se puede comprar en la playa.

La mañana llega a su fin, y levantamos puesto para ir a almorzar a algún sitio. De pronto, un tipo nos asalta en la misma carpa de playa con unas cartas de restaurant
-¿Les traemos el almuerzo a la playa? ¿Ceviche de camarón, arroz con camarón, camarones apanados? 
Miro de nuevo a la familia de la carpa de al lado, que no ha parado de comer algo en las dos horas que llevamos en la playa. Siguen comiendo y han pedido ya esos camarones apanados, no se sabe bien si en pan o arena de playa. Con un "no muchas gracias", apartamos al tipo del almuerzo en la playa y comenzamos la el camino de regreso al bullicio de las calles. El del alquiler de carpas y sombrillas nos saluda sonriente.

Mientras me sacudo la arena de los pies y me calzo mis tenis, sentado en el borde la vereda, observo una vez más esta playa convertida en un improvisado mercado un domingo por la mañana: realmente es más bulliciosa que el mercado en el centro de la ciudad, es, en cierto modo el ejemplo perfecto del "rebusque" que mueve todavía gran parte de la economía de este país, una verdadera lección magistral de emprendimiento empresarial, digna de ocupar las aulas de la más prestigiosa universidad, un vivo reflejo de capitalismo "en su salsa". Aunque ninguno de sus actores entienda ni media de jerga económica es increíble ver todo el proceso de "lotización", alquiler, y renta de la playa, la publicidad estratégicamente ubicada en sombrillas, carpas, sillas (¡hasta las boyas que marcan la línea de playa están coronadas por un letrero publicitario!), la camaradería y complementariedad de los distintos vendedores,... Todo desordenadamente organizado, para sacar unos cuantos dólares con que aguantar hasta el próximo fin de semana, en que se repetirá esta singular obra de teatro que es la vida cotidiana de estas sencillas gentes.