Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 27 de julio de 2013

Comunidad natural

Cuando pienso en la sociedad actual, en esta llamada "aldea global", las imágenes de las personas, sus vidas, su vivir, pasa delante de mi en forma de miles de luces de colores ruidosas, surcando una noche sin inicio ni fin, como el tráfico en alguna gran ciudad.
Después siento cierta pena y con ella miedo a caer en las garras de ese vivir: vidas reducidas en muchos casos a una familia nuclear: hombre + mujer = hijos, encerrada en una casa, vinculada por rápidas vías de comunicación a un trabajo (segunda casa) y una escuela (tercera casa). Todo ello a merced de un sistema (económico) que pregona que el individuo se realiza en sí mismo, que todo depende exclusivamente de él mismo. No es coincidencia que la familia nuclear, esa que nos quieren vender como la única que alguna vez haya existido, sea un producto de la Revolución Industrial del s. XVIII.

¿Acabar ahí, en la ecuación "familia de 3 o 4, casa-educación reglada-trabajo-jubilación"? Me asusta pensar en acabar ahí, y me da pena por la gente que ya forma parte de esa fórmula comercial y no es capaz de salir de ella, que ni siquiera se ha dado cuenta de que es parte de ella.
En la frase "aldea global" ya no encuentro el concepto de aldea. Nos hemos ido olvidando poco a poco de la "comunidad" que era realmente el corazón de la aldea: un grupo de personas que compartían juntas un vivir sin que les uniesen necesariamente lazos familiares entendidos estos como lazos sanguíneos, y sin embargo forjando entre ellas unos lazos tan fuertes o más que los sanguíneos.
Hoy en día la gente se encierra en sus casas, "en los suyos" y desconfía del resto. Sopesa en balanzas de oro la amistad y busca signos de aprecio en objetos netamente materiales. Viaja de una casa a otra sin fijarse en el camino, viendo éste un mero estorbo, un sufrimiento que intenta paliar con grandes dosis de velocidad.
Me marea ese vivir. Siento la necesidad de frenar y aminorar la marcha de la vida. Buscar un lugar tranquilo, donde se pueda escuchar la naturaleza, sentir la naturaleza, donde la comunidad humana encuentre espacios para construirse, para reconocerse, donde el camino de una casa a otra sea un paseo en el que descubrirse como uno como un todo: hombre-tiempo-naturaleza: un mismo ritmo, un mismo latir.

Personalmente he ido reencontrándome con esa "comunidad humana" al irme a vivir a lugares donde esa velocidad postmoderna está aún por llegar, donde las gentes caminan despacio, se levantan con la salida del sol y se acuestan con la puesta. Lugares también en los que una vida de "comunidad" de "equipo" crea unos vínculos familiares, sustitutorios o fortalecedores de esos lazos sanguíneos, para juntos encontrar la dimensión humaCreo que cada vez hay más gente que poco a poco va buscando esta comunidad humana: pienso en el as llamadas "eco-aldeas" que hace ya años aparecieron por distintos rincones de Europa, en las comunidades religiosas que más allá de la experiencia de congregación se abren al compartir con laicos, o en las personas que encuentran esa comunidad en claustro. Pero también en los que huyen de las ciudades, recuperan las casas de los pueblos y lejos de hacer de ellas una vivienda temporal para el verano, acaban haciendo de ellas su vivir, su lugar, recuperando poco a poco esa olvidada vida de verdadera aldea. Y pienso también en gentes con el morral al hombro que viven seis meses acá y seis meses allá, tejiendo lazos de comunidad en los caminos, atravesando con ellos océanos y continentes.

Hay muchos otros ejemplos de comunidad, incluso pueblos y sociedades enteras que no han olvidado esa "convivencia en comunidad" y siguen creciendo y floreciendo en torno a ella. Algunos de estos modelos se asemejan a movimientos lutistas, movimientos contraculturales, movimientos de comunismo primigenio y radical. Sin embargo, no necesariamente se trata de ir en contra del progreso y la tecnología. Se trata de buscarse, de reconocerse en ese progreso, de hacer el progreso se amolde a nuestras necesidades como humanos, como comunidad, como verdadera aldea. Hace ya más de 300 años que dimos un gran impulso a ese progreso y ahora parece que es él el que nos controla. Debemos represar ese progreso. El ser humano tiene que volver a formar comunidad. Tiene que salir de sí mismo y entregarse con los ojos cerrados y las manos abiertas a sus semejantes y a la naturaleza, haciendo de nuevo con ella y con sus semejantes ese pacto que rompió hace ya tiempo. ¿Qué es lo que nos hace humanos sino es el reconocernos en los demás, en nuestros semejantes?
La comunidad humana no puede morir, porque con ella muere el ser humano. Aún estamos a tiempo de reconocernos; en realidad siempre estamos a tiempo, pues el tiempo nunca importó al ser humano que sabía que él mismo, en esencia, es infinito.