Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 16 de marzo de 2013

Una mala noche

-¡Uno, dos, y trés!
El viejo sofá-cama se abrió con un golpe seco sobre el suelo del salón y un rechinar de viejos muelles faltos de uso, como un viejo dinosaurio renqueante y fatigado, ajado por las batallas de mil vidas, que era despertado sin permiso de su sueño eterno.
-Aquí se tiene que dormir cojonudamente- Jose miraba con una sonrisa de satisfacción en su cara a su amigo, los brazos en jarras, para a continuación dejarse caer sentado en una esquina del sofá haciendo sonar todos su muelles. -Hasta suena bien, fíjate.
-Nunca dormí ahí... y eso que tiene más años que yo. En fin, alguna vez tiene que ser la primera.
-Tú tienes tu cuarto, en el sofá deluxe duermo yo.
-Y ahora os pelearéis por quien pasa la noche en ese sofá, y se retuerce todos y cada uno de los huesos de la columna.- La madre de Carlos pareció en la puerta, con rostro paciente y cansado.
-Cuando era niño, en navidades, este sofá se abría y se cerraba todos los días, aguanta a media familia, año tras año. Es de hierro forjado.- Aseveraba Carlos mientras pisaba una esquina del colchón haciendo fuerza- Lo único que nunca entendí es porqué nunca me dejaste dormir en él. Recuerdo las peleas por dormir en él, y como nunca dejabais que durmiésemos los niños.
-No había necesidad de que durmieseis en él. Como no la hay ahora. Bien podrías tirar un colchón al suelo en tu cuarto y punto. Pero si queréis pasar una mala noche y levantaros con dolor de espalda, adelante. Pero no juguéis más con este sofá, ¿de acuerdo?
-Tranquila que no lo vamos a romper... ya se que ya no está en garantía.

La madre de Carlos desapareció mirando al techo. Carlos le hizo una seña a su amigo y se fueron detrás de ella.
La cena transcurrió tranquila, con algún que otro chiste relativo al viejo sofá, aunque al ver las caras serias de los padres de Carlos, los dos amigos decidieron dejar de hacer bromas sobre el mismo. Tras la cena, decidieron irse pronto a dormir. Mañana tenían que madrugar si querían aprovechar bien el día, y además, se morían de ganas de probar el sofá-cama. Eso sí, lo probaría sólo uno de los dos esta vez. La propuesta de dormir juntos en el sofá recibió una mirada fulminante por parte de la madre de Carlos, y tuvieron que rifarse la dormida en el sofá a cara o cruz.
-Vamos, no estés triste, la próxima vez te toca a tí- Bromeaba Jose, mientras tendían unas sábanas enormes que olían a alcanfor.
-Toda mi vida queriendo dormir en este sofá, contándote anécdotas de este sofá, y ahora resulta que lo vas a probar tú antes que yo.
-Ya oíste a tu madre. Ya no somos crios. Se acabó el brincar en el sofá como si fuera una cama elástica.
-Toda una lástima. Siempre he dicho que hay trastadas que uno tiene la obligación de hacer de niño.

Jose se metió en el sofá cama, acomodó su almohada, se tapó con la sábana hasta medio pecho, y antes de apagar la luz de la lámpara de pié, gritó:
-¡Aquí se está cojonudo!
-¡Vete a tomar viento!- La voz de Carlos sonaba al final del pasillo.
-¡Como sigáis haciendo el bobo, os vais los dos a dormir al portal!- La voz de padre de Carlos. Toque de queda. Luces fuera. En la oscuridad, Carlos maldecía su mala suerte, mientras Jose, con los ojos abiertos en la oscuridad, tumbado boca arriba, palpaba cada plamo del sofá cama, como si leyese un apasionante y antiguo libro escrito en braille. Unos mintuos después, volviendo a su edad adulta y renunciando a ocurrencias que de pronto se le tornaban estúpidamente infantiles, se dió media vuelta y concilió el sueño.

Se despertó sobresaltado o dolorido. No estaba seguro. Encendió la luz de la lámpara y miró su reloj de pulsera, posado en uno de los brazos del sofá que ahora hacía de improvisada mesita de noche. Las 12 y veinte de la noche. Se miró a si mismo miró alrededor. Estaba hecho un auténtico revoltijo, enrollado en la sábana de arriba como si fuese una momia, parecía haber estado dando vueltas y vueltas por todo el sofá-cama. Se tocó la frente. No, no tenía fiebre, y, aunque era el mes de julio, tampoco hacía calor; no obstante, miró a hacia la ventana del salón. Seguía abierta. Se incorporó en el sofá, estiró bien las sábanas, se acomodó y apagó la luz.
Pasaban los minutos y no se dormía. No conseguía encontrar postura en ese sofá. Primero la cabeza y el cuello no se acomodaban a la almohada, la mulló, la cambió de lugar, probando toda la cabecera del sofá cama, probó sin almohada, boca arriba, boca abajo, del lado izquierdo, del lado derecho. Por fin parecía que el cuello y la oreja ya no le molestaban. Ahora era la columna, más o menos a media altura. ¿O era alguna de las costillas? Comenzó de nuevo a moverse buscando postura. Los muelles del viejo sofá-cama sonaban como las cuerdas de un piano viejo y desafinado sobre el que se hubiese sentado un gato en pleno baño felino. Paso un buen rato dando vueltas, hasta que finalmente, sin saber bien cuándo y cómo, quedó por fin dormido.

Un golpe sonoro, como la campanada de un reloj martilleando en su oído le despertó de nuevo. "Me cago en todos los muelles de este chisme", pensó. Uno tras otro, hasta siete veces -las contó- sonaron los muelles del sofá golpeando su oído izquierdo, que yacía pegado contra el colchón. Levantó la cabeza, temeroso de romper otro muelle más, y de perder la tan difícil de hallar postura para dormir. Entonces escuchó otro ruido procedente de las entrañas del sofá. Esta vez no fue un muelle oxidado que saltaba, era como un ruido sordo, un engranaje que se movía lentamente, callaba unos instantes y volvía a rugir. Preocupado, encendió la luz y se sentó en el borde del sofá-cama, escuchando. No se oía nada. Hizo fuerza con su cuerpo sentado, pero sólo consiguió provocar el típico sonido de viejos muelles. Intranquilo, se levantó y se arrodilló en el piso, al lado del sofá, y examinó la parte de abajo del mismo. Todo un mar de muelles se extendía desde las patas de adelante, hasta el fondo del sofá. En el suelo, unas cuantas bolas de polvo ancestral acumulado le hicieron toser. Comprobó con la mano los ejes y juntas del mecanismo de apertura del sofá-cama; eran sólidos, y todo parecía bien colocado y en su sitio. Se levantó y, por alguna razón instintiva, caminó hasta la puerta del salón y examinó el pasillo, esperando encontrar a Carlos muerto de risa, escondido, pegado a la pared. Pero el pasillo estaba desierto y la casa en completo silencio. Suspiró y sonrió para aliviarse a sí mismo y regresó a la cama.

El viejo sofá cama comenzó a los pocos minutos a hacer extraños ruidos. Primero era el ronroneo de un viejo motor o engranaje que parecía ponerse en marcha, luego eran los resortes de muelles y cables que se aflojaban y apretaban y chillaban como cuerdas de un viejo piano, saltado, rompiéndose a cada golpe de tecla. Jose maldijo entre dientes y apretó la cabeza y las manos contra la almohada, intentado aislarse del ruido y conciliar el sueño, pero no había manera: los chasquidos, chirridos, el rugir de tripas del sofá continuaba y se aceleraba lentamente como una sinfonía de muelles y engranajes a punto de llegar a su éxtasis musical final.
Harto del maldito sofá, dispuesto a agarrar el sofá y tirarlo a suelo para poder dormir de una vez, Jose intentó levantarse pero no pudo, una fuerza atraía su cuerpo contra el colchón del sofá. Apenas podía levantar medio palmo el pecho y la cabeza, por más fuerza que hiciese con las manos, no conseguía más que elevar un poco su busto y estirar la cabeza como un viejo galápago que ya no puede más con su pesado caparazón. Al cabo de unos minutos estaba exhausto, con el sudor recorriéndole la cara, la respiración y el pulso acelerados. Lo intentó una vez más, y, a la vez que estiraba el cuello incorporándose, gritó:
-¡¡¡¡Carlos!!!
Una punzada en el pecho y la garganta le ahogó la voz y quedó completamente pegado al colchón. Un sudor frío comenzaba a recorrerle todo el cuerpo. Intento estirar la mano y encender la luz de la lámpara, pero apenas, y con mucho esfuerzo, avanzaba a estirar la mano derecha hasta la esquina superior del colchón. Ya no podía siquiera levantar la cabeza. Intentó gritar otra vez pero tenía un nudo en la garganta, estaba a punto de echarse a llorar, pero su rostro y su cuerpo no reaccionaban.
De pronto, el sofá comenzó a temblar, como si un terremoto estuviese sacudiendo la casa. Jose logró estirar sus dos brazos y se agarró con fuerza a las esquinas superiores del colchón. Los temblores eran cada vez más fuertes, el sofá parecía estar a punto de saltar en mil pedazos.
-¡¡¡¡Caaaaaar....!!!!
Se escuchó un enorme golpe seco, como si se cerrase una enorme puerta, y el restallar de dos o tres muelles. La casa quedó después en completo silencio.

El reloj marcaba las 9:00. Carlos maldijo y se levantó de un salto. Se había quedado dormido, él, Jose y el resto de la casa, porque ¿cómo podía ser que no le hubiesen despertado? Habían perdido por los menos hora y media de viaje.
Salió rápidamente al pasillo, dispuesto a reclamar una justa explicación a quien fuese, y se encontró con la casa en silencio, las puertas de las habitaciones cerradas, salvo la del salón, que permanecía en penumbras, a penas iluminado por los pocos rallos de luz de la mañana que se colaban por los agujeros superiores de las persianas aún bajadas. Caminó con cierta inquietud hasta la puerta del salón, y, encendió la luz según cruzaba el umbral:
-¡Jose, cabrón! ¡Despierta tío nos hemos quedado...!
Jose no estaba. El sofá cama estaba cerrado, los cojines en su sitio, sin una sola arruga, como si lo acabasen de cerrar y arreglar. Carlos, sin habla, avanzó lentamente hasta el sofá, apoyó su mano izquierda sobre el respaldo, pensativo. “Qué coño...”. Avanzó hasta la ventana del fondo y alzó la persiana. La luz del día, un día soleado de principios de verano, iluminó el salón. Como si fuese un detective, recorrió con su mirada cada detalle del cuarto. Ahí estaba la mochila de Jose, entreabierta, apoyada detrás del sofá, sus cosas estaban dentro. En el mueble, en la repisa delante de la enciclopedia, estaba el neceser de aseo de Jose, con el cepillo y la pasta de dientes asomando por una de las cremalleras. Aún incrédulo, se dio la vuelta, tropezando con el reloj de pulsera de Jose, que se hallaba caído en el suelo junto al brazo derecho del sofá. “El baño”, pensó. Raudo, se encaminó hacia el pasillo, dándose casi de bruces contra su madre en la puerta del salón.
-¿Qué te pasa, estás pálido?
-Jose... No está, bueno, debe estar en el baño. El muy capullo, nos hemos dormido, y en lugar de despertarme, mira, arregla todo con calma y seguro que se está pegando una buena ducha y...
-En el baño no hay nadie, yo acabo de salir de ahí- Dijo tranquilamente. Carlos miró a su madre con ojos desencajados- Ya os dije que no jugaseis con el sofá cama. Que no es algo para niños, pero vosotros, mira que sois necios...
La madre de Carlos entró en la cocina y comenzó a preparar el desayuno. Carlos, inmóvil y pálido en la puerta del salón, se dejó caer al suelo, y mareado, apoyado contra el marco de la puerta, clavó su mirada en el enorme sofá cama que ocupaba todo el centro del salón, como un viejo dinosaurio, ahora dormido placenteramente con el estómago lleno.

1 comentario:

Kiko dijo...

Qué bueno! me ha hecho mucha gracia