Para David, Xavier y Pepe, compañeros de ese Café Marx que ayer "estaba de feriado".
¿Dónde comienza la noche? En la relatividad de nuestro tiempo humano, el inicio -y el fin- de nuestra vida nocturna no atiende al astro rey o a su gemela de cara plateada. La noche, como el misterio, se urde y desenreda poco a poco, llevándonos con ella a lugares inesperados...
20:00. Es viernes y estoy sentado, una semana más, en el auditorio. Hoy en un concierto de música tradicional ecuatoriana para un escaso público maduro arrullado desde niño con estas trágicas canciones. Corre el rumor que un apagón en varios barrios ha dejado en sus casas al público habitual y ha sacado de su madriguera al fiscalizador (ese que nunca aparece) para ver si realmente el teatro "funciona", es decir, convoca multitudes. Iluso pendejo. El día que convoque multitudes dejará de ser teatro para convertirse en política, perdiendo toda su magia y esencia humana.
Me pregunto si mis amigos se quedaron también agazapados en la penumbra del apagón, porque apenas alcanzo a ver a uno o dos de la habitual timba. Decido dejar de elucubrar, que sea el destino. La música me imbuye y el reloj da vuelta y media.
La gente sale del teatro y desparece casi en un abrir y cerrar de ojos. Aquí no hay sobremesas ni coloquios. Los músicos saludan con las autoridades y las autoridades con los músicos y con sí mismas, mientras yo intento robarles mis 5 minutos a los de arriba para confirmar su presencia en el acto de mañana, el cual depende de acabar el montaje de una exposición que aún está a medias.
Entre las fotos y los hilos y los retales de plásticos y pintura deambulan dos de mis intelectuales cómplices nocturnos. Me acerco con intenciones de saludar y desaparecer para acostarme pronto, pues mañana tengo temprano una cita con el tipo de la imprenta para recibir la entrega de hoy, pero, ¡ay dios de espuma amarilla! tengo una sed terrible y las palabras "vamos a tomar unas cervezas" se convierten en irrenunciable imperativo nocturno y en puertas abiertas a lo desconocido. "Solo un par, y luego a la cama", pienso. Dale.
"Tomar unas cervezas" es un acto que en todas partes del mundo se hace con cierta facilidad. Coca es, por desgracia, la excepción que confirma la regla. Si no tienes cédula de identidad, no vas con mujeres, o no formas parte de grupo económicamente numeroso, estás condenado a morirte de sed. El tipo que de lunes a jueves se rasca las bolas y mira para otro lado a la puerta del bar, los viernes saca toda su burocracia y corpulenta obesidad y se planta en la puerta del local a ejercer su función: negar la entrada a todos los hombres solteros indocumentados.
Comienza entonces un peregrinaje garito tras garito, para tentar a la suerte y encontrar alguno donde no haya seguridad o algún camarero se apiade del alma de los sedientos. La triste estampa de tres treintañeros gastando suela por las calles de una ciudad tropical, con fría vida nocturna amenizada por ruidosas esquinas y taxis aburridos parpadeando seductoras luces, mientras ellos recuerdan pasadas vidas de años en que las hormonas les arrastraban y en la puerta no había seguratas impertinentes. Nadie se atreve a mirar el reloj, nadie a tirar la toalla, pero nadie conoce dónde más ir en esta ciudad que se apaga poco a poco.
En una esquina, aparece una compañera de trabajo queriendo parar un taxi. No es ligue. No toma. Pero es la escusa para decir hola y matar "el tiempo sin cerveza".
-¿Has visto al Pepe?
-¿Estaba aquí mismo hace un instante, decía de ir a tomarse una cerveza?
Los rostros ojos de los tres mosqueteros se abren como platos mientras con ansia miran alrededor buscando al D'Artagnan, que parece de pronto sonriente preguntando:
-¿No se van a tomar algo?
"Sí, pero no hay donde" "Este no carga cédula". "Cagamos" "¿Sabes de algún garito donde nadie nos mire los papeles?" "Claro, uno en la calle Guayaquil que atienden unas kichwas. A mi nunca me han pedido nada". "Pero eso está lejos". "No importa, yo tengo carro". "Vamos pues". "Vamos"....
-¿Este es?
-Sí, pero si parqueo aquí, creo que me rayan el carro. Espera. Ese tipo que mira la placa seguro que es chapa. Si, seguro. Vamos. Elijan izquierda o derecha. Yo conozco el de la izquierda.
Derecha. No recuerdo quién eligió. El garito es un tugurio en el que hace un calor infernal, donde una camarera que se ha puesto encima algo más que maquillaje no se entera de cuántas cervezas queremos. "No mi amor no tengo" es lo único que le entiendo con claridad. Creo que se refiere que no tiene cerveza Club. Finalmente, en la mesa aparecen dos botellas de Pilsener y cuatro vasos, cada uno hijo de su padre y de su madre, que brilla al compás de una bola de luces de colores que es la única iluminación del local. El supuesto chapa ha entrado y se ha sentado en una mesa al lado nuestro, mientras la camarera no nos quita el ojo de encima y aparece cada 5 minutos para decir algo que no se entiende o que ella no entiende.
-No se apure, que nosotros tomamos despacito.
Después de un rato sudando y respirando una atmósfera en la que el oxígeno no se ha renovado nunca, roto y pagado un vaso y tentada la suerte en un baño unisex, optamos por abandonar el bar donde dan el cambio en forma de chicles y tenemos la feliz idea de irnos a "La Oficina" (Léase karaoque atendido por una amiga que queda en plena ruta turística de las ruinas de las primeras cantinas de Coca")
Tomada la foto de rigor para el face en la parada turística -suerte que no había nadie mirando-, entramos en la oficina. Resulta que la dueña es compatriota y me enreda preguntando media vida. Cuando acaba el intercambio de "y tú cómo acabaste aquí" No veo a mis amigos. En el karaoke sólo hay parejas que se abrazan y un loco que se desgañita destrozando la canción romántica de turno. El susto dura unos segundos: no me han abandonado en tierra hostil, no. Están al fondo en una mesa pidiendo un par de heladas Club. Mis amigos son como los de la canción de Serrat.
¡Por fin la noche ha llegado a su clímax, todo está perfecto, estás en un lugar agradable, con dos buenas frías cervezas, desahogándote de todos los líos del trabajo, libre por fin!
- Mira quién está ahí.
Giras el cuerpo y la cabeza ciento ochenta grados. Sonriente en la otra esquina del bar está el tipo que mañana te tiene que hacer a las 8 en punto la entrega de hoy, alzando una mano y sonriendo mientras con la otra abraza a su pelada, y tú, cómo no, alzas la mano y sonríes y saludas recíprocamente. Olvidemos el detalle de que la pelada se parece a cierta estudiante en prácticas que trabaja en... No vamos a meternos en la vida privada de nadie. Aquí sólo importa la entrega de mañana, que, vacán para esta noche, empieza a convertirse en botellas de cerveza. Yo, en mi cándida inocencia, no me atrevo a ser tan mal pensado como mis amigos y digo que una cosa no tiene relación con la otra y que el tipo cumplirá, y entre risas y risas la noche sigue.
Lo malo de los karaokes es que olvidas en qué tipo de local estás hasta que la camarera en lugar de una cerveza te trae el micro y el cuaderno para que elijas una canción. Reniegas. Te resistes con todas tus escusas. Afirmas ser un analfabeto musical completo. Escondes la cabeza en el vaso de cerveza... y al final acabas cantando a dúo con el tipo de la imprenta "el ataque de las chicas cocodrilo". Cómo llegó la noche a este punto, no lo recuerdas. ¿Importa ahora acaso? La conversación está amena, hasta dan ganas de cantar. El tipo de la imprenta está eufórico, tus amigos está eufóricos, tú estás eufórico, las parejas que pueblan el bar no tanto, y miran raro a una mesa con cinco hombres que se parten de risa, pero no importa. Alguien tiene que pedir la canción de Serrat. O alguna aún más grande y más loca.
Poco a poco los amigos se van yendo y el karaoke se va vaciando aunque la música no cesa y uno tiene aún más ganas de cantar. "Una más, cerveza y canción todojunto".
Una más... Volvemos a ser los tres mosqueteros. El bueno, el feo y el malo que se pusieron de acuerdo para cruzar la noche varias horas atrás. Todo vuelve a su normalidad y en el karaoke empieza sonar topo gigio cantando "a la camita". Toca levantar vuelo. A las 2 es toque de queda en la ciudad. La única alternativa sería seguir la fiesta en casa, pero mañana hay trabajo aunque sea sábado. En la calle desierta caminamos buscando una intersección con más tráfico y un involuntario gesto con el brazo hace frenar y derrapar a un taxi que circulaba a 100 por hora y que ahora retrocede para recoger a tres clientes.
Es sábado. Son la dos de la mañana y sin sueño aún meto en la cama para no parecer un zombi al día siguiente. 4 horas después despierto aún cantando "has sido tú, te crees que no te he visto..."
He visto otra noche de esas imposibles. Otra noche que debió quedar en celuloide en forma de felinesca aventura. Falto de cámara, aquí dejo el guión.
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
Páginas
sábado, 24 de octubre de 2015
lunes, 12 de octubre de 2015
En un parque de Quito
De amores indecisos aún por encontrar
de noches sin programa y sexo casual
de vidas desveladas en sueños y luchas
de ideas que vienen y van... dudas,
intercambio de sentimientos que abrir
al aire, al tranquilo y paciente escuchar
del amigo.
Esa es tu vida, yo... yo no soy confesor
tampoco psicólogo con ilustre diván
te miro y sonrío y busco en aire
en las gentes y el parque esa paz
que vive en la prisas de tu ciudad
no se curar, sólo compartir, y yo...
te escribo un poema.
Es otro de estos, con la rima
libre y sin acabar, como la vida,
encontrado una tarde en el parque
en dos ojos se miran de frente
que se ponen al día y comparten
dulces viajeros y secretos que arden
y no se apagan.
Y cuando lentamente cae la tarde
y el viento fresco calma la pasión,
la llama se refugia en un abrazo
y unos dedos se separan en bus...
¿Dónde será el próximo encuentro?
qué te contaré yo que aún no sepas
¿me verás de nuevo en tu misterio?
de noches sin programa y sexo casual
de vidas desveladas en sueños y luchas
de ideas que vienen y van... dudas,
intercambio de sentimientos que abrir
al aire, al tranquilo y paciente escuchar
del amigo.
Esa es tu vida, yo... yo no soy confesor
tampoco psicólogo con ilustre diván
te miro y sonrío y busco en aire
en las gentes y el parque esa paz
que vive en la prisas de tu ciudad
no se curar, sólo compartir, y yo...
te escribo un poema.
Es otro de estos, con la rima
libre y sin acabar, como la vida,
encontrado una tarde en el parque
en dos ojos se miran de frente
que se ponen al día y comparten
dulces viajeros y secretos que arden
y no se apagan.
Y cuando lentamente cae la tarde
y el viento fresco calma la pasión,
la llama se refugia en un abrazo
y unos dedos se separan en bus...
¿Dónde será el próximo encuentro?
qué te contaré yo que aún no sepas
¿me verás de nuevo en tu misterio?
martes, 6 de octubre de 2015
De-consumo
Tengo el bolsillo lleno. Unos dirán suerte, otros recompensa por mi esfuerzo. Unos dirán "ahora puedes ser independiente", otros "mejor ahorra para cuando lleguen las vacas flacas", por otro lado dirán "¡suelta una cana al aire, vive la vida ahora que puedes!".
¿Acaso no estoy vivo, acaso no he gozado siempre de buena compañía, a caso no he tenido siempre la suerte de ser libre para elegir mi camino? ¿Que debería estar cambiando en mí? ¿Por qué algo debería ser distinto en mí sólo porque ahora tenga un buen sueldo?
En la ilógica del consumo, la ecuación dinero=bienestar es innegablemente lógica. El dinero representa consumo, y cuanto más consumes mejor vives. Gran falacia. ¿Vivir? ¿Puede ser acaso vivir ser vivir preocupado por procurarme un bienestar? ¿Y desde cuándo ese bienestar se escribe con cifras?
Estos días una vez más me siento y miro al río, a ese río que corre delante de mis ojos, por el que corro yo también, y, con el aire alborotándome el cabello en el rostro, miro mi pantalón gastado y me digo ¿qué demonios haces aquí? "Vivir, sí, vivir", me contesto. ¿Y por qué? "Porque creo en lo que hago, porque creo en los demás, porque quiero sembrar y soñar y crecer en los sueños de otros. Sin fama, sin fortuna, como una semilla que se lleva el viento o una canción anónima" Nunca perseguir la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción, decía el poeta. Cuanta razón. Y es que acá con el viento en mi pelo y mi rostro tostado por el sol, me reafirmo una vez más en que vivir es vivir sin fama ni dinero, y la fortuna... bueno esa siempre está esperando en el camino si uno actúa de corazón pensando en los demás. La fama y el dinero nos coartan y nos cortan la libertad. Y vivir es ser libres. Yo estos días siento que he perdido parte de mi libertad en favor de unas cuantas monedas de oro: hace un año me dedicaba con pasión a lo que me gusta, no me pagaban gran cosa, me daban casa, comida, compañía y libertad absoluta para organizar mi tiempo. No me faltaba nada. Ahora, dedicado por suerte a aquello que creo, me recompensan esa dedicación con dinero. Dinero para procurarme una casa, una comida, para poder ser independiente y procurarme otros placeres; pero también dinero que implica una terrible letra pequeña: cumple con tu horario, no descuides el calendario, la hora, el minuto. Si lo haces, puedes perderlo todo. ¿De qué me sirve, entonces, todo ese dinero si no tengo la libertad para disfrutar de los supuestos beneficios de él? Pero además ¿Estaba mi vida en una situación tan precaria e insatisfecha antes de tener acceso al dinero?
La respuesta a la última pregunta es un rotundo no. Yo vivía feliz, tranquilo, contento con lo que tenía. Y no necesitaba más. Es más, ni siquiera hoy lo necesito. Yo no consumo. Me niego a consumir. Me parece un terrible acto deshumanizador venderse comprando sólo porque uno puede comprar o porque otros han decidido poner precio a ciertos aspectos, productos o servicios de nuestra vida. Pero fuera de mi rebeldía contra esta sociedad-consumo, me doy cuenta de que mi accionar no es una piedra contra un cristal, un grito de revolución. No. No pretendo cambiar ni convertir a nadie. No rechazo un modelo. Simplemente no formo parte de él. No me importa tener mucho o poco, no me importa llegar a viejo o quedarme por el camino. No busco un final del camino, no ansío dejar testigos. Nadie es necesario en esta vida, y siempre hay alguien que recoge el testigo. Todo lo que quiero es vivir convencido y entregado cada día a eso en lo que creo, y por esos en los creo y amo. Y no necesito más. Me doy cuenta de que no ansío futuro, de que no hay diferencia entre hacerme viejo y no hacer sí uno actúa y vive por lo que cree. ¡Qué terrible sería llegar a viejo sólo por inercia, "porque hay que llegar"!
Estos días, y todos los días disfruto de las cosas pequeñas. Busco los motivos pequeños para dar forma a mis días. Peleo, lucho, sufro, amo por mis ideales, por las personas y los proyectos en los que creo. No me importa dónde me lleven: la vida no es hacerse viejo y llegar a la meta. Es simplemente vivirla. Y para vivirla no hace falta equipaje, solo hay que respirar, respirar en grupo.
Estos días me doy cuenta de que cada vez necesito menos para mi mismo, y que me empeño en enseñar a los demás a necesitar también menos. Esa es la felicidad. Esa es la libertad. Estos días me doy cuenta de que el futuro no se labra con proyectos de seguridad personal, sino con ideales. Y de que estoy listo. Me siento entero. Convencido. Mi pantalón gastado, mis sandalias envejecidas, mi pelo largo enmarañado por el viento y mi rostro al sol. Y una idea fija de caminar. Cada vez más ligero y más libre. ¿Durante cuánto tiempo? Eso no importa si se vive con convicción, y sin renuncias, pues el que no tiene, no teme, y no debe.
Me acuerdo una y otra vez de aquellas palabras que decía San Francisco: "necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco". No ansío bienes. No ansío fortuna. Siembro porque creo en mi sembrar. Renuncio a todo, hasta no sentir necesidad de renunciar a nada, salvo a quién soy. Nada en este consumo-mundo me ata.
Soy peregrino de esta vida. Descalzo y sin peso a mis espaladas
Me sigue la sombra de la luna
salto y esquivo la sombra de la luna
Y si alguna vez perdiese mis manos,
perdiese mi arado, perdiese mi tierra,
si alguna vez perdiese mi manos,
no tendría que trabajar más.
Y si alguna vez perdiese mis ojos,
si todos mis colores se apagasen,
si alguna vez perdiese mis ojos,
no tendría que llorar más.
Y si alguna vez perdiese mis piernas,
no me quejaría ni suplicaría,
si alguna vez perdiese mis pernas
no tendría que caminar más
Y si alguna vez perdiese mis boca,
todos mis dientes, norte y sur,
si alguna vez perdiese mi boca,
no tendría que hablar.
¿Te tomó mucho encontrarme?
Pregunte a la luz de la esperanza.
¿Te tomó mucho encontrarme,
y te vas a quedar esta noche?
Moonshadow (Cat Stevens)
¿Acaso no estoy vivo, acaso no he gozado siempre de buena compañía, a caso no he tenido siempre la suerte de ser libre para elegir mi camino? ¿Que debería estar cambiando en mí? ¿Por qué algo debería ser distinto en mí sólo porque ahora tenga un buen sueldo?
En la ilógica del consumo, la ecuación dinero=bienestar es innegablemente lógica. El dinero representa consumo, y cuanto más consumes mejor vives. Gran falacia. ¿Vivir? ¿Puede ser acaso vivir ser vivir preocupado por procurarme un bienestar? ¿Y desde cuándo ese bienestar se escribe con cifras?
Estos días una vez más me siento y miro al río, a ese río que corre delante de mis ojos, por el que corro yo también, y, con el aire alborotándome el cabello en el rostro, miro mi pantalón gastado y me digo ¿qué demonios haces aquí? "Vivir, sí, vivir", me contesto. ¿Y por qué? "Porque creo en lo que hago, porque creo en los demás, porque quiero sembrar y soñar y crecer en los sueños de otros. Sin fama, sin fortuna, como una semilla que se lleva el viento o una canción anónima" Nunca perseguir la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción, decía el poeta. Cuanta razón. Y es que acá con el viento en mi pelo y mi rostro tostado por el sol, me reafirmo una vez más en que vivir es vivir sin fama ni dinero, y la fortuna... bueno esa siempre está esperando en el camino si uno actúa de corazón pensando en los demás. La fama y el dinero nos coartan y nos cortan la libertad. Y vivir es ser libres. Yo estos días siento que he perdido parte de mi libertad en favor de unas cuantas monedas de oro: hace un año me dedicaba con pasión a lo que me gusta, no me pagaban gran cosa, me daban casa, comida, compañía y libertad absoluta para organizar mi tiempo. No me faltaba nada. Ahora, dedicado por suerte a aquello que creo, me recompensan esa dedicación con dinero. Dinero para procurarme una casa, una comida, para poder ser independiente y procurarme otros placeres; pero también dinero que implica una terrible letra pequeña: cumple con tu horario, no descuides el calendario, la hora, el minuto. Si lo haces, puedes perderlo todo. ¿De qué me sirve, entonces, todo ese dinero si no tengo la libertad para disfrutar de los supuestos beneficios de él? Pero además ¿Estaba mi vida en una situación tan precaria e insatisfecha antes de tener acceso al dinero?
La respuesta a la última pregunta es un rotundo no. Yo vivía feliz, tranquilo, contento con lo que tenía. Y no necesitaba más. Es más, ni siquiera hoy lo necesito. Yo no consumo. Me niego a consumir. Me parece un terrible acto deshumanizador venderse comprando sólo porque uno puede comprar o porque otros han decidido poner precio a ciertos aspectos, productos o servicios de nuestra vida. Pero fuera de mi rebeldía contra esta sociedad-consumo, me doy cuenta de que mi accionar no es una piedra contra un cristal, un grito de revolución. No. No pretendo cambiar ni convertir a nadie. No rechazo un modelo. Simplemente no formo parte de él. No me importa tener mucho o poco, no me importa llegar a viejo o quedarme por el camino. No busco un final del camino, no ansío dejar testigos. Nadie es necesario en esta vida, y siempre hay alguien que recoge el testigo. Todo lo que quiero es vivir convencido y entregado cada día a eso en lo que creo, y por esos en los creo y amo. Y no necesito más. Me doy cuenta de que no ansío futuro, de que no hay diferencia entre hacerme viejo y no hacer sí uno actúa y vive por lo que cree. ¡Qué terrible sería llegar a viejo sólo por inercia, "porque hay que llegar"!
Estos días, y todos los días disfruto de las cosas pequeñas. Busco los motivos pequeños para dar forma a mis días. Peleo, lucho, sufro, amo por mis ideales, por las personas y los proyectos en los que creo. No me importa dónde me lleven: la vida no es hacerse viejo y llegar a la meta. Es simplemente vivirla. Y para vivirla no hace falta equipaje, solo hay que respirar, respirar en grupo.
Estos días me doy cuenta de que cada vez necesito menos para mi mismo, y que me empeño en enseñar a los demás a necesitar también menos. Esa es la felicidad. Esa es la libertad. Estos días me doy cuenta de que el futuro no se labra con proyectos de seguridad personal, sino con ideales. Y de que estoy listo. Me siento entero. Convencido. Mi pantalón gastado, mis sandalias envejecidas, mi pelo largo enmarañado por el viento y mi rostro al sol. Y una idea fija de caminar. Cada vez más ligero y más libre. ¿Durante cuánto tiempo? Eso no importa si se vive con convicción, y sin renuncias, pues el que no tiene, no teme, y no debe.
Me acuerdo una y otra vez de aquellas palabras que decía San Francisco: "necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco". No ansío bienes. No ansío fortuna. Siembro porque creo en mi sembrar. Renuncio a todo, hasta no sentir necesidad de renunciar a nada, salvo a quién soy. Nada en este consumo-mundo me ata.
Soy peregrino de esta vida. Descalzo y sin peso a mis espaladas
Me sigue la sombra de la luna
salto y esquivo la sombra de la luna
Y si alguna vez perdiese mis manos,
perdiese mi arado, perdiese mi tierra,
si alguna vez perdiese mi manos,
no tendría que trabajar más.
Y si alguna vez perdiese mis ojos,
si todos mis colores se apagasen,
si alguna vez perdiese mis ojos,
no tendría que llorar más.
Y si alguna vez perdiese mis piernas,
no me quejaría ni suplicaría,
si alguna vez perdiese mis pernas
no tendría que caminar más
Y si alguna vez perdiese mis boca,
todos mis dientes, norte y sur,
si alguna vez perdiese mi boca,
no tendría que hablar.
¿Te tomó mucho encontrarme?
Pregunte a la luz de la esperanza.
¿Te tomó mucho encontrarme,
y te vas a quedar esta noche?
Moonshadow (Cat Stevens)
jueves, 1 de octubre de 2015
Raíz
Llega un momento en la vida en el que uno empieza a echar la vista atrás. No al camino recorrido, no a años pasados y añorados, no. La echa mucho más atrás, mira a ese espacio que no pertenece al tiempo, a su tiempo, y que late perenne en el interior. Echa la vista atrás, descubriendo esa raíz, ese origen que le formó como es, ese agua que corre por ríos subterráneos que de pronto salta como adn diciendo "esto eres".
No para de resultarme curioso que, a mis 33, y tan lejos casa, encuentre el amor, el abrigo, la sonrisa, la paz de sentirme yo mismo en los versos de aquellos poetas que me hicieron leer a la fuerza en la escuela, en esas novelas "castizas" que uno "hojeaba" para pasar el año, o en aquellas canciones de discos de mis padres que no sonaban modernas, no pegaban. ¿Añoranza de una tierra lejana? No, no es eso. Tampoco es un renegar de este mundo global, pues cada vez más, me deleito aprendiendo y compartiendo con gentes de aquí y allá, aprendiendo nuevos idiomas, bebiendo de melodías extrañas cuyas letras no entiendo pero alcanzo a sentir; y no añoro ninguna tierra, cada vez me siento más "de todas partes".
De algún modo es un redescubrirse. Un acercarse a esos sonidos "del pueblo", esos que no obedecen a modas y siempre están ahí, inmutables. Esos que nuestros padres y maestros intentan inútilmente grabar en nosotros de niños, que se sueltan dejan una ligera pátina que ahora, entrando en esta vida adulta, uno empieza a redescubrir. Qué misterio la edad, esa que ahora me hace entender al incomprendido Don Quijote hasta tornarlo mi héroe, esa que me despierta la poesía de Lorca o de Machado, esa que me hace desempolvar viejos discos que me traen aromas de campos de trigo, de olivos y de mares...
Ese misterio de la edad que bajo esta noche de selva tropical, me hace quedarme dormido, acunado por la magia de ese mare nostrum, reconociéndome en él, mientras Maria del Mar Bonet canta Mercè...
No para de resultarme curioso que, a mis 33, y tan lejos casa, encuentre el amor, el abrigo, la sonrisa, la paz de sentirme yo mismo en los versos de aquellos poetas que me hicieron leer a la fuerza en la escuela, en esas novelas "castizas" que uno "hojeaba" para pasar el año, o en aquellas canciones de discos de mis padres que no sonaban modernas, no pegaban. ¿Añoranza de una tierra lejana? No, no es eso. Tampoco es un renegar de este mundo global, pues cada vez más, me deleito aprendiendo y compartiendo con gentes de aquí y allá, aprendiendo nuevos idiomas, bebiendo de melodías extrañas cuyas letras no entiendo pero alcanzo a sentir; y no añoro ninguna tierra, cada vez me siento más "de todas partes".
De algún modo es un redescubrirse. Un acercarse a esos sonidos "del pueblo", esos que no obedecen a modas y siempre están ahí, inmutables. Esos que nuestros padres y maestros intentan inútilmente grabar en nosotros de niños, que se sueltan dejan una ligera pátina que ahora, entrando en esta vida adulta, uno empieza a redescubrir. Qué misterio la edad, esa que ahora me hace entender al incomprendido Don Quijote hasta tornarlo mi héroe, esa que me despierta la poesía de Lorca o de Machado, esa que me hace desempolvar viejos discos que me traen aromas de campos de trigo, de olivos y de mares...
Ese misterio de la edad que bajo esta noche de selva tropical, me hace quedarme dormido, acunado por la magia de ese mare nostrum, reconociéndome en él, mientras Maria del Mar Bonet canta Mercè...
jueves, 24 de septiembre de 2015
La viagra y el transporte de fèretros
Oh Captain, what are we hiding from?
You've hiding from the star
Did some love steal your heart
or did the full moon make you mad?
y así, al azar, se sueltan las amarras, o quizá no es azar y simplemente suelto amarras del puerto donde dejé mis pensamientos y mis músicas hace unas horas y el barco de David Crosby me lleva lejos, hacia el interior de la noche, que quiere ahora sentirse fresca acompañada de una misteriosa brisa marina...
Oh Captain, why these speechless seas
that never come to land
oh I need to understand
Could a little light be that bad?
la noche y el mar de mis días, el mar verde de esta selva, el mar de estas ciudades, de estos tiempos absurdos que quieren enredar todo con leyes prefabricadas para mundos prefabricados donde no existe la curva y el antojo, donde no hay misterio y debajo siempre hay trampas, las únicas salidas posibles para hombres prefabricados por sus propias leyes, hombres se consumen a sí mismo en forma de objetos fútiles y caducos que creen que les van a llevar más allá, sin saber dónde es ese más allá ni porqué tienen que ir.
Me gustaría que llegase un gran vendaval e hiciese añicos tanto papel inútil y esclavizante, o que el viento soplase con rabia e hinchase con fuerza las velas de este barco y me llevara lejos, a alguna tierra donde no pidan papeles, donde la estupidez se corrija con condenas pedagógicas y la gente no piense en los demás mirándose en el espejo. Donde al final, lo único que importe sea el color de la luz de la luna en las hojas de los árboles y el canto incesable de los insectos...
Who guides this ship
dreaming through the seas
turning and searching
whichever way you please?
Quisiera ser yo el que guíe este barco, a pesar de que no me gusta ser capitán, quiero sacar esa fuerza de mí, agarrando con fuerza el timón para que gire brusco y caigan al agua todos los falsos piratas, esos que en su avaricia perdieron el romanticismo y quedaron tuertos de ambos ojos. Y sin embargo, no puedo dejar de preguntarme quién lleva el timón, quién guía este barco por estos extraños mares, sin viento, sin estrellas, sin olor a salitre y aventura...
Shadown Captain, of a charcoal ship
Shadown Captain, of a charcoal ship...
(Los versos en cursiva son fragmentos de la canción "Shadow Captain" -Letra: David Crosby, Música: Craig Doerge, en el LP de Crosby, Stills & Nash CSN, 1977)
"Oh Capitan, ¿de qué nos escondemos/ tú has estado escondiéndote de las estrellas/ acaso algún amor te robó el corazón/ o fue la luna llena que te volvió loco?
Oh Capitan, ¿por qué estos mares calmos/ que nunca parecen llegar a tierra?/ hay algo que necesito entender/ ¿puede un poco de luz ser tan malo?
Quién guía este barco/ soñando a través de los mares/ girando y buscando/ por todos los lugares que te apetece?
Capitán Sombra, de un barco de carbón..."
domingo, 30 de agosto de 2015
Color en el blanco
Así lleva por título una bonita canción de Sergio Makaroff. Me la acaba de recordar una foto que me manda mi amigo Kiko, sonriente delante de casa, con el buzón repleto de propaganda, como el de Makaroff.
La verdad es que ya nadie escribe. Los buzones se llenan de propaganda de los supermercados, de las últimas ofertas del mes, de restaurantes, de cursos de idiomas a distancia y de mi y una tonterías más, pero ninguna carta. Ya ni los estados de cuenta del banco, ni el recibo de la luz. Los coleccionistas de filatelia han dejado de recortar sellos curiosos de sobres propios y ajenos y van a las oficinas de correos a comprar sellos nuevos para su colección. ¿Dónde quedó el romanticismo de las pequeñas cosas de la vida?
Escribir es romántico. Hasta el escribir un oficio de respuesta tiene su gracia y sabor, ese de crear el ambiente adecuado para responder, de elegir las palabras precisas. Hasta eso se está olvidando: jefes que contratan secretarias para que les redacte oficios que ellos sólo aprueban, memorándums escritos en versión telegrama e impresos en hojas tamaño mini-cuartilla, en los que se esconde un ahorro de palabras debajo de un ahorro del papel.
En nuestra cultura del dedo índice y el pulgar, nadie escribe. Nadie gasta papel, nadie empuña una pluma, ningunos dedos conocen de memora y sin intercesión de los ojos las tecas sonoras de una máquina de escribir o de un teclado. Mi casa no tiene buzón. No tengo casillero en la oficina de correos; triste es que las cartas entren por debajo de la puerta, pero más triste aún que no entren y el quicio se va atascado por la horrorosa propaganda.
Como triste es también que mi buzón de e-mail, el culpable acusado de matar a las cartas de papel, esté vacío de verdaderas cartas y sólo reciba telegrámas o correos automáticos que comienzan diciendo "do not reply" (no responda). No, ni siquiera en estos medios ecológicos la gente escribe. Todo se ha vuelto rápido y telegráfico: una foto, un guiño, un saludo con dos palabras mal escritas en un chat o en una red social. Un mensaje multimedia que hace daño a la vista. Una videollamada de 15 minutos. Un hola y una adiós fugaces. El eco del recuerdo de una breve conversación que se va apagando en nuestra cabeza según pasan las horas y los días.
Mi abuela decía que prefería las cartas a las llamadas de teléfono porque las primeras duraban más. Las podía guardar en un cajón en la mesita volverlas a leer de nuevo, descubriendo con cada nueva lectura nuevos matices, nuevos sentimientos. Ella sabía de la poesía y del romanticismo necesarios en nuestra vida para vivir felices y sanos. Ella sabía de la lentitud que da sabor y sazón a nuestras vidas, era conocedora de los peligros insípidos de una vida cocinada en olla exprés. Por eso hoy, que es domingo y el viento sopla lento en esta ciudad a orilla de un río que fluye a su ritmo, me hago a un lado del torbellino de mensajes en forma de palabras mutiladas e imágenes prestadas y, cuidando la ortografía y pensando cada palabra, dejo que los dedos baile armoniosamente sobre el teclado de este computador y hagan que surja una vez más la magia y el romanticismo, la poesía y la sal de esta vida cocinada, como debe ser, a fuego lento.
Ya van dos cartas enviadas hoy. No se si obtendré respuesta, no me importa. Sé que alguien las leerá, una, y luego otra vez, y luego otra más. Y en cada una de ellas descubrirá alguno nuevo, y en todas ellas se encontrará conmigo, como si todos los días me metiese en un sobre y llamase a su puerta desde la saca de un cartero.
"I'm a-gonna wrap myself in paper,
I'm gonna daub my self with glue,
Stick some stamps on top of my head,
I'm gonna mail myself to you"
"Me voy a envolver en papel, me voy a aplicarme pegamento, me podré unos sellos encima de la cabeza, me voy a enviar por correo para ti" cantaba Woody Guthrie a sus hijos. Me uno a él.
A ver quién es el primero en abrir este sobre y escribir la respuesta.
La verdad es que ya nadie escribe. Los buzones se llenan de propaganda de los supermercados, de las últimas ofertas del mes, de restaurantes, de cursos de idiomas a distancia y de mi y una tonterías más, pero ninguna carta. Ya ni los estados de cuenta del banco, ni el recibo de la luz. Los coleccionistas de filatelia han dejado de recortar sellos curiosos de sobres propios y ajenos y van a las oficinas de correos a comprar sellos nuevos para su colección. ¿Dónde quedó el romanticismo de las pequeñas cosas de la vida?
Escribir es romántico. Hasta el escribir un oficio de respuesta tiene su gracia y sabor, ese de crear el ambiente adecuado para responder, de elegir las palabras precisas. Hasta eso se está olvidando: jefes que contratan secretarias para que les redacte oficios que ellos sólo aprueban, memorándums escritos en versión telegrama e impresos en hojas tamaño mini-cuartilla, en los que se esconde un ahorro de palabras debajo de un ahorro del papel.
En nuestra cultura del dedo índice y el pulgar, nadie escribe. Nadie gasta papel, nadie empuña una pluma, ningunos dedos conocen de memora y sin intercesión de los ojos las tecas sonoras de una máquina de escribir o de un teclado. Mi casa no tiene buzón. No tengo casillero en la oficina de correos; triste es que las cartas entren por debajo de la puerta, pero más triste aún que no entren y el quicio se va atascado por la horrorosa propaganda.
Como triste es también que mi buzón de e-mail, el culpable acusado de matar a las cartas de papel, esté vacío de verdaderas cartas y sólo reciba telegrámas o correos automáticos que comienzan diciendo "do not reply" (no responda). No, ni siquiera en estos medios ecológicos la gente escribe. Todo se ha vuelto rápido y telegráfico: una foto, un guiño, un saludo con dos palabras mal escritas en un chat o en una red social. Un mensaje multimedia que hace daño a la vista. Una videollamada de 15 minutos. Un hola y una adiós fugaces. El eco del recuerdo de una breve conversación que se va apagando en nuestra cabeza según pasan las horas y los días.
Mi abuela decía que prefería las cartas a las llamadas de teléfono porque las primeras duraban más. Las podía guardar en un cajón en la mesita volverlas a leer de nuevo, descubriendo con cada nueva lectura nuevos matices, nuevos sentimientos. Ella sabía de la poesía y del romanticismo necesarios en nuestra vida para vivir felices y sanos. Ella sabía de la lentitud que da sabor y sazón a nuestras vidas, era conocedora de los peligros insípidos de una vida cocinada en olla exprés. Por eso hoy, que es domingo y el viento sopla lento en esta ciudad a orilla de un río que fluye a su ritmo, me hago a un lado del torbellino de mensajes en forma de palabras mutiladas e imágenes prestadas y, cuidando la ortografía y pensando cada palabra, dejo que los dedos baile armoniosamente sobre el teclado de este computador y hagan que surja una vez más la magia y el romanticismo, la poesía y la sal de esta vida cocinada, como debe ser, a fuego lento.
Ya van dos cartas enviadas hoy. No se si obtendré respuesta, no me importa. Sé que alguien las leerá, una, y luego otra vez, y luego otra más. Y en cada una de ellas descubrirá alguno nuevo, y en todas ellas se encontrará conmigo, como si todos los días me metiese en un sobre y llamase a su puerta desde la saca de un cartero.
"I'm a-gonna wrap myself in paper,
I'm gonna daub my self with glue,
Stick some stamps on top of my head,
I'm gonna mail myself to you"
"Me voy a envolver en papel, me voy a aplicarme pegamento, me podré unos sellos encima de la cabeza, me voy a enviar por correo para ti" cantaba Woody Guthrie a sus hijos. Me uno a él.
A ver quién es el primero en abrir este sobre y escribir la respuesta.
miércoles, 26 de agosto de 2015
Camino del polvo
"El Estado Islámico ha dinamitado el templo de Baal en Palmira". Mi mente se llena de rabia e impotencia, a la vez que cientos de diarios online se apuran por ser los primeros en conseguir las fotos difundidas por la red de los militares islámicos colocando explosivos y del templo hecho añicos, a la vez que un montón de colegas inundan páginas web, académicas o no, dedicadas a la historia o la arqueología en las que describen el enorme valor cultural del templo, su características únicas, y el lamentable o terrible hecho que constituye su desaparición.
¿Y? ¿Ahí se va a quedar todo? ¿Eso es todo lo que sabemos hacer, eso es todo lo que nos importa la destrucción intencionada y deliberada de un monumento histórico? La actitud de la prensa la entiendo, al fin y al cabo la prensa ya hace mucho que se convirtió en ave de rapiña, pero ¿la de mis colegas de profesión? ¿Cómo entenderla, cómo aceptarla? ¿Cómo pueden ante un hecho como este, contentarse con contar las maravillas únicas de un templo de una civilización, como si estuviesen escribiendo un página de una enciclopedia o un atlas de la antigüedad para que algún estudiante o aficionado a la historia sueñe algún día con viajar a Siria, o con seguir los pasos eruditos y convertirse algún día en historiador y arqueólogo? ¿Cómo pueden contentarse con escribir de un templo que ya no existes porque hace tres días que lo han volado en pedazos, en el mismo tomo de lamento y resignación edulcorada con el que hablan de alguna de las 7 maravillas de la humanidad, desparecidas hace milenios?
¡Por dios, no se trata de que haya desparecido un templo, por muy especial que sea! ¡Se trata de que ha desparecido hoy, en agosto del 2015, y no ha desparecido por una catástrofe natural, o por abandono, sino por la acción deliberada y justificada (al menos autojustificada) de un grupo de personas! Un grupo de personas que está intentando borrar de la faz de la tierra todo resto que nos recuerde que un día fuimos algo diferentes de eso que ellos quieren que seamos hoy día. Eso señores, compañeros de profesión, eso, es lo terrible. Y el hecho de que lo estemos consintiendo es más terrible aún.
Sí, consintiendo. No se me enfaden. Lo estamos consintiendo. Su escrito no es denuncia, su tímida denuncia, las pocas veces que la hay, no sirve porque no llega a ningún lugar, no sale de un círculo de eruditos y del circo de los mass media. Así que lo están consintiendo, mientras no hagan otra cosa, lo están consintiendo, son cómplices de la destrucción y peor aún, están dejando las puertas abiertas para que esta barbarie, ese sometimiento, ese lavado del cerebro, ese borrado del pasado suceda mañana en sus calles, en sus ciudades, con total impunidad. Porque, no se si se han dado cuenta, pero en muchos aspectos, Siria no están tan lejos de nosotros, de Europa, o de América.
Nuestros mapas ya no son geográficos. No necesitan organizar ninguna misión de rescate de piezas arqueológicas, no necesitan alistarse a ningunas filas e ir a luchar a Siria. La guerra de Siria no es un enfrentamiento local, de dos facciones cuya tensión ha vuelto a estallar. La guerra de Siria está urdida y pensada en las altas esferas de la política internacional, del sistema neoliberal, y responde a intereses políticos, sociales, ideológicos y económicos de unas personas que están mucho más cerca de las casas de todos ustedes, en sus ciudades europeas o americanas, que lo están de Siria. Responden a un plan prediseñado que todos avalamos cuando nos quedamos conformes sentados en casa mirando la televisión, y pensamos pobres griegos, o pobres sirios, o pobres iraquíes (o pensamos en ellos sin el adjetivo pobres detrás) pero no nos movemos. No protestamos. No nos manifestamos. Estiramos el cuello un poco más escapando del agua, como jirafas lamarckianas aunque sabemos que esa teoría es probablemente errónea. Seguimos una y otra vez votando a los mismos, viendo el mundo muy de lejos, y pensando, cuando de pronto nos salpican los acontecimientos, "no es para tanto, está bien".
Cuando estos días veo las imágenes de esos ciegos alimentados por las finanzas internacionales dinamitar monumentos históricos, vienen a mi mente las imágenes de los talibanes disparando cañonazos a estatuas de buda hace más de 10 años en Afganistán, o las de los bombardeos sobre la acrópolis de Atenas durante la Segunda Guerra Mundial; pero también historias como la publicada hace unos días en un diario español sobre un milenario dolmen prehistórico que al parecer unos operarios municipales en un pueblo de Galicia convirtieron en mesas y bancos de merendero.
Los comentarios de mofa y chiste sobre el dolmen gallego ganaban por goleada absoluta a aquellos más serios. Sigamos así y mañana alguien dinamitará una catedral gótica. O de una manera más sutil, la convertirá en bodega, recalificará un asentamiento de "campo de urnas" en terreno apto para construir chalets de lujo, y luego cerrará los museos "porque no enseñan más que mentiras" y nosotros asentiremos y nos quedaremos en casa viendo el último programa de "supervivientes en medio de una selva" que en realidad no es selva sino un decorado de cartón, igualito al que amuebla el interior de nuestras cabezas.
Un día olvidaremos totalmente de dónde venimos y con ello quiénes somos realmente. Tan ciegos de poder construir nuestra historia desde el presente, tan convencidos de que eso es "vivir mejor, más cómodos", desapareceremos envueltos en una nube de polvo igual que los dinosaurios, pero esta vez no será ningún meteorito el culpable, sino nuestro propio conformismo. Y cuando millones de años después, otros seres vuelvan a poblar la tierra y nos desentierren, no nos darán nombres elegantes en latín, no. Sobre nuestros huesos escribirán sin más "Los gilipollas".
¿Y? ¿Ahí se va a quedar todo? ¿Eso es todo lo que sabemos hacer, eso es todo lo que nos importa la destrucción intencionada y deliberada de un monumento histórico? La actitud de la prensa la entiendo, al fin y al cabo la prensa ya hace mucho que se convirtió en ave de rapiña, pero ¿la de mis colegas de profesión? ¿Cómo entenderla, cómo aceptarla? ¿Cómo pueden ante un hecho como este, contentarse con contar las maravillas únicas de un templo de una civilización, como si estuviesen escribiendo un página de una enciclopedia o un atlas de la antigüedad para que algún estudiante o aficionado a la historia sueñe algún día con viajar a Siria, o con seguir los pasos eruditos y convertirse algún día en historiador y arqueólogo? ¿Cómo pueden contentarse con escribir de un templo que ya no existes porque hace tres días que lo han volado en pedazos, en el mismo tomo de lamento y resignación edulcorada con el que hablan de alguna de las 7 maravillas de la humanidad, desparecidas hace milenios?
¡Por dios, no se trata de que haya desparecido un templo, por muy especial que sea! ¡Se trata de que ha desparecido hoy, en agosto del 2015, y no ha desparecido por una catástrofe natural, o por abandono, sino por la acción deliberada y justificada (al menos autojustificada) de un grupo de personas! Un grupo de personas que está intentando borrar de la faz de la tierra todo resto que nos recuerde que un día fuimos algo diferentes de eso que ellos quieren que seamos hoy día. Eso señores, compañeros de profesión, eso, es lo terrible. Y el hecho de que lo estemos consintiendo es más terrible aún.
Sí, consintiendo. No se me enfaden. Lo estamos consintiendo. Su escrito no es denuncia, su tímida denuncia, las pocas veces que la hay, no sirve porque no llega a ningún lugar, no sale de un círculo de eruditos y del circo de los mass media. Así que lo están consintiendo, mientras no hagan otra cosa, lo están consintiendo, son cómplices de la destrucción y peor aún, están dejando las puertas abiertas para que esta barbarie, ese sometimiento, ese lavado del cerebro, ese borrado del pasado suceda mañana en sus calles, en sus ciudades, con total impunidad. Porque, no se si se han dado cuenta, pero en muchos aspectos, Siria no están tan lejos de nosotros, de Europa, o de América.
Nuestros mapas ya no son geográficos. No necesitan organizar ninguna misión de rescate de piezas arqueológicas, no necesitan alistarse a ningunas filas e ir a luchar a Siria. La guerra de Siria no es un enfrentamiento local, de dos facciones cuya tensión ha vuelto a estallar. La guerra de Siria está urdida y pensada en las altas esferas de la política internacional, del sistema neoliberal, y responde a intereses políticos, sociales, ideológicos y económicos de unas personas que están mucho más cerca de las casas de todos ustedes, en sus ciudades europeas o americanas, que lo están de Siria. Responden a un plan prediseñado que todos avalamos cuando nos quedamos conformes sentados en casa mirando la televisión, y pensamos pobres griegos, o pobres sirios, o pobres iraquíes (o pensamos en ellos sin el adjetivo pobres detrás) pero no nos movemos. No protestamos. No nos manifestamos. Estiramos el cuello un poco más escapando del agua, como jirafas lamarckianas aunque sabemos que esa teoría es probablemente errónea. Seguimos una y otra vez votando a los mismos, viendo el mundo muy de lejos, y pensando, cuando de pronto nos salpican los acontecimientos, "no es para tanto, está bien".
Cuando estos días veo las imágenes de esos ciegos alimentados por las finanzas internacionales dinamitar monumentos históricos, vienen a mi mente las imágenes de los talibanes disparando cañonazos a estatuas de buda hace más de 10 años en Afganistán, o las de los bombardeos sobre la acrópolis de Atenas durante la Segunda Guerra Mundial; pero también historias como la publicada hace unos días en un diario español sobre un milenario dolmen prehistórico que al parecer unos operarios municipales en un pueblo de Galicia convirtieron en mesas y bancos de merendero.
Los comentarios de mofa y chiste sobre el dolmen gallego ganaban por goleada absoluta a aquellos más serios. Sigamos así y mañana alguien dinamitará una catedral gótica. O de una manera más sutil, la convertirá en bodega, recalificará un asentamiento de "campo de urnas" en terreno apto para construir chalets de lujo, y luego cerrará los museos "porque no enseñan más que mentiras" y nosotros asentiremos y nos quedaremos en casa viendo el último programa de "supervivientes en medio de una selva" que en realidad no es selva sino un decorado de cartón, igualito al que amuebla el interior de nuestras cabezas.
Un día olvidaremos totalmente de dónde venimos y con ello quiénes somos realmente. Tan ciegos de poder construir nuestra historia desde el presente, tan convencidos de que eso es "vivir mejor, más cómodos", desapareceremos envueltos en una nube de polvo igual que los dinosaurios, pero esta vez no será ningún meteorito el culpable, sino nuestro propio conformismo. Y cuando millones de años después, otros seres vuelvan a poblar la tierra y nos desentierren, no nos darán nombres elegantes en latín, no. Sobre nuestros huesos escribirán sin más "Los gilipollas".
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