Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 6 de octubre de 2015

De-consumo

Tengo el bolsillo lleno. Unos dirán suerte, otros recompensa por mi esfuerzo. Unos dirán "ahora puedes ser independiente", otros "mejor ahorra para cuando lleguen las vacas flacas", por otro lado dirán "¡suelta una cana al aire, vive la vida ahora que puedes!".

¿Acaso no estoy vivo, acaso no he gozado siempre de buena compañía, a caso no he tenido siempre la suerte de ser libre para elegir mi camino? ¿Que debería estar cambiando en mí? ¿Por qué algo debería ser distinto en mí sólo porque ahora tenga un buen sueldo?

En la ilógica del consumo, la ecuación dinero=bienestar es innegablemente lógica. El dinero representa consumo, y cuanto más consumes mejor vives. Gran falacia. ¿Vivir? ¿Puede ser acaso vivir ser vivir preocupado por procurarme un bienestar? ¿Y desde cuándo ese bienestar se escribe con cifras?

Estos días una vez más me siento y miro al río, a ese río que corre delante de mis ojos, por el que corro yo también, y, con el aire alborotándome el cabello en el rostro, miro mi pantalón gastado y me digo ¿qué demonios haces aquí? "Vivir, sí, vivir", me contesto. ¿Y por qué? "Porque creo en lo que hago, porque creo en los demás, porque quiero sembrar y soñar y crecer en los sueños de otros. Sin fama, sin fortuna, como una semilla que se lleva el viento o una canción anónima" Nunca perseguir la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción, decía el poeta. Cuanta razón. Y es que acá con el viento en mi pelo y mi rostro tostado por el sol, me reafirmo una vez más en que vivir es vivir sin fama ni dinero, y la fortuna... bueno esa siempre está esperando en el camino si uno actúa de corazón pensando en los demás. La fama y el dinero nos coartan y nos cortan la libertad. Y vivir es ser libres. Yo estos días siento que he perdido parte de mi libertad en favor de unas cuantas monedas de oro: hace un año me dedicaba con pasión a lo que me gusta, no me pagaban gran cosa, me daban casa, comida, compañía y libertad absoluta para organizar mi tiempo. No me faltaba nada. Ahora, dedicado por suerte a aquello que creo, me recompensan esa dedicación con dinero. Dinero para procurarme una casa, una comida, para poder ser independiente y procurarme otros placeres; pero también dinero que implica una terrible letra pequeña: cumple con tu horario, no descuides el calendario, la hora, el minuto. Si lo haces, puedes perderlo todo. ¿De qué me sirve, entonces, todo ese dinero si no tengo la libertad para disfrutar de los supuestos beneficios de él? Pero además ¿Estaba mi vida en una situación tan precaria e insatisfecha antes de tener acceso al dinero?

La respuesta a la última pregunta es un rotundo no. Yo vivía feliz, tranquilo, contento con lo que tenía. Y no necesitaba más. Es más, ni siquiera hoy lo necesito. Yo no consumo. Me niego a consumir. Me parece un terrible acto deshumanizador venderse comprando sólo porque uno puede comprar o porque otros han decidido poner precio a ciertos aspectos, productos o servicios de nuestra vida. Pero fuera de mi rebeldía contra esta sociedad-consumo, me doy cuenta de que mi accionar no es una piedra contra un cristal, un grito de revolución. No. No pretendo cambiar ni convertir a nadie. No rechazo un modelo. Simplemente no formo parte de él. No me importa tener mucho o poco, no me importa llegar a viejo o quedarme por el camino. No busco un final del camino, no ansío dejar testigos. Nadie es necesario en esta vida, y siempre hay alguien que recoge el testigo. Todo lo que quiero es vivir convencido  y entregado cada día a eso en lo que creo, y por esos en los creo y amo. Y no necesito más. Me doy cuenta de que no ansío futuro, de que no hay diferencia entre hacerme viejo y no hacer sí uno actúa y vive por lo que cree. ¡Qué terrible sería llegar a viejo sólo por inercia, "porque hay que llegar"!

Estos días, y todos los días disfruto de las cosas pequeñas. Busco los motivos pequeños para dar forma a mis días. Peleo, lucho, sufro, amo por mis ideales, por las personas y los proyectos en los que creo. No me importa dónde me lleven: la vida no es hacerse viejo y llegar a la meta. Es simplemente vivirla. Y para vivirla no hace falta equipaje, solo hay que respirar, respirar en grupo.

Estos días me doy cuenta de que cada vez necesito menos para mi mismo, y que me empeño en enseñar a los demás a necesitar también menos. Esa es la felicidad. Esa es la libertad. Estos días me doy cuenta de que el futuro no se labra con proyectos de seguridad personal, sino con ideales.  Y de que estoy listo. Me siento entero. Convencido. Mi pantalón gastado, mis sandalias envejecidas, mi pelo largo enmarañado por el viento y mi rostro al sol. Y una idea fija de caminar. Cada vez más ligero y más libre. ¿Durante cuánto tiempo? Eso no importa si se vive con convicción, y sin renuncias, pues el que no tiene, no teme, y no debe.

Me acuerdo una y otra vez de aquellas palabras que decía San Francisco: "necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco". No ansío bienes. No ansío fortuna. Siembro porque creo en mi sembrar. Renuncio a todo, hasta no sentir necesidad de renunciar a nada, salvo a quién soy. Nada en este consumo-mundo me ata.

Soy peregrino de esta vida. Descalzo y sin peso a mis espaladas

Me sigue la sombra de la luna
salto y esquivo la sombra de la luna

Y si alguna vez perdiese mis manos,
perdiese mi arado, perdiese mi tierra,
si alguna vez perdiese mi manos,
no tendría que trabajar más.

Y si alguna vez perdiese mis ojos,
si todos mis colores se apagasen,
si alguna vez perdiese mis ojos,
no tendría que llorar más.

Y si alguna vez perdiese mis piernas,
no me quejaría ni suplicaría,
si alguna vez perdiese mis pernas
no tendría que caminar más

Y si alguna vez perdiese mis boca,
todos mis dientes, norte y sur,
si alguna vez perdiese mi boca,
no tendría que hablar.

¿Te tomó mucho encontrarme?
Pregunte a la luz de la esperanza.
¿Te tomó mucho encontrarme,
y te vas a quedar esta noche?

Moonshadow (Cat Stevens)