Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 24 de octubre de 2015

Coca after hours

Para David, Xavier y Pepe, compañeros de ese Café Marx que ayer "estaba de feriado".

¿Dónde comienza la noche? En la relatividad de nuestro tiempo humano, el inicio -y el fin- de nuestra vida nocturna no atiende al astro rey o a su gemela de cara plateada. La noche, como el misterio, se urde y desenreda poco a poco, llevándonos con ella a lugares inesperados...

20:00. Es viernes y estoy sentado, una semana más, en el auditorio. Hoy en un concierto de música tradicional ecuatoriana para un escaso público maduro arrullado desde niño con estas trágicas canciones. Corre el rumor que un apagón en varios barrios ha dejado en sus casas al público habitual y ha sacado de su madriguera al fiscalizador (ese que nunca aparece) para ver si realmente el teatro "funciona", es decir, convoca multitudes. Iluso pendejo. El día que convoque multitudes dejará de ser teatro para convertirse en política, perdiendo toda su magia y esencia humana.
Me pregunto si mis amigos se quedaron también agazapados en la penumbra del apagón, porque apenas alcanzo a ver a uno o dos de la habitual timba. Decido dejar de elucubrar, que sea el destino. La música me imbuye y el reloj da vuelta y media.

La gente sale del teatro y desparece casi en un abrir y cerrar de ojos. Aquí no hay sobremesas ni coloquios. Los músicos saludan con las autoridades y las autoridades con los músicos y con sí mismas, mientras yo intento robarles mis 5 minutos a los de arriba para confirmar su presencia en el acto de mañana, el cual depende de acabar el montaje de una exposición que aún está a medias.
Entre las fotos y los hilos y los retales de plásticos y pintura deambulan dos de mis intelectuales cómplices nocturnos. Me acerco con intenciones de saludar y desaparecer para acostarme pronto, pues mañana tengo temprano una cita con el tipo de la imprenta para recibir la entrega de hoy, pero, ¡ay dios de espuma amarilla! tengo una sed terrible y las palabras "vamos a tomar unas cervezas" se convierten en irrenunciable imperativo nocturno y en puertas abiertas a lo desconocido. "Solo un par, y luego a la cama", pienso. Dale.

"Tomar unas cervezas" es un acto que en todas partes del mundo se hace con cierta facilidad. Coca es, por desgracia, la excepción que confirma la regla. Si no tienes cédula de identidad, no vas con mujeres, o no formas parte de grupo económicamente numeroso, estás condenado a morirte de sed. El tipo que de lunes a jueves se rasca las bolas y mira para otro lado a la puerta del bar, los viernes saca toda su burocracia y corpulenta obesidad y se planta en la puerta del local a ejercer su función: negar la entrada a todos los hombres solteros indocumentados.
Comienza entonces un peregrinaje garito tras garito, para tentar a la suerte y encontrar alguno donde no haya seguridad o algún camarero se apiade del alma de los sedientos. La triste estampa de tres treintañeros gastando suela por las calles de una ciudad tropical, con fría vida nocturna amenizada por ruidosas esquinas y taxis aburridos parpadeando seductoras luces, mientras ellos recuerdan pasadas vidas de años en que las hormonas les arrastraban y en la puerta no había seguratas impertinentes. Nadie se atreve a mirar el reloj, nadie a tirar la toalla, pero nadie conoce dónde más ir en esta ciudad que se apaga poco a poco.
En una esquina, aparece una compañera de trabajo queriendo parar un taxi. No es ligue. No toma. Pero es la escusa para decir hola y matar "el tiempo sin cerveza".
-¿Has visto al Pepe?
-¿Estaba aquí mismo hace un instante, decía de ir a tomarse una cerveza?
Los rostros ojos de los tres mosqueteros se abren como platos mientras con ansia miran alrededor buscando al D'Artagnan, que parece de pronto sonriente preguntando:
-¿No se van a tomar algo?

"Sí, pero no hay donde" "Este no carga cédula". "Cagamos" "¿Sabes de algún garito donde nadie nos mire los papeles?" "Claro, uno en la calle Guayaquil que atienden unas kichwas. A mi nunca me han pedido nada". "Pero eso está lejos". "No importa, yo tengo carro". "Vamos pues". "Vamos"....

-¿Este es?
-Sí, pero si parqueo aquí, creo que me rayan el carro. Espera. Ese tipo que mira la placa seguro que es chapa. Si, seguro. Vamos. Elijan izquierda o derecha. Yo conozco el de la izquierda.

Derecha. No recuerdo quién eligió. El garito es un tugurio en el que hace un calor infernal, donde una camarera que se ha puesto encima algo más que maquillaje no se entera de cuántas cervezas queremos. "No mi amor no tengo" es lo único que le entiendo con claridad. Creo que se refiere que no tiene cerveza Club. Finalmente, en la mesa aparecen dos botellas de Pilsener y cuatro vasos, cada uno hijo de su padre y de su madre, que brilla al compás de una bola de luces de colores que es la única iluminación del local. El supuesto chapa ha entrado y se ha sentado en una mesa al lado nuestro, mientras la camarera no nos quita el ojo de encima y aparece cada 5 minutos para decir algo que no se  entiende o que ella no entiende.
-No se apure, que nosotros tomamos despacito.

Después de un rato sudando y respirando una atmósfera en la que el oxígeno no se ha renovado nunca, roto y pagado un vaso y tentada la suerte en un baño unisex, optamos por abandonar el bar donde dan el cambio en forma de chicles y tenemos la feliz idea de irnos a "La Oficina" (Léase karaoque atendido por una amiga que queda en plena ruta turística de las ruinas de las primeras cantinas de Coca")

Tomada la foto de rigor para el face en la parada turística -suerte que no había nadie mirando-, entramos en la oficina. Resulta que la dueña es compatriota y me enreda preguntando media vida. Cuando acaba el intercambio de "y tú cómo acabaste aquí" No veo a mis amigos. En el karaoke sólo hay parejas que se abrazan y un loco que se desgañita destrozando la canción romántica de turno. El susto dura unos segundos: no me han abandonado en tierra hostil, no. Están al fondo en una mesa pidiendo un par de heladas Club. Mis amigos son como los de la canción de Serrat.

¡Por fin la noche ha llegado a su clímax, todo está perfecto, estás en un lugar agradable, con dos buenas frías cervezas, desahogándote de todos los líos del trabajo, libre por fin!
- Mira quién está ahí.
Giras el cuerpo y la cabeza ciento ochenta grados. Sonriente en la otra esquina del bar está el tipo que mañana te tiene que hacer a las 8 en punto la entrega de hoy, alzando una mano y sonriendo mientras con la otra abraza a su pelada, y tú, cómo no, alzas la mano y sonríes y saludas recíprocamente. Olvidemos el detalle de que la pelada se parece a cierta estudiante en prácticas que trabaja en... No vamos a meternos en la vida privada de nadie. Aquí sólo importa la entrega de mañana, que, vacán para esta noche, empieza a convertirse en botellas de cerveza. Yo, en mi cándida inocencia, no me atrevo a ser tan mal pensado como mis amigos y digo que una cosa no tiene relación con la otra y que el tipo cumplirá, y entre risas y risas la noche sigue.

Lo malo de los karaokes es que olvidas en qué tipo de local estás hasta que la camarera en lugar de una cerveza te trae el micro y el cuaderno para que elijas una canción. Reniegas. Te resistes con todas tus escusas. Afirmas ser un analfabeto musical completo. Escondes la cabeza en el vaso de cerveza... y al final acabas cantando a dúo con el tipo de la imprenta "el ataque de las chicas cocodrilo". Cómo llegó la noche a este punto, no lo recuerdas. ¿Importa ahora acaso? La conversación está amena, hasta dan ganas de cantar. El tipo de la imprenta está eufórico, tus amigos está eufóricos, tú estás eufórico, las parejas que pueblan el bar no tanto, y miran raro a una mesa con cinco hombres que se parten de risa, pero no importa. Alguien tiene que pedir la canción de Serrat. O alguna aún más grande y más loca.

Poco a poco los amigos se van yendo y el karaoke se va vaciando aunque la música no cesa y uno tiene aún más ganas de cantar. "Una más, cerveza y canción todojunto".
Una más... Volvemos a ser los tres mosqueteros. El bueno, el feo y el malo que se pusieron de acuerdo para cruzar la noche varias horas atrás. Todo vuelve a su normalidad y en el karaoke empieza sonar topo gigio cantando "a la camita". Toca levantar vuelo. A las 2 es toque de queda en la ciudad. La única alternativa sería seguir la fiesta en casa, pero mañana hay trabajo aunque sea sábado. En la calle desierta caminamos buscando una intersección con más tráfico y un involuntario gesto con el brazo hace frenar y derrapar a un taxi que circulaba a 100 por hora y que ahora retrocede para recoger a tres clientes.

Es sábado. Son la dos de la mañana y sin sueño aún meto en la cama para no parecer un zombi al día siguiente. 4 horas después despierto aún cantando "has sido tú, te crees que no te he visto..."

He visto otra noche de esas imposibles. Otra noche que debió quedar en celuloide en forma de felinesca aventura. Falto de cámara, aquí dejo el guión.