Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 26 de agosto de 2015

Camino del polvo

"El Estado Islámico ha dinamitado el templo de Baal en Palmira". Mi mente se llena de rabia e impotencia, a la vez que cientos de diarios online se apuran por ser los primeros en conseguir las fotos difundidas por la red de los militares islámicos colocando explosivos y del templo hecho añicos, a la vez que un montón de colegas inundan páginas web, académicas o no, dedicadas a la historia o la arqueología en las que describen el enorme valor cultural del templo, su características únicas, y el lamentable o terrible hecho que constituye su desaparición.

¿Y? ¿Ahí se va a quedar todo? ¿Eso es todo lo que sabemos hacer, eso es todo lo que nos importa la destrucción intencionada y deliberada de un monumento histórico? La actitud de la prensa la entiendo, al fin y al cabo la prensa ya hace mucho que se convirtió en ave de rapiña, pero ¿la de mis colegas de profesión? ¿Cómo entenderla, cómo aceptarla? ¿Cómo pueden ante un hecho como este, contentarse con contar las maravillas únicas de un templo de una civilización, como si estuviesen escribiendo un página de una enciclopedia o un atlas de la antigüedad para que algún estudiante o aficionado a la historia sueñe algún día con viajar a Siria, o con seguir los pasos eruditos y convertirse algún día en historiador y arqueólogo? ¿Cómo pueden contentarse con escribir de un templo que ya no existes porque hace tres días que lo han volado en pedazos, en el mismo tomo de lamento y resignación edulcorada con el que hablan de alguna de las 7 maravillas de la humanidad, desparecidas hace milenios?

¡Por dios, no se trata de que haya desparecido un templo, por muy especial que sea! ¡Se trata de que ha desparecido hoy, en agosto del 2015, y no ha desparecido por una catástrofe natural, o por abandono, sino por la acción deliberada y justificada (al menos autojustificada) de un grupo de personas! Un grupo de personas que está intentando borrar de la faz de la tierra todo resto que nos recuerde que un día fuimos algo diferentes de eso que ellos quieren que seamos hoy día. Eso señores, compañeros de profesión, eso, es lo terrible. Y el hecho de que lo estemos consintiendo es más terrible aún.

Sí, consintiendo. No se me enfaden. Lo estamos consintiendo. Su escrito no es denuncia, su tímida denuncia, las pocas veces que la hay, no sirve porque no llega a ningún lugar, no sale de un círculo de eruditos y del circo de los mass media. Así que lo están consintiendo, mientras no hagan otra cosa, lo están consintiendo, son cómplices de la destrucción y peor aún, están dejando las puertas abiertas para que esta barbarie, ese sometimiento, ese lavado del cerebro, ese borrado del pasado suceda mañana en sus calles, en sus ciudades, con total impunidad. Porque, no se si se han dado cuenta, pero en muchos aspectos, Siria no están tan lejos de nosotros, de Europa, o de América.

Nuestros mapas ya no son geográficos. No necesitan organizar ninguna misión de rescate de piezas arqueológicas, no necesitan alistarse a ningunas filas e ir a luchar a Siria. La guerra de Siria no es un enfrentamiento local, de dos facciones cuya tensión ha vuelto a estallar. La guerra de Siria está urdida y pensada en las altas esferas de la política internacional, del sistema neoliberal, y responde a intereses políticos, sociales, ideológicos y económicos de unas personas que están mucho más cerca de las casas de todos ustedes, en sus ciudades europeas o americanas, que lo están de Siria. Responden a un plan prediseñado que todos avalamos cuando nos quedamos conformes sentados en casa mirando la televisión, y pensamos pobres griegos, o pobres sirios, o pobres iraquíes (o pensamos en ellos sin el adjetivo pobres detrás) pero no nos movemos. No protestamos. No nos manifestamos. Estiramos el cuello un poco más escapando del agua, como jirafas lamarckianas aunque sabemos que esa teoría es probablemente errónea. Seguimos una y otra vez votando a los mismos, viendo el mundo muy de lejos, y pensando, cuando de pronto nos salpican los acontecimientos, "no es para tanto, está bien".

Cuando estos días veo las imágenes de esos ciegos alimentados por las finanzas internacionales dinamitar monumentos históricos, vienen a mi mente las imágenes de los talibanes disparando cañonazos a estatuas de buda hace más de 10 años en Afganistán, o las de los bombardeos sobre la acrópolis de Atenas durante la Segunda Guerra Mundial; pero también historias como la publicada hace unos días en un diario español sobre un milenario dolmen prehistórico que al parecer unos operarios municipales en un pueblo de Galicia convirtieron en mesas y bancos de merendero.

Los comentarios de mofa y chiste sobre el dolmen gallego ganaban por goleada absoluta a aquellos más serios. Sigamos así y mañana alguien dinamitará una catedral gótica. O de una manera más sutil, la convertirá en bodega, recalificará un asentamiento de "campo de urnas" en terreno apto para construir chalets de lujo, y luego cerrará los museos "porque no enseñan más que mentiras" y nosotros asentiremos y nos quedaremos en casa viendo el último programa de "supervivientes en medio de una selva" que en realidad no es selva sino un decorado de cartón, igualito al que amuebla el interior de nuestras cabezas.

Un día olvidaremos totalmente de dónde venimos y con ello quiénes somos realmente. Tan ciegos de poder construir nuestra historia desde el presente, tan convencidos de que eso es "vivir mejor, más cómodos", desapareceremos envueltos en una nube de polvo igual que los dinosaurios, pero esta vez no será ningún meteorito el culpable, sino nuestro propio conformismo. Y cuando millones de años después, otros seres vuelvan a poblar la tierra y nos desentierren, no nos darán nombres elegantes en latín, no. Sobre nuestros huesos escribirán sin más "Los gilipollas".