El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

miércoles, 21 de agosto de 2013

Mama

Mama intiwan tutamantapi hatarin,
mama yayata muchin
mama wawata tutun,
mama sinchimi llankan
mama mishkimi yanun
mama wawata markan.

Mama wasita kaman,
mama unkuyta hampin
mama wawata kuyan
mama mana sampayashkami

Wakin kati mamaka wakan,
tukuy puncha mamaka asin,
mama mana manchan.
Mama yurak shina shinchimi kan,
mama inti shina kunukmi kan,
mama sisa shina amukmi kan,
mama wawata kamachan.

Manchados de sangre

El televisor chorrea sangre estos días, y una vez más, nadie parece alarmarse. Todos se sientan delante de la pantalla y contemplan el horror como si se tratase de una ficción más. Cifras y estadísticas e imágenes de violencia, de muerte: cuerpos muertos cargados por otros cuerpos aún vivos pero ensangrentados, cuerpos muertos cubriendo plazas y calles.

Hoy es Egipto. Ayer era Irak, o Afganistan, o Rwanda, o Bosnia. Estos días regresa a mi mente la imagen de las personas haciendo cola para conseguir agua en Sarajevo, muriendo una a una asesinadas por francotiradores ante los impasibles ojos del mundo.
No se cuantos murieron ayer o antes de ayer en Egipto, mi mente ha borrado el horror de las cifras y me ha dejando solo, una vez más con el espanto en el alma, inmóvil frente al televisor preguntándome una y otra vez ¿por qué, por qué, por qué tenemos que seguir siendo testigos impotentes de tanta barbarie?
 No importa donde sea la matanza. No importa el color de la piel, el idioma de la gente que muere. Es sangre de mi sangre. Es sangre tu sangre, es la sangre que corre por tus venas mientras lees estas líneas. ¿Como podemos entonces permanecer impasibles? ¿Como podemos hacer estadísticas, buscar explicaciones y justificar guerras, matanzas, genocidios y actos similares?

La comunidad internacional despertó un poco ante las imágenes se Sarajevo. No se si esa comunidad internacional despertará ahora o seguirá dormida bajo las somníferas drogas del sistema. De lo que si estoy seguro, es que el Sistema el que crea conflictos, cambia gobiernos, asesina personas y justifica sus actos con estadísticas de crecimiento, aunque este esté construido sobre el altar del sacrificio de seres humanos a un dios que no es tal.

Y aunque rehuyo una y otra vez esos atroces cultos que sacrifican vidas humanas, creencias y valores a falsos dioses creados a imagen y semejanza de quienes los adoran, me veo atrapado en ellos, atrapado en las garras de este sanguinario sistema, comulgando en parte con él al disfrutar de él y cerrar la mente y el alma, impasible, a esas atrocidades que el televisor nos muestra como "pequeños defectos" del sistema.

¿Están mis manos machadas de sangre?


Who held the rifle? Who gave the orders?
Who planned the campaign to lay waste the land?
Who manufactured the bullet? Who paid the taxes?
Tell me, is that blood upon my hands?*
Pete Seeger, Last train to Nuremberg, 1971

*¿Quien cargaba el rifle? ¿Quién dio las órdenes? / ¿Quién planeó la campaña para asolar la tierra? ¿Quién fabricó la bala? ¿Quién pagó los impuestos?/ Dime, ¿es sangre eso que cubre mis manos?

Vientos de cambio

Nací a los siete meses. Es un momento difícil. No lo recuerdo, pero por las veces que me lo han contado, puedo recrearlo en mi mente.
Dice mi madre que desde ahí me viene mi insatisfacción constante, mi necesidad de salir, de cambiar, de buscar, de probar nuevas formas de vivir.
¿Será algo común entre los sietemesinos esta necesidad constante de cambio? Conozco ya a varios, entre ellos buenos amigos, y la verdad, no son gente que se quede con el culo pegado al mismo sitio durante mucho tiempo.
¿Y si es así, si mi sino es continuar siempre buscando, probando, por qué me cuesta tanto tomar la decisión del cambio? Admiro a amigos, que, sin pestañear dos veces, dicen "hasta aquí", y cogen la maleta de la vida y buscan otro lugar. Yo, para mi desgracia, busco seguridades (al menos a mi me parecen seguridades) y me ato a compromisos que me agotan y me llevan a puntos muertos, que no me atrevo a romper, como una pareja que, después de años de matrimonio, y reconociendo que "la cosa" ya no funciona, no se atreve a dar el paso y abrir de nuevo las alas, cada uno hacia nuevos rumbos.

Como el filósofo, yo pienso, escribo y medito sobre el momento que vivo, intentado buscarle una razón para seguir viviéndolo. ¿Será que espero demasiado de las personas, tanto que no soy capaz de aceptarlas como son, con sus bondades y defectos, dando lo mejor que saben en el lugar donde están? ¿Será que pongo metas demasiado altas a mis proyectos?
Tantas cosas dan vueltas en mi mente. Y al final la vida sigue, y como un nómada, sigo caminando, buscando nuevos lugares, tachando del mapa de mi vida aquellos en que ya he vivido, siempre avanzando sin volver atrás, salvo para reencontrarme con esa nostalgia que no deprime sino que da fuerzas y herramientas para continuar construyendo la vida en nuevos lugares, en nuevos proyectos.
Atrás van quedando vivencias, errores, arrepentimientos, amores satisfechos o no, momentos de júbilo, amigos, pasajeros que se cruzan a lo largo del destino. Al frente, la incertidumbre y esa pulsión eterna que hace seguir buscando.

Dolor de cuerpo

Cuando duele el cuerpo
y vibra el alma
es que ha llegado el tiempo
de levar anclas,

de soltar amarras
y dejar el puerto,
de desplegar las alas
de nuevo al viento.

Duele dejar la casa
no existe el partir sin miedo,
atrás una vida soñada
adelante un sueño nuevo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Un mercado en la arena

Es domingo y son  las 8 de la mañana. La playa está casi desierta. Algunas personas pasean y otras aprovecha para hacer deporte mientras las garzas picotean entre la espuma de la orilla, sin miedo de los humanos. Poco a poco, una serie de personas van apareciendo en la playa. No se bien de donde han salido, son como fantasmas diurnos que aguardaban escondidos entre los rascacielos y casas de la orilla a que llegase la luz del día. Vienen cargando barras de metal y toldos, también sillas. Sin pausa pero sin prisa comienzan a montar una serie de carpas en dos o tres hileras a lo largo de la playa. Adelante, las sombrillas para dos o tres personas, atrás las carpas para clanes familiares. Terminado el despliegue comienza a pasear por la playa, sin perder de vista sus carpas,  oteando a los primeros clientes. Poco a poco, las pocas personas que paseaban o hacían deporte se van yendo; las garzas alzan el vuelo. Me paro al borde de la playa echo una última mirada al mar. Ahora una barrera de carpas y sombrillas con estampados de publicidad se interpone entre mi mirada y la orilla del mar. Me doy media vuelta, vamos a desayunar algo y de ahí a misa.

A las 11, la playa es un verdadero hormiguero. Sin embargo, prácticamente no encuentro a niños afanados como hormigas construyendo castillos de arena, cavando infinitos hoyos o enterrando a alguien. Las barreras de carpas y sombrillas han aumentado, y prácticamente todas están repletas de gente sentada en sillas y tumbonas, escondiéndose del sol, de niños que corren a la orilla y vuelven rápido al refugio de la carpa sorteando el laberinto publicitario de sombrillas, sillas y postes. A penas hemos puesto un pie en la playa se acerca una persona:
-¡Venga, venga, acá una carpa, a la sombrita! Sólo 5 dólares ¿Quiere ir a ver a las ballenas? Ya mismo sale un turno.

El tipo nos ha enganchado y nos conduce a una carpa verde -de las pocas que no están patrocinadas por algún gran almacén, banco o compañía telefónica-, con 3 sillas de plástico y una tumbona regulable de madera. Mientras guarda sus 5 dólares me fijo bien en él: Va completamente vestido, con jean, zapatos y una riñonera donde guarda la plata. Se despide con una sonrisa y se va al fondo de la playa donde recoge las piezas de una carpa sin montar: se ha llenado la hilera y toca montar otra más.

No me apetece bañarme todavía así que me siento en una de las sillas a practicar mi deporte favorito: observan el paisaje natural y humano de la playa. A mi derecha -¡milagro!- unas niñas se dedican a enterrar a otro niño en la arena, más que sea debajo de la carpa -porque realmente no tienen mucho más sitio. A mi izquierda una familia conversa mientras come algún aperitivo que parece almuerzo y llama una y otra vez a un vendedor ambulante para comprarle colitas, o cerveza, o algún tipo de artesanía. De echo, la playa es un auténtico enjambre de vendedores: sorteando entre las carpas, las sillas, las sombrillas, los niños que corren, transitan vendedores de lo más diverso ofreciendo mil y una cosas a cual más inverosímil: agua de coco, empanadas calentitas, gafas de sol, manillas, aretes, artesanías de tagua, maní tostado y habitas... Ahí va una señora empujando un carrito enorme gritando "helados de paila", detrás de ella un tipo negro que parece hermano de Bob Marley ofrece aceites naturales como protector solar; por la derecha regresa el tipo de las empanadas y tras él aparece el hombre-sombrero: una especie de montaña de paja toquilla coronada por una docena de sombreros ensartados unos en otros.

Intento escapar de la compulsiva venta ambulante oculto tras mi libro, pero ni por esas.
-¡Jefe gaviotas!
De pronto un par de blancas gaviotas de madera de balsa pendiendo de un hilo revolotean por encima de mi libro.
-¿Quiere una pilsener? 
-¡¡Trencitas, tatuajes!!
Tengo la sensación de estar metido en medio del mercado mayor del pueblo. Un tanto desconcertado, he incómodo, miro a mi alrededor buscando algo de esa semblanza de "tranquilidad y relax en la playa". A mi derecha, la familia a aumentado a auténtico clan: tíos, tías, abuelos, el bebe corriendo, el niño que viene corriendo con la "tetita" para el bebe...

Finalmente me paro con intención de caminar hasta la orilla y salir del bullicio de vendedores y familias sui-géneris, pero mi intento se ve truncado por el espeso tráfico de vendedores diversos que circulan entre las sombrillas y carpas, haciendo del caminar por la playa un auténtico deporte de riesgo. Caigo de nuevo en mi silla plástica y me resigno a mi lectura interrumpida por las ofertas más estrafalarias: puzzles de dinosaurios y superhéroes, cuadros (¡enmarcados y todo!) con motivos costeros,.... La última cosa imaginable, se puede comprar en la playa.

La mañana llega a su fin, y levantamos puesto para ir a almorzar a algún sitio. De pronto, un tipo nos asalta en la misma carpa de playa con unas cartas de restaurant
-¿Les traemos el almuerzo a la playa? ¿Ceviche de camarón, arroz con camarón, camarones apanados? 
Miro de nuevo a la familia de la carpa de al lado, que no ha parado de comer algo en las dos horas que llevamos en la playa. Siguen comiendo y han pedido ya esos camarones apanados, no se sabe bien si en pan o arena de playa. Con un "no muchas gracias", apartamos al tipo del almuerzo en la playa y comenzamos la el camino de regreso al bullicio de las calles. El del alquiler de carpas y sombrillas nos saluda sonriente.

Mientras me sacudo la arena de los pies y me calzo mis tenis, sentado en el borde la vereda, observo una vez más esta playa convertida en un improvisado mercado un domingo por la mañana: realmente es más bulliciosa que el mercado en el centro de la ciudad, es, en cierto modo el ejemplo perfecto del "rebusque" que mueve todavía gran parte de la economía de este país, una verdadera lección magistral de emprendimiento empresarial, digna de ocupar las aulas de la más prestigiosa universidad, un vivo reflejo de capitalismo "en su salsa". Aunque ninguno de sus actores entienda ni media de jerga económica es increíble ver todo el proceso de "lotización", alquiler, y renta de la playa, la publicidad estratégicamente ubicada en sombrillas, carpas, sillas (¡hasta las boyas que marcan la línea de playa están coronadas por un letrero publicitario!), la camaradería y complementariedad de los distintos vendedores,... Todo desordenadamente organizado, para sacar unos cuantos dólares con que aguantar hasta el próximo fin de semana, en que se repetirá esta singular obra de teatro que es la vida cotidiana de estas sencillas gentes.

Vivir sin petróleo (y sin muchas otras cosas)

No hace siquiera un mes que llegué hasta el parque Yasuní, y ahora estos días llega la noticia de que finalmente van a extraer el petróleo que hay en el subsuelo de este rincón de la amazonía. La noticia en sí no me extraña, pues desde que escuché por primera vez al propuesta del gobierno para mantener el Yasuní "intacto", me pareció una propuesta totalmente ilusa: pretender que los demás países del planeta pagasen para evitar que se explotaran los recursos petroleros de este sector de la amazonia era algo que se veía no iba a funcionar. Seamos realistas: al 99% de los países del mundo, les importa una mierda la conservación de la naturaleza. Así de claro.

Me llamarán pesimista, me dirán: ¿no has visto todo lo que se ha logrado en materia medioambiental en los últimos años? Y sí, la respuesta es que sí soy consciente de ello, pero, más que verdaderos logros, me parecen migajas que los distintos países reparten para calmar a aquellos que protestan contra las egoístas acciones de unos pocos.

Pongamos las cosas bien claras: la economía de este mundo, y la de este país -Ecuador, la sigue moviendo el petróleo, y mientras siga siendo así, iniciativas ecológicas como la del parque Yasuní, promovidas por gobiernos u ONGs, seguirán siendo meras falacias. Al final sacarán el petróleo, y cuando se acabe, recogerán la casa, dejarán botada toda la basura, y se irán a otro lugar a seguir exprimiendo el planeta en esta carrera con fin. Lo que no funciona, digámoslo una vez más, es el sistema. El capitalismo es así: engulle, fagocita, consume recursos, ya sean estos materiales o humanos, para seguir sobreviviendo. Sí, sobreviviendo, no creciendo, pues el capitalismo no crece, simplemente cambia el reparto de la riqueza, creando una ilusión de crecimiento en la que lo único que pasa es que lo que se repartían entre 20 hoy se lo reparten entre 5. Y sí, sobreviviendo, viviendo a un ritmo frenético, próximo a la extenuación, para poder mantener un modelo de vida irreal, pues no existe el vivir si no se puede vivir en el presente, un modelo además con fecha límite, aunque está aún esté en un futuro que escapa a nuestra vista.

No me hablen de crecimiento sostenible, no me interesa, no existe tal cosa. Al final, el sistema necesita sus recursos y los obtiene a costa de las propias personas a las que dice beneficiar. Hay que cambiar de partitura, reconocer que el sistema no funciona y cambiar radicalmente.

Un cambio así, evidentemente exige unas renuncias tremendas por parte de todos cuantos vivimos según el sistema actual, pero si queremos dejar de angustiarnos por las atrocidades del sistema, ese cambio radical debe llegar. Todo es estar dispuesto a entregarse a ese desprendimiento, y, aunque reconozco que a mi mismo me cuesta a veces caminar en esa dirección, se que algún día llegará.

Mientras llega, les invito a seguir soñando con ese día, que puede que hoy día suene a ciencia-ficción. Déjense llevar, por ejemplo, por la maravillosa película El planeta libre (La Belle Verte, 1996) de Coline Serreau. ¿No les gustaría un futuro así?

Y mientras se deciden por el cambio, propongan soluciones realistas y no engañosas a los problemas del sistema. Al final sacarán el petróleo del Yasuní -que le vamos a hacer- pero podemos exigir que esta extracción sea lo menos intrusiva posible con el medio ambiente y humano. Hoy día existen técnicas para extraer petróleo prácticamente sin dañar el ecosistema, claro que el sistema puede decirnos que no son rentables ¿Queremos un sistema rentable?

Siento que vuelve a empezar el discurso. Cambiémoslo por otro. Radicalicémosnos. Otro sistema es posible.

martes, 6 de agosto de 2013

Río de gente, río hermano, río de vida

Navegando por mi río dorado
Sol y agua y yo mismo
y sin embargo nunca estuve solo.
Sol y agua, viejos dadores de vida
los tendré doquiera que vaya
y nunca estuve lejos de casa.

Estos últimos quince días he tenido la suerte de poder "perderme" un poco por la selva amazónica acá en Ecuador, pues, aunque vivo en ella, la civilización con su organización y su estrés llega a ella que a veces parece que resulta imposible escapar de ella y uno busca perderse en lugares donde no llegue ese estrés del cronómetro y la burocracia. Cuántas veces quisiera uno escapar al monte, a la selva, donde nada ni nadie le perturbe y pueda uno recuperar su armonía con la naturaleza y su armonía interior.

En cierto sentido encontré ese tipo de lugares, y sin embargo, ahora que regreso a la "civilización" con el espíritu sosegado y reconstituido, lo que más recuerdo de esos lugares en los que fui a "perderme" son las gentes. Las gentes que allí me acogieron, las que hicieron el camino de "limpieza" conmigo, las gentes anónimas que se cruzaron en el río y en la carretera con sus vidas y sus historias también a cuestas.

La luz del sol reflejándose en el agua
la vida y la muerte son todo lo que tengo
y nunca estuve solo.
Vida para criar a mis hijos e hijas
destellos dorados en la espuma
y no estuve lejos de casa.

Fue ese verdadero río de vida el que me acogió en su regazo, me arrulló y me devolvió las fuerzas, me renovó el aire en los pulmones y me enseñó a caminar de nuevo, a navegar por ese río de la vida, con sus sinsabores y alegrías, todas ellas lágrimas que fluyen como las aguas del río, fertilizando a su paso campos y vidas, regalando alimento a la vida y a veces quitándola, manteniendo la unidad y el equilibrio natural de todas las gentes.

Lugares. Personas. Ríos. Un solo  espíritu.

Navegando por esta tortuosa carretera
Viajeros de lugares cercanos y lejanos
y sin embargo nunca estuve solo.
Explorando todos los senderos
avistando todas las estrellas distantes
y nunca estuve lejos de casa.

Las estrofas en cursiva son de la canción de Pete Seeger Sailing Down My Golden River. La letra original en inglés acá.